Capítulo 5 Los buitres en el sendero
Abro los ojos.
Miro a mi alrededor todo lo que alcanzo a ver con la vista fija: la luz del sol filtrándose entre los eucaliptos, el cielo verdoso, la tierra húmeda. Y me pongo a analizar.
En medio de todo esto, de repente pasa algo.
Un calor.
Siento un leve calor en la nuca. Siento algo que no había sentido hasta ahora, una pequeña tibieza en la piel. Es algo metódico, simple, pequeño, pero totalmente distinto a todo el frío helado que me venía congelando la sangre.
El corazón me da un vuelco, pero esta vez no es de pavor, es de una esperanza gigante. Siento que algo está cambiando. La droga o la anestesia que me pusieron está empezando a perder efecto. Es una chispa de libertad que me demuestra que el cuerpo no está muerto. Siento
que es solo cuestión de tiempo para recuperar el control de mis músculos e irme de acá.
Y justo ahora que empiezo a sentir que el veneno pierde efecto, de repente veo sombras a lo lejos.
Tres hombres vienen caminando despacio por el sendero. No parecen paseantes comunes. Se mueven con una lentitud calculada. Paran. Miran hacia donde estoy tirado.
Uno de ellos se adelanta dos pasos, se agacha despacio y hace como que se ata el cordón de la zapatilla, pero no le saca los ojos de encima a mi cuerpo. Siento la mirada clavada en mí, fría, analítica. Los otros dos se quedan parados a pocos metros, mirando para los costados, disimulando.
Ahí empieza la sospecha.
Si yo tuve todos esos problemas en el pasado con Pedro, con José y con el patovica que vino a guapearnos... si corrió tanta sangre y hubo tanta
violencia, ¿puede ser que esa gente haya decidido vengarse recién ahora? Pasaron los años, me fui a trabajar a la oficina, armé una vida tranquila de escritorio... pero ¿y si me encontraron? ¿Y si esperaron todo este tiempo para saldar la cuenta?
Analizo la situación con la cabeza a mil por hora.
Tal vez anoche me atraparon, me drogaron en alguna parte o me inyectaron esta porquería.
Tal vez logré escapar tambaleándome entre las sombras hasta caer bajo este tronco.
Y ahora estos tipos están acá porque saben que caí en el parque, pero como hay gente dando vueltas, no se animan a hacer nada y esperan a la noche para rematarme.
El tipo que se ataba los cordones se incorpora, les dice algo en voz baja a los otros dos y los tres siguen caminando despacio, perdiéndose detrás de los arbustos.
Pero me da una risa interna, una risa burlona y de revancha en medio de la mugre.
Se tienen que ir ahora porque no pueden actuar con gente dando vueltas.
Y justo ahora que el veneno está perdiendo efecto, se les va a pudrir el plan.
No hay problema. Si esto sigue así y el calorcito en la nuca sigue avanzando, para cuando esta gente vuelva a la noche a buscarme...
¡no me van a encontrar! Yo no voy a estar acá. Voy a estar lejos, a salvo.
Hay algo que no me cierra del todo, porque siento que la cara que vi ayer antes de dormirme era de gente conocida y no de estos matones, pero no importa. Ahora tengo fe. Que averiguen después quién soy o a dónde me fui, porque para la noche voy a estar muy lejos de este parque.
Y ahí me quedo pensando, alimentando esa pequeña esperanza mientras el sol sigue cayendo entre las ramas.