Capítulo 12 El dedo índice
Abro los ojos.
La pareja sigue ahí enfrente, charlando, ajena a todo. Intento enfocar la vista en ellos, pero la desesperación me aplasta el pecho como una losa de cemento. Ya no aguanto más. La garganta me quema, el aire no entra, y el pánico se convierte en un grito sordo que me taladra la cabeza.
—¡Dios...! ¡Dios...! ¡Dios...! ¡Dios...! —lo repito una y otra vez, un ruego desesperado, un latigazo mental que rebota contra mis propios huesos—. ¡Por favor, que alguien me ayude! ¡Dios, por favor!
Y al segundo siguiente, el ruego se quiebra, se pudre y explota en una bronca ciega.
—¡Dios, la reputa madre que las parió! ¡Maldita sea! ¡Hijos de puta!...
La desesperación se me mete en la sangre. Es un fuego que no puedo apagar. Pero en medio de ese colapso, de esa agonía donde las súplicas y las maldiciones se chocan y se destrozan en mi boca, algo milagroso pasa.
Un tirón.
Un mínimo, imperceptible espasmo en la mano derecha.
Bajo las hojas y la tierra, enfoco toda mi alma, toda mi atención, toda mi rabia en un solo punto: el dedo índice.
El mismo índice con el que tantas veces marqué números en el teléfono de la oficina, el mismo con el que señalé a Carlitos en la época en que éramos unos miserables abusones, el mismo con el que amenacé al aire.
Y de repente... se mueve.
Apenas un milímetro. Un pequeño temblor contra la tierra húmeda.
El corazón me da un vuelco salvaje. ¡Se movió!
¡Lo logré! Una ola de esperanza caliente y enceguecedora me inunda el cuerpo entero.
Si se movió el índice, el veneno o la anestesia que me inyectaron empieza a aflojar.
El bloqueo se está rompiendo. Ya falta poco.
En cualquier segundo voy a poder doblar la muñeca, incorporarme, sacarme esta basura de la cara y gritarles a esos dos infelices que están en el banco para que llamen a una ambulancia.
Una risa histérica, triunfal, empieza a brotar desde el fondo de mi pecho.
Ya está. Ya salgo. Me voy a levantar.
Me imagino de pie, sacudiéndome la tierra de la camisa prolija que Jennifer me planchó.
Me imagino yendo a buscarlos, encontrando a los asesinos que me dejaron acá para verme morir.
¡Los voy a cazar uno por uno! La venganza se dibuja en mi cabeza como un plano perfecto, una obra maestra de justicia propia.
Gracias, Dios, gracias, pienso, riéndome por dentro, con el alma inflada de una ilusión gigante, sintiendo que el cuerpo vuelve a ser mío, que la vida me devuelve la jugada.
Con esa alegría desbordante, con la sonrisa todavía dibujada en la mente, le doy la orden final al brazo.
Dale. Movete.
Intento repetir el impulso. Intento volver a flexionar el dedo índice.
Nada.
Fuerzo los músculos con la misma intensidad, aprieto los dientes, llamo a cada fibra nerviosa de mi cuerpo... y no pasa absolutamente nada. El dedo está muerto. Está frío, tieso, convertido otra vez en un pedazo de plomo inútil enterrado en el barro.
La ilusión se desploma de golpe, estrellándose contra el suelo con la fuerza de un yunque. La risa se me muere en la garganta, convertida en un llanto seco, amargo y definitivo, mientras la parálisis me vuelve a tragar por completo.