Capítulo 9 Los invisibles
Abro los ojos.
La luz de la tarde sigue cayendo oblicua, filtrándose a los ponchazos entre las ramas de los eucaliptos.
El atardecer de primavera avanza tiñendo el cielo de tonos anaranjados y grises, y a lo lejos se alcanza a escuchar el canto perezoso de los pájaros que vuelven a sus nidos.
Es una postal viva, ajena a todo dolor. Pero el contraste es una bofetada: el peso de las hojas secas y el tufo nauseabundo, a mierda y cartón podrido, que le sale a la basura que esos pibes me tiraron encima sigue ahí, intacto, metiéndose hasta el fondo de la garganta y recordándome que esto no es una pesadilla de la que vaya a despertar guiñando los ojos.
La cabeza me da vueltas, un torbellino de ideas y recuerdos, pero a la vez siento las cosas con más claridad.
El calor es mucho más intenso en la nuca.
Y abajo, en el pie, ese cosquilleo eléctrico me sacude por dentro y me da una esperanza gigante: empiezo a mover apenas, milimétricamente, el dedo gordo del pie.
"Tengo que tener paciencia —pienso con una fría convicción—. Paciencia. Es aguantar un poco más, esto se está yendo. Esto se está yendo, me estoy liberando".
A unos pocos metros, más allá del sendero de tierra, veo una silueta sin dejar de percibir cada mínimo indicio de recuperación en mi cuerpo.
Una pareja. Están sentados en el banco de madera, justo el mismo banco donde tantas veces me senté de pibe con Clara, o donde los años pasados parecían no pesar nada.
Ahora son dos desconocidos. Él tiene una campera deportiva descolorida; ella apoya la cabeza en su hombro con una naturalidad pasmosamente ajena a todo lo que está pasando en este mundo.
—Por favor... —intento exhalar con el último hilo de aire que me queda en los pulmones.
Quiero gritarles. Quiero decirles que se den vuelta, que miren al piso, que hay un tipo muriéndose a veinte metros, un oficinista prolijo convertido en un trapo sucio. Pero de mi garganta no sale ni un silbido. Nada. Solo un eco sordo que se choca contra mis propias costillas.
La pareja charla de algo irrelevante.
Escucho fragmentos lejanos, palabras sueltas que arrastra el viento tibio de primavera entre los gritos de los pájaros.
Se ríen. Comparten un mate o un vaso, qué sé yo.
Están en su mundo. Para ellos, yo no soy más que un bulto extraño entre la maleza, un borracho tirado, un pordiosero invisible al que es mejor no mirar para no amargarse la tarde.
Nadie me socorre.
Nadie me ve.
La bronca vuelve a retorcerse en mis entrañas, mezclándose con una desesperación tan profunda que me entumece por dentro.
Catorce septenios, o catorce años, o qué sé yo cuánto tiempo hace que pasé por este parque por primera vez siendo un pibe lleno de arrogancia, creiéndome el dueño de la calle, pegándole a los débiles con mis amigos de entonces.
Y ahora mírenme. Acá tirado, pagando cada maldita crueldad, mudo, paralizado, siendo un cero a la izquierda para dos personas que charlan tranquilas a pocos pasos de mi agonía.
La impotencia me quema los ojos. Una lágrima caliente se abre paso, cruza la mugre de mi mejilla y se desliza lenta, pesada, hasta perderse entre las hojas húmedas del suelo.
Aún sabiendo que no puedo mover nada del resto del cuerpo, estos indicios me dicen que es solo cuestión de paciencia. Le voy a ganar al tiempo. Este partido de póker no tiene cartas marcadas; este partido de póker es mío y lo voy a ganar.
No me voy a rendir. No quiero terminar así.
Cierro los ojos otra vez, sintiendo el pulso del dedo gordo, buscando refugio en la memoria, convocando cualquier rincón de mi vida antes de que la oscuridad del cuerpo me gane del todo.