Capítulo 36
«E sto no puede acabar bien».
Las palabras de Rafe se repetían en su cabeza mientras lo esperaba. Era evidente que tenía miedo. Le daba miedo que ella acabara como Scarlet. Por esa razón no paraba de intentar alejarla, pero, más allá de eso, ¿llevaría razón? ¿No existía futuro para ellos?
¿Importaba que él fuera un hombre lobo y ella una mujer humana?
Cuando estaba con él, no creía que importase. Se sentía a gusto estando con Rafe. Pero, si no lograba convencerlo de que lo suyo funcionaría, ¿qué iba a hacer? El suave refunfuño de Rafe le hizo saber que ya había vuelto y estaba totalmente vestido.
— ¿Tienes que trabajar esta noche? —le preguntó mientras se acercaba a ella.
—Ya he llamado.
Él hizo un gesto de asentimiento.
—Podemos recorrer parte del trayecto en la camioneta, pero después llegaremos caminando.
—Vale, fantástico. Vámonos.
Rafe dejó escapar un suspiro mientras caminaban hacia la fachada de la casa en dirección a su camioneta.
La vieja Ford blanca los esperaba allí; con ella, el recuerdo del tenso trayecto de vuelta a casa la noche anterior y todo lo que sucedió después.
Ruby se subió al vehículo intentando no pensar en la imagen de la cabeza de Rafe entre sus muslos.
Pero la imagen no se iba. Se había mostrado tan entusiasta.
Como si lamerla fuese su único propósito en la vida, como si ella fuera su nuevo sabor favorito…
—Ponte el cinturón.
La brusca orden de Rafe interrumpió su ensoñación. Gracias a Dios.
Ruby obedeció y se arrellanó en el asiento viendo pasar los altos pinos al otro lado del cristal conforme salían del pueblo.
—¿En qué estás pensando?
Ruby se giró en su asiento para mirarlo.
—¿Quieres saber en qué estoy pensando? —le preguntó.
—Te has quedado muy callada — contestó él encogiéndose de hombros—. Y no paras de suspirar. —Se encogió otra vez de hombros y Ruby se mordió el labio para no sonreír—. No puedo evitar preguntármelo.
—Estaba pensando en ir a recoger manzanas y en que dejamos de hacerlo cuando murieron mis padres. —Aquel habría sido un día perfecto para esa actividad, soleado y fresco.
—Ah.
—Sí. Pero también estaba pensando en los divertidos sandwichitos que preparaba mi tía para merendar, y nos arreglábamos para comerlos, como si estuviéramos tomando el té en un sitio elegante. —Echaba de menos a sus padres de igual modo, pero su tía hizo que su infancia fuera especial a su manera.
—Seguro que estabas muy mona — dijo Rafe con una carcajada.
—Monísima. La más mona. —Ruby sonrió—. Solía dejar dos sitios para mis padres. Lena no lo soportaba. No quería oír hablar de fantasmas. Ni de mis otras ideas ridículas.
—No eres ridícula. Jamás debería haber dicho tal cosa.
—No pasa nada.
—Sí que pasa.
—Bueno —dijo ella con un suspiro—, puedes añadirlo a la larga lista de cosas por las que te sientes culpable.
— ¿De qué estás hablando?
—Theo ha mencionado a Scarlet. Háblame de ella, por favor.
Rafe dejó escapar el aire muy despacio, apretando y aflojando las manos en torno al volante.
—Era dulce —dijo al fin, la voz ronca de emoción—. Trabajaba en un supermercado del pueblo junto al que acampábamos en aquella época.
—¿Acampabais?
—No es que… No es que tengamos un lugar permanente. La manada se traslada, trata de permanecer… desapercibida.
—Debía de ser difícil.
—Lo era. A veces. Con el paso de los años, hemos perdido mucho territorio. Nos estamos quedando sin espacio.
—¿Qué haréis si os quedáis sin nada?
— No sé —repuso Rafe frunciendo el ceño—. Lo necesitamos. Necesitamos ser lobos al menos a veces. Necesitamos correr y cazar. No sé qué sucede si ya no podemos hacerlo.
Ella tampoco sabía qué ocurriría, aunque la idea de que Rafe corriera peligro le provocó un intenso miedo. Sacudió la cabeza. Los problemas mejor de uno en uno. La deforestación tendría que esperar.
—Cuéntame más cosas sobre Scarlet.
—Ruby…
—Quiero saberlo, Rafe. Quiero saber cosas de ella.
Él suspiró de nuevo.
—Estaba trabajando siempre que yo iba al pueblo a por provisiones. Empecé a pasarme por allí más a menudo. Inventaba excusas para verla.
»Olía a caramelo, a azúcar tostada y rayos de sol. Tenía el cabello oscuro como tú, pero sus ojos eran claros y siempre sonreía. Al verla… fue como si, por primera vez, viera algo fuera de mi propio mundo. Algo que no era violento ni cruel. —Se detuvo, retirándose el pelo de la cara.
Ruby no se atrevía a hablar ni a moverse, por miedo a que él se quedase callado y ella perdiera aquella oportunidad de asomarse a su vida, a su corazón.
—Me miraba como… —Tragó saliva— . Me miraba como si yo fuera algo bueno. Nadie me había mirado así antes. —Se aclaró la garganta; Ruby tuvo que secarse las lágrimas de los ojos—. Pero no importó. Al final, dejó de mirarme así cuando descubrió lo que yo era. Lo que soy.
—¿Se lo contaste?
—Sí, pensé que… —Soltó una áspera carcajada—. Pensé que podría abandonar la manada y estar con ella. Pero básicamente entró en pánico cuando le mostré lo que era. Se convenció de que la había drogado y era todo producto de una alucinación.
—Rafe, lo siento. —Ruby soltó una de sus manos del volante y la sostuvo en la suya. Le dio besos en el dorso y en la palma hasta que notó que su cuerpo se relajaba.
—Debería haberla dejado en paz después de aquello. — Su voz sonó ronca y grave. Los innumerables árboles volaban tras las ventanillas y la carretera trazaba una curva frente a ellos—. Pero fui un cabrón egoísta. Conduje a mi padre hasta ella. No debería haber…
—No digas eso. —Ruby le apretó la mano y él apartó los ojos de la carretera para mirarla—. Lo que hizo tu padre recae sobre su conciencia, no sobre la tuya.
Rafe apretó la mandíbula y volvió a quedarse mirando al frente.
—Yo no soy ella. Esto es diferente —le aseguró Ruby.
Esta vez, Rafe se llevó su mano a los labios y le hizo cosquillas en los nudillos con su aliento cuando habló:
—Ya lo sé.
La situación era diferente, pero ¿sería suficiente?
Recorrieron el resto del trayecto en un agradable silencio, interrumpido únicamente por las preguntas despreocupadas que Ruby le hacía sobre su vida.
Al principio le resultó difícil hablar del pasado, como si las palabras estuviesen atascadas en su interior.
Pero Ruby siguió indagando. Se parecía a esos arqueólogos que, con sumo cuidado, retiran con un cepillo la tierra de los huesos de los dinosaurios.
Trabajando pacientemente hasta que lo desentierran todo.
Él le contó que no conoció a su madre y que, en su lugar, se crio con la de Theo. Le habló de las expectativas que tenía su padre para él, de que estuvo a punto de abandonar la manada antes incluso de morir Scarlet. Aquello no resolvió nada, aunque se sintió mejor, más ligero solo por contárselo.
Seguía sin saber qué hacer con la posibilidad de que Ruby fuese su compañera predestinada y se sentía incapaz de confesarle esa pieza del rompecabezas, pero, Dios, qué agradable era saberse escuchado, saber que aun así ella deseaba estar a su lado.
Quizá Ruby le había dicho la verdad desde el principio.
Quizá no le tenía miedo. Rafe permitió que un diminuto resquicio de esperanza se abriese paso hasta su corazón.
Había apenas una hora de trayecto en coche desde Maple Hollow hasta el sendero que los conduciría al actual asentamiento de la manada.
Para cuando detuvo la camioneta en el camino de grava situado al lado de la carretera, el sol de otoño comenzaba a ocultarse detrás de los árboles.
Deberían haber esperado al día siguiente, haber salido temprano, hablado con su hermano y regresado a casa antes siquiera del ocaso, pero él se había mostrado impaciente, desesperado por huir, por escapar de sus sentimientos hacia Ruby.
Saltaba a la vista que la cosa no había salido según lo previsto.
—Bueno, ¿cuál es el plan? — preguntó ella mientras aparcaba.
—Vamos a tener que acampar aquí esta noche y mañana recorreremos el sendero. Solo son ocho kilómetros, pero no llegaremos antes de que anochezca.
Al elaborar el plan, había imaginado que se transformaría y recorrería el resto del trayecto corriendo; sin embargo, no pensaba adentrarse en el bosque de noche con Ruby. Aunque ella lo hiciera a todas horas. Pero no durante ocho kilómetros para meterse directos en el territorio de su hermano.
—¿Una caminata de ocho kilómetros? —preguntó Ruby con los ojos como platos—. Se nota que piensas que estoy más en forma de lo que estoy.
—Estás en buenísima forma —respondió él sin poder contener la sonrisa.
Vio el intenso rubor que tiñó su cuello y sus mejillas. No debería disfrutar tanto de aquello. Menos aún cuando no tenía intención de follársela. Aunque quizá no tuviera nada de malo volver a saborearla…
—¿Y qué ocurre cuando lleguemos allí? —La pregunta de Ruby interrumpió sus cavilaciones sobre lo deliciosa que era.
—Pues… no estoy seguro. —Había estado tan ansioso por marcharse, por encontrar otra forma de proteger a Ruby, una forma que no lo incluyera a él directamente, que no se había parado a pensar en esa parte del plan.
—Bueno… —Ruby se inclinó hacia él, acorralándolo en la diminuta cabina de la camioneta—. Yo estaba pensando que podríamos ver si tu hermano tiene idea de lo que significan las visiones de Lena.
—No sé si es buena idea.
—¿Por qué no? Creí que ese era el motivo por el que veníamos a verlo.
—Quiero descubrir qué sabe acerca de los Highlanders en nuestro territorio.
—Pero ¿no quieres decirle que Lena es vidente?
Rafe contuvo un gruñido. La idea de contarle a su hermano algo de aquello le revolvía el estómago. Debía de estar loco por pensar que Knox podría ayudarlos. No quería contarle nada que no fuera estrictamente necesario.
—Por mucho que me cueste admitirlo, mi hermano tiene mucha influencia en esta zona. Es el alfa. Si está ocurriendo algo, él lo sabrá. —Ya decidiría más tarde qué parte contarle a Knox. Quizá lograran obtener la información que necesitaban sin hacerle saber a su hermano alfa que Lena tenía poderes.
Ruby lo observaba mientras hablaba.
—Intentó matarte.
—Sí.
—¿Volverá a hacerlo? —le preguntó, dejando entrever el miedo en sus palabras.
Rafe fue entonces consciente de la falta de previsión de sus actos. La había llevado hasta allí. La había conducido directa al peligro. Otra vez. Solo para poder mantenerla cerca. Solo porque ella se lo había pedido.
Tragó saliva, una, dos veces, hasta que logró al fin respirar.
—No creo. —Intentó parecer seguro de su respuesta, pero, ahora que habían llegado hasta allí, se daba cuenta de que no sabía cómo reaccionaría su hermano al verlo. Y tampoco el resto de los miembros de la manada.
Pero no creía que Knox fuese a hacerles daño ahora que Devon ya no estaba.
—De acuerdo —zanjó Ruby con gesto afirmativo, como si estuviese todo decidido—. Primero le sonsacaremos, pero intentemos encontrar algo que podamos usar para ayudar a Lena.
—Así lo haremos.
—Gracias, colega. —Le sonrió con suficiencia y le dio una palmada en el hombro al decirlo.
La combinación de aquel gesto con esa palabra se le antojó terriblemente parecida a la amistad. ¿Colega? ¿Qué coño acababa de ocurrir?
Le vino a la cabeza su absurda conducta de la noche anterior. La hizo correrse y después la rechazó. Huyó. No era de extrañar que ahora se comportara como si fueran solo amigos. ¿Qué diablos esperaba?
Era lo que había querido. Que Ruby se mantuviese alejada de él, que no descubriera nunca que era su compañera predestinada, que estuviera a salvo.
Sin embargo, Dios, esa palabra, ese apelativo: «colega».
Era algo que uno llamaba a un conocido, a un vecino cuyo nombre siempre olvidaba.
Una parte esencial de él se marchitó y murió al pensar que no era más que el colega de Ruby.
Recorrió su cuerpo con la mirada, allí sentada en la camioneta, a su lado.
Los vaqueros de Ruby no eran menos eróticos que sus habituales faldas; sus exuberantes muslos y su trasero llenaban la prenda por completo.
Tenía un aspecto delicioso. «Los amigos a veces se acuestan juntos, ¿no?
», pensó. Era un idiota y no tenía ni idea de qué hacer a continuación, aunque su polla tenía firmes opiniones al respecto.
Cualquier plan vago e impreciso que hubiera trazado la noche anterior para mantenerse alejado de ella escapaba rápidamente a su control.
—¿Y ahora qué? —preguntó Ruby mirándolo a los ojos con una sonrisa.
No tenía ni puta idea.