Capítulo 20 La partida de las cartas marcadas
Abro los ojos por última vez.
O eso creo.
Ya no importa el frío, ni el dolor, ni el nombre de Sebastián rebotando en lo oscuro.
Me quedan las últimas fichas, el último resto de combustible en este cerebro que parpadea como una bombita a punto de quemarse.
Voy a hacer la última cuenta. La última matemática absurda para ganarle al sueño.
Mantener el motor prendido. No apagarlo. Si me duermo, pierdo.
Y de repente... tac, tac, tac.
Algo se sacude adentro. Un cosquilleo eléctrico, helado al principio, que quema como fuego líquido.
Siento la punta de los dedos. Una punzada en la planta de los pies.
Las piernas, que venían siendo un tronco inútil y podrido, empiezan a latir.
La sangre se desboca, corre por las venas como si rompiera un dique de contención.
La mente se despeja de golpe, nítida, afilada como un vidrio nuevo.
Los ojos se me abren de par en par, brillando en la oscuridad de la noche.
El veneno cede. Se desmorona. Se quiebra.
Siento que todo vuelve. Vuelvo a ser yo.
El cuerpo responde, la parálisis se disuelve como un maleficio roto.
No ganó la muerte, no ganó la corporación, no ganó Sebastián con su carita de cínico.
Gané yo. Esta partida de póker maldita, jugada con las cartas marcadas y en el fondo del abismo, la acabo de ganar yo.
Y en medio de esa explosión de vida y triunfo, me la imagino a ella.
Si Jennifer estuviera acá... La vería tan linda, tan impecablemente arreglada, luciendo esos zapatitos azules que tan bien le quedan y con esa gracia única que hace que cualquier vestido que se ponga resalte a la perfección.
Me miraría con una sonrisa inmensa, con esa devoción y ese amor que creí que no iba a volver a ver nunca más. Me acariciaría la cara, cálida, real.
—Lo lograste, amor —me diría con la voz entrecortada, con los ojos llenos de lágrimas—. Triunfaste. Conseguiste salir de esto, le ganaste a todo. Conseguiste lo que nadie, lograste vencer. Siempre fuiste un luchador.
Una paz infinita, un descanso inmenso me inunda el alma. Es un alivio tan pesado, tan absoluto, un oxígeno tan puro y tibio entrando de golpe por los pulmones, que me llena de una alegría desbordante. Ya está. Ya pasó la pesadilla. Ya no hay peligro.
La tensión de los músculos se afloja por fin. Agotado por la batalla, me abandono a esa calma. Me relajo, cierro los ojos con una sonrisa de victoria y dejo que el cuerpo descanse, que suelte el último suspiro de tregua después de tanta lucha...
A la mañana siguiente, la primavera se abría paso con una delicadeza implacable sobre el verdor del parque.
El rocío nocturno cubría aún cada hoja en finas perlas de humedad, y los pétalos de las flores comenzaban a desdoblarse de forma paulatina, sedientos de la tibieza de los primeros rayos de sol que filtraban entre las copas de los árboles y la neblina de los eucaliptos.
El silencio en ese rincón era absoluto, roto únicamente por el trino melodioso y el coqueteo de las aves que, con la llegada de la estación, entonaban cantos distintos.
Ese mismo parque guardaba, sin embargo, los fragmentos de una memoria pesada.
De repente, rompiendo la quietud, la actividad empezó a tomar forma: un corredor cruzó el sendero a trote firme, miró de reojo al hombre que yacía apoyado contra el tronco y siguió corriendo como algo fácil, parte del paisaje de cada día.
Poco después, llegó el patrullero de la madrugada. Las puertas se abrieron con pesadez. Los dos policías bajaron masticando bronca, cumpliendo con la misión de pasar a primera hora en sus requisas.
—Aquí Unidad 4 a base —dijo uno por el Handy. El mendigo borracho está todavía acá durmiendo. Vamos a proceder a despertarlo para llevarlo para allá. Preparen el baño y la comida, protocolo de asistencia.
Se adentraron entre los matorrales hasta llegar al hueco de la tierra húmeda. El agente se acercó y le habló con tono firme, moviéndolo un poco:
—Amigo, amigo, vamos, es hora de levantarse. Vamos, vamos a casa. Vamos a la comisaría, así ya te bañan y te sacan un poco esta borrachera que tenés encima.
Le insistieron dos o tres veces, pero no hubo respuesta. El cuerpo seguía inerte, recostado contra la madera. El policía frunció el ceño y decidió agacharse para girarle el rostro. Apenas lo hizo, se quedó mudo un segundo.
—Che... mirá. Si ayer estaba con los ojos abiertos, ayer nos miraba —dijo el compañero, cruzándose de brazos—.
Si ayer nos miraba, casi lo llevamos. Lo que pasa es que, como dijo la base, ya tenían tres o cuatro en el lugar y no iban a cargar uno más; le iban a dar la posibilidad de que se vaya solo. ¿Estás seguro de que...?
El policía que estaba agachado le tanteó el pulso en el cuello con una seriedad absoluta y levantó la vista, desconcertado.
—Está muerto.
—¿Y tú cómo sabes? —preguntó el otro, extrañado.
—Trabajé diez años en científica y esto lo manejábamos todos los días, cada día. Te digo que hace una hora exacta que falleció, no más. El cuerpo todavía está caliente.
Negó con la cabeza, volvió a tomar la radio y apretó el botón de llamada, mientras la luz del nuevo día terminaba de bañar el parque:
—Central, acá Unidad 4... Encontramos al objetivo en el sector de los eucaliptos. El supuesto borracho no reacciona. Comprobamos que está difunto. Necesitamos que manden el furgón de la morgue y unidades de apoyo para retirar el cuerpo y dar cumplimiento a los protocolos del capítulo. Cambio.