Capítulo 15 Cómplices en la sombra
Los dos policías se detienen justo al lado del árbol. Sus botas crujen sobre las hojas secas con un sonido seco, metálico. Siento su sombra proyectarse sobre mi cara, tapando el escaso sol que todavía se filtra en la tarde.
Uno de ellos, un tipo corpulento con la gorra ladeada, se cuelga el equipo del cinto, presiona el botón lateral y acerca el aparato a la boca.
El handy carraspea con un chisporroteo metálico antes de devolver la voz plana y distorsionada del operador:
—Sí, base. Estamos acá en el parque central, sector de los eucaliptos.
Tenemos un código de asistencia por alteración del orden visual, digamos...
un NN, un linyera o un borracho pasado de rosca tirado abajo de un árbol.
Lleno de mugre y basura. Se ve que tuvo una noche de fiesta brava, jajaja. Cambio.
Del otro lado, el handy vuelve a sonar entre risas estáticas:
—Copiado, Unidad 4. ¿Qué estado presenta el sujeto? Cambio.
El segundo policía se cruza de brazos, mira mi cuerpo inerte tirado en el suelo y suelta una carcajada burlona, codeando a su compañero sin disimulo.
—Impresentable, base. Está durmiendo la mona a lo grande.
Y a propósito... ¿Te acordás, Giménez, del borracho de la semana pasada en la plaza Mitre?
—dice el oficial, cambiando el tono para charlar con su compañero, ignorando por completo el handy por un momento—.
¡Estaba tan empinado que cuando le quisimos hacer el control de alcoholemia, el pobre viejo se agarró el alcoholímetro y se lo quiso tomar creyendo que era una petaca de whisky!
—¡Jajaja! ¡Es verdad, boludo! ¡Me acuerdo y me muero de risa! Se quería chupar el soplador creyendo que le estábamos convidando un trago.
—Y sí, hermano... esta gente tiene la vida regalada. Ruedan por las calles esperando que nosotros los carguemos en el patrullero para llevarlos a la comisaría, que les den de comer caliente, que los bañen y los cambien de ropa. Siempre son los mismos parásitos.
—Bueno, decile a la base que nos manden el furgón para levantar la basura esta y sacárnosla de encima.
El primer policía vuelve a apretar el transmisor:
—Base, Unidad 4. Consultamos si mandamos el móvil de traslado o cómo procedemos con el bulto. Cambio.
El handy crepita unos segundos. La voz del operador responde con desgano y desprecio:
—Acá base a Unidad 4. Negativo el traslado por ahora.
Ya tenemos cuatro linyeras más acumulados en el calabozo y los muchachos de guardia están a las puteadas limpiándolos y preparándolos.
Esperen a mañana. Si sigue ahí, lo traen en el primer turno.
Pero ahora déjenlo, que ya nos rebalsó el cupo. Además... denle
veinticuatro horas, a estos vagos el aire libre les hace bien, jajaja. Cambio y fuera.
Los dos agentes sueltan una risotada seca. Guardan el equipo y se quedan ahí parados al lado mío, charlando de cualquier estupidez sobre el partido del domingo, fumando un cigarrillo mientras las cenizas caen despacio, rozándome casi la frente.
Yo... yo no lo puedo creer.
Las palabras de la base me golpean en la cabeza como martillazos de acero. Denle veinticuatro horas.
¡Veinticuatro horas!
¡Es el mismo maldito plazo que me dieron los asesinos!
La conexión se cierra en mi cerebro con una furia ciega, helada y mortal.
No es una coincidencia. No es que la policía simplemente pasa de largo por desidia o flojera.
¡Están comprados! ¡O forman parte de la misma red de mierda!
Saben exactamente quién soy, por qué estoy acá y quién me dejó tirado esperando la muerte.
—No... No puede ser... —intento aullar desde el fondo de mi garganta rota, pero ni un solo hilo de voz se atreve a salir—. ¡Hijos de puta! ¡Malditos perros corruptos! ¡Me van a dejar morir acá!
La desesperación se convierte en un veneno espeso que me quema las entrañas. Me voy a morir. En veinticuatro horas, tirado en este suelo de mierda, cubierto de hojas y basura, con la complicidad de la propia policía que vino a burlarse de mi cadáver en potencia.
Los escucho dar media vuelta. Empiezan a alejarse con sus botas pesadas marcando el ritmo sobre la tierra, riéndose por algo que acaban de decir.
Su silueta se va achicando entre los árboles, dejándome otra vez solo, completamente solo, con la sentencia de muerte firmada y sellada en mis propias narices.