Capítulo 53
E staba allí. Se le erizó el vello de todo el cuerpo. Rafe estaba en el bosque. Podía sentirlo. Ruby aspiró profundamente como si pudiera metérselo en los pulmones y encerrarlo en su pecho para siempre.
Debería haber aceptado el ofrecimiento de Macy de llevarla a casa, pero creía haber percibido a Rafe la noche anterior y no podía dejar pasar la oportunidad de estar cerca de él.
Ahora estaba segura. Estaba allí otra vez.
Recorrió el sendero fingiendo ignorar el peso de su mirada entre las sombras, fingiendo ser inmune a su presencia cuando lo único que deseaba era postrarse en la tierra ante sus pies y suplicarle que volviera con ella. Pero no lo hizo. No lo haría.
En su lugar, permitió que caminara junto a ella y notó que su respiración firme y sus pisadas silenciosas apaciguaban su dolorido corazón.
Ninguno dijo nada, pero Ruby supo que se estaba acercando y sintió su calor junto a ella.
Quizá si se giraba y atisbaba la oscuridad, alcanzaría a ver a su lobo.
Pero mantuvo los ojos clavados en el sendero, empleando el móvil para iluminar el camino sembrado de hojas secas.
—Te echo de menos —susurró hacia la oscuridad.
No obtuvo más respuesta que el roce de las hojas que se agitaban en las ramas sobre su cabeza.
— Dolores está enfadada contigo, por cierto. — Se quedó callada, con la esperanza de que eso le hiciera salir.
Pero nada.
— Dice que tenías que haber hecho la colada con ella anoche, pero se ha ido con Sal, así que supongo que ahora tiene novio nuevo.
Nada, y empezó a preguntarse si serían imaginaciones suyas.
Pero siguió andando y percibió que él caminaba a su lado.
— Echo de menos que me prepares el desayuno. Ayer lo intentó Lena y tuve que fingir que me gustaban las tostadas quemadas y el huevo poco hecho.
Aun así, nada.
Ruby suspiró y se ajustó el bolso sobre el hombro.
— Este bolso pesa un montón. Ojalá algún hombre grande y fuerte se ofreciera a llevármelo — agregó con su mejor voz de damisela en apuros, llevándose una mano a la frente para intensificar el efecto dramático.
Le llegó a través de los sonidos del bosque una respiración lobuna y tuvo que contener la sonrisa.
— Echo de menos ese sonido de lobo que haces siempre.
Él volvió a hacerlo, y el susurro gutural le erizó el vello con su cercanía.
— Me alegra que sigas aquí. Aunque debería estar cabreada contigo. Y un poco lo estoy.
Ya casi habían llegado a su casa y empezó a temer el momento en el que volvería a dejarla.
— Durante un tiempo, llegué a creer que esto podría funcionar. Que nos entendíamos. Que lo nuestro era inevitable…
Se tragó las lágrimas que le subían por la garganta. Se planteó informarle de la visita de Knox. Quizá eso le hiciera salir; estaba claro que su instinto de protegerla seguía intacto. Pero ya se lo había dicho antes: no deseaba un guardaespaldas. Simplemente lo deseaba a él.
— Si esta es la única forma en que puedo tenerte, la aceptaré. Me basta con saber que estás ahí, escuchándome.
La luz de sus ventanas se derramó sobre el jardín y ella se detuvo en la linde, no queriendo abandonarlo. Se giró a tiempo de ver unos ojos plateados que la observaban en la oscuridad antes de encaminarse lentamente hacia la puerta.
El jardín estaba cubierto de hojas marrones, anaranjadas y doradas.
Crujieron bajo sus pies. Esa noche hacía fresco, el frío del invierno ya empezaba a dejarse notar en los últimos compases del otoño.
Se ciñó la capa roja de su tía con más fuerza.
Se había acostumbrado a ponérsela todos los días.
Olía a su tía Millie, a salvia y a romero.
Constituía un consuelo cuando todo lo demás estaba sumido en el caos.
Cuando alcanzó la puerta trasera, se giró con la esperanza de verlo una vez más.
Pero Rafe ya se había ido.
Suspiró. Por muy enfadada que estuviera con él por rechazarla, sabía que él era quien más sufría de los dos. Ella tenía a su hermana, a sus amigos e incluso a Sal, a Macy y a los demás parroquianos del bar. Contaba con una comunidad en la que antes ni siquiera había reparado.
Rafe, por el contrario, estaba solo sin su manada.
Sin ella.
Solo esperaba que no tardara demasiado tiempo en darse cuenta de lo que ella ya sabía. Lo amaría el resto de su vida. Rafe estaba en lo cierto. Con ellos, el destino no había cometido ningún error.
Aquel era el lugar exacto donde debía estar.