Capítulo 3. La deuda
Cierro los ojos... Las hojas sobre la cara... La desesperación... Y de repente el parque desaparece.
Aparece una mesa.
Una mesa de bar.
No sé en qué lugar del mundo estoy... pero veo esa mesa desgastada, con toda la madera gastada, marcada por los años... conozco la luz amarillenta del techo... conozco el olor a café rancio y cigarrillo.
Veo a dos personas sentadas. Veo a José y a Pedro. Y me veo a mí mismo en esa misma mesa, sentado al lado de ellos. Sé que se llaman así porque los estoy escuchando hablar, pero al principio no me acuerdo bien de esta parte.
Ah... sí.
Me acuerdo.
Ahora me acuerdo.
Sí... nosotros hacíamos estas porquerías. Prestábamos dinero, apretábamos a la gente, los extorsionábamos hasta que soltaran todo el dinero, hasta el último peso. Yo era parte de eso. Era el tipo serio al lado de Pedro, el respaldo, la presencia que metía miedo para que nadie se hiciera el listo.
Pero esa vez... esa vez algo había cambiado.
—Te presté plata una vez —dice Pedro.
El hombre que está frente a él baja la mirada.
José.
—Después te volví a prestar —sigue Pedro.
—Ya sé.
—Y después me pediste más.
—Ya sé, Pedro.
—Entonces no entiendo qué parte no entendés.
José levanta la cabeza... tiene la cara
desencajada... los ojos rojos.
—¿Qué querés que haga?
—Que me pagues.
Pedro se ríe... No es una risa... es un látigo.
—¿Cuándo?
—Ya te dije... Apenas cobre.
—¿Cuándo?
José se queda callado... Pedro se inclina sobre la mesa... Siento la tensión en el aire... Como si una chispa fuera a hacer saltar todo por los aires.
—Siempre lo mismo... "Apenas cobre"... "La semana que viene"... "Dame unos días"... Ya pasó un mes, José.
—Yo te devolví las otras veces.
—Sí... pero tardaste... Y ahora me debés más.
—¡Porque estoy complicado!
—Eso ya lo sé.
—Entonces entendeme.
—Te entiendo perfectamente... Por eso te estoy
dando una última oportunidad.
José lo mira... traga saliva.
—¿Cuál?
—Conseguís la plata.
Toda.
—Sí.
—Y me la devolvés.
—Sí.
—Si no...
Pedro deja la frase flotando... amenazante... pesada. José se pasa una mano por la cara.
—¿Si no qué, Pedro?
Y ahí fue cuando la cosa se podrío.
Antes de que Pedro responda, alguien aparece detrás de José. Una silla se arrastra con fuerza contra el piso y un tipo enorme se sienta con nosotros.
José no venía solo. Esta persona trajo a su propio patovica, a su propio guardaespaldas, un tipo pesado que vino directamente a apurarnos y
a ponernos el pecho.
—¿Qué pasa? —pregunta el recién llegado con voz de pocos amigos.
José lo mira... angustiado.
—Nada.
El hombre mira a Pedro... después me mira a mí... y vuelve a mirar a José.
—¿Este boludo te está apurando porque le debés plata?
—Sí —suspira José.
El patovica mira a Pedro a los ojos... sonríe con una frialdad pesada.
—Quedate tranquilo.
Pedro frunce el ceño.
—¿Quién sos vos?
—Un amigo.
—Esto no tiene nada que ver con vos.
—Ahora sí.
Llama al mozo... pide un café... vuelve a mirarnos a Pedro y a mí. Y en esa mesa la
discusión escaló feo. Se dijeron de todo, las amenazas volaron de un lado a otro y nos vinieron a guapear en nuestra propia cara. Quedó todo mal. Absolutamente mal.
El tipo agarró a José, se levantaron de la mesa y se fueron dejándonos la palabra en la boca. Nos quedamos con Pedro masticando rabia.
Yo me acuerdo de que después de esa noche tuvimos problemas. Tuvimos muchos problemas. Se desató una guerra que se nos fue de las manos.
Cierro los ojos dentro del recuerdo y empiezan a pasar las imágenes como ráfagas de fuego: veo sangre...
veo lastimados... gente muy lastimada...
peleas brutales en las esquinas... emboscadas en la noche...
veo golpes, corridas, caras ensangrentadas.
Veo peleas salvajes, pero entre tanta neblina no alcanzo a recordar qué pasó exactamente al final de todo eso. Eso fue después... bastante después.
Abro los ojos.
El parque.
El tronco.
Las hojas secas y la basura aplastándome la cara.
El cielo entre las ramas.
Otra vez la inmovilidad... Otra vez el silencio absoluto... Ni un músculo me responde.
Recuerdo la cara de Pedro. Recuerdo la cara de José. Recuerdo al patovica mirándonos con odio.
¿Y si fue por eso? ¿Y si esta parálisis es la factura de aquella guerra? ¿Y si alguien de aquella época me encontró después de tantos años y vino a saldar las cuentas pendientes?
Paredes.
Discusiones.
Plata.
Amenazas.
Sangre.
Empiezo a pensar que mi vida no era tranquila... Empiezo a pensar que mi vida estaba llena de agujeros oscuros... Cosas que yo olvidé, pero que alguien más todavía recuerda.
Cierro los ojos otra vez.
Y esta vez no sé qué demonios voy a encontrar.