¿Donde estoy? Capítulo 7 La sentencia
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Capítulo 7 La sentencia

Abro los ojos.

El parque está completamente vacío. Ni un alma. Ni una sombra. El aire de la primavera se siente tibio... pesado... cargado de polen y del olor dulzón de las flores que ya empezaron a abrirse, pero para mí ese aire es una trampa.

Intento mover algo. Cualquier cosa. Muevo los dedos de los pies dentro de las zapatillas, empujando con el alma entera, exigiéndole a los músculos una respuesta que nunca llega.

Nada.

Absolutamente nada. Pruebo con las piernas, tratando de despegar los talones de la tierra. Un esfuerzo invisible... titánico... que me quema por dentro. Ni un milímetro.

Y entonces intento gritar.

Aprieto el diafragma, contraigo el pecho y empujo el aire hacia arriba, directo a la garganta.

Pero ahí se traba. Queda prisionero en un nudo seco...

un ahogo áspero que no me deja emitir ni un suspiro.

La transpiración fría empieza a correrme por la frente, bajando por las sienes, helándome la piel.

Cada segundo de esta agonía se estira como una eternidad.

Mi cuerpo entero es un bloque de cemento, y mi mente, un motor que gira al vacío.

Siento que las fuerzas se me escapan. Una depresión honda, negra y pesada, empieza a treparme por el pecho. Me estoy rindiendo. No voy a salir de esta. Lo sé. Hago toda la fuerza del mundo, pero no me da... no me da el cuerpo... no me da la vida.

—Dios... Dios... Dios, sacame de esto...— pienso, repitiéndolo como un rezo desesperado, un ruego que choca contra el silencio de los árboles

—. ¡Dios, por favor!

Y al instante siguiente, el ruego se quiebra y se convierte en veneno.

—Mierda... Hijos de puta... ¡Mierda!

Se me mezclan los rezos con las maldiciones...

un collage salvaje de bronca y miedo. Quiero llorar.

Necesito descargar este nudo gigante que tengo en el pecho, ese llanto amargo, caliente, que me ahoga por dentro.

Pero ni siquiera eso me permite este cuerpo maldito.

Ni una lágrima puede salir libre... ni un sollozo puede romper el aire.

Hijos de mil puta los que me hicieron esto. ¿Quién carajo fue? ¿Cómo caí en esta trampa?

Sigo intentando. Concentrate. Concentrate en las extremidades.

Meto toda mi atención en la punta de los dedos de las manos.

Nada... solo un frío estático. Pruebo en la punta de los pies.

Nada... no siento la textura de las medias ni el cuero de las zapatillas.

Lo único que mis sentidos logran capturar con una claridad asquerosa es el olor a humedad de la tierra podrida y el tufo nauseabundo de la basura que esos pibes me tiraron encima.

Ese olor a cartón mojado, a porquería rancia, se me mete hasta el fondo de la nariz.

La impotencia es tan grande que, al fin, los ojos se me inundan. El agua se acumula, quema, presiona, hasta que una gota gorda y pesada se desborda y empieza a deslizarse lenta, solitaria, por mi mejilla, perdiéndose fría entre las hojas secas del suelo. No puedo hacer nada. Nada de nada.

Y en medio de ese pozo ciego, de esa oscuridad que me empuja hacia abajo, una chispa salta en mi cabeza.

No. Yo soy fuerte. Yo soy Lucas. Una persona de carácter durísimo, un tipo que siempre se hizo de abajo, que nunca se rinde, que jamás se frena

ante nada. Nada me dobla. Nada me detiene.

—Dios... Dios...— vuelvo a exhalar en un ruego mudo, mientras siento que los párpados me pesan toneladas.

Cierro los ojos. Y de golpe, el dolor del cuerpo se apaga. La memoria me rescata, devolviéndome el calor de otra época.

Estoy con Jennifer. Somos novios todavía. El sol cae sobre la vereda y el aire huele a tarde de primavera compartida. La miro a los ojos, con la certeza absoluta del mundo por delante, y le juro que vamos a estar siempre juntos, pase lo que pase, que nadie nos va a separar jamás.

Ella me sonríe, me acomoda el cuello de la camisa con esa delicadeza suya y me dice con voz firme:

—Yo sé que vas a lograr todo lo que te propongas, mi amor. Sos un hombre con una fuerza increíble. Nunca dejes que nadie te apague.

La voz de Jennifer se queda flotando en el aire, cálida, perfecta, envolviéndome como un refugio. Pero de రెడ్డి repente, esa imagen empieza a desvanecerse, a romperse como un vidrio viejo. La calidez del recuerdo se choca contra una pared helada.

Abro los ojos.

El verde turbio de las copas de los árboles. El peso de la tierra. El tufo agrio de la basura sobre mi cara.

La frase de Jennifer se mezcla de golpe con otra voz. Una voz fría, real, pesada, que me cae encima como un baldazo de agua helada desde el fondo de mi memoria reciente.

No es la voz de Jennifer. Es la voz del hombre que estaba parado junto al banco, el que me miraba desde la sombra antes de que todo se volviera negro. El que me dejó tirado acá, esperando la muerte.

—...vas a terminar muriendo acá, te vas a acabar pudriendo solo, hijo de puta.

El corazón se me desboca contra las costillas. La conexión salta de golpe en mi cabeza, encajando las piezas con la violencia de un golpe seco.

Esa voz... Yo conozco esa voz. No es de un desconocido cualquiera.

Cierro los ojos con desesperación, buscando en el rincón más oscuro y prohibido de mi mente, tratando de atravesar el muro de niebla que me impuso el miedo. Y ahí está. El verdadero motivo por el cual estoy paralizado en este parque.

La imagen se proyecta detrás de mis párpados con una nitidez atroz.

Una noche anterior... un galpón abandonado o una esquina oscura.

No importa el lugar exacto; lo que importa es lo que vi.

Fui testigo silencioso de algo monstruoso.

Un hombre poderoso, intocable, cayendo bajo una lluvia implacable de golpes.

Golpes sordos, secos, salvajes, dados por tipos que no tienen nombre ni compasión, hasta destrozarle la vida en el suelo.

Y yo... yo me quedé congelado, oculto en la penumbra, viendo cómo lo mataban a sangre fría, creyendo que nadie me había visto.

Pero me vieron. O al menos, uno de ellos sabía que yo estaba ahí.

Por eso estoy así. No fue una borrachera. No fue un accidente estúpido. Me cazaron. Me drogaron, me inyectaron algo paralizante o me golpearon la nuca para traerme a este maldito parque a morir lentamente bajo las hojas secas, como a un perro viejo.

La rabia me quema las entrañas con más fuerza que la parálisis. Ya no hay dudas, ya no hay confusión. Sé quiénes son, o al menos sé que hay una banda de asesinos sueltos que decidieron borrarme del mapa porque vi lo que no debía.

Pero de repente, en medio de toda esta negrura, pasa algo increíble.

Siento ese calor en la nuca firme, y abajo, un pequeño cosquilleo eléctrico en la punta de los dedos del pie. No es imaginación. Es real. Sé que estoy en mi barrio, que este parque lo conozco de memoria porque acá me veía con Clara de pibe, y que estoy a pocas cuadras de casa.

El veneno está terminándose de disipar. La parálisis afloja.

Intento gritar de nuevo, morder el aire, desgarrar mi garganta con un rugido de venganza.

Todavía no sale la voz, pero por dentro sé que esto va a pasar a ser una pesadilla vieja.

Si logro salir de esta, si este veneno termina de ceder, juro por lo más sagrado que no voy a ir a la policía: los voy a cazar uno por uno con mis propias manos.