Capítulo 48
R uby le concedió a Rafe unas pocas horas de ventaja antes de salir a buscarlo.
Agarró la capa roja de su tía, que seguía colgada junto a la puerta de atrás, para protegerse del viento y de la inminente lluvia, y se adentró en los bosques.
No sabía dónde vivía, pero eso no parecía importar.
Sus pies la llevaban por el sendero de hierba alta a través de los árboles, sin vacilar jamás.
Era tarde, no había luz salvo la que arrojaba la luna.
Iluminaba el camino frente a ella, guiándola.
Las oscuras siluetas de los árboles se elevaban hacia el cielo.
Ni la oscuridad, ni la hora, ni el peligro importaban siempre y cuando llegara hasta él. Seguía dolida; le dolía que la hubiera dejado, le dolía que siguiera sin creer en ella, sin creer que deseaba sus dos partes. Pero nada comparado con el miedo y el dolor que sentía al pensar en vivir sin él.
Desde el principio había sabido que lucharía por tenerlo.
Lo sabía del mismo modo que sabía que sus padres aún existían en alguna parte, del mismo modo que sabía que el sol saldría después de la lluvia.
Ruby conocía a Rafe desde antes de que surgiera de entre las sombras, desde antes de que combatiera a esos otros lobos, desde antes de que se diera cuenta de que ella era su compañera.
Su lugar estaba con ella, le pertenecía. Siempre había sido así.
Ruby sabía que no resultaría fácil convencer a aquel hombre, a quien toda su vida le habían dicho que debía ser violento, fuerte y estoico, de que podía ser tierno, abrirse y seguir estando a salvo. Pero, desde luego, ella iba a seguir intentándolo.
Las hojas secas crujían bajo sus pies y el viento soplaba entre los árboles, impulsándola a continuar. Sus pies seguían avanzando por el sendero. Conocía el camino como si lo hubiera visto antes.
Cuando la pequeña cabaña surgió entre los árboles, la luz del porche encendida a modo de bienvenida, supo sin lugar a dudas que era la suya.
Había llegado el momento de ser tan valiente como todos a su alrededor parecían pensar que era.
Había llegado el momento de poner el corazón a los pies de su lobo.
Los golpes en la puerta le dieron un susto de muerte. No recibía visitas. Jamás había querido recibirlas. Pero, ahora, la idea de que Ruby pudiera estar ahí fuera le aceleró el corazón.
Rafe arrastró los pies hasta la puerta. Le dolía todo.
No por lo que le habían hecho esos otros lobos.
El cuerpo le dolía por haber perdido a Ruby.
Habían pasado solo unas horas y ya estaba a punto de admitir la derrota, de presentarse en su casa y caer postrado a sus pies.
Era un hijo de perra muy débil y ya casi había dejado de importarle.
No podía seguir combatiéndolo. Vivir una eternidad sin Ruby iría matándolo lenta y dolorosamente.
Abrió la puerta de un tirón y allí estaba.
Pestañeó, creyendo que alucinaba, pero era real, con los brazos en jarras, rodeada por la oscuridad del bosque, su rostro enmarcado en una caperuza roja. Se aferró al marco de la puerta para no sufrir un síncope.
— Eres un idiota. — Las primeras palabras que pronunció Ruby le hicieron reír sobresaltado.
— Lo sé.
Lo miró entrecerrando sus oscuros ojos.
— ¿Estás herido? — Echó una ojeada a su cuerpo, catalogando sus recientes heridas.
Se había duchado para lavarse la sangre y ya se le estaban curando las lesiones, pero lucía una red de arañazos y rasguños en los brazos y el torso, así como un tajo de tamaño considerable en el costado.
El pelo le caía húmedo sobre los hombros desnudos y deseó haberse puesto algo más que unos pantalones cortos de gimnasia.
— No es para tanto. — Clavó la mirada en su brazo, donde sabía que había resultado herida — . ¿Cómo tienes el hombro?
— Va mejor. — Había cruzado los brazos sobre el pecho y seguía fulminándolo con la mirada.
Los árboles crujían y gemían mecidos por el viento en torno a ellos, y las polillas se peleaban por hacerse con el mejor hueco frente a la luz del porche.
— No deberías haber venido hasta aquí de noche. ¿Cómo has encontrado la casa?
Ruby se quedó mirándolo con la boca abierta como si la respuesta fuera evidente.
— Podría encontrarte en cualquier parte.
A Rafe le dio un vuelco el corazón al oír sus palabras.
— Ruby…
— Ni te atrevas — lo interrumpió, clavándole un dedo en el pecho — . Ni te atrevas a decir que será mejor que me mantenga alejada de ti o, de lo contrario, que Dios se apiade de mí…
— ¿Por qué estás haciendo esto? — Las palabras le salieron roncas, deshechas. ¿Por qué se lo ponía tan difícil? ¿Por qué prolongar su sufrimiento? — . Ya lo has visto con tus propios ojos: no estoy herido. Vuelve a casa, Ruby.
— Que te jodan, Rafe. —Se estremeció con sus palabras, pero ella siguió, acorralándolo hasta que su espalda tocó la puerta—.
No he venido para ver cómo están tus heridas.
He venido a preguntarte por qué me has dejado.
Otra vez. —Se le quebró la voz con las dos últimas palabras y todo su mundo se hizo pedazos.
Tomó su rostro entre las manos ahuecadas y ella ahogó un grito.
—Tenía que hacerlo —le dijo con un gruñido.
Ruby pestañeó y las lágrimas resbalaron por sus mejillas.
—¿Por qué piensas eso?
Rafe apoyó la frente contra la suya e inspiró su aroma especiado a canela, permitiendo que sus dedos se enredaran en su pelo.
—Los he matado. Sé la imagen que debí de darte al presentarme en tu puerta. Te vi la cara, Ruby.
Ella estaba negando con la cabeza mientras apoyaba la frente en la suya.
—Estabas aterrorizada —insistió él, recordando su expresión y el monstruo que había visto reflejado en sus ojos.
«Me estás asustando».
—¡Aterrorizada por que te hubieran hecho daño! ¡Aterrorizada por que parte de esa sangre pudiera ser tuya! — Puso las manos en su pecho y se apartó nuevamente de él — . Igual que estuve aterrorizada todo el tiempo que estuviste fuera, combatiendo tú solo contra ellos. Maldita sea, Rafe.
Se volvió y apoyó las manos en la barandilla, mirando hacia la noche.
Sus hombros subían y bajaban con cada aliento.
A Rafe el cuerpo le pedía acercarse a ella, envolverla entre sus brazos y no soltarla nunca, pero se mantuvo clavado al suelo.
Esas viejas voces, las que decían que era un monstruo, que no era lo bastante bueno, eran difíciles de acallar.
— No puedo prometer que vayas a estar a salvo conmigo. Por mucho que intente escapar, mi vida es violenta y peligrosa. Esta noche he matado sin pensar, Ruby. No puedo prometerte que no vuelva a suceder.
Ruby no respondió, siguió mirando hacia los árboles. Él jamás se perdonaría a sí mismo si alguna vez le sucediera algo. Su corazón se detendría junto al de ella.
— No soy bueno para ti, Ruby. Mi lugar no está entre los humanos. Ya lo has visto. Me has visto.
Se volvió para mirarlo, los ojos muy abiertos y las mejillas sonrojadas por la rabia. Su voz sonó desgarrada cuando habló.
— No hay garantías, Rafe. Yo perdí a mis padres cuando tenía ocho años, no a causa de los monstruos, sino porque las carreteras estaban heladas.
— Tomó una larga y temblorosa bocanada de aire — .
Esta es la única promesa que puedo hacerte.
Te veo. Y sigo aquí. Eso es lo único que deseo de ti a cambio.
Él meneó la cabeza tratando de librarse de las voces del pasado y las palabras de Ruby reverberaron como un trueno en su interior.
Era hora de escuchar a la mujer que tenía delante.
No a las voces de gente muerta tiempo atrás.
Pero las voces eran ruidosas y persistentes.
No podía acallarlas, ni siquiera por ella.
— Ruby, lo siento. No puedo. — Se le quebró la voz llevado por la desesperación, pero se obligó a hablar.
Vio las lágrimas que le anegaban los ojos y se acercó para tocarla, deseando consolarla pese a haberle hecho daño, pero ella retrocedió.
— No hagas esto. No lo tires por la borda. —Su voz sonaba áspera por el dolor.
—¡No es natural! —le espetó él, aferrándose a un clavo ardiendo a fin de lograr que se fuera y poner fin a aquello antes de perder las fuerzas para ahuyentarla—. Lo nuestro no tiene sentido.
Ruby se estremeció al oírlo, al recibir el impacto de su voz.
—Esta noche he recordado eso —prosiguió Rafe, cercenando su vínculo para siempre—. Soy un asesino, Ruby. Debes mantenerte alejada de mí antes de que acabes igual que Scarlet.
Ella negó con la cabeza, dando la impresión de ir a decir algo más, de ir a rebatirle. A luchar por él. Pero Rafe vio la resignación instalarse en su rostro igual que la niebla que cubre los campos. Se rendía. Su chica valiente se había cansado de luchar.
Él mismo se había asegurado de ello.