¿Dónde estás, lobo feroz? (Maple Hollow 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

H oras más tarde, Ruby estaba sentada a la mesa, echando humo, cuando Theo llamó suavemente con los nudillos a la puerta de atrás.

Ella sabía que venía. Había visto a Rafe caminar de un lado a otro del jardín, con el teléfono pegado a la oreja y el rostro serio.

Seguía preocupado por ella, aun cuando se marchaba.

Al parecer, Theo había ido allí a cuidarla hasta que alertaran a la manada de su aprieto actual.

—Adelante —masculló.

Gracias a sus sentidos de lobo superdesarrollados, Theo la oyó.

—Buenos días —le dijo entrando en la cocina.

—¿Lo son?

Él le dedicó su mejor sonrisa encantadora.

—Brilla el sol, los pájaros cantan. ¿Qué más podrías pedir, Ruby, querida?

Ruby lo fulminó con la mirada.

Theo asintió con complicidad y se dejó caer en la silla que tenía delante.

—A ver si lo adivino, ¿mi hermano está comportándose como un gilipollas?

Ruby no pudo evitar la carcajada de sorpresa que escapó de sus labios. Theo sonrió.

—Es un rasgo familiar, pero creo que a Rafe le tocó la peor parte —prosiguió con una sonrisa despreocupada. Se arrellanó en la silla y ocupó el espacio como si aquel fuese su lugar, como si perteneciera a cualquier lugar donde deseara estar.

Era un cabrón engreído, desde luego, pero a Ruby le caía bien.

—Es muy frustrante.

—Tiene la cabeza dura como una piedra —confirmó Theo con un asentimiento—. Ha sido así toda su vida. —Se pasó una mano por el cabello rizado—. Pero, a fin de cuentas, no es mal tipo. Aunque no soporto admitirlo. —Sonrió de nuevo.

Ruby entendió lo fácil que sería colarse por alguien como él. Por desgracia, ella no deseaba a alguien como Theo. Por desgracia, a ella le gustaban los idiotas grandullones y taciturnos.

—¿Qué ha hecho? —quiso saber Theo.

—¿No te lo ha dicho?

Theo suspiró.

—Bueno, me ha dicho que iba a hablar con Knox, cosa que debo admitir que me ha dejado perplejo.

—¿Es cierto que te salvó la vida?

Theo, que había empezado a estirarse, se detuvo en seco y arqueó las cejas hasta el nacimiento del pelo. Sus ojos eran como lagunas verdes, luminosas en contraste con su piel bronceada.

—¿Eso es lo que te dijo?

—No con esas palabras. Hizo que pareciera que había sido todo culpa suya, que os hizo daño a tu hermano y a ti. Que avergonzó a vuestra manada.

—Típico. —Theo puso los ojos en blanco—. Sí que me salvó la vida. Mi padre solo deseaba que quedase uno en pie, y Rafe se negó a hacerlo. Aunque, claro, por supuesto, él lo vio como un fracaso.

—Muchos traumas con papá, ¿no?

Theo soltó una carcajada que reverberó en la cocina. Sacudió la cabeza y sus ojos se iluminaron con un brillo divertido.

—No te haces idea.

—Cree que es peligroso, que no es bueno para mí. Como si no me creyera capaz de decidirlo por mí misma. —Ruby apoyó la barbilla en los antebrazos y sintió la mesa fría contra la piel.

—Qué imbécil. —Theo miró hacia la ventana, por donde se veía a Rafe, que seguía en el jardín echando chispas por los ojos.

Ruby no tenía idea de por qué no se había marchado aún—.

Mira, Ruby. Esa gilipollez no tiene nada que ver contigo.

—Volvió a mirar hacia la ventana y luego otra vez a ella—.

Seguramente ni siquiera debería contarte esto; además, no conozco toda la historia, pero hubo otra mujer humana.

—Ah. —Scarlet. Así que Theo también estaba al corriente—. Me lo contó.

A Theo pareció sorprenderle que Rafe se lo hubiera contado. Ruby estaba convencida de que no era algo de lo que hablara con frecuencia, si acaso lo hacía alguna vez.

—Mi hermano se quedó hecho polvo después —explicó Theo —. Se pasó días sin probar bocado. Prácticamente tuve que obligarlo a co mer.

—Joder.

—Sí, fueron unos días malos. —Theo volvió a reclinarse en su silla y estiró los brazos por encima de la cabeza—. Fue hace más de diez años, Ruby. Pero cuesta superar algo así. Se culpa a sí mismo. Se culpa de todo.

Ruby apoyó la cabeza en la mesa tratando de asimilar todo lo que Theo acababa de contarle y todo lo que ella le había gritado a Rafe esa mañana. Soltó un quejido.

—Deja que vaya a hablar con él. —Theo se puso en pie.

Ruby lo miró por el rabillo del ojo.

—Le he dicho cosas bastante duras.

— Y él te ha dicho a ti cosas bastante duras también. Las peleas son eso, ¿no? —Theo sonrió de nuevo, mostrándole sus dientes blancos perfectos—. Estoy seguro de que podréis arreglar las cosas, tontorrones.

Ruby volvió a quejarse y Theo caminó hacia la puerta.

—No te preocupes, Ruby, querida. Haré que ese imbécil entre en razón.

* * *

Theo salió por la puerta de atrás. Rafe se hallaba en la linde del bosque, al fondo del jardín.

Debería haberse marchado ya. Debería haberse marchado en cuanto apareció su hermano, aunque, antes de hacerlo, deseaba asegurarse de que Ruby estuviese bien.

Cosa absurda, puesto que era él quien hacía que se sintiera mal.

Theo atravesó el jardín como el cabrón engreído que era. Rafe debía darse la vuelta y huir. Estaba convencido de no querer oír lo que su hermano tuviera que decirle, pero se había quedado con los pies clavados en el suelo.

Quizá Ruby le hubiera echado. Quizá no quisiera tener a Theo en su casa. En cuyo caso, Rafe no podría marcharse. Por motivos de seguridad. Y no porque sintiera que se le desgarraba el corazón cada vez que intentaba marcharse.

—Sí que eres imbécil, ¿eh? —le dijo Theo agrandando la sonrisa.

Rafe gruñó a modo de respuesta.

—Tienes a esa preciosidad esperándote en casa, ¿y vas a dejarla tirada así sin más?

—No la estoy dejando tirada. —Rafe apretó la mandíbula al hablar. Iba a tener que acudir a ver a un dentista después de tanto interactuar con su hermano.

—¿En serio? Pues ella tiene esa impresión.

Rafe se pasó una mano por el pelo. Theo estaba intentando fastidiarlo y lo estaba consiguiendo.

—Tengo que irme.

—Pues vete —contestó Theo con una sonrisa perezosa—. Yo mantendré entretenida a la preciosa señorita Ruby mientras no estás. —El muy cabrón le guiñó un ojo y a Rafe le cegó la ira.

Se transformó antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, rasgándose la ropa como si existiera solo una forma de calmar la rabia que le corría por las venas al pensar en que Theo pudiera tocar a Ruby. Theo puso los ojos en blanco, pero se arrancó también la ropa y adoptó su forma de lobo.

Gruñeron mientras caminaban en círculo uno alrededor del otro.

Mejor. Eso era capaz de hacerlo. Era capaz de gestionarlo.

Se abalanzó sobre Theo haciendo refulgir sus colmillos a la luz del sol.

Rodaron, lanzándose zarpazos el uno al otro.

Rafe le mordió una pata a Theo y se le llenó la boca con el sabor metálico de la sangre.

Theo emitió un gruñido gutural de advertencia y, a continuación, lo volteó hasta quedar él encima, con una sonrisa lobuna dibujada en el rostro.

Pelearon hasta que medio jardín quedó destrozado y ambos ensangrentados y jadeantes. Theo fue el primero en capitular, girándose sobre el lomo, panza arriba en señal de rendición.

—Tú ganas otra vez, Rafe —le dijo entre jadeos en cuanto recuperó su forma humana.

Estaba tumbado y desnudo bajo el sol y un hilo de sangre brotaba de una herida que tenía en el brazo. ¿Cuántas veces habían acabado así cuando eran más jóvenes y estaban llenos de energía lobuna?

Rafe estaba tendido junto a él, tratando de recuperar el aliento, recordando la cantidad de veces que habían hecho eso.

No siempre era algo malo. No siempre constituía un espectáculo forzado para satisfacer a su padre y a la manada.

Durante mucho tiempo fueron solo los tres hermanos peleándose en la hierba alta a modo de diversión, o por cuestión de victorias insignificantes, para saldar su última disputa.

Pero la cosa no duró. Su padre deseaba un ganador.

—No le pongas las manos encima a Ruby — masculló.

—Por Dios, Rafe —respondió Theo riéndose—, la chica no es de tu propiedad, joder. ¿Tú no la quieres y tampoco permites que otro se acerque a ella?

Rafe se incorporó y Theo hizo lo mismo, sus ojos verdes destellando alegremente bajo el sol.

Para él, todo era siempre motivo de broma.

El más joven, el más guapo. Nunca tuvo que preocuparse por nada.

Hasta que se vieron en el cuadrilátero y su padre quiso ver sangre.

Pero incluso entonces, le tocó a Rafe tomar las decisiones difíciles.

—Mantente alejado de ella.

—¿Lo dices en serio? —preguntó Theo con las cejas arqueadas—. ¿Y qué vas a hacer? ¿Quedarte merodeando por aquí para ahuyentar a cualquier tío que se acerque?

A Rafe le avergonzaba reconocer que esa idea se le había pasado por la cabeza. Solo pensar que cualquier hombre se acercara a Ruby ponía todo su cuerpo en tensión, preparaba sus músculos para atacar, cada célula de su cuerpo.

Theo se dio cuenta. Lo olió. La diferencia orquestada en la química corporal de su hermano.

—Dios mío…

—No lo digas —le advirtió Rafe.

—Es tu…

—No digas otra puta palabra más.

—Compañera.

Rafe cerró los ojos como si así pudiera esconderse de esa palabra.

Theo se levantó y se puso sus pantalones cortos.

—¡Es tu compañera! Hay que joderse.

—Baja la voz.

—Esto es muy fuerte. ¿Qué vas a hacer? —A Theo se le había iluminado el rostro como a un cachorro con un hueso.

—Me voy a ir, como ya te he dicho. —Tenía que marcharse.

Eso era lo único que tenía sentido, la única forma de mantenerla a salvo. A salvo de él, a salvo de los demás lobos, a salvo de lo que fuera que significara para ella aquel condenado vínculo.

Theo se detuvo en seco y se quedó mirando a Rafe, que seguía sentado sobre la hierba apisonada.

—¿Vas a abandonar a tu compañera? ¿En qué coño estás pensando?

—Es lo mejor —contestó Rafe rechinando los dientes.

—¡¿Lo mejor?! —gritó Theo—. ¿Cómo puede ser esto lo mejor? ¿Puedes acaso abandonarla? Me refiero a si es físicamente posible. He oído que los lobos que intentan abandonar a sus compañeras se vuelven locos.

Rafe se puso de pie hasta quedar uno frente al otro.

Esa historia no la conocía, pero sí era cierto que, desde que descubriera lo que era Ruby para él, había tenido ganas de arrancarse la piel a tiras.

Cada momento que no pasaba junto a ella sentía que estaban desollándolo vivo, pero de ninguna manera pensaba confesarle eso a Theo.

—Es humana. No la obligaré a quedarse unida a mí para siempre. No necesita en su vida más historias con hombres lobo.

Theo dejó escapar el aliento.

—Ni siquiera se lo has contado, ¿verdad?

Rafe se estremeció.

—¡Joder, Rafe! ¡Ni siquiera le has dado la oportunidad de decidir!

— ¡No es una de nosotros! Ni siquiera sé si es posible.

—¡Claro que lo es! Has encontrado a tu compañera predestinada. Es… Es… asombroso. —Un gesto melancólico cruzó por un instante el semblante de Theo, pero Rafe lo ignoró.

—No es asombroso. Es imposible. Me marcho.

No quería que Ruby lo entendiera. Aquello no podía funcionar, nada tenía sentido alguno. Debía marcharse de allí antes de hacer algo precipitado, antes de volverse loco de verdad a causa de su necesidad de tocarla.

—Me voy contigo.

Ambos se giraron sobre sus talones al oír la voz de Ruby.

La vieron bajar los escalones traseros con una mochila echada al hombro.

Se había quitado la falda absurdamente corta; en su lugar, vestía unos vaqueros negros, pero la ajustada camiseta roja de tirantes seguía allí para torturarlo.

Había rematado el conjunto con una capa roja que, por algún motivo, le sentaba de maravilla.

¿Qué parte de la conversación habría oído?

—Ya te he dicho que no puedes. —La respuesta de Rafe fue inmediata y brusca, empleando la poca fuerza que le quedaba después de pasarse la noche entera intentando negar su reacción a ella.

Ruby se llevó una mano a la cadera y se quedó mirándolo. Theo se rio.

—Estás bien jodido —susurró, pero Rafe lo ignoró.

—Menos mal que no eres mi jefe.

— Ruby… —La voz de Rafe fue poco más que un gruñido.

—Lo digo en serio, Rafe. Voy contigo. Podemos dejar de «jugar a las casitas» si quieres, pero no pienso quedarme aquí de brazos cruzados y dejar que tú lo gestiones todo. Esto nos atañe a mi hermana y a mí. Así que voy contigo.

Rafe se quedó sin palabras.

—Lena no se cree que seáis hombres lobo, por cierto —le gritó a Theo antes de que este entrara por la puerta de atrás—. Así que buena suerte con eso.

Theo le dedicó una sonrisa alentadora antes de entrar. Ruby se volvió entonces hacia Rafe.

—Déjame ir contigo, por favor.

Mala idea, mala idea, mala idea. Todo aquello le parecía una mala idea; sin embargo, Rafe no encontró las palabras para decirle que no podía ir con él.

Lo había intentado y ella lo había vetado de todos modos.

Estaba en guerra consigo mismo. Su plan de mantener la distancia entraba en conflicto con su impulso primario de tenerla cerca.

Al final, no era ni siquiera una pregunta. No había sido una lucha justa.

—De acuerdo —contestó al cabo con un nudo en la garganta.

A fin de cuentas, Lena era su hermana. ¿Quién era él para decirle que no podía intentar salvar a su propia familia? Ignoró el hecho de que se le había serenado el corazón al saber que estaría junto a ella. Su cuerpo pareció relajarse sabiendo que Ruby estaría a su lado.

—Genial — manifestó Ruby con una sonrisa. Bajó la vista y después volvió a mirarlo a la cara—. ¿Piensas ponerte algo de ropa para el viaje?

Rafe se puso rojo. Se le había olvidado por completo que se había destrozado la ropa al transformarse. Se cubrió con las manos, medio excitado ya bajo la elogiosa mirada de Ruby.

—Ya es más de lo que pude ver anoche —murmuró ella, visiblemente dolida aún.

Pero Rafe no podía mantener esa conversación con ella, menos ahora que estaba con el culo al aire en su jardín.

—Iré a por algo de ropa y te veo aquí dentro de cinco minutos.

—Entendido, mi capitán —respondió ella con una sonrisa de suficiencia.

Rafe pasó a su lado y trató de fingir que no sentía su mirada clavada en él mientras se alejaba.