¿Dónde estás, lobo feroz? (Maple Hollow 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

R uby estaba sentada al borde de su cama, todavía vestida salvo por los pies descalzos.

Su cuerpo transmitía una gran tensión. Parecía cansada, se le había corrido el maquillaje de los ojos, pero la idea de que alguno de los dos pudiera dormir en aquel momento resultaba irrisoria.

Ella no lo había perdonado aún del todo y él se sentía demasiado tenso después de pasarse toda la tarde pensando en ello.

En Ruby sentada en su regazo.

En sus dientes mordiéndole el labio.

El aire nocturno era denso, cargado de expectativas.

Rafe sentía la presión en los pulmones. El silencio los rodeaba con la misma pesadez que la humedad.

Se quedó de pie como un estúpido en mitad de su dormitorio, sin tener muy claro qué hacer a continuación.

Siempre dormía transformado en lobo cuando estaba con Ruby; en cambio ahora ella lo miró con sus ojos grandes y oscuros, y él no encontró las fuerzas para hacerlo.

—¿Te vas a quedar? —le preguntó Ruby—. Me refiero a si te vas a quedar tal y como estás.

— Sí. — Su voz fue apenas un susurro rasgado.

Cruzó la habitación en dos zancadas y se arrodilló delante de ella.

Ruby separó los muslos, concediéndole espacio para que se acercara más.

Rafe dejó caer las manos a sus caderas, ansioso por apretarle la carne bajo la falda.

Ella enredó los dedos en su pelo y tiró hasta provocarle pinchazos de dolor en el cuero cabelludo.

El cuerpo de Ruby era objeto de sueños tortuosos.

Estaba hecha para torturarlo; sus delicadas manos sobre sus hombros, su aroma a canela que lo envolvía todo, su sonrisa rojo sangre cuando se inclinó hacia ella, incapaz de resistirse a la atracción. Ruby, Ruby, Ruby. Su nombre era el único pensamiento que habitaba en su cabeza.

— Quizá debamos… — Le salieron las palabras antes de poder meditarlas.

Ruby lo miró con los ojos muy abiertos y las mejillas teñidas de un rosa intenso.

— ¿Quizá debamos qué, Rafe?

Él sacudió la cabeza y la sonrisa de Ruby se tornó perversa.

— ¿Qué es lo que debemos hacer?

— No pienso en otra cosa — gruñó él — . Solo pienso en ti todo el puto día.

— ¿Ah, sí? — Ruby arqueó una ceja sugerente — . ¿Y en qué piensas?

— En esa falda. — Fulminó con la mirada la ofensiva prenda de ropa, plegada sobre las piernas de Ruby, sin apenas cubrirla — . Y esos putos leotardos.

La risa de Ruby fue como un murmullo gutural.

— Pues quítamelos — ronroneó — . Si tanto te molestan.

Rafe cerró los ojos con fuerza; al volver a abrirlos, Ruby estaba observándolo, desafiante.

«Fóllame».

Le metió la mano por debajo de la falda, encontró la parte de arriba de los leotardos e introdujo los dedos bajo la cinturilla elástica mientras Ruby no le quitaba los ojos de encima.

Se los bajó hasta donde acababa la curva de su trasero.

Ruby se incorporó para que pudiera quitárselos, deslizándolos por sus muslos hasta dejar al descubierto la extensión blanca y cremosa de su piel.

Cuando llegó a las rodillas, no pudo evitar agacharse y besarle el agujerito, ese que tanto lo distraía.

Ruby gimoteó.

Terminó de bajarle los leotardos y volvió a colocar sus piernas abiertas a ambos lados. Subió las manos por debajo de la falda y posó el pulgar en el pliegue entre el muslo y la cadera, luego flexionó el resto de los dedos sobre su trasero para apretárselo.

Ruby separó los labios formando una O por la sorpresa; Rafe lo recordaría el resto de su vida.

— Así está mejor — le dijo.

— Dios —murmuró ella.

Rafe le retiró la mano de la cadera y la posó en el lateral de su cara, rodeándole la mandíbula y permitiendo que sus dedos se hundieran en su melena. Tan suave. Ella se inclinó más, tanto que habría alcanzado a saborearla.

Y él supo que podría poseerla. Solo esa vez. Librarse de aquel anhelo que lo devoraba por dentro, exigiendo quedar satisfecho.

Su aroma le rodeó el cuello como un nudo corredizo y apretó. Era un idiota por creer que alguna vez podría olvidarse de ella. Le resultaría imposible sacarse a Ruby de la cabeza.

Pero quizá ella sí pudiera olvidarse de él. Podría al fin cumplir su fantasía de follarse a un monstruo y pasaría página. Lo dejaría atrás.

Rafe ignoró las esquirlas de cristal que le arañaron la garganta al tragar saliva para desterrar aquel pensamiento.

Ella lo miró a los ojos y la fuerza de su atracción le golpeó en el pecho como un maldito relámpago. Estaba muy jodido.

Se inclinó hacia ella, sus caras tan cerca que el aliento de ella le hacía cosquillas en los labios.

—¿Deseas hacer esto? —le preguntó con la voz pastosa como la grava.

Ella asintió con la cabeza, sin apartar la mirada.

—Dilo —le rogó con un gruñido.

—Deseo hacer esto. —Su voz sonó susurrada pero segura, firme—. Te deseo.

Era demasiado. Rafe invadió sus labios y le robó las palabras de la boca. «No me desea. Desea la idea que tiene de mí. Desea al monstruo que habita en la oscuridad». Y eso sería justo lo que le ofrecería.

Le devoró la boca, mordiendo, succionando y estimulando hasta que sus gemidos llenaron el diminuto dormitorio.

Rafe le clavó los dedos en las caderas, sujetándola mientras ella trataba de restregarse contra su cuerpo.

Besó la larga columna de su cuello, dejando que sus dientes arañaran la piel sensible de esa zona.

Notó que se estremecía bajo sus caricias.

Apartó la boca el tiempo suficiente de quitarle el top de tirantes por encima de la cabeza y dejar al descubierto el sujetador negro que llevaba debajo.

Sus pechos generosos asomaban por encima de las copas y Rafe dejó escapar un gemido al verlos.

Era deliciosa. Recorrió sus curvas con la lengua, sumergiéndose bajo el tejido.

Al rozarle el pezón con la lengua, ella ahogó un grito y se arqueó hacia él.

Enredó los dedos en su pelo y lo acercó a ella.

Rafe resopló contra su piel caliente.

— Por favor — susurró Ruby — . Por favor, Rafe.

Oír suplicar a una mujer no constituía ningún fetiche particular para Rafe; aun así, al oír aquel ruego se le encendió la sangre. Le desenganchó el sujetador con un movimiento rápido de los dedos y Ruby lo miró a los ojos sorprendida.

Rafe no pudo contener la sonrisa que se le dibujó en la cara.

— Soy bueno con las manos.

Ruby soltó una carcajada gutural y nítida que inundó sus sentidos de un modo que no deseaba analizar.

Al menos no en ese momento, teniéndola medio desnuda y sonriendo delante de él.

Estiró el brazo y le soltó con cuidado el cabello, dejando que le cayese por la espalda.

Deslizó los dedos por su melena y Ruby cerró los ojos con un suspiro.

— Me encanta — murmuró.

Rafe deseó hacerle cosas que le encantaran una y otra vez.

Cosas pequeñas, cosas grandes, toda clase de cosas.

Se echó hacia delante y se metió un pezón en la boca.

Lo rodeó con la lengua y disfrutó al oír la respiración entrecortada de Ruby.

Succionó con fuerza y la oyó soltar un gemido gutural cuyas vibraciones le llegaron hasta la polla.

Ruby separó más aún los muslos y le rodeó el torso con las piernas.

Le clavó los talones en la baja espalda manteniéndolo anclado al presente.

Rafe lamió y chupó cada uno de sus pechos, notó que se desvanecía todo aquello que le había preocupado durante semanas.

No existía nada salvo el exuberante cuerpo de Ruby enredado en el suyo, sus gemidos y la manera en que su nombre brotaba de sus labios.

— Rafe. — Le tiró del pelo, apartándolo.

Tenía las mejillas encendidas y el nacimiento del cabello perlado de sudor. En torno al rostro se le habían formado pequeños rizos. Rafe le había dejado marcas en los pechos y casi se sintió mal por ello, pero también le gustó verlas.

— Te necesito. — Pronunció las palabras sosteniéndole la mirada, con el movimiento acelerado de su pecho en cada aliento.

Rafe parpadeó y volvió en ese instante a la realidad. «Te necesito». Esas palabras. La mirada de Ruby.

Subió la mano por debajo de su falda y empezó a bajarle las bragas. Ella se retorció para facilitarle la tarea y echó mano a la falda.

— Déjatela puesta —gruñó él, subiendo las manos por sus muslos para separárselos aún más.

Se apoyó sobre los talones para admirar la imagen.

Deslizó una mano por su pierna hasta llegar al punto de unión.

Ella se quedó quieta, aguantando la respiración.

Rafe abrió la mano y acarició sus pliegues con el pulgar.

Ruby arqueó la espalda y empujó las caderas contra su mano de manera involuntaria.

Se recostó sobre los codos y lo miró desde arriba con los ojos empañados por el deseo.

Estaba muy húmeda. Él sostuvo sus piernas abiertas con una mano mientras, con la otra, la exploraba.

Recorrió su piel con los dedos, descubriendo dónde le gustaba que la tocaran, atento a cada exhalación, a cada gemido y gimoteo.

Podría pasarse así toda la noche. Toda la semana. El resto de su puta vida.

«No. Esto no va de eso».

Volvió a arrodillarse frente a ella y siguió besándola, mordisqueándola, disfrutando de cada una de sus reacciones a los estímulos de dolor y de placer. El lobo que llevaba dentro aullaba de deseo, consumido por la necesidad de poseerla.

Pero Rafe no era un lobo en ese momento. Era un ser humano.

Deslizó la lengua por los pliegues mojados de Ruby y todo su mundo estalló en mil pedazos.

Un ser humano. Era un ser humano. No podía aferrarse a ese pensamiento.

A su humanidad. A aquel sabor. Al sabor de Ruby.

Lo era todo para él. Volvió a lamerla, una y otra vez, aplanando la lengua para después acariciarla solo con suaves giros de la punta, torturándola.

Una y otra vez hasta que Ruby empezó a retorcerse contra su cara, embriagándolo con su aroma y su sabor.

Rafe jamás había experimentado algo así en toda su vida, y, cuando Ruby se corrió contra su lengua, temblando y gritando su nombre, supo por qué. Aquella certeza lo dejó sin respiración, aturdió sus sentidos. No podía ser.

Se quedó mirándola mientras se dejaba llevar por las sacudidas del orgasmo, la cabellera resbalándole negra por la espalda como la noche misma, los labios rojos de tanto besarlo y no del carmín. Entonces lo supo.

Ruby era su compañera.