Capítulo 13 La ironía del sistema
Cierro los ojos.
El cuerpo entero me pesa toneladas, como si me hubieran rellenado los huesos con plomo hirviendo.
Estoy agotado. Desesperanzado hasta el tuétano.
Cada fibra de mi ser sufre un desgarro invisible, una agonía sorda que me quema por dentro después de haberme jugado la última ficha en ese dedo índice que se negó a obedecer.
Llevo todo el día luchando contra esta parálisis de mierda. Horas enteras empujando con la mente, rogando un milagro, intentando arrancar una respuesta de mis músculos muertos.
Y lo más irónico, lo más cruel de todo, es pensar en cómo funciona la gente. En este mundo de porquería, siempre hay un estúpido al que le molesta todo.
Un vecino quisquilloso, un paseador de perros, un policía de esquina al que le ofende ver la elegancia rota de un tipo tirado en la plaza.
Esos que siempre aparecen por pura curiosidad o por mala leche, los que no dudan en llamar a la comisaría para que vengan a remover al borracho de turno, al pordiosero que afea el paisaje, para que lo saquen a patadas del parque y no ensucie la vista de los buenos vecinos.
Pero hoy... hoy que realmente estoy acá, tirado, muriéndome en silencio debajo de las hojas y la basura, con los ojos abiertos mirando a la nada... hoy no aparece nadie.
Ni la policía, ni el vecino ofendido, ni el curioso de turno.
Para ellos soy un fantasma. Soy invisible.
Nadie viene a decirme nada, nadie se acerca a correr este bulto molesto, nadie repara en el hombre prolijo que alguna vez fui.
Me ignoran por completo, dejándome abandonado a mi suerte en este rincón olvidado del mundo.
El agotamiento me aplasta los párpados, sellando la última rendija de luz. La oscuridad me recibe otra vez, fría y definitiva, mientras mi mente se apaga despacio, dejándome caer en un pozo sin fondo.