¿Donde estoy? Capítulo 8 Las cuentas pendientes
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Capítulo 8 Las cuentas pendientes

Cierro los ojos... ¿Por qué cada vez que cierro los ojos y busco en mi mente lo que quiero terminar de hilar —porque no me voy a ir de este mundo sin saber primero quién fue el hijo de mil putas que me hizo esto, o quiénes fueron?

— se me desarma el pensamiento? Sé que no fue una borrachera, ya tengo mucho resuelto.

Sé que estoy en mi barrio, sé que se está yendo este maldito veneno y sé que me voy a vengar con toda la ira de Dios. Juro que me voy a vengar.

Pero no sé por qué, ahora que estoy pendiendo entre la vida y la muerte, mi conciencia parece querer lavarse sola.

Es como si el cerebro hiciera lo que quiere: primero me aparece Clara con su dulzura, después Jennifer y su refugio, y ahora esto.

Estoy recordando a la fuerza cosas de mi pasado que quise enterrar y olvidar para siempre.

La memoria retrocede por otro carril... uno oscuro... un rincón de mi propia historia que hacía años intentaba mantener bajo siete llaves.

Estoy en la misma puerta del colegio, pero ya no soy el chico enamorado que va a buscar a su novia.

Es la salida del turno tarde. El sol empieza a inclinarse y el aire huele a asfalto y a travesura pesada.

Mis amigos me esperan recostados contra la pared del kiosco de la esquina.

Son los de la banda. Los que nos creíamos dueños de la cuadra...

intocables... dueños de la verdad y de la fuerza.

—¿Qué hacemos hoy, Lucas? ¿Salimos de cacería o qué? —me pregunta uno, escupiendo un palito de chicle al piso con una sonrisa torcida.

Yo me acomodo la mochila en un solo hombro, sintiendo esa descarga de adrenalina barata... esa soberbia idiota de los diecisiete años donde uno cree que el mundo le pertenece y que hacer sufrir a otro es solo un chiste más de la tarde.

—Sí, vamos, vamos... hoy estoy con ganas de armar bondi —respondo, y mi propia voz en el recuerdo me da asco.

—¿A quién agarramos? —pregunta otro, frotándose las manos.

Se me cruza la cara de Carlitos, el pibe más callado... el flaco que siempre caminaba con los libros pegados al pecho, mirando al suelo para que nadie lo cruzara.

—Vamos a agarrar a Carlitos. El de la vuelta —digo sin titubear, marcando el objetivo con una maldad gratuita.

—¡Uh, sí, sabelo! El que siempre va solo con los anteojos. ¡Vamos a pegarle un susto! —festejan los demás.

Y fuimos. Lo arrinconamos a mitad de cuadra, contra el paredón ladrillado de un terreno baldío.

Recuerdo las risas, los empujones, el miedo en los ojos de Carlitos intentando protegerse la cabeza con los brazos mientras nosotros nos burlábamos, celebrando cada golpe, cada insulto, cada segundo de humillación ajena como si fuera una gran hazaña.

Yo ponía las ideas. Yo era el que decía a quién buscar, cómo acorralarlo, cómo hacerle pagar el simple hecho de ser distinto, de ser débil, de no encajar en nuestra patota.

Éramos unas porquerías.

Yo fui una absoluta porquería.

Abro los ojos.

La oscuridad verdosa de las ramas me devuelve al presente con un golpe seco. La culpa, fría y pesada, se me instala en el pecho.

Tirado acá, inmovilizado, cubierto de basura y hojas secas, sin poder mover un solo músculo, sin que nadie se apiade de mí... por un segundo pienso en Carlitos. Pienso en las veces que dejamos a otros tirados, temblando, rogando que paráramos.

La vida cobra cuentas exactas.

¿O no?

¿Es esto el castigo por lo que fui, por el daño que sembré de pibe, o es simplemente la consecuencia inevitable de haberme cruzado con asesinos reales en una noche donde preferí callar?

El cuerpo me duele de pura impotencia, y los ojos se me vuelven a llenar de lágrimas mientras el silencio del parque me aplasta un poco más.