¿Dónde estás, lobo feroz? (Maple Hollow 1) Capítulo 51
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Capítulo 51

N o podía decirse que Ruby no estuviera entregada a su trabajo.

Eso y la desesperada necesidad de no pensar en Rafe era lo que la había sacado de la cama aquel día.

Habían pasado tres días, veintiuna horas y cincuenta y dos minutos desde que Rafe se presentara en su porche cubierto de sangre, y tres días, diecisiete horas y cuarenta y un minutos desde que ella se marchara de su cabaña sumida en un desconcierto desolador.

Tampoco es que llevara la cuenta. No es que llevara cada minuto grabado en el alma.

Qué va. Ruby estaba a las mil maravillas.

Y, dejando al margen el drama con el hombre lobo, tenía facturas que pagar. De modo que se había obligado a levantarse de la cama, se había calzado las botas y había fichado al empezar su turno.

Cualquier esperanza que hubiera albergado de poder olvidarse de Rafe mientras estaba en el trabajo se evaporó nada más entrar en el bar.

La huella de Rafe estaba por todas partes.

La primera vez que se había fijado en él había sido allí.

Ahora tenía un taburete favorito en la barra, justo al lado de Sal.

Al verlo vacío le entraron ganas de llorar.

Salir de la cama había sido un grave error.

— Joder, Ruby, qué mala cara traes.

Depositó la bandeja sobre la barra mientras Macy servía las copas para su mesa.

— Gracias, Mace. Muy amable por tu parte.

Su jefa le dedicó una sonrisa torcida.

— Perdona, pero, en serio, ¿te encuentras bien? ¿Qué sucede? Tú nunca faltas al trabajo.

¿Que qué sucedía? Pues bueno, a su hermana y a ella las estaban acechando unos hombres lobo, su pareja predestinada la había rechazado y ella estaba muy cansada de intentar convencerlo de que él era justo lo que deseaba. Pero no le parecía aceptable decir en voz alta ninguna de esas cosas.

— Rafe y yo nos hemos peleado. — Pelearse, romper para siempre. Una de esas opciones.

Macy enarcó las cejas.

— ¿Qué ha hecho el grandullón? — preguntó Sal, sumándose a la conversación igual que hacía siempre.

— No logro convencerlo de que lo nuestro tiene sentido. — Ruby se mordió el labio inferior, negándose a permitir que se le notaran las emociones, al menos allí, delante de Sal y de todo el condenado pueblo.

— Hombres, cómo somos — comentó Sal, y Ruby no pudo evitar reírse.

— Tienes toda la razón.

— ¿Qué ha ocurrido? — quiso saber Macy.

Ruby se encogió de hombros, incapaz de transmitir con palabras la gravedad de lo acaecido los últimos días.

— No sé. Parece convencido de estar haciéndome un favor al mantenerse alejado de mí. Como si me protegiera de algún modo cuando lo único que hace es herirme.

Macy asintió, meditando sus palabras.

— ¿Y qué vas a hacer tú?

Ruby hizo equilibrios con la bandeja en una mano y respondió hablando por encima del hombro.

— Ojalá lo supiera.

La mirada intranquila de Macy la siguió a lo largo del bar, más allá de Sierra, que acorralaba a un malhadado senderista; más allá de Trina y Shreya, que se reían entre susurros como si siguieran en la cafetería del instituto; más allá de la mesa de Bert, Mabel, Steve y Freddie, donde los dos hombres deleitaban a sus amigos con el relato de aquella vez en que expulsaron a una familia de mofetas de la casa alquilada de un forastero; más allá de todas las caras conocidas que hacían de aquel establecimiento un hogar.

Constituían un grupo variopinto y alborotador, pero, al parecer, en algún momento Ruby había llegado a…

¿quererlos? Cuando menos, a apreciarlos.

— Ruby, te echábamos de menos — manifestó Tom cuando le puso la cerveza en la mesa.

— ¿De verdad?

— Pues claro. — El hombre sonrió.

Kev y Gil concurrieron con un gesto de asentimiento.

— Gracias, chicos.

— ¿Va todo bien? — le preguntó Tom — . ¿Hay algo de lo que podamos encargarnos? — Bajó la voz.

Ruby tuvo la súbita impresión de estar hablando con un mafioso en una película antigua. ¿Estaría Tom a punto de hacerle una oferta que no podría rechazar?

Y, por un segundo, la propia Ruby consideró la idea de que Tom, Kev y Gil irrumpieran en la cabaña de Rafe para darle una paliza. O para intentarlo. Aquella idea la reconfortó.

— Todo va bien, chicos. Pero gracias.

— Puedes contar con nosotros, Ruby — le dijo Kev con un guiño.

Eso no era moco de pavo. ¿Tener de su lado a un trío de veteranos vecinos de Maine?

Desde luego que no lo era. Entre las atentas preguntas de Macy, las llamadas que había estado recibiendo de Gert durante toda la semana para saber cómo estaba y ahora la oferta de Tom, Ruby se daba cuenta de que tenía amigos allí.

Aunque su media de edad rondase los setenta años, hacía que se sintiese mejor.

Ruby permitió que la comodidad de encontrarse en un lugar al que por fin había aprendido a llamar hogar aliviase parte de la tensión de la jornada.

¿Volvería algún día a recuperar la normalidad?

¿Dejaría de sentir que le faltaba un pedazo de sí misma?

No lo sabía. Desde luego, no sería ese el día.

En aquel momento tenía la sensación de ir caminando sin corazón, como si su caja torácica estuviese vacía.

Pero eso tampoco era correcto. No estaba vacía.

Estaba triste, se sentía como un enorme moratón con piernas.

Era distinto a cuando murieron sus padres.

La muerte de sus padres la había dejado sola y asustada, como si el mundo ya no tuviera sentido.

Pero su tía había ayudado a recomponer las piezas.

La pérdida de Rafe le daba en cambio la impresión de que el mundo había quedado a oscuras.

Si al menos pudiera encontrarlo acechando entre las sombras.

Una parte de ella le chillaba que volviera a intentarlo, que nunca dejara de luchar por lo que tenían, por lo que podrían tener.

Pero, siempre que pensaba en hacerlo, lo único que veía era la mueca atormentada de su cara, la certeza de que no deberían estar juntos grabada en su rostro.

¿Cómo iba ella a combatir eso? ¿Cómo luchar contra lo que había en su propio corazón?

— Se me había olvidado decírtelo — dijo Macy cuando regresó a la barra a por otra ronda de cervezas.

Ruby apoyó la bandeja sobre la barra, feliz de poder distraerse de su torbellino de pensamientos.

— Dime.

— Esta tarde ha venido a buscarte otro tipo.

A Ruby le dio un vuelco el corazón y la bandeja se tambaleó en sus manos. La estabilizó sobre la superficie pegajosa de la barra.

— ¿Quién?

— No lo ha dicho.

No se trataba de Wyatt. Wyatt había muerto. La idea no impidió que se le desbocara el corazón.

— ¿Qué quería?

— Solo ha preguntado si estabas aquí. Cuando le he dicho que no, se ha marchado. Ni siquiera se ha molestado en pedir nada.

A Ruby se le formó un nudo en la garganta y, de pronto, se le secó la boca.

— ¿Qué aspecto tenía? — quiso saber, tratando de mantener la voz serena.

— Era alto. Muy alto. De pelo oscuro, con canas en las sienes. Y barba. — Macy se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano. Esa noche hacía frío en la calle, pero el viejo sistema de calefacción funcionaba a pleno rendimiento — . De hecho, me ha recordado a Rafe.

Knox. El nombre reverberó en su interior como la sirena de una alarma. Knox había ido allí a buscarla. ¿Qué demonios querría? Tal vez se le hubiera ocurrido algo más que decirles después de que se fueran. Tal vez deseara ayudar.

Por mucho que quisiera creerlo, los latidos erráticos de su corazón decían otra cosa. De ningún modo la presencia de Knox en aquel bar podía augurar algo positivo.

— Mmm. Qué raro. — Arrugó el gesto como si estuviera meditando quién podría ser el hombre misterioso — . Quizá fuera algún primo al que hace mucho que no veo —dijo con una risa forzada.

—Bueno, no te preocupes. Lo he mandado a paseo igual que al otro.

La tensión de su cuerpo se alivió, aunque no pudo evitar mirar por encima del hombro en dirección a la puerta temiendo que Knox fuese a entrar de un momento a otro.

—Gracias.

—Si quiere localizarte, que utilice internet como todo el mundo.

Macy lo dijo a modo de chiste, pero la idea de que Knox intentara localizarla le provocó escalofríos por todo el cuerpo. Y no escalofríos agradables, precisamente.

Macy desvió la mirada hacia el lugar donde Ruby sujetaba la bandeja. Había estado toda la noche evitando usar el hombro herido, pero con la confusión provocada por la visita de Knox se le había olvidado. Siseó de dolor y se cambió la bandeja de lado. La maldita mordedura aún le dolía.

La otra mujer arrugó el ceño en señal de preocupación.

—Si alguna vez necesitas algo, házmelo saber, ¿de acuerdo, Ruby? —La sonrisa de Macy fue amable y genuina.

Ruby se permitió devolvérsela y aceptar la oferta con un gesto de cabeza antes de volver a sus clientes. Sal la llevó a un aparte cuando regresó a la barra.

—Está pasando algo en estos bosques —susurró, y a ella se le erizó el vello de los brazos.

—¿A qué te refieres, Sal?

—Lobos. —El anciano elevó las cejas canosas y puso los ojos como platos—. Se los ha vuelto a ver. Y algo… los mató.

A Ruby se le hizo un nudo en la garganta. Sabía de buena tinta qué era lo que los había matado.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó.

—Unos cazadores encontraron los cadáveres. Lo que sea que les pasó no es natural.

—Mierda —susurró ella con miedo.

Saber lo que les había ocurrido a esos lobos no lo volvía menos terrorífico. ¿Y qué pasaría si Rafe no había hecho sino empeorar las cosas?

—No te metas en el bosque, Ruby. —La mano rugosa de Sal agarró la suya y ella le devolvió el apretón.

— No lo haré —mintió.

No meterse en el bosque significaría mantenerse alejada de Rafe, y esa era una promesa que no podía cumplir.