Capítulo 39
R uby esperó a que le llevara la contraria.
Sin embargo, la larga lista de motivos por los que no debería estar con él no llegó a salir de boca de Rafe.
En su lugar, se inclinó hacia delante y la besó en los labios.
Ruby se fundió contra su cuerpo, pero entonces él se apartó antes de que volvieran a calentarse.
—Deberíamos irnos, en serio —le dijo, retirándole el cabello de la cara.
Aquel nuevo Rafe, el Rafe que la tocaba y la besaba y la miraba de ese modo, bastaba para darle ganas de quedarse el resto de su vida en la caja de aquella camioneta. ¿Y si se marchaban de allí y todo desaparecía? ¿Y si aquel vínculo débil y frágil se rompía en cuanto se fueran?
Pero entonces Rafe le sonrió y ella supo que lo que fuera que hubiera entre ellos no era frágil en absoluto.
Y tenía toda la intención de luchar por ello.
Ya no era solo una cuestión de sexo. Un mes con ese hombre y ya sabía que aquello era real.
Él era esa persona. Esa certeza le provocó un vuelco en el pecho, encogiéndole el corazón. Rafe era esa persona.
Se terminó el pastel y se vistió mientras Rafe enrollaba las mantas y los sacos de dormir y lo arrojaba todo a la cabina, dejando que aquella nueva revelación la calara hasta los huesos.
Él se detuvo para verla aplicarse el pintalabios sin el que nunca salía de casa. Con suerte, no advertiría que le temblaba la mano mientras se pintaba.
—¿En serio? —le preguntó con una sonrisa de suficiencia.
—Es mi sello distintivo, Rafe. No puedo ir de excursión por el bosque con los labios sin pintar. —Le sonrió, fingiendo valentía.
Él se rio y meneó la cabeza mientras rodeaba la camioneta. Le ofreció una mano y la ayudó a bajar al suelo.
Sus botas golpearon la tierra y la burbuja de la noche anterior estalló. La realidad invadió su lugar.
—¿Preparada? —le preguntó Rafe.
Ruby notó los nervios en la tripa, aunque no eran nervios buenos.
Estaba a punto de adentrarse en una manada de hombres lobo con un hombre al que el actual alfa había intentado matar, y todo porque su hermana se estaba muriendo poco a poco.
De pronto, el pastel que tanta ilusión le había hecho le pesaba en el estómago.
Rafe entrelazó los dedos con los suyos y le dio un apretón.
—Todo irá bien —le dijo, pero los rasgos relajados de su rostro habían vuelto a tensarse como si él también fuese consciente de la verdad de la situación.
—Sí. De maravilla. —Ruby se envolvió con la capa de su tía Millie y agradeció de pronto la comodidad que le ofrecía.
Rafe tiró de ella y Ruby trató de concentrarse en el sendero que tenía delante, en los pájaros que cantaban en los árboles, en los rayos de sol y en la brisa que le acariciaba la nuca.
Pero solo alcanzaba a pensar en la mano callosa de Rafe sobre la suya y en lo que había sentido la noche anterior acurrucada junto a él y qué demonios serían los «asuntos complicados de hombres lobo».
Cuando su cerebro se cansó de aquello, volvió sobre los horrores que podrían encontrarse en la manada y cómo conseguiría ayudar a su hermana.
Tendría suerte si no acababa por vomitar el pastel.
—Estás muy callada —le dijo Rafe, rompiendo el silencio con su voz ronca e interrumpiendo su agorero hilo de pensamiento.
Ruby lo miró. Aquel día llevaba el pelo recogido, dejando al descubierto toda la fuerza de su rostro. Los ángulos firmes y la áspera barba de varios días. Los labios suaves.
—Estaba pensando, sin más.
—¿En qué?
—¿Por qué? ¿Te estás poniendo nervioso?
Esperó que se riera a regañadientes, en su lugar se aclaró la garganta y dijo:
—Me gusta escucharte.
Ruby se acercó más, dejando que su hombro le rozara el brazo mientras caminaban. Seguían con las manos unidas.
—Bueno, en ese caso, estaba pensando en lo de anoche, en lo asombroso que fue.
Rafe soltó un gruñido gutural para expresar su conformidad y el sonido le provocó un escalofrío por todo el cuerpo.
Se llevó su mano a los labios y le dio un beso suave en el dorso, haciendo que se le atropellaran de nuevo los pensamientos.
Deseaba abordar el tema de su reticencia a ir más allá, pero al mismo tiempo no quería presionarlo. Era capaz de respetar sus límites.
—Pero también me preocupa encontrarnos hoy con tu manada y la salud de Lena. —Dejó escapar un largo suspiro.
Rafe se quedó callado y, cuando Ruby lo miró de soslayo, vio que tenía el ceño fruncido.
—Yo me encargaré de la manada —dijo rezongando—. Mi padre ha muerto. Dejando al margen lo que piense sobre Knox, sé que mi hermano es mucho mejor alfa de lo que fue nunca mi padre.
—Siento mucho obligarte a enfrentarte otra vez a él.
—No lo sientas.
Por algún motivo, la parquedad de aquella respuesta de tres palabras a Ruby le resultó reconfortante.
—Es el momento. Llevo demasiado tiempo lejos.
Lo cierto era que Ruby no se había parado a pensar que pudiera haber otros a quienes hubiera dejado atrás, otros a quienes quizá echara de menos.
—¿Los echas de menos?
—A algunos. A veces.
—¿La echas de menos a ella?
Rafe se detuvo en seco; al volverse, Ruby vio que la miraba con el entrecejo arrugado.
—Scarlet murió hace más de una década.
—No sabía que hubiera una fecha límite para dejar de echar de menos a la gente.
—Apenas la conocía —contestó él tragando saliva.
—Apenas me conoces a mí.
Los ojos plateados de Rafe la estudiaron, el sol se filtraba entre los árboles y se reflejaba en su pelo, realzando el tono castaño cálido de sus mechones.
La miraba como si la conociera. Como si la conociera desde siempre.
A Ruby se le cortó la respiración y, por un segundo, pensó que tal vez supiera cuáles eran los «asuntos complicados de hombres lobo».
Quizá supiera exactamente lo que era ella para Rafe. Y lo que era él para ella.
Estuvo a punto de preguntárselo. La palabra que solo había oído en clase de biología y en las viejas películas de hombres lobo se le quedó atascada en la garganta.
—Claro que te conozco —le dijo Rafe retirándole un mechón de pelo de la cara.
A Ruby le dolía el cuerpo como si cada centímetro de su anatomía anhelara estar con él. Aquello no era normal. No era un simple cuelgue con un hombre sexi. No era solo amor. Las piezas comenzaron a encajar.
—¿Estamos…? Me refiero a que si soy yo…
Él abrió mucho los ojos y la miró con gesto de alarma, una mirada de animal acorralado. Ruby perdió el valor para terminar de formular la pregunta.
Se aclaró la garganta y apartó la mirada del perplejo rostro de Rafe.
—Creo que deberíamos seguir, ¿no? —le preguntó.
—Eh… —Rafe pestañeó—. Sí. Claro. —Le agarró de nuevo la mano y reanudó el camino tirando de ella. Por lo menos esta vez no había salido huyendo. Sus dedos seguían bien apretados a los de ella.
¿Estaría en lo cierto? A su cabeza acudieron retazos y fragmentos de todo lo que le había contado Rafe a lo largo de las últimas semanas.
No podía mantenerse alejado de ella. Ella era diferente.
Su abrumador deseo de protegerla. La descabellada atracción física que existía entre ambos.
Si todo lo que había leído acerca de los hombres lobo tenía algo de veracidad, quizá entonces fuera cierto. Quizá Rafe y ella estuvieran…
—No queda mucho. —La voz ronca de Rafe irrumpió en sus acelerados pensamientos.
Ruby le tiró de la mano y él aflojó un poco la marcha.
—¿Podemos ir más despacio? —le preguntó entre jadeos—. Mis piernas no pueden seguir el ritmo de las tuyas.
Rafe miró por encima del hombro y le dirigió una sonrisa avergonzada.
—Perdona.
A Ruby se le desbocó el corazón al ver su sonrisa.
—Bueno, ¿qué debo esperar cuando lleguemos allí? —preguntó, ansiosa por cambiar de tema, por no pensar en todo aquello que comenzaba a darle vueltas por la cabeza.
Rafe se encogió de hombros, aflojó más el paso y volvió a caminar a su lado. Ella le dio un apretón en la mano para calmarlo.
—Cuando mi padre era alfa, las cosas eran bastante duras. La manada no contaba con gran cosa. Él no soportaba mezclarse con humanos, pero cada vez se hacía más y más necesario. Mi padre no soportaba el cambio.
Ruby asintió, asimilando toda esa información.
—¿Todos los hombres lobo son artesanos como tú? ¿Cómo sobreviven aquí?
—¿Artesanos? —Rafe enarcó una ceja escéptica —. Fabrico mesas, Ruby.
—Mesas preciosas —contestó ella dándole un empujón cariñoso en el brazo.
Rafe se detuvo y se inclinó para darle un beso en la coronilla. Ruby lo sintió hasta los dedos de los pies.
—En general vivimos de la tierra, pero muchos lobos realizan trabajos en los pueblos. Suelen ser jornaleros.
La ayudó a salvar un árbol caído que les cortaba el paso. El camino era ya apenas un sendero y los pinos blancos se alzaban imponentes a su alrededor.
—Qué tranquilo es esto —comentó Ruby inspirando el aire húmedo del bosque. Levantó la cabeza y contempló otro hermoso día de cielo despejado.
—Sí que lo es. —Rafe se situó detrás de ella y le acarició el cuello con la nariz.
Dios, si pudieran quedarse así todo el día y olvidarse de lo demás…
—¿Hace cuánto que vive aquí la manada? —preguntó entonces, intentando centrarse en su pregunta e ignorar el calor que crecía entre sus muslos.
Rafe la soltó, deslizó la mano alrededor de su cintura y le hizo cosquillas con los dedos en la piel por debajo de la camiseta. Ruby se estremeció.
Reanudaron entonces la marcha, Rafe a la cabeza, ella detrás, pues el sendero era ahora demasiado angosto para caminar uno al lado del otro.
—Un tiempo. Cuando yo era más joven, nos trasladábamos mucho dentro del Condado. Pero últimamente nos hemos ceñido a esta zona. Aquí nadie nos incordia demasiado, siempre y cuando no causemos problemas.
—Eso es algo bueno, ¿verdad?
Rafe escrutó los árboles que se elevaban más allá, tensando el cuerpo cada vez más a medida que avanzaban. Al parecer, estaba empleando sus sentidos de lobo.
—Es bueno. Sería mejor aún si no existiese la amenaza constante de que urbanicen el terreno.
Cierto, porque él necesitaba correr, cazar y, en esencia, ser un lobo.
Porque era un maldito hombre lobo. A veces Ruby llegaba a olvidarse del asunto, pero después recibía el bofetón de realidad.
«Esto no puede acabar bien». Acudieron a su cabeza las funestas palabras que Rafe pronunciara el día anterior.
¿Podría existir un futuro para ellos? ¿Sería acaso posible?
La invadió el pánico al pensar en separarse de aquel hombre al que conocía solo desde hacía escasas semanas. ¿Qué le estaba ocurriendo?
—Rafe, mira, ya sé que este no es el mejor momento, pero, después de todo lo de anoche, creo que tenemos hablar de lo que vamos a…
Las palabras se le secaron en la lengua al ver frente a ellos las primeras tiendas de campaña.
Unos ojos brillantes los observaban desde los árboles.
Algunas personas emergieron de sus hogares y siguieron su avance con la mirada como si supieran que iban a llegar.
Como si lo percibieran. A Ruby se le formó un nudo en la garganta y el corazón se le desbocó en el pecho.
Nada más mirar a Rafe cuando se detuvo junto a él, supo que el hombre cercano y sonriente de esa mañana se había esfumado.
Tenía la mandíbula apretada, sus ojos destellaban bajo los rayos de sol y en su cuerpo se había tensado hasta el último músculo, listo para atacar.
Seguía conservando su forma humana; sin embargo, su actitud se había transformado por completo.
—Ya hemos llegado —gruñó.
Y Ruby se preparó para lo que fuese a ocurrir a continuación.