Capítulo 56
R afe la tomó en brazos, agarró su camiseta de una rama cercana y empezó a caminar de vuelta a casa. Ruby se planteó protestar. Era perfectamente capaz de andar. Pero Rafe lo sabía y, aun así, la llevaba en brazos.
Ruby se acurrucó contra su pecho y aspiró su aroma a pino.
Por primera vez en mucho tiempo, pudo descansar.
Pudo oír los latidos firmes de Rafe y no preocuparse por las facturas, por los episodios de su hermana o por su próximo turno en el bar.
No es que esas cosas no fuesen a estar allí esperándola por la mañana, pero ahora tendría a alguien a su lado cuando se despertara para enfrentarse a todo eso.
Al volver a estar con Rafe, se sentía de nuevo entera. Su corazón latía en sincronía con el de él, su respiración imitaba las inspiraciones y exhalaciones de él. Estar en sus brazos la iluminaba por dentro, llenando de luz todos los espacios oscuros.
Llegaron a su cabaña justo cuando comenzaban a caer las primeras gotas de lluvia. Un relámpago iluminó los árboles en torno a ellos, seguido por el rugido del trueno.
—Creo que vas a tener que quedarte aquí —dijo Rafe dejándola en el porche—. ¿Crees que Lena estará bien?
—Pasa la noche donde Callie.
Rafe abrió la puerta. Su hogar era pequeño, acogedor y mucho más desordenado de lo que Ruby habría esperado, pero Rafe no le concedió mucho tiempo para explorar.
—Vamos a limpiarte. —La arrastró hasta el cuarto de baño y, en la ducha, abrió el grifo del agua caliente.
Ruby se mordió el labio inferior y sintió el burbujeo de la felicidad dentro de ella, tan potente y rápido que creyó que iba a derramarse.
—Bueno, vale, pero después pienso cotillear todas tus cosas.
—Muy bien —repuso él con una sonrisa tímida.
—Y quiero ver tu taller de ebanistería.
Rafe le quitó el sujetador con un hábil giro de los dedos y lo dejó caer al suelo. Ruby se sacudió para quitarse la falda y los leotardos. Las manos de Rafe recorrieron sus caderas y se hundieron en la hondonada de su cintura. La pequeña estancia fue llenándose de vapor.
— Podrás verlo todo.
—Mmm, vale. —Ruby echó mano a sus vaqueros, pero él le asió las manos.
—Ruby —le advirtió.
—¿Sí?
—Estoy intentando cuidar de ti.
Ella liberó las manos de un tirón y le bajó los pantalones por encima de las caderas. Sintió su polla dura y pesada en la mano. Los genes de los hombres lobo. Dios santo.
—Creo que esta es una muy buena manera de cuidar de mí.
—Ruby, estás herida. —Le acarició el brazo con los dedos mientras, con sumo cuidado, le retiraba el vendaje y, por primera vez en las últimas horas, Ruby sintió el dolor que brotaba de la herida— . Tienes que descansar. —Le dio un beso en la frente y la guio suavemente hacia la ducha.
—Por lo menos podrías ducharte conmigo. —Ruby tiró de él, quedando los dos apretujados en el reducido espacio, pero merecería la pena con tal de ver a Rafe empapado y enjabonado.
Al parecer, él debió de pensar lo mismo de ella, porque no perdió tiempo en enjabonarla entera. Sus grandes manos retiraban con cuidado la tierra y el sudor de su revolcón anterior.
Miró su herida como si quisiera resucitar a esos lobos solo para poder volver a matarlos. Ella pasó una mano por su pecho.
—No pasa nada. Ya se han ido. Estoy a salvo.
Rafe emitió un largo suspiro. Tardaría mucho tiempo en creer que estaba a salvo, Ruby lo sabía.
Después de todo lo que había vivido, sabía que haría falta algo más que un poco de sexo y unos mordiscos para que confiara en que de verdad estaba allí, a salvo, y era suya, pero Ruby se lo repetiría todos los días.
—¿Y qué pasa si no se han ido?
—Rafe…
—No, en serio. No es que quiera ponerme en plan… yo. —Se encogió de hombros y le pasó una mano por el pelo, haciendo que las gotas de agua resbalaran por su antebrazo—. ¿Y si siguen volviendo hasta conseguir lo que desean?
Ruby sintió un escalofrío que le trepaba por la columna al recordar las palabras de Wyatt y la visita de Knox al bar. Pero lo último que deseaba hacer en aquel momento era sacar a colación al hermano de Rafe.
— Entonces nos enfrentaremos juntos a ellos.
Rafe se quedó mirándola unos segundos más antes de asentir.
—Juntos. —Recorrió su cuerpo una vez más con esa mirada evaluadora.
Sus ojos se tornaron oscuros de deseo y Ruby se mordió el labio para contener la sonrisa. Claramente estaba pensando en asuntos más apremiantes. Apartó la mirada para echarse champú en la mano y Ruby gimió cuando empezó a masajearle el cuero cabelludo.
—Date la vuelta —le ordenó, y ella así lo hizo.
Le enjabonó el cabello, clavándole los dedos en la cabeza mientras el agua caliente resbalaba sobre sus pechos y su vientre. Gimió de nuevo y sintió su polla rozándole el culo.
—Date la vuelta.
Ruby soltó una risita y obedeció de nuevo, dejando que él le aclarase la espuma del cabello. Cara a cara otra vez, la polla de él resbaló contra su vientre cubierto de jabón.
—Rafe, por favor.
Él gimió y apretó contra ella con más urgencia, dejando que el agua envolviera sus cuerpos. Ruby hundió los dedos en su cabello mojado y le lamió el agua de la mandíbula.
Rafe se arrodilló en la ducha antes de que ella pudiera protestar y colocó la boca entre sus piernas sin darle tiempo a respirar. Pasó una de sus piernas por encima del hombro, haciendo que el agua les cayese encima en forma de lluvia.
—Joder. —Ruby apoyó la cabeza contra la pared mientras Rafe le estimulaba el clítoris con la lengua, enviando sacudidas de placer a lo largo de sus piernas, hasta llegarle a los dedos.
Él murmuró contra sus pliegues y la vibración la hizo gemir.
— Lo supe —dijo él, la cabeza aún entre sus piernas—. Nada más saborearte, supe que eras mía.
—Rafe. —Gimió su nombre, el resto del lenguaje se desvaneció de su cabeza. No duró mucho, el orgasmo fue acercándose velozmente hasta que al fin la envolvió como una enorme ola. Rafe le dio un beso en el muslo mientras ella enredaba los dedos en su pelo—. En serio, qué bien se te da —murmuró.
Rafe sonrió con suficiencia. Se puso de pie y su mirada se posó en las manos de ella.
—¿Yo te he hecho eso? —Sus ojos se tornaron oscuros al quedarse estudiando los arañazos que tenía en las palmas de las manos.
—No.
La miró entrecerrando los ojos.
— Me he chocado. Estaba oscuro. No es para tanto.
—No es para tanto —repitió él con desdén mientras cerraba el grifo y la envolvía en una toalla. Volvió a tomarla en brazos y la llevó hasta su dormitorio, donde la depositó sobre la cama.
—¿Ahora vas a llevarme en brazos a todas partes?
—Es posible.
Abandonó el dormitorio y Ruby lo oyó rebuscando en el armario de las medicinas.
Fuera, llovía a cántaros y el agua repiqueteaba con fuerza sobre el tejado de hojalata.
Cada pocos minutos, un relámpago iluminaba la acogedora estancia.
Era pequeña al igual que el resto de la casa, una vieja cabaña de caza construida para estancias breves.
La cama de Rafe ocupaba casi todo el espacio.
Era grande, de madera, robusta, cubierta con una colcha deslucida.
Como las demás cosas que había alcanzado a ver en el resto de la casa, todo estaba gastado, pero era cómodo; viejo, pero bien cuidado.
Era lo que cualquiera querría en un refugio boscoso.
Agarró una de las enormes camisas de franela de Rafe que colgaba de la silla situada en el rincón y se la puso. Estaba suave al tacto.
Rafe regresó con una cajita blanca en las manos y unos pantalones cortos sobre su hermoso cuerpo.
—Dame la mano. —Se sentó al borde de la cama, el ceño fruncido por la preocupación cuando ella le mostró la palma rasguñada.
—No pasa nada.
—Claro que pasa. Estás herida. —Vertió agua oxigenada sobre el arañazo y Ruby siseó. Él la miró, frunciendo aún más el ceño.
— Es que escuece un poco. —Le dedicó una sonrisa débil.
Él masculló como si aquello le resultase inaceptable y, con delicadeza, desenvolvió una tirita y se la puso en la mano.
—La próxima vez lo hacemos en la cama, como la gente normal.
—Pero ¿de verdad queremos ser gente normal? —preguntó Ruby arrugando la nariz—. Suena un poco aburrido.
Rafe contuvo una carcajada.
—No creo que pudiéramos pasar por normales.
—Yo tampoco. —Ruby golpeó con la mano el hueco junto a ella sobre la cama—. Ven y ayúdame a entrar en calor.
Su hombre lobo dejó a un lado el botiquín y se tumbó tumbado junto a ella.
Ruby apoyó la cabeza en su pecho y se quedó escuchando la tormenta que arreciaba en el exterior.
Rafe le acarició el pelo con una mano y fue bajando por su espalda.
Trazó círculos sobre la piel de sus brazos y recorrió con los dedos su cuerpo hasta encontrar la mordedura del cuello.
Ruby cerró los ojos, saboreando la sensación.
Sentir sus manos en ella y saber que pertenecía a alguien.
— Creo que tenías razón.
—¿Sí? —La voz de él fue un murmullo bajo su oreja—. ¿Con qué?
—Creo que soy como Lena. Al menos un poco. —Levantó la cabeza y se apoyó sobre un codo junto a él.
—¿Por qué? ¿Ha ocurrido algo? —Adoptó una expresión homicida, como si así pudiera ahuyentar cualquier visión que ella pudiera haber tenido.
Ruby meneó la cabeza, acariciándole la piel levemente con el cabello.
—Es solo una sensación —dijo.
Rafe le recogió el pelo detrás de la oreja y se quedó observándola como si estuviera esperando a que desarrollara sus pensamientos al respecto antes de formular los suyos propios.
—Y, cuando venía a buscarte, fue como si algo me atrajera hacia aquí. Mi cuerpo sabía a dónde tenía que ir. No sé. —Se encogió de hombros—. Fue algo mágico.
—Suena mágico. —Él dibujó una sonrisa con los labios—. Así me he sentido yo contigo desde el principio.
Ruby se agachó y le dio un beso en el pecho, justo encima del corazón.
—¿Quién habría imaginado que los hombres lobo eran tan románticos?