Capítulo 34
R afe no regresó a la cama. Quizá hubiera vuelto a su casa. «Mejor», pensó Ruby pasándose los dedos por el cabello revuelto. Se lo recogió en un moño y después sacó las piernas por un lado de la cama.
No podía seguir haciendo… aquello…, fuera lo que fuera. Acabaría por volverse loca si Rafe seguía dándole una de cal y otra de arena. Si no deseaba estar con ella, desde luego no podría obligarlo. Que se fuera con su tormento a otra parte.
Justo cuando se había convencido a sí misma de que se alegraba de que se hubiera ido, de que estaba mucho mejor sin un hombre lobo en su cama, el olor del desayuno que subía desde la cocina le indicó que Rafe no se había ido a ninguna parte. El muy cabrón.
Le dio un vuelco el estómago al recordar el episodio de la noche anterior.
Había creído que él la deseaba tanto como ella lo deseaba a él.
¡No quería que le practicase sexo oral por lástima!
Había sido alucinante de todos modos, pero esa no era la cuestión.
La había hecho sentir como una completa idiota, nadie deseaba sentir eso después de tener un orgasmo.
Y, si pensaba que podía volver a marcharse sin más o fingir que no había pasado nada, se iba a llevar una sorpresa.
Estaba a punto de decirle cuatro cosas al Rey de las Señales Confusas.
Había dormido con el top y nada más, abrigando la secreta esperanza de que Rafe regresara, como la pervertida desesperada que era; sin embargo, estaba claro que no podía bajar a desayunar con ese modelito y decirle al hombre lobo que se fuera a la mierda.
De modo que sacó un top de tirantes limpio, de un rojo intenso como su rabia.
Se lo puso encima del sujetador negro. No se molestó en ponerse unas bragas bonitas porque ese cabrón peludo no se las iba a ver aquel día, aunque sí que se enfundó su falda más corta solo para fastidiarlo.
Nunca se maquillaba para desayunar en su propia casa, pero aquel día le parecía necesario.
Lápiz de ojos negro en los párpados de arriba con una pequeña curvatura en los extremos y su pintalabios favorito: Caperucita Roja Sexi.
Sonrió a su reflejo en el espejo. Se había puesto muy guapa para mandar a paseo a un tío.
Bajó las escaleras con sonoros pisotones en dirección a la cocina y encontró a Rafe apoyado contra la encimera con una taza de café en las manos. Tenía muy mal aspecto. Mejor.
No se molestó en sonreír al verla entrar, tan solo la observó. Ella se demoró en el umbral, no queriendo acercarse a él lo suficiente para alcanzar la cafetera.
—Buenos días. —La voz de Rafe fue como el café solo: caliente e intensa.
Presentaba unas pronunciadas ojeras y llevaba el pelo recogido de cualquier manera a la altura de la nuca. Su barba de varios días se veía oscura y espesa. Maldita sea, qué equivocada estaba. No tenía mal aspecto en absoluto. Estaba tan sexi como siempre. ¿Cómo se atrevía el muy imbécil?
Ruby abrió la boca para echarle la bronca, pero Rafe se le adelantó.
—Hoy voy a ir a ver a la manada. Te conseguiré su protección y después te dejaré en paz.
Un momento. ¿Cómo? ¿Se marchaba? ¿Sin más? Ni siquiera le había echado la bronca todavía.
Rafe se dio la vuelta evitando su mirada de perplejidad y le sirvió una taza de café.
Con dos cucharaditas de azúcar, sin leche.
Maldita sea. Se acordaba de cómo le gustaba el café.
¿Podría resultar más enervante aún? Dejó la taza sobre la encimera y la deslizó en su dirección.
Una ofrenda de paz. Pues que se fuera a la mierda.
—¿Te marchas?
—Me parece que es lo mejor — confirmó él.
— ¿Por qué?
— Es hora de dejar de jugar a las casitas, Ruby. Tú eres humana. Yo soy un lobo. Esto no puede acabar bien.
Ruby se quedó boquiabierta y respondió:
— Eso es una gilipollez.
Rafe soltó un gruñido.
— La manada te protegerá mejor que yo — dijo, ignorando su declaración anterior. Esa que le había roto a Ruby el corazón.
— ¿Y si no quiero que la manada me proteja?
— No me lo pongas más difícil, Ruby — contestó él tras un suspiro muy sufrido.
— ¡Ja! —Ruby extendió los brazos al aire—.
¿Que no te lo ponga difícil? Vale, muy bien.
No hay problema. No te lo pondré difícil.
De hecho, te lo voy a facilitar mucho, Rafe.
—Se había acercado más conforme hablaba y Rafe retrocedió hasta golpear la encimera que tenía detrás.
Ruby apoyó las manos en su pecho y le oyó tomar aire como si el contacto le quemara—.
Ya no te quiero aquí. Y te aseguro que tampoco quiero que venga ninguno de tus amigos lobunos.
—Ruby…
—No me vengas con mierdas. ¡No puedes comerle el coño a una mujer de esa forma y después largarte!
—Ruby. —Su voz se había tornado grave y compungida.
—¡No puedes seguir jugando así conmigo, Rafe! Hoy dices «Me marcho», pero luego volverás diciendo que no puedes alejarte de mí, que no puedes vivir sin mí, ¡y me besarás como si se fuera a acabar el mundo!
—¡Ruby! —Rafe frunció el ceño y la agarró por los brazos con la fuerza suficiente para hacerle daño, para hacer que interrumpiera su diatriba.
—¡¿Qué?! —le espetó.
—Estoy intentando hacer lo correcto. —Dejó caer la frente hasta apoyarla en la suya, jadeando por el esfuerzo que le suponía mantener la compostura.
Pero Ruby también se estaba desmoronando.
—A mí esto no me parece lo correcto —susurró.
Rafe la estrechó contra su pecho y ella se permitió abandonarse, hundirse en la solidez de su cuerpo, en la seguridad que le ofrecía. Gimoteó y él le dio un beso en la coronilla, pegando los labios a su cabello, sin parar de murmurar una y otra vez lo mucho que lo sentía.
—Tengo que hablar con Knox —dijo al cabo, y ella se apartó para mirarlo. Tenía claro que el maquillaje que se había aplicado esa mañana ya se le habría corrido. Rafe le pasó un pulgar por el pómulo para limpiarle el lápiz de ojos—. No puedo… No puedo hacer esto solo. Necesito a la manada.
Ruby sabía lo que debía de suponer para él esa confesión, lo duro que debía de resultarle recurrir a su hermano, a la manada que había renegado de él.
—Iré contigo.
—No.
—¡Rafe!
—Ni hablar.
Ruby retrocedió, necesitaba más espacio para enfrentarse a él.
—¿Por qué no?
—Es demasiado peligroso —murmuró él.
—¿Demasiado peligroso? ¡Todo es demasiado peligroso! Quizá sería mejor que me envolvieses en plástico de burbujas y me dejaras en una estantería para que no me rompa.
—Créeme —respondió él con el ceño fruncido —, lo haría si pudiera.
—Estás loco.
—¡La última vez que vi a Knox, estaba intentando matarme! ¡No pienso permitir que te cruces en su camino! —bramó, haciendo que Ruby se estremeciera—. Lo siento —añadió con una mueca de arrepentimiento—. Pero la respuesta es no.
—Pero ¿estabas dispuesto a confiar en la manada para que nos protegiera? —Puso los brazos en jarras.
Rafe siguió el movimiento con la mirada, demorándose excesivamente en sus caderas, en sus muslos, en sus tetas. Ella notó el calor que brotaba de su interior. Incluso cuando le daban ganas de matarlo, también deseaba follárselo.
—No voy a… —Rafe meneó la cabeza—. Solo necesito hablar con él. Ver qué sabe. Iba a pedirle que enviara aquí a uno o dos lobos para que cuidaran de vosotras hasta que yo encontrara la solución.
—Qué plan tan bonito —contestó Ruby con ironía.
—Estoy haciendo lo que puedo —rezongó él antes de salir hecho una furia por la puerta de atrás.
—Hijo de perra —murmuró Ruby, que se dejó caer en la silla más cercana.
Menos mal que iba decidida a echarle la bronca. En su lugar, había estado a punto de suplicarle que se quedara, e iba a marcharse de igual modo. ¿Por ahora? ¿Para siempre? No tenía ni idea de lo que pasaba por la cabeza de aquel hombre lobo.
Ni siquiera sabía en realidad lo que se le pasaba a ella por la cabeza. Era una mezcla de miedo, ansiedad, rabia, deseo y… y algo más fuerte. Algo que se negaba a nombrar.
Algo que la empujaba a volver junto a él una y otra vez.