Capítulo 47
R uby había conseguido que Lena la derrotase al ajedrez en cinco ocasiones cuando los frenéticos golpes en la puerta las distrajeron de la partida.
Ella se levantó de su silla tan deprisa que sacudió la mesa, derramando el té y volcando las piezas, pero Rafe siguió aporreando la puerta, haciendo que las ventanas temblaran en sus marcos.
Ella corrió a abrir, temiendo que fuese a desencajarla de las bisagras si no se daba la prisa suficiente. La abrió y se lo encontró de pie en la terraza de atrás. Vivo y cubierto de sangre.
— Ruby. — Su nombre le salió rasgado de las profundidades, entrecortado y ronco. Desvió de inmediato la mirada hacia su hombro. Levantó una mano para tocarla, pero a continuación la dejó caer al costado — . Estás herida.
— No mucho. No es nada. ¿Y tú? — Se sintió incapaz de disimular el espanto que, sin duda, denotaba su expresión.
No podía componer un gesto normal con la cara.
Rafe parecía la muerte misma allí entre sus flores silvestres.
Tenía las mejillas salpicadas de sangre.
El pecho cubierto de ella. Y también los brazos.
Dios, ¿cuánta de esa sangre sería suya? ¿Estaba a punto de desangrarse en su puerta?
¿Debería llamar a emergencias? La cabeza le daba vueltas, el aliento le salía entrecortado.
— Ruby, mírame. — Clavó entonces los ojos en su mirada — . Se han ido. Todos. Ya no pueden hacerte daño.
— ¿Pero tú…? — contestó ella con un nudo en la garganta.
— Yo tampoco volveré a hacerte daño. — Había empezado a retroceder. Se marchaba.
¿Por qué se marchaba?
— Rafe, para.
Él levantó las manos, sus dedos cubiertos de sangre seca. Parecía más grande de lo normal, sus dientes y las uñas de sus dedos más largas, como si no hubiera recuperado por completo su forma humana. Como si lo intentara y no lo lograra. Lo estaba perdiendo.
— Ahora estás a salvo.
— Rafe, por favor. — Alargó una mano hacia él, pero él retrocedió meneando la cabeza.
— Ya está, Ruby. Se acabó. Tenemos que terminar.
A Ruby se le cerró la garganta, constreñida por el pánico abrumador que le provocaba la idea de que Rafe se fuera. Unas lágrimas ardientes le cayeron por las mejillas. Levantó la vista y vio la expresión compungida de Rafe.
— Me estás asustando — susurró.
Él se estremeció y, de inmediato, Ruby supo que no debería haber dicho eso.
Necesitaba explicarse. Necesitaba decirle que no se refería a eso.
Trató de tocarlo de nuevo, pero él se mantuvo fuera de su alcance.
Deslizó la mirada desde su rostro hasta la herida del hombro y un fulgor de miedo y dolor destelló en el plateado de sus ojos.
— Es mejor así. —Escupió las palabras como si fueran veneno. Porque eran veneno. ¿Cómo era capaz de decir algo tan absurdo? ¿Cómo era posible que se lo creyese?
—Nada es mejor así. —A ella las palabras le salieron ahogadas y a trompicones, mezcladas con las lágrimas y el pánico.
Pero era demasiado tarde. Ya no la escuchaba, sus ojos escrutaron el jardín una vez más en busca de peligros antes de darse la vuelta y salir corriendo. Antes de que ella pudiera decirle nada más, Rafe se había ido.
Horror. Auténtico horror. Ruby lo llevaba grabado en la cara.
Como si nunca hubiera visto nada tan inquietante.
Rafe ya había visto antes esa mirada. Sabía lo que significaba que alguien lo mirase como si fuera un monstruo.
Pero había sido tan tonto como para abrigar la esperanza de no ver nunca esa mirada en el rostro de Ruby.
Caminaba pesadamente por entre los árboles, atrapado entre su forma humana y su forma de lobo.
Le faltaba la fuerza para transformarse por completo.
Había matado a los tres lobos que habían atacado a Ruby, pero se habían resistido mucho.
Se notaba herido y exhausto. Y el corazón le dolía, literalmente.
Relampagueó en su mente el recuerdo de la cara pálida de Ruby, de sus ojos desencajados.
Vio su pecho subir y bajar al ritmo de las bocanadas de aire aceleradas a causa del terror.
No quería ni imaginar cómo debía de haberla mirado.
¿Cómo había llegado a pensar que merecía tenerla?
¿Cómo era posible que hubiera vuelto a caer de nuevo en la misma trampa?
Sacudió la cabeza y el movimiento le provocó un latigazo de dolor en el cuello.
En un momento dado, se había visto aprisionado contra el suelo antes de poder voltear al otro lobo.
Le dolían los músculos por el esfuerzo. Se había permitido relajarse.
Quizá su padre tuviera razón. Quizá, por un momento, se hubiera olvidado de quién era en realidad.
De cuál era su objetivo. Pero, cuando volvió a meterse en la pelea, su cuerpo recordó lo que tenía que hacer.
Aún saboreaba la sangre acre de Wyatt en la lengua. Tenía que volver a casa y quitarse el sabor tomando una copa, o cinco. Debía olvidar el último mes de su vida. Borrarlo. Borrarla a ella.
Ruby estaba a salvo. Lena había tenido visiones sobre lobos y sangre, y él ya se había encargado de la situación. Quizá se hubiera equivocado respecto al asunto de la compañera predestinada. Quizá fuese aquello lo que estaba destinado a hacer por ella.
Su cuerpo se rebeló ante ese pensamiento, sus músculos se tensaron como si fueran a obligarlo a volver junto a Ruby en contra de su voluntad.
Pero no volvería. Ella jamás estaría a salvo con él.
El último año de su vida había sido una mentira.
Seguía siendo la bestia que crio su padre.
No había tenido ningún miramiento en desmembrar a esos lobos.
Su viejo instinto había resurgido con fuerza y entonces dejó de importar la cantidad de tiempo que hubiera invertido trabajando con las manos, o sentado en el pub con los lugareños, fingiendo ser humano.
Dejó de importar lo mucho que deseara creer que podía ser lo que Ruby necesitaba.
A fin de cuentas, seguía siendo un asesino.
Durante todo ese tiempo había estado intentando convencerla de que era algo terrorífico y al fin lo había logrado.
Ahora ella lo había visto con sus propios ojos, había visto al monstruo que era en realidad.
Estaba destrozado. No era de extrañar que Ruby lo hubiera mirado como si fuera una pesadilla hecha realidad.
Estaría mejor sin él.
La idea le rebotó contra las costillas y el corazón se le desbocó, luchando hasta el final por poder quedarse con ella.
Al parecer, el destino sí que cometía errores.