Capítulo 44
E l trayecto de vuelta fue tenso, silencioso y tremendamente tórrido. La caminata de regreso a la camioneta solo les había llevado unas pocas horas, de manera que decidieron no volver a acampar otra noche y regresar a casa conduciendo.
Ahora que las cartas estaban sobre la mesa, Ruby no deseaba perder más tiempo. Las parejas predestinadas lo eran para siempre. Y eso le parecía tan perfecto, tan adecuado, que estaba deseando empezar cuanto antes. Que Rafe fuera suyo por fin.
No había parado de tocarlo durante todo el viaje, incluso mientras él conducía. Le pasaba los dedos por brazo, por el pelo, subía y bajaba la mano por su muslo, hasta que Rafe la había agarrado y le había advertido con un gruñido gutural que no siguiera haciendo eso o no llegarían vivos a casa.
Ella había votado por echarse a un lado de la carretera y follar allí mismo, pero él le dijo que no.
En la camioneta no, ni a un lado de la autopista a plena luz del día.
Le besó el dorso de la mano al ver su mohín y ella disfrutó de todas las sonrisas torcidas que le dedicó. Fue la hora más larga de su vida.
Pero ahora ya estaban en casa, así que Ruby dejó caer su bolso en el salón y apoyó la espalda contra la puerta.
Cerró los ojos y respiró hondo. Su cuerpo vibraba con la expectativa.
Rafe era suyo. Y estaban a punto de sellar el vínculo.
Estaba a punto de follarse a su hombre lobo hasta dejarlo seco.
Le daba la impresión de que una parte de ella lo había sabido desde el principio, como si aquella niña pequeña a la que le encantaban las historias de fantasmas y casas embrujadas, a la que le gustaba quedarse levantada hasta tarde viendo viejas películas de hombres lobo, hubiera sabido justo lo que le deparaba el futuro.
Una pequeña y arrogante parte de ella se sintió justificada por la existencia de Rafe.
Llevaba razón. Había cosas que se movían en la noche, y eran cosas tremendamente sexis.
—¡Anda, si habéis vuelto! —La alegre voz de Theo la sacó de su ensimismamiento.
Ruby abrió los ojos y lo vio sonriéndole mientras bajaba las escaleras.
—Hola, Theo.
—¿Dónde está Rafe?
—Vaciando la camioneta.
Theo hizo un gesto de asentimiento y preguntó:
—¿Cómo ha ido?
—Pues…, bueno, he conocido a tu madre. —Fue lo primero que le vino a la mente que no incluyera establecer un vínculo de apareamiento con Rafe o sacar a colación a su terrorífico hermano mayor.
A Theo se le borró la sonrisa y se pasó una mano por el cabello rizado.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo está?
—Creo que te echa de menos.
No debía haber dicho eso. La expresión de Theo se tornó oscura y, por primera vez desde que lo conociera, Ruby alcanzó a imaginárselo como un animal.
— Lena está un poco alterada — anunció señalando hacia la planta de arriba y dejando correr el comentario de Ruby — . Pero creo que ahora te creerá.
— ¿Qué has hecho? — Se le borraron de la cabeza el resto de pensamientos y la preocupación por su hermana lo abarcó todo.
Theo se encogió de hombros y recuperó su habitual encanto, dedicándole una sonrisa radiante.
— Ver es creer. Así que le he mostrado algunas cosas.
— ¿Te has transformado delante de ella? — Ruby cruzó el salón y se encaminó directa a las escaleras — . Quería que me tomara en serio, ¡no quería matarla!
— No está muerta — repuso Theo riéndose—. Solo un poco… sorprendida.
—¿Sorprendida? Joder, Theo. Eres el peor canguro del mundo.
Él volvió a reírse antes de abrir la puerta de la entrada.
—Se recuperará. Tengo que irme. Nos vemos, Ruby.
Se marchó antes de que ella pudiera decirle que era un imbécil igual que sus hermanos.
Subió las escaleras de dos en dos hasta llegar arriba.
La puerta de Lena estaba cerrada y Ruby vaciló, pues no quería enfrentarse a ella todavía, pero al mismo tiempo necesitaba saber que se encontraba bien.
O todo lo bien que podría encontrarse después de ver a un hombre transformarse en lobo y después en hombre otra vez.
Llamó con los nudillos y contuvo la respiración.
—No pienso dejarte entrar. —La voz de su hermana sonó fuerte y furiosa desde el otro lado. Por lo menos no estaba acobardada o, peor aún, sufriendo otro de sus episodios.
—Soy yo. He vuelto.
Oyó fuertes pisadas al otro lado y, a continuación, la puerta se abrió de golpe. A Lena le brillaban los ojos con un fulgor cegador y tenía el pelo revuelto formando un halo en torno a su cabeza.
—Dios, Lena…
—No. —Su hermana levantó una mano temblorosa y la colocó frente a su cara— . No, Ruby. Ya he tenido bastante por un día. Se acabó esta… esta…, bueno, lo que coño sea esto.
— De acuerdo, Lena, lo siento. Es que…
— No. Se acabó. No quiero más desconocidos que se queden aquí con nosotras. No necesito canguro. Lo que necesito es que todo el mundo me deje en paz de una puta vez.
Cerró de un portazo antes de que Ruby pudiera volver a hablar. Joder. Nunca antes había visto a su hermana tan enfadada, y menos últimamente, después de haberse quedado casi sin fuerzas. Quizá fuera mejor la rabia que el sometimiento a la fuerza misteriosa que iba devorándola desde dentro.
Ruby volvió a llamar.
— Lena, sé que parece una locura, pero…
— Lárgate, Ruby.
— Intenté decírtelo — se excusó con un suspiro de impaciencia.
— Ruby, te juro por Dios que…
— Vale, vale…, necesitas un poco de tiempo para procesar todo esto.
Su hermana resopló y Ruby lo oyó alto y claro a través de la puerta.
— Pero sí que te lo advertí — murmuró — . Solo intenta recordar que antes Rafe te caía bien. Y sigue siendo el mismo. Y has de admitir que Theo es un encanto.
— Ruby…
— Vale. — Levantó las manos en señal de rendición, aunque Lena no pudiera verla — . Me marcho. Ya hablaremos de esto…, eh…, luego. — Vaciló un minuto más frente a la puerta de su hermana por si esta cambiaba de opinión.
Al menos estaba a salvo por el momento, se dijo a sí misma mientras retrocedía. Sana y salva. Y ella tenía con Rafe un asunto por resolver.
Un asunto que tenía intención de finiquitar muy pronto.
Bajó con apremio las escaleras y entró en la cocina.
Rafe seguía fuera con Theo. Ruby caminó de un lado a otro de la pequeña cocina con el corazón desbocado.
¿Qué narices estaría haciendo ahí fuera?
¿Celebrando una especie de cumbre de hombres lobo?
Golpeó con el pie el cuenco de comida del gato al pasar por delante y este traqueteó por el suelo.
— Mierda — masculló.
El cuenco estaba vacío, de modo que sacó la comida del gato y agitó el paquete, confiando en que Lucy apareciera corriendo, pero el pequeño demonio no dio señales de vida.
Aun así sirvió la comida, pero el gato no apareció.
Eso era extraño. El muy glotón siempre acudía cuando oía caer las croquetas en el cuenco.
— ¿Lucifer? ¿Dónde estás? ¿Has vuelto a las profundidades del averno? — Emitió el sibilante reclamo universal para atraer a los gatos, pero el animal no apareció.
Ruby dejó escapar un largo suspiro y abrió la puerta de atrás. No sería la primera vez que salía. Al condenado gato le encantaban los gorriones. No para comérselos, sino para contemplarlos durante horas. A veces le gustaba acercarse a mirarlos más de cerca.
— ¿Lucy? Lucy, ¿dónde estás?
«¿Cuánto tiempo haría que se había marchado?», se preguntó mientras salía al jardín. Notó una punzada de culpa por no haberse percatado antes de su ausencia. Era una pésima mamá felina.
— Lucifer, vuelve a casa. ¿Quién quiere que le rasque la barriga? — canturreó.
Caminó hasta la linde del jardín, donde había dejado crecer la hierba en exceso.
— ¿Eres tú? — Escrutó la oscuridad entre los árboles y un par de ojos dorados le devolvieron la mirada—. Joder —susurró.
—¿Me buscabas, cariño? —Los ojos de Wyatt destellaron y su boca esbozó una sonrisa lobuna.
A Ruby se le puso la piel de gallina al oír ese apelativo afectuoso. No transmitía para nada la familiaridad burlona que empleaba Sal cuando se lo llamaba.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Wyatt estaba apoyado contra el árbol más cercano, con una postura engañosamente relajada, como si la linde del bosque fuese un lugar de lo más normal para charlar.
—Eres una mujer difícil de atrapar. No esperaba que fueses a contratar a un guardaespaldas.
—No es guardaespaldas.
—Llámalo como quieras, cariño —le dijo Wyatt con una sonrisa arrogante.
— No me llames así. — Intentó retroceder. Tenía que acercarse más a la casa, salir de las sombras. ¿Podría verla alguien allí detrás?
Pero Wyatt la agarró del brazo.
— No quiero hacerte daño — le dijo a pesar de estar clavándole los dedos en el bíceps.
— ¿Y qué coño quieres entonces?
— Quiero tu ayuda.
— ¿Para qué? — Si conseguía que siguiera hablando el tiempo suficiente, Rafe acudiría en su búsqueda. O eso esperaba.
Wyatt tiró de su brazo para adentrarla más en la oscuridad.
— Nuestro alfa cree que tu pequeño talento podría resultarle de gran utilidad a nuestra manada.
— Yo no tengo ningún talento. — Seguía sin saber si pensaba que ella era Lena o siquiera si sabía que eran mellizas.
O si pensaba que eran las dos videntes y quería llevarse a cualquiera.
Pero lo que respondió era verdad. No tenía ningún talento que pudiera ser de utilidad para aquel lobo, ni para su alfa ni para nadie.
Haber tenido un sueño hacía dos décadas no la convertía en omnisciente.
Aquel tipo estaba claramente desinformado.
— Hemos oído historias que sugieren lo contrario.
— No puedes creer todo lo que oigas. En especial por estos lares.
Wyatt había estado arrastrándola despacio hacia el interior del bosque. Entre las sombras acechaban las imponentes siluetas de dos lobos gigantescos.
Joder.
¿Dónde se había metido Rafe?
Wyatt soltó una carcajada gutural.
— Me gustas. Después de que hables con nuestro alfa, tú y yo podemos divertirnos un poco.
Ruby se estremeció y preguntó:
— ¿Qué se cree que soy capaz de hacer?
— Ves cosas.
— ¿Y qué?
— La manada del Condado está intentando jodernos — respondió Wyatt con una mueca arrogante.
— ¿En qué sentido? — preguntó. «Haz que siga hablando, Ruby», se dijo a sí misma.
— Knox quiere que lleguemos a un acuerdo y necesitamos saber si podemos confiar en él. Yo creo que no. El Condado está lleno de cabrones mentirosos, pero… — se encogió de hombros — yo no estoy al mando.
— ¿Qué clase de acuerdo?
— Quiere que… ¿Cómo dijo? Que combinemos nuestras fuerzas. — Wyatt se rio como si la sola idea fuese ridícula — . Después de siglos siendo enemigos, el alfa de la manada del Condado quiere que seamos «socios».
— ¿Por qué? — Ruby seguía intentando ganar tiempo, pero ahora también tenía interés por saber qué se proponía Knox.
—Quiere que fusionemos las manadas para poder comprar el terreno.
—A mí me parece buena idea.
—Porque eres humana. No podemos enterrar sin más tantas generaciones cargadas de odio.
Ruby resopló y dijo:
—Los humanos también guardan grandes cantidades de odio.
A mí me sigue pareciendo buena idea. —Sobre todo después de ver cómo vivían los lobos, lo precarias que eran sus vidas en un terreno que no les pertenecía—.
Pero da lo mismo, porque yo esas cosas no puedo verlas —agregó—.
Te lo juro. Solo tuve una visión una vez, un sueño. Eso no os ayudará en nada.
—No es eso lo que he oído.
Ruby no pensaba informarle de que era su hermana melliza y no ella de quien había oído hablar. Y además se estaba quedando sin tiempo. Notaba que a Wyatt se le empezaba a agotar la paciencia. Dio un paso hacia ella y le apretó más el brazo. Estaba harto de su amena charla.
—Wyatt —le dijo ella con una sonrisa provocadora, cubriendo la distancia que los separaba. Lo miró de arriba abajo fingiendo que le gustaba lo que veía—, estoy segura de que podemos encontrar una solución.
Él enarcó sus rubias cejas como si de pronto le interesara mucho lo que tuviera que decir.
—¿Ah, sí? —preguntó con arrogancia—. ¿Como cuál?
Ruby tiró con fuerza, pillando a Wyatt por sorpresa. La mano de él resbaló de su brazo. Su gruñido se sumó a los gruñidos de los lobos que acechaban en las sombras.
—Ojalá dejaras de ponerlo todo tan difícil —le dijo.
Ruby se dio la vuelta y echó a correr.
Pero los lobos son más rápidos de lo que podría ser jamás un humano. Una de las criaturas se abalanzó sobre ella antes de que le diera tiempo a pensar. El grito de Ruby rasgó la quietud de la noche cuando el hombre lobo la derribó contra el suelo.