Capítulo 38
R afe se estaba ahogando, hasta el punto de alcanzar apenas a ver la superficie. Lo único que veía era a Ruby, sus ojos brillantes y sus labios pecaminosos y rojos. Unos labios que no tardarían en rodear su polla si no se lo impedía.
Ella le sostuvo la mirada, expectante, insegura.
Y esa mirada, el hecho de que no supiera lo mucho que la deseaba, fue lo que le hizo perder el control.
La deseaba más de lo que deseaba la llegada de un nuevo día, más que volver a echar una carrera por el bosque, más que cualquier parte de su propia existencia inútil. Desear a Ruby le permitía existir.
Ruby jugueteaba aún con el botón de sus vaqueros, deslizando los dedos por debajo de la tela y provocándole un intenso calor por la espalda.
—¿Rafe? — preguntó, aún insegura, y era todo por su culpa.
Era culpa suya que Ruby desconociera la verdad. Era culpa suya desearla y ahuyentarla al mismo tiempo llevado por una equivocada actitud protectora.
—Sí —contestó entre dientes—. Envuelve mi polla con tus labios rojo rubí como llevo tanto tiempo soñando.
Una sonrisa lenta floreció en el rostro de Ruby.
—¿De verdad?
—Joder, sí. —Se apoyó contra el costado de la caja de la camioneta, levantó las caderas y se bajó los vaqueros y los bóxer, se los quitó y los arrojó a un lado—.
Ven aquí. —Su voz ya apenas sonaba humana, lo bastante para ahuyentar a la mayoría de las personas, pero Ruby se acercó gateando hasta quedar arrodillada entre sus muslos.
—Llevo deseando esos labios desde el primer día que te vi.
Ese maldito carmín rojo, Ruby, es como un puto faro que me llama.
— Deslizó las manos por sus caderas y las subió hasta alcanzar sus tetas, capturando una en su palma ahuecada y después la otra.
Retorció el pezón entre los dedos y le dio un pellizco.
Ruby gimoteó y apretó los muslos.
—¿Qué más deseabas? —le preguntó, su voz apenas un susurro.
Rafe no pudo evitar sonreír, aun mientras se zambullía más aún en lo que fuera aquello, aun mientras recordaba que aquella mujer era su compañera predestinada y no sabía qué hacer en lo referido a eso.
—Lo deseaba todo. Todo de ti. Dios, aún lo deseo.
Ella se inclinó para besarlo al mismo tiempo que le agarraba la polla con el puño. Rafe gimió contra su boca y sintió que sus labios esbozaban una sonrisa contra los suyos. Y esa sonrisa le pareció una victoria. Daba fe de que había hecho una puta cosa bien en su vida.
Entonces Ruby colocó las manos sobre su pecho, después en sus muslos, clavándole los dedos en la carne mientras se metía su polla en la boca muy despacio, centímetro a centímetro.
Él le retiró el pelo de la cara y cerró el puño en torno a su melena, sin querer perderse ni un segundo de aquel obsceno espectáculo.
Aquellos labios enmarcaban su polla a la perfección.
Le tiró del pelo solo un poco y ella ronroneó, y la vibración estuvo a punto de acabar con él.
No le extrañó que le gustase el sexo un poco duro a su chica valiente, que se aventuraba en el bosque al anochecer, que soñaba con peligrosos desconocidos.
Volvió a tirar, moviéndola como a él le gustaba, embistiéndola un poco más con cada pasada de su boca. Ella apretó los muslos, le clavó las uñas en las piernas y permitió que le follara la boca.
Era tan agradable, tan perfecto, su boca tan caliente, apretada y húmeda. No duraría mucho. Ya notaba la cercanía del orgasmo, el placer que le alcanzaba hasta los dedos de los pies.
La soltó y dejó que tomara aire, la melena cayéndole por encima del hombro. Mantuvo agarrada su polla por la base con una mano y le lamió la punta, su carmín rojo corrido sobre sus labios hinchados.
—Dios, cómo me gusta —murmuró Rafe, consciente de cómo todos sus sentidos y pensamientos se disolvían en el aire nocturno para reunirse con las constelaciones.
Debería mantener la distancia con ella, pero lo único que era capaz de hacer era sentirse agradecido de que el universo le hubiera enviado a su compañera perfecta.
—Quiero que te corras en mi boca —le dijo Ruby mientras lo atormentaba con los movimientos de su lengua.
—Sí — gruñó él, incapaz de decir nada más. Sí a eso. Sí a cualquier cosa que deseara aquella mujer. Sí a todo.
Volvió a situar las manos en su melena y ella empezó a mover la boca, metiéndosela entera, hasta el fondo.
Subió y bajó hasta que a él se le hizo demasiado, el calor, el placer, la tensión eléctrica que le recorría la columna.
Se corrió a lo bestia con gemidos entrecortados, sintiendo los labios de Ruby a su alrededor, y solo el cielo nocturno fue testigo del momento en que estalló en mil pedazos y, a continuación, recuperó la cordura con la mirada de Ruby cuando esta se incorporó y le sonrió.
Ruby durmió como una especie de estrella de mar enloquecida.
En aquel momento, tenía la mitad del cuerpo envuelta alrededor del torso de Rafe y la otra mitad extendida sobre el setenta y cinco por ciento de la caja de la camioneta.
O eso era lo que imaginaba Rafe. Se encontraba apretujado en el espacio que quedaba libre, que no podía constituir más de un cuarto del vehículo.
Ruby le había robado también todas las mantas, aunque sus extremidades asomaban por debajo en ángulos imposibles. Y además roncaba.
Rafe estaba cansado, tenía frío y le dolía todo; aun así, era incapaz de borrarse la sonrisa idiota de la cara.
Algún día, no le cabía duda de que se quejaría de sus acrobacias nocturnas y del hecho de que acaparase las mantas…
Un momento. ¿Algún día? ¿Una noche alucinante y qué? ¿Pensaba que Ruby se moriría de ganas de vincularse a él para siempre? En un fútil intento por pensar con claridad, se restregó la cara con la mano que tenía libre; la otra estaba atrapada en algún lugar bajo el cuerpo de Ruby.
Debía contarle lo del vínculo predestinado. La noche anterior había estado a punto; debería haberlo hecho. Pero ni siquiera sabía qué decir, no sabía lo que significaría para ellos ni cómo gestionarlo, en especial habida cuenta de que ella era humana.
Ruby se agitó y su aroma lo envolvió. En lugar de asfixiarlo, ahora le calentaba, le acercaba más a ella.
Sabía que era su compañera predestinada del mismo modo que sabía cuándo necesitaba cazar.
Instintivamente y sin asomo de dudas. Todo lo que había sentido por ella cobraba ahora mucho sentido. Era suya y él era suyo.
Pero, en términos de lo que sucediera a continuación, le daba vergüenza reconocer que no estaba lo bastante preparado.
Maldijo a su padre y su ideología de «emparejarse en aras de la fuerza».
Rafe no conocía ni una sola pareja predestinada.
Su manada no operaba de esa forma. Su padre se había mostrado desdeñoso si alguien mencionaba semejante concepto.
Y era el alfa quien escogía los emparejamientos, o como mínimo daba su aprobación.
Desde luego, no había tenido en consideración las parejas predestinadas ni el amor.
A lo largo de los años, había habido lobos que abandonaron la manada, que se fueron por su cuenta. Y ahora Rafe se preguntaba cuántos se habrían marchado para estar con su verdadera pareja predestinada.
Ni siquiera sabía si el sexo era la única forma de asegurar el vínculo.
Pensaba que estaba a salvo al no follar con ella, pero cada momento a su lado le daba la impresión de estar reclamándola.
Cada historia que compartía con ella, cada sonrisa que ella le dedicaba, cada caricia, cada pizca de confianza que depositaba en él.
Ruby había reclamado su corazón la primera vez que pronunció su nombre, la primera vez que lo buscó en la oscuridad.
Tenía que contárselo. Tenía que hacerlo ya. Intentó liberar el brazo y Ruby se quejó con la cara contra la almohada.
—Demasiado temprano —masculló—. Márchate.
—Ruby. —Se tumbó de costado y la atrajo hacia sí empleando el brazo atrapado para acercarla—. Despierta. —Le cubrió de besos la nariz.
Ella la arrugó.
—No —gruñó —. Demasiado temprano. —No abrió los ojos al apartarse el cabello de la cara.
—¿Siempre eres así por las mañanas? —le preguntó Rafe, incapaz de evitar que su tonto corazón imaginase más mañanas así con Ruby refunfuñando y él despertándola despacio. Se le ocurrían muchas formas interesantes de despertarla.
—Entro a trabajar tarde. Soy prácticamente nocturna —murmuró ella abriendo ligeramente un ojo—. Ya sabes que no me despierto antes de mediodía. Y aquí hay demasiada luz. —Volvió a cerrar el ojo.
—Debemos salir temprano si queremos ir y volver en el día.
Ruby se quejó de nuevo, pero Rafe deslizó una mano sobre su cadera todavía desnuda y la pasó por encima para agarrarle el culo, tornando el quejido de Ruby en un grito.
La estrechó hacia sí, tan cálida y maleable por la mañana.
Ya se había olvidado de lo que tenía que decirle.
Se permitió olvidarlo. ¿Por qué echar a perder el momento asustándola?
Le besó el cuello y se demoró sobre su pulso acelerado. Ruby se retorció contra él.
—¿Qué ha sido de lo de salir temprano? —se rio mientras él proseguía el recorrido hasta sus pechos, besando y lamiendo cada uno de ellos.
—Bueno, podríamos concedernos unos minutos —le dijo Rafe con una sonrisa.
Ella se la devolvió, sus ojos radiantes como el sol.
—Ni hablar, hombre lobo. Tenemos que interrogar a tu hermano el alfa. —Le arrebató las mantas y se apartó para sentarse, dejando a Rafe tumbado y desnudo. No le importó. Ella lo calentaba con su mirada.
Se incorporó también y buscó sus vaqueros entre las mantas.
Se los puso dejando que Ruby lo observara con ojos voraces.
Quizá por fin hubiera llegado el momento de conseguir lo que deseaba.
Quizá el destino se pusiera de su parte esta vez.
Le daba miedo gafarlo solo con pensarlo.
Estuvo a punto de asomarse por el costado de la camioneta para tocar el tronco de un árbol.
¿Y si lo echaba todo a perder al hablarle a Ruby del vínculo predestinado?
Theo llevaba razón: se volvería loco, acabaría aullándole a la luna.
El hecho de que Ruby se hubiera mostrado comprensiva respecto a todo lo que le había contado hasta ahora no significaba que fuese a parecerle bien aquella súbita e intensa escalada en su relación.
Primero tenía que encargarse de Wyatt. Cuando Ruby estuviera a salvo, ya tendría tiempo de preocuparse por lo que le deparase el destino.
No serviría de nada compartir con ella sus sospechas todavía.
Menos aún si seguía corriendo peligro. Y si su hermana seguía sufriendo esas violentas visiones sobre lobos.
Primero debía asegurarse de que Wyatt recibiera el mensaje de dejar en paz a las hermanas Bellerose. Entonces, podría encargarse del resto. Cada crisis en su momento.
—¿Qué hay de desayuno? —preguntó Ruby, observándolo aún desde su asiento.
Rafe bajó de un salto de la camioneta, agradeciendo la distracción, y caminó hasta la parte delantera del vehículo. Agarró la bolsa que había dejado la noche anterior en el asiento de atrás.
—Tengo pastel de la cafetería.
—¡Pastel! — A Ruby se le iluminó la cara al agarrar la bolsa. Seguía envuelta en mantas y sus brazos desnudos constituían un agradable recordatorio de lo que se escondía debajo—. ¡Manzana y arándanos azules!
Sacó los recipientes de la bolsa junto con tenedores de plástico y servilletas. Lo dispuso todo frente a ella como si de un pícnic se tratara.
Rafe se echó hacia atrás y apoyó los antebrazos contra el costado de la camioneta.
—Pásame el de arándanos.
Ruby se inclinó hacia delante para pasarle el recipiente y él le dio un beso en los labios con sabor a manzana. Ella enarcó las cejas sorprendida.
—Esta mañana estás terriblemente cariñoso, Rafe.
—Sí. —La observó, quería ver su reacción, necesitaba saber si aún lo deseaba o si ya había satisfecho su curiosidad—. Puedo parar, si así lo deseas.
—No. — La respuesta de Ruby fue rápida y Rafe contuvo una sonrisa—. No pares. Me gusta.
Dio un mordisco al pastel y se lamió las migas de los labios.
Su lengua recorrió lentamente esos labios carnosos y a Rafe se le fundió el cerebro.
A la mierda. Tenía que contárselo. Contárselo y, a continuación, reclamarla.
Tenía que follársela hasta que entendiera que estaba hecha para él y él estaba hecho para ella. Hasta que lo demás dejara de importar.
—¿Eso significa que ya te has cansado de huir de mí? —le preguntó ella, interrumpiendo su descabellado instinto de hombre lobo.
—Es posible —contestó con una tos.
—¿Es posible?
—Aún no estoy convencido de ser bueno para ti.
Entonces, esos labios se tornaron en una sonrisa pecaminosa.
—Ay, Rafe, a estas alturas ya deberías saber que las cosas que deseo no son buenas para mí.