Capítulo 10 La promesa en el banco
Cierro los ojos... El peso del cuerpo inmóvil se esfuma un segundo y mi mente retrocede muchos años atrás. A la época en que ese mismo parque no era una trampa mortal, sino nuestro territorio.
Tengo diecisiete años.
El aire huele a primavera y a libertad. Voy caminando por el sendero de tierra, con las manos en los bolsillos del pantalón del colegio, cuando la veo de lejos.
Está sentada en el banco de madera de siempre, rodeada por sus amigas del secundario.
Chicanas, risas que se escapan por encima de los hombros, cuchicheos típicos de adolescentes que traman algo.
En cuanto me ve aparecer, se levanta de un salto y deja a las chicas atrás.
—¡Lucas! Al fin aparecés, pensé que te habías arrugado.
—¿Yo arrugarme? Ni loco. Lo que pasa es que el prefecto nos retuvo en la salida con una charla eterna sobre disciplina. ¿Hace mucho que esperás?
—Lo suficiente como para planear casarme, mudarme y divorciarme... Hola, ¿no me vas a dar un beso?
Me acerco... la abrazo sintiendo el perfume suave a jabón y cuadernos nuevos... y le doy un beso largo mientras de fondo se escuchan los silbidos y las risas cómplices de sus amigas desde el banco.
—¡Epaaa, miren a los tórtolos! ¡Guarden un poco de amor para el recreo! —grita una de ellas a los gritos pelados.
Clara se ríe contra mi pecho, sonrojada pero con esa picardía que siempre tuvo... esa que me volvía loco y que nunca, ni a lo largo de los años, con la oficina, con Jennifer, con la rutina y con la vida hecha, logré arrancarme del todo de la cabeza.
—No les des bolilla, son insoportables —me susurra Clara al oído, apretándome más la mano—. ¿Ves este parque? Te juro que, pase lo que pase con nuestras vidas, el día de mañana, si somos viejos y estamos perdidos en el mundo, nos vamos a acordar de este banco y de este exacto momento.
—Siempre nos vamos a acordar, Clara... Te lo juro.
Abro los ojos.
El recuerdo se desvanece de golpe, tragado por la penumbra de las ramas y el frío de la tierra.
Miro a mi alrededor. El parque está silencioso, viejo, desierto.
No hay risas de amigas... no hay sol de tarde de secundaria...
no hay promesas juveniles. Solo estoy yo...
Lucas... tirado bajo las hojas secas, con el cuerpo hecho piedra, un oficinista atrapado en una pesadilla real, sabiendo demasiado y sin poder decir una sola palabra.