¿Dónde estás, lobo feroz? (Maple Hollow 1) Capítulo 55
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Capítulo 55

R uby avanzaba a gran velocidad entre los árboles, la maleza le arañaba las piernas y le rasgaba los leotardos mientras corría. En la distancia, rugió un trueno. El sonido reverberó en su pecho.

Rafe debía de haberle concedido ventaja, porque no lo oía a su espalda. Estaba oscuro. Era casi imposible ver más allá de unos pocos pasos más adelante. Ruby corría con las manos estiradas frente a ella y tropezaba entre los árboles.

Tenía el corazón desbocado. Algo parecido al miedo le produjo un cosquilleo que trepó por su columna.

Aunque fuera Rafe quien la seguía, aunque ella deseara que la atrapara, daba la impresión de que una parte primitiva de su cuerpo no estaba al corriente.

En aquellos bosques oscuros, no era más que una presa.

Rozó el tronco de un árbol con la mano y la corteza le arañó la piel de la palma. Dejó de correr y se apretó la mano contra el pecho para calmar el escozor.

Unas hojas se agitaron en algún punto situado a su izquierda.

Atisbó la oscuridad y no vio nada. Siguió avanzando, más despacio ahora, la respiración superficial y errática.

Más movimiento de hojas. Unos ojos plateados la observaban entre las sombras.

Una excitación familiar le trepó por la espalda. Rafe estaba allí.

Avanzó de nuevo, ganando velocidad otra vez, sin querer poner fin aún a aquel jueguecito. Sus botas hacían crujir la hojarasca y su falda ondeaba entre las piernas. Había dejado la capa hecha un gurruño en su jardín.

Un gruñido gutural acarició su piel. Él andaba cerca. El corazón le martilleaba las costillas, aguardaba a que la atrapara y al mismo tiempo corría para mantenerse lejos. Era el pillapilla más sexi y terrorífico al que había jugado en su vida.

Otro gruñido y, esta vez, el aliento de Rafe le rozó la oreja. Contuvo un grito al notar su fuerte brazo amarrado a su cintura, levantándola del suelo. La mantuvo sujeta con fuerza, la espalda de ella apretada contra su pecho. Ruby notaba los latidos firmes de su corazón.

Él le arañó el cuello con los dientes, afilados sobre su piel. Los dientes de un animal.

—Te pillé —susurró.

Ruby gimoteó.

La dejó en el suelo, permitiendo que sus pies volvieran a posarse en la tierra, pero no retiró el brazo de su cintura.

Su otra mano serpenteó por la parte delantera de su cuerpo y le levantó la falda.

Gruñó al bajarle los leotardos con las manos, después las bragas, y sus dedos rozaron su piel sensible.

—Joder, Ruby. Estás muy mojada.

El mundo era negro en torno a ella, las únicas sensaciones que experimentaba eran la voz de Rafe en su oído y sus dedos acariciándola entre los muslos.

Soltó un gemido y echó la cabeza hacia atrás para apoyarla en su pecho.

Él succionó la piel de su cuello mientras le rodeaba el clítoris con los dedos.

A Ruby le temblaron las piernas, pero él la sujetó, pegándola a su cuerpo, frotando y besándola hasta hacerle perder el sentido y la razón. Hasta que se dejó atrapar.

El orgasmo fue ganando intensidad hasta que Ruby empezó a convulsionarse, dejándose invadir por el placer y el alivio.

Su cuerpo temblaba entre las manos de Rafe, la respiración acelerada y rasgada de él le acariciaba el cuello, pero Ruby se retiró entre sus brazos y se zafó.

Todavía no estaba lista para rendirse. Deseaba más de él.

Más pruebas de que la seguiría a cualquier parte.

Más evidencias de que la deseaba tanto como ella a él.

De modo que volvió a correr, las piernas débiles y temblorosas. Corrió y, nuevamente, Rafe debió de concederle ventaja, permitiéndole alejarse antes de acudir a darle caza. Disfrutaba del juego tanto como ella.

Los truenos lejanos, los pasos acelerados de Ruby y su propia respiración errática eran los únicos sonidos que percibía mientras avanzaba a tientas entre los árboles. Tropezó hasta alcanzar un pequeño claro. Miró hacia atrás. Unos ojos plateados destellaron en la oscuridad.

Se quedó clavada donde estaba. Incapaz de desviar la mirada mientras Rafe emergía de entre las sombras.

Era enorme, sus músculos en tensión, su torso subiendo y bajando con cada respiración.

Ruby se giró para salir corriendo otra vez, pero Rafe se abalanzó sobre ella y la agarró antes de que pudiera moverse.

Ella chilló y él se detuvo.

—¿Estás bien, valiente? —le susurró al oído.

Ella le rodeó el cuello con los brazos y le tiró del pelo hasta lograr que la mirase.

—Sí.

No volvió a preguntárselo. Encontró una forma mucho mejor de emplear su boca. Encontró sus labios y la besó con voracidad y vehemencia. Ella le devolvió el beso como si fuera a devorarlo, como si la bestia fuera ella y él su comida.

El gruñido de Rafe reverberó por todo su cuerpo, provocándole pequeñas sacudidas de placer por todas partes. Las manos de él le levantaron la parte trasera de la falda y le apretaron con fuerza el culo.

—Joder, Ruby —gimió, interrumpiendo el beso.

—Sí, eso es.

Se quedó mirándola como si fuera incapaz de creerlo.

—¿Quieres que te folle?

—Dios, sí.

—¿Quieres que sea tu pareja predestinada? —preguntó él tragando saliva.

—Sí, para siempre.

Rafe exhaló una larga bocanada.

—Pero ¿qué pasa con…?

—Sé lo que es esto, Rafe, y lo deseo.

Le sostuvo la mirada al decirlo, hasta que él asintió sin dejar de mover las manos por su cuerpo, apretando y agarrando, retirándole capas de ropa. Agachó la cabeza hacia su cuello nuevamente y Ruby sintió sus dientes puntiagudos en la piel.

—¿Y qué me dices de esto, Ruby? ¿Quieres que te marque para dejar claro que eres mía?

Ruby sintió un intenso calor entre las piernas al oír sus palabras y unos escalofríos de placer surcaron su piel.

—Sí. Lo quiero todo. Lo deseo todo.

Rafe gimió.

Ruby lo deseaba todo y él deseaba dárselo.

Se había cansado de huir de ella, de su vida.

Creía no saber cómo funcionaban las parejas predesti nadas o cómo asegurar el vínculo, pero la persecución de Ruby a través del bosque lo había dejado todo suficientemente claro.

Estaban vinculados se resistiera a ello o no.

Aquella mujer era suya aunque la mordiera, la follara o le pidiera que se casara con él.

Y Rafe tenía mucha suerte de que ella lo deseara, de que lo amara y confiara en él lo bastante para jugar a ese juego para siempre.

—Rafe, por favor. —Se restregó contra él, acariciándole el pecho y la polla con su dulce cuerpo.

Él seguía con una mano en su trasero y le dio un apretón antes de deslizar ambas hacia el dobladillo de su camiseta y quitársela por encima de la cabeza.

Estaba oscuro, pero incluso en su forma humana poseía mejor vista que la mayoría. Alcanzó a ver la suave protuberancia de los pechos de Ruby asomando por encima del sujetador. Alcanzó a ver sus ojos desmesuradamente abiertos y sus labios separados. Alcanzó a ver el pulso acelerado de su cuello.

En el bosque hacía frío, pero después de correr habían entrado ambos en calor y el sudor bañaba el pecho y las sienes de Ruby.

Ruby le sostuvo la mirada y tiró de la cinturilla de sus pantalones para bajárselos y dejar libre su polla.

Él sintió su mano suave y decidida sobre su piel cuando empezó a acariciarlo.

El gruñido que dejó escapar fue involuntario, pero hizo que los labios de Ruby esbozaran una sonrisa.

Le bajó la copa del sujetador y su pecho se derramó por encima. Le estimuló el pezón y ella gimió.

Rafe no duraría mucho si seguían así.

—¿En el suelo o contra el árbol, valiente? —le preguntó, haciendo girar su pezón entre los dedos.

Ella disminuyó el movimiento ascendente y descendente de su mano sobre su polla mientras lo meditaba.

—El árbol.

Rafe le bajó la otra copa y succionó el pezón antes de responder.

—Buena elección. —Cualquier inclinación que hubiera tenido de no follarse a Ruby contra un árbol como si fuera un animal se había evaporado en cuanto ella le pidió que la persiguiera. Lo deseaba de esa forma y él también.

Rafe le dio la vuelta, quizá con excesiva brusquedad, pero su chica valiente se limitó a gimotear de placer.

—Apoya las manos en el árbol y agáchate.

Ella hizo lo que le pedía y él sembró de besos sus hombros. Evitó la lesión, y al verla se revolvieron en su tripa la rabia y la culpa, pero respiró hondo para calmarse. Era capaz de hacerlo. Por Ruby, haría cualquier cosa.

Recorrió su espalda con las manos y le levantó la falda. Le bajó los leotardos y las bragas. Ella osciló hacia él como si no pudiera esperar más. Él tampoco podía.

Deslizó la polla contra los pliegues húmedos de su entrada y ambos gimieron.

—Por favor, Rafe.

Esas dos palabras. Esas dos putas palabras.

La penetró tortuosamente despacio, brindándole tiempo para que se acostumbrase, para que lo detuviese, para entrar en razón.

Pero ella se limitó a empujar hacia atrás para dejarse penetrar, hasta que Rafe quedó hundido en su interior.

Con una mano mantuvo firmemente asida su cadera, clavando los dedos en su carne, mientras la otra culebreaba por delante hasta agarrarle un pecho.

Se quedó quieto unos segundos más, aspirando su esencia. Y entonces empezó a moverse.

El sonido que escapó de los labios de Ruby solo podría describirse como un aullido, y Rafe contuvo una sonrisa aunque sentía que su mundo estaba implosionando, que su vida entera se condensaba en aquel preciso instante. Se salió y volvió a embestirla. Las uñas de Ruby arañaron la corteza del árbol.

—¿Estás bien? —Sus palabras apenas recordaban a un humano. Él mismo apenas se sentía humano. Y, por primera vez en mucho tiempo, le pareció bien.

—Sí. Joder, sí —jadeó Ruby—. Sigue así.

¿Quién era él para llevarle la contraria? Había dejado de dudar de ella. Ruby sabía lo que deseaba. De modo que se lo dio.

La folló con fuerza contra ese árbol y el pequeño claro quedó inundado por el sonido de sus cuerpos entrechocando y de sus gemidos y jadeos.

En su cerebro no apareció un solo pensamiento.

Nada salvo la necesidad de seguir follándose a Ruby hasta que ambos quedaran rendidos.

Hasta que el mundo se apagara en torno a ellos.

Casi había empezado a levantarla del suelo con sus empellones, las puntas de sus botas apenas alcanzaban a tocar la tierra.

Él deslizó una mano entre sus piernas y le acarició el clítoris mientras se movía dentro de ella.

Y, cuando sintió que se tensaba en torno a su polla, cuando notó que su propio mundo estaba a punto de explotar, hizo lo único que se le ocurrió. Lo único que tenía sentido.

Se inclinó hacia delante y clavó los dientes en el cuello de Ruby.

Ella gritó su nombre, reclamándolo igual que él estaba haciendo con ella.