¿Dónde estás, lobo feroz? (Maple Hollow 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

R uby acababa de experimentar el mejor orgasmo de su vida, pero era Rafe quien parecía sobrecogido. Seguía arrodillado delante de ella, con su humedad en los labios, los dedos aún clavados en sus muslos, aunque en sus ojos veía algo que no había visto nunca antes.

Anhelo y deseo mezclados con… ¿miedo? Rafe la miraba como si quisiera follársela hasta hacerle perder el sentido y, al mismo tiempo, huir de ella. Se aferró con fuerza a su brazo. No permitiría que huyera.

—Fóllame, Rafe.

Él sacudió la cabeza con vehemencia, como si sus palabras lo hubieran sacado de sus cavilaciones.

—Eh… —Su voz sonó ronca y ahogada, indicando que no soportaba lo que estaba a punto de decir.

Por algún motivo, Ruby supo que ella tampoco soportaría oírlo. Se echó hacia delante y devoró su boca, exigiéndole que se abriera, que la dejara entrar.

Por un momento lo hizo y ella se relajó, aliviada.

Recorrió con los dedos su pelo y sus hombros.

Seguía totalmente vestido, cosa que ahora le parecía un descuido espantoso.

Le tiró de la camiseta y él se la quitó por la cabeza.

La besó como un hombre desesperado, como si aquello fuese una especie de despedida.

Pero eso no podía ser cierto. Pese a todas esas chorradas sobre lo «mala idea» que era, Rafe no podría negar lo que existía entre ellos. No cuando resultaba tan evidente.

Ruby se apartó y apoyó la frente contra la suya. Dejó que sus manos recorrieran libremente la superficie firme de su torso.

—Ha sido alucinante, pero no quiero parar.

Rafe exhaló con actitud de derrota.

—Ya tienes lo que necesitabas. —Se apartó de ella y se levantó.

Ruby se puso en pie también, no quería que la mirase desde arriba. Menos ahora, cuando sentía que ya estaba muy por encima de ella. ¿Se había mostrado totalmente abierta con él y aun así seguía apartándose?

— ¿Lo que necesitaba? Creí que era algo mutuo. Ambos lo sentimos, sé que es así. —Cruzó los brazos sobre su pecho desnudo.

Rafe cogió su top de la cama y se lo alargó.

—No podemos, Ruby.

¿Qué estaba ocurriendo allí? Ruby volvió a ponerse el top sin importarle que estuviera del revés. La noche entera comenzaba a desmoronarse a su alrededor.

—¿Estás de broma? —le preguntó, ignorando el dolor que traslucía su voz—. ¿Vas a fingir que me estabas haciendo un favor a mí? —Señaló la erección de Rafe, cuya silueta era visible a través de los pantalones.

Él se puso rojo y adoptó una expresión compungida.

—Esto es lo único que puedo darte, Ruby.

Salió del dormitorio antes de que ella pudiera rebatirle. Ruby se dejó caer sobre la cama con las piernas aún temblorosas tras aquel impresionante orgasmo.

Era imposible. De ningún modo podía estar sucediéndole aquello. A él no. No con Ruby.

«Pobre diablo».

Gert lo sabía.

Rafe recorría los bosques más allá de la casa.

Cada músculo de su cuerpo, cada uno de sus instintos le gritaba para que regresara corriendo junto a ella.

Pero no podía. Y mucho menos ahora. No cuando aún conservaba el sabor de Ruby en la lengua y la huella de su cuerpo seguía grabada en el suyo.

Sacudió el pelaje como si así pudiera quitársela de encima.

Dios, cómo debía de odiarlo. La mirada que había puesto al apartarse, la traición y la rabia lo perseguirían por siempre.

Pero aquello era imposible.

Rafe no se había criado con ese cuento de hadas que hablaba de las parejas predestinadas.

Su padre no quería ni oír hablar del tema.

La manada se apareaba en función de la fuerza y las capacidades, no en base al destino o, peor todavía, al amor.

Desde una muy temprana edad, Rafe estuvo convencido de que ese concepto ni siquiera existía.

La luz del dormitorio de Ruby se apagó, sumiendo el jardín en la oscuridad. Había desistido de la idea de que regresara. A Rafe se le desgarró el pecho, dejando entrar toda esa oscuridad.

Mejor. Tenía que desistir de él. Por esa razón no se había acostado con ella.

Por esa razón no podía, aunque su cuerpo se lo pidiera casi tanto como respirar.

Las historias permanecen, aun cuando se ocultan.

La gente susurra. Los lobos hablan. Él conocía ese cuento, aunque nunca hubiera creído en ello.

Los hombres lobo estaban destinados a emparejarse de por vida.

Con un poco de suerte, encontraban a su compañera destinada, a aquel otro lobo vinculado a su alma, al lobo sin el cual, literalmente, no podían vivir.

Era todo una patraña. Rafe nunca había conocido a nadie que hubiera encontrado a su amor verdadero. Era imposible. No era real.

Y, desde luego, nunca había oído que un hombre lobo se emparejara con un ser humano.

No. Era. Posible.

A no ser que lo fuera… Rafe volvió a sacudirse, su cuerpo sobrecogido aún por la revelación que había experimentado entre las piernas de Ruby. La palabra «compañera» aún impregnaba su sangre, seguía gritándole para que prestara atención a lo que tenía delante de los ojos.

Hacía que todo lo que había sentido por Ruby desde que la conociera cobrara sentido. Por esa razón se sentía atraído hacia Maple Hollow. Por eso no podía guardar la distancia. Por eso se sentía obligado a estar a su lado, a tocarla, a protegerla.

Lo explicaba todo.

Y aun así…, no podía hacerlo. No quería.

Las humanas no eran para él. Ni siquiera ella, ni siquiera Ruby.

No importaba la cantidad de tiempo que pasara transformado en humano, fingiendo ser uno de ellos.

En el fondo, no lo era. Era un animal y solo conseguiría poner a Ruby en peligro. Igual que ocurriera con Scarlet.

Cerró los ojos con fuerza tratando de recomponerse, de calmar los latidos de su encabritado corazón a fin de poder pensar.

Si los cuentos eran reales, el vínculo con la compañera predestinada solo podía sellarse si él la reclamaba como suya.

En su estado actual, solo se le ocurría una forma de reclamar a su pareja, y no incluía anillos de compromiso.

Razón por la cual había parado antes de llegar más lejos, antes de perderse en ella y hacer cosas de las que ambos se arrepentirían.

Solo imaginarse dentro de ella bastó para hacerle gemir de agonía, pero había muchas cosas que no sabía.

¿Lo sentiría ella también? ¿Estaría atada a él, o sería algo unidireccional?

¿Estaría condenado a seguirla el resto de su vida, incluso si ella no lo desease?

Alcanzó a imaginárselo. Se vio a sí mismo consumiéndose en el bosque de detrás de su casa con tal de verla, aunque fuera desde lejos.

Y, si ella también lo sentía, entonces ¿qué?

¿De verdad querría ligar su vida a la de él? ¿Para siempre?

Eso sí que no se lo imaginaba. Era incapaz de convencerse a sí mismo de que Ruby lo deseara más allá de aquella atracción pasajera. No tenía nada que ofrecerle al margen de una vida de violencia y penurias.

Aquello no era justo para Ruby. Ella no era una loba.

Pero, aun cuando se prometió que no la reclamaría, aun cuando se juró que se marcharía, su cuerpo se rebeló.

Sus pies no se movían. Tendría que encontrar otra forma de protegerla desde la distancia.

Sin embargo, mientras buscaba formas de hacerlo, su corazón se reía viendo lo mentiroso y lo tonto que era.

Era demasiado tarde. Daba igual que se mantuviera alejado de Ruby el resto de su vida. Daba igual que huyera hasta los confines de la tierra para evitarla. Daba igual que no volviera a tocarla nunca. Ya era suya. Era demasiado tarde.

Al menos para él. Pero quizá pudiera ser ella quien huyera.