¿Donde estoy? Capítulo 4. Clandestinos
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Capítulo 4. Clandestinos

Cierro los ojos y esta vez es algo totalmente distinto.

¿Por qué la mente va y viene para distintos lugares?

Yo quiero saber quién soy y por qué estoy acá.

Sé que vivo cerca, porque este lugar lo conozco.

Es mi barrio, estoy cerca de mi casa y aún así me estoy muriendo en el parque, donde había dejado de venir tanto tiempo y que ahora va a ser testigo de mi sufrimiento.

Y ahora estoy con esta imagen totalmente distinta, porque veo a una chica...

esta chica la conozco. La conocí en la infancia, la conocí en la secundaria, era mi novia.

Sí, claro. Sí, sí. Era mi novia, era Clara.

Sí, claro. ¿Cómo no me voy me acordar de Clara?

¿Pero qué tiene que ver esto con lo que yo quiero saber, con lo que quiero averiguar, lo de ayer, no de tan lejos?

Pero bueno, me viene todo el recuerdo y me acuerdo del diálogo, lo que hablábamos...

—No te muevas. Quedate así un ratito más...

—Si me muevo, tengo miedo de que se termine el tiempo.

—El tiempo no existe cuando estamos encerrados acá adentro. Afuera que corra el mundo.

—Fuera de esta habitación, Jennifer debe estar pensando que sigo haciendo horas extra en la oficina, cerrando balances o acomodando los papeles de la empresa...

—¿Todavía te cree ese cuento?

—Siempre me cree. Sabe que el jefe muchas veces me pide que me quede a sacar los trabajos más pesados y que cuando me pongo obsesivo con laburar de noche, no hay quien me saque.

Además, se armó su propia historia: prefiere pensar que soy un adicto al trabajo antes que... bueno, antes de sospechar la verdad.

—¿Y vos qué preferís? ¿Qué piense eso o que nos descubra?

—Prefiero que no sufra, Clara. Te lo juro.

Con Jennifer armé una familia, una estructura, una vida entera.

Pero con vos... con vos es como volver a respirar por primera vez.

¿Te acordás de aquella vez en el bar de la esquina, cuando nos quedamos charlando hasta que las tazas de café se enfriaron por completo y nos dieron las siete de la mañana viendo cómo amanecía sobre la avenida?

—¡Cómo no me voy a acordar! Si te sonaba el celular cada diez minutos... Era Jennifer preguntando si te habías quedado dormido sobre el escritorio.

—Y yo con el corazón en la boca, contestándole con la voz más tranquila del mundo: "Sí, mi amor, acá sigo entre carpetas e informes, el jefe me pidió cerrar unos números urgentes y se me hizo tardísimo". Y vos tentada de risa al lado mío, mordiéndome la oreja para que se me cayera el teléfono.

—Es que éramos tan cómplices... Éramos dos chicos jugando con fuego, aunque ya no fuéramos tan pibes.

—Yo te quiero, Clara. Te lo digo siempre, pero te lo repito: te quiero como a nadie en este mundo.

—Sí, ya sé que me querés. Me lo decís con los ojos, me lo decís cuando me tocás. Pero al final del día, yo siempre voy a ser la otra. La clandestina. La que espera que te liberes de tu

casa, de tus responsabilidades, de tu vida real.

—Para mí no sos "la otra". En este cuarto, vos sos mi única realidad. Lo demás es escenografía.

—Qué lindo hablás cuando tenés miedo a perder las dos cosas... Pero mirame a los ojos... ¿Te animarías un día a romper todo y jugártela solo por mí, o este amor de clandestinos es lo único que nos sale bien?

—Yo...

Abro los ojos.

El silencio... La oscuridad verdosa de las ramas apretadas contra el cielo... No hay nadie. Ni un alma... ni un transeúnte despistado... ni un pibe jugando a la pelota... ni una sola sombra amiga. El parque está muerto... inmenso... tragándose mis gritos mudos.

Intento mover la mano izquierda.

Nada.

Un músculo contraído... un tendón que se niega

a obedecer. Tengo el cuerpo hecho piedra...

un bloque de carne inútil tirado sobre la tierra húmeda y las hojas podridas.

El frío del suelo me atraviesa la ropa, pero lo peor no es el frío...

es la certeza: nadie va a pasar por acá a esta hora.

Nadie me va a escuchar balbucear este hilo de voz seca.

Si me muero acá, me voy a morir con el eco de su risa en los labios y la culpa pesándome en el pecho.

La desesperación me quema por dentro... un fuego ciego que no puedo apagar porque ni siquiera tengo fuerzas para llorar. Mi mente es lo único que sigue vivo... un motor revolucionado al mango dentro de un auto destartalado y sin frenos.

Cierro los ojos con furia, buscando otra vez el refugio de los recuerdos, cualquier lugar que no sea este maldito suelo...