¿Donde estoy? Capítulo 6 El trono de madera
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Capítulo 6 El trono de madera

Cierro los ojos para concentrarme en este calor que siento en la nuca y que me trajo tanta esperanza.

Siento esa pequeña tibieza latiendo despacio, un aviso de que el cuerpo sigue vivo y de que el efecto de esa maldita droga está aflojando.

Cierro los ojos y a la vez busco respuestas.

Todavía no me acuerdo qué pasó ayer. Pero estoy seguro de algo: no son esos tipos que vi recién.

Esos tres no tienen nada que ver con lo que me pasó.

De repente, la mente se me afloja y me vienen recuerdos de la adolescencia.

¿Qué tienen que ver los recuerdos de la adolescencia ahora?

No tienen nada que ver con lo que quiero averiguar de anoche.

Pero me dejo llevar, porque ese calorcito me da tranquilidad.

Y me acuerdo... Me acuerdo de los lindos momentos que pasaba con Clara.

Qué lindos momentos, por favor. Éramos dos pibes con la vida por delante.

Y me acuerdo perfecto del diálogo, de las risas, de las escapadas del colegio...

—¿Seguro que no nos van a ver los de la dirección? Si nos llegan a agarrar faltando a la última hora de matemática, nos mandan directo a la preceptoría con notificación a los viejos.

—Tranquila, boba. Los prefectos están tomando mate en la sala de profesores y la puerta del fondo del parque es un escondite ciego. Nadie nos va a encontrar acá. ¿Ves este banco de madera? Es nuestro trono por los próximos cuarenta minutos.

—Ay, sí... nuestro trono... que está más duro que banco de plaza. Mirá cómo tengo las rodillas de correr por el terraplén. Pero bueno, peor es calársela al viejo Gómez hablando de fracciones y números enteros. Prefiero mil veces morir aburrida acá con vos.

—¿Morir aburrida? ¡Mirá lo que te traje en la mochila! No me digas que con esto te vas a aburrir.

—A ver... ¡No me lo puedo creer! ¿Alfajor de dulce de leche con baño de chocolate negro? ¿Cómo sabés que es mi debilidad absoluta?

—Por favor, Clara, te conozco más que a mis propios útiles escolares. Sé exactamente qué comerías todos los días de tu vida si pudieras elegir.

—Mentira, me lo adivinaste de pura casualidad. Aunque... te lo voy a aceptar igual porque me muero de hambre. Mmm... está buenísimo. ¿Y vos no querés la mitad?

—Comételo todo vos, me da más placer verte comer con esa cara de felicidad que probarlo yo. Pero guardame un besito con sabor a chocolate, eso sí no me lo negués.

—¡Ay, qué pavote sos cuando te ponés romántico! Tomá, besito compartido. Pero no te hagas el vivo que tenemos que volver antes de que toquen el timbre de salida, eh.

—¿Te acordás del papelón de la semana pasada con el gordo Martínez?

—¡No me hagas acordar de eso, por favor! Jajaja.

—Te juro que estaba sentado en el banco de allá enfrente, con el sándwich de milanesa en la mano, rojo como un tomate, sin saber dónde meter la vista mientras nosotros nos estábamos dando esos besos. ¡Nos miraba fijo y se ponía nervioso!

—¡Jajaja! ¡Es verdad! Pobre pibe, no sabía si comerse el sánguche o mirar para otro lado para no quedar como un fisgón. Y nosotros hacíamos de cuenta que no existía nadie en el universo.

—Es que para mí no existía nadie más. Estabas vos, el sol filtrándose entre las ramas de los eucaliptos y este parque viejo que parecía nuestro y de nadie más.

—Y ahora miranos... tan grandes, tan serios, con tantas vueltas encima...

—Ey... no pienses en el afuera. Sigamos siendo esos dos pibes que se escapan del colegio, ¿querés?

Abro los ojos.

El parque está desierto. Absolutamente solo. Ni un alma a la redonda. Ni los chicos de antes... ni transeúntes... ni nadie que pueda socorrerme. La tarde se está apagando entre las copas de los árboles, pero el silencio ya no me asusta como antes.

Intento mover la cabeza hacia un costado. Mis ojos apenas alcanzan a ver un fragmento de mi propia ropa. Tengo la camisa y el pantalón cubiertos de tierra, de humedad y de la porquería que los pibes me tiraron encima, pero el calor en la nuca sigue ahí, firme, expandiéndose despacio.

—Malditos críos...— pienso sin rabia, casi con una sonrisa cansada. —Se creen que me taparon, pero no tienen idea de que me estoy despertando.

Yo, que siempre voy a la oficina tan impecable.

Me acuerdo de Jennifer, su voz dulce cada mañana antes de salir de casa: "Qué hermoso vas a trabajar, mi amor.

Siempre tan bien vestido, tan prolijo". Jennifer planchándome la mejor camisa, dejándome los zapatos brillosos para encarar el día en el escritorio.

Si me viera ahora... parecería un pordiosero tirado en el barro, pero sé que esto es pasajero. No me voy a quedar así.

Y de repente, me vuelve la voz sabia de mi abuela como un faro:

"Nene, si te caés y te golpeás la cabeza, tratá de no dormirte, porque te podés morir."

Mi abuela tenía razón. Hoy no me voy a dormir. No me voy a morir acá. Ese calorcito en la nuca es la prueba de que el cuerpo se está defendiendo, de que el veneno está cediendo poco a poco. Hago un pacto firme conmigo mismo: voy a mantener la mente bien despierta.

Esto no fue una borrachera estúpida. Fue algo premeditado, pero les falló el cálculo.

La droga no fue suficiente. Voy a recuperar el movimiento, me voy a levantar de este barro y voy a averiguar exactamente quién me hizo esto.

La fe y la bronca se me mezclan en el pecho, inyectándome una energía caliente que combate el frío del suelo.

Cierro los ojos otra vez, relajado, dejando que el calor de la nuca me guíe hacia el fondo de la memoria para encontrar la última pieza del rompecabezas...