Capítulo 14 La patrulla de la esperanza
Abro los ojos.
Y de golpe, la oscuridad se rompe. Una chispa salvaje de esperanza me atraviesa el cuerpo entero, un chispazo eléctrico que me hace olvidar el cansancio, la mugre y la parálisis.
Ahí están.
Cruzando el sendero, caminando con paso lento y aburrido, con esos uniformes oscuros que tantas veces uno critica por deporte.
Dos policías. Dos agentes haciendo la ronda rutinaria de la zona.
Vienen recorriendo el parque, vigilando por si hay algún linyera, algún borracho o algún vago durmiendo la mona al que haya que pegarle una patada en el culo para sacarlo a empujones de la plaza y limpiar el lugar.
Por primera vez en mi vida, ver a la policía me genera una alegría inmensa, desesperada, casi maníaca.
Sí, vengan. Mírenme. Acá estoy.
Me río por dentro, con una risa sorda, rota, que vibra solo en mi cabeza.
¿Y ahora qué, eh? Vos que me amenazaste con que me quedaban veinticuatro horas, vos que me dejaste tirado creyendo que me ibas a ver pudrirte en silencio... ¡Jajaja! Mirá quiénes vienen a rescatarme.
Estos dos policías van a querer sacarme de acá a patadas.
Van a venir a levantarme del cuello, a insultarme por ensuciar el pasto...
y en ese mismo instante, en cuanto se acerquen y traten de moverme, se van a dar cuenta de la verdad.
Van a ver que no estoy borracho, que no me quedé dormido por la bebida.
Van a ver que estoy tieso, intoxicado, paralizado por el veneno que me metieron.
Van a llamar a una ambulancia, me van a salvar la vida, y ahí se va a armar.
Voy a ir por vos. Por vos, por tus cómplices, por todos ustedes, mierdas inmundas que mataron a golpes a ese tipo y me involucraron en este crimen.
Claro... porque hicieron un homicidio, creen que pueden hacer otro, y otro, y otro más.
La impunidad los acompaña, se creen dueños de la calle, intocables.
Pero esta vez no. Esta vez se les pudrió el plan.
Estos policías van a ser el instrumento involuntario de la justicia.
Por fin sirven para algo estas lacras de la policía que uno siempre critica por no hacer nada. ¡Por fin!
Los miro fijamente con la poca movilidad que me queda en los ojos. Vienen caminando directo hacia acá. Están cada vez más cerca. Los veo pasar de largo un segundo y después frenar.
Dale. Mírenme. Mírenme bien.
Empiezo a llamarlos con la mente, con una fuerza desesperada, exigiendo que se decidan de una buena vez.
Decídanse de una vez... Vengan a sacar a este vago de mierda que está acostado acá abajo del árbol y que les arruina la vista. ¡Eso! ¡Vengan, carajo, vengan!