¿Dónde estás, lobo feroz? (Maple Hollow 1) Capítulo 54
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Capítulo 54

R afe la esperó todas las noches durante una semana en la linde del bosque, igual que antes. La acompañaba a casa, igual que antes. Se limitaba a la protección de las sombras, igual que antes. Su vida había entrado en un bucle tortuoso y la culpa era solo suya.

Las palabras de Knox acerca de proteger a Ruby eran como una toxina en su sangre.

Cada vez que creía que estaba a punto de expulsarla de su cuerpo, volvía a aflorar.

Pero Knox se había olvidado de algo. De una verdad que Rafe no paraba de recordarse, y ese hecho era como un bálsamo para sus heridas.

Scarlet no lo deseaba, no lo aceptaba. Pero Ruby sí.

Había sido así desde el principio. Incluso su miedo había sido debido a la seguridad de él, no a las fechorías que pudiera haber cometido.

Y aun así él la había ahuyentado. Había seguido resistiéndose a la idea de estar con ella, de conseguir lo único que le haría feliz después de vivir décadas con el alma a medias.

Era un idiota.

Y por alguna razón Ruby seguía hablando con él, seguía aferrada a aquello que había entre ambos porque era demasiado valioso para dejarlo ir.

Seguía comportándose como si él no fuera un monstruo en absoluto.

Y poco a poco esa idea iba calando. Poco a poco iba reemplazando a todo lo que había creído sobre sí mismo durante años.

La fe inquebrantable que Ruby tenía en él, junto con las palabras de Nell, contribuían a socavar la imagen que tenía de sí mismo.

Con cada día que pasaba, con cada noche que caminaba junto a Ruby, su decisión de mantenerse alejado de ella iba perdiendo fuerza.

Había actuado llevado por un miedo ancestral y una vida entera convencido de que no merecía amor.

Pero Nell lo quería. Sus hermanos lo… toleraban. Quizá incluso desearan tenerlo cerca. Sal y Dolores lo aceptaban. ¿Sería posible que Ruby lo quisiera también?

—Esta noche Macy nos manda pollo a la parmesana.

—Las palabras de Ruby interrumpieron sus pensamientos y le hicieron sonreír.

El pollo a la parmesana era su plato favorito—.

Eso debería alegrarme. —Su voz sonaba lejana, de manera que se acercó más, sigiloso incluso convertido en humano—.

Pero la comida no hace milagros, ¿sabes?

Rafe hizo una mueca de dolor. No podía seguir haciendo aquello. Le estaba haciendo daño. El ataque del lobo no había sido culpa suya, pero eso otro…, esa tristeza que captaba en la voz de Ruby, eso sí que era su puta culpa.

—Es difícil estar sin ti. ¿Tú también lo notas?

Dios, sí, lo notaba en cada centímetro de su cuerpo. Le provocaba dolor.

De pronto Ruby se giró en mitad del sendero y se quedó mirando hacia las sombras. Por su manera de entrecerrar los ojos, se dio cuenta de que no alcanzaba a verlo aún, pero hablaba a la oscuridad de todos modos.

—¿Por qué estás haciendo esto, Rafe? — Se le quebró la voz, al igual que a Rafe el autocontrol.

Él emergió a la luz y Ruby se estremeció, sobresaltada. Pero la sonrisa que se dibujó en su rostro al verlo le aceleró el corazón. ¿Cómo podía seguir mirándolo así? No se merecía esa sonrisa, pero, Dios, deseaba ganársela.

— Pensé que ya no me desearías después de lo que hice. — La voz le salió rasposa después de haber pasado una semana hablando con nadie salvo los fantasmas de su cabeza.

Ruby puso los ojos como platos.

— ¿Pensabas que no te desearía después de haberme salvado la vida? ¿Y la vida de mi hermana?

— No sé — respondió él meneando la cabeza — . Es que… pensaba que ya no era así. Pensaba que podría ser… — Gruñó llevado por la frustración, notando que se le dispersaban los pensamientos en presencia de Ruby — . Pensaba que podría ser más humano por ti.

— Ah. — La respuesta de Ruby fue pequeña y sutil ante la inmensidad de los bosques.

— Pero no puedo. Aquel ataque lo dejó perfectamente claro, Ruby. Sigo siendo una bestia.

— ¿Y qué pasa si deseo a la bestia?

— Tenemos que dejar de jugar a este juego — masculló.

— ¡No es un juego, y proteger a la gente que te importa no es ningún pecado!

Dios, cuánto deseaba creerla. Su cuerpo llamaba al suyo; mantener los puños apretados en los costados le estaba suponiendo un gran esfuerzo.

— No te has marchado — continuó Ruby antes de que él pudiera elaborar una explicación, antes de que pudiera enumerar las razones del desprecio que sentía hacia sí mismo.

— ¿Qué?

— Dijiste que se había acabado, que lo nuestro se había terminado, pero sigues aquí. —Se llevó las manos a las caderas, dispuesta a pelear, y en el pecho de Rafe renació la esperanza.

—No puedo mantenerme alejado, ya lo sabes.

—Entonces, ¿por qué sigues intentándolo? —Ruby alzó la voz—. No sé cuántas veces más tengo que decirte que te deseo. Tus dos lados. Que no te tengo miedo. ¡Que te quiero, joder!

Se cruzó de brazos y lo miró con el ceño fruncido, sus palabras fueron afiladas y rabiosas, pero lo único que Rafe oyó fue que lo quería. Ruby, su Ruby, lo quería. Y todo lo demás se desvaneció. Todas las dudas. Todos los miedos. Estaría loco si la rechazara ahora.

—Dímelo otra vez —exigió.

—¿El qué? —preguntó Ruby, el entrecejo arrugado, sus labios rojos fruncidos. Se los había pintado para atravesar el bosque con él y eso le encantaba. La amaba.

—Dímelo otra vez. Y otra. Por favor. —Se acercó más hasta alcanzar a sentir el calor de su cuerpo—. Esta vez intentaré oírte. Seguiré intentándolo.

Ruby compungió el gesto y se apoyó contra su pecho, pegando la mejilla a su corazón.

—Te quiero, grandullón idiota. Te quiero, te deseo y te necesito.

Lo necesitaba. Ruby, que intentaba por todos los medios no necesitar a nadie, acababa de admitir que lo necesitaba. ¿No podía él hacer lo mismo? ¿No podía dejar atrás todas sus mierdas por ella?

—Ruby… —La envolvió entre sus brazos y pegó los labios a su pelo—.

Yo también te quiero. Siento haberlo estropeado.

Deseaba ser algo mejor para ti. —Aspiró su aroma, apretándola contra su cuerpo.

¿Cómo había podido pensar, ni por un segundo, que podría vivir sin eso? ¿Por qué lo había intentado siquiera?

—Todos tenemos nuestros defectos. Y no quiero que seas distinto. Quiero que seas tú. —Sus palabras sonaron amortiguadas mientras hablaba, acurrucada en su pecho—. Quédate conmigo.

Rafe la agarró por los brazos y la apartó para que pudiera verle la cara, para que viera que hablaba en serio. Iba a hacerlo. Podía ser el hombre que ella necesitaba, el hombre al que deseaba. Podía confiar en ella igual que ella confiaba en él.

—Siempre. —Saber que Ruby lo amaba despejó todas sus dudas. Nell llevaba razón. Ruby era distinta. Esta vez era diferente.

—¿Incluso aunque haga algo raro con la cara?

—Incluso aunque tu cara parezca totalmente horrorizada —le dijo riéndose—. No me marcharé. Te toca quedarte conmigo.

Ruby sonrió a pesar de las lágrimas y él volvió a estrecharla entre sus brazos.

La mantuvo así largo rato, demorándose en el asilvestrado sendero forestal.

Hundió los dedos en su melena y los deslizó por su espalda, bajo la capa roja.

Trazó con ellos la deliciosa curva de su trasero y luego volvió a subir.

Ruby suspiró contra él y Rafe pensó que podría quedarse allí para siempre, escuchando el ululato de los búhos, los truenos en la distancia y los latidos de su amada.

—¿Me acompañas a casa? —preguntó Ruby cuando al final emergió de su estupor mutuo.

—Siempre. —Rafe le estrechó la mano y la condujo a través del oscuro bosque de vuelta hasta la casita situada en la linde de los árboles.

—Oye, Rafe —dijo ella cuando llegaron al jardín y se hallaban bañados por la suave luz ambarina que proyectaba la ventana de Lena.

—Dime. —No sabía qué debía ocurrir a continuación y el corazón se le encogió al pensar en dejarla entrar sola en casa. Pero, en lo referido al siguiente paso lógico, se encontraba totalmente perdido.

—¿Quieres hacerlo oficial? —Ruby enarcó las cejas de un modo sugerente y le provocó un intenso calor por todo el cuerpo.

—¿Qué tenías en mente?

Ruby deslizó una mano por su pecho, le acarició los abdominales con los dedos y jugueteó con la cintura de sus pantalones. De su garganta escapó un gemido grave. Ruby agrandó la sonrisa.

—Pensaba que, en lugar de huir de mí, podríamos intercambiar los papeles. A lo mejor podría huir yo…

Se le agolparon en la cabeza un sinfín de imágenes: Ruby corriendo, Ruby aprisionada contra el suelo… Soltó un gemido sin poder evitarlo.

—¿Qué me estás pidiendo, Ruby?

A ella se le tiñeron las mejillas de rosa y se mordió el labio inferior.

—Quiero que me persigas.

Joder.

La oportunidad de liberar todas esas emociones humanas y dejar jugar a su bestia interior resultaba muy tentadora. Mucho más fácil que decírselo sería mostrarle a Ruby cuánto la deseaba.

Rafe dio un paso al frente y agachó la cabeza.

—¿Y qué quieres que haga cuando te atrape? —susurró. Le acarició con los labios la concha de la oreja y la notó estremecerse.

—Quiero que me hagas tuya.

—¿Estás segura? —preguntó él arañándole con los dientes la suave piel del cuello.

—Sí. —La palabra fue poco más que una exhalación, pero recorrió todo su cuerpo y lo dejó temblando. Ya no había marcha atrás, pero, si ella estaba dispuesta, él también. Para siempre.

La abrazó con más fuerza, apretando con los labios su pulso acelerado mientras enredaba los dedos en su pelo. La besó con vehemencia y a continuación la soltó. Ella se apoyó contra un árbol y ahogó un grito.

Rafe esbozó una sonrisa voraz y recorrió su cuerpo con la mirada.

—Bueno, mi chica valiente, será mejor que empieces a correr.