Capítulo 31 #2
— A mí me parece — continuó — que los lobos tienen que estar en manada. No vas a conseguir gran cosa por tu cuenta.
— Ya no tengo manada.
Gert frunció los labios como si se sintiera decepcionada con él.
— Si de verdad quieres proteger a esa chica, harás lo que sea necesario.
—Estoy haciendo todo lo que puedo por Lena.
—No me refiero a Lena.
Gert le sostuvo la mirada sin dejar lugar a sus patrañas.
—Las dos son videntes, Rafe. Las dos corren peligro. Y puedes seguir fingiendo que no sabes lo que es Ruby para ti, pero yo me doy cuenta, no me hace falta ser clarividente.
—¿Y qué es para mí? —le preguntó él con peligrosa aspereza.
—Ay, pobre diablo —contestó ella riéndose.
—Gert…
—Ve a buscar a tu chica —le dijo ella con un golpe de cabeza mientras regresaba a la cocina, dejando tras de sí el rastro de su risa.
«Malditas ninfas», pensó Rafe mientras cruzaba la calle para ir a recoger a Ruby. Se entrometían, chismorreaban y mentían. ¿No era ese el motivo por el que su padre las odiaba? No debía preocuparse por lo que dijera Gert.
Abrió la puerta del bar de un empujón y con él entró una ráfaga de aire frío.
— ¡Cierra la puerta! — gritó Tom desde su mesa habitual.
Rafe la cerró de una patada.
— ¡Gracias! — gritaron al unísono media docena de lugareños.
Rafe levantó una mano a modo de saludo.
— ¡Hola, Rafe! — lo saludaron.
Gil y Kev estaban allí, por supuesto. Sierra ocupaba un taburete junto a Sal en la barra. Al fondo, un grupo de tíos estaban reunidos alrededor de la diana. A Rafe le sorprendió entonces lo familiar que se había vuelto para él aquel lugar a lo largo de las últimas semanas.
¿Cuánto tiempo hacía que un lugar no le resultaba familiar?
Encontró a Ruby de inmediato a través de la escasa concurrencia.
Su aroma le inundó las fosas nasales a pesar del olor a cerveza derramada y a fritanga.
Olía a calidez, a especias y a hogar. Cualquier pensamiento racional que hubiera podido albergar acerca de mantener la distancia se esfumó de su mente en cuanto entró por la puerta y la vio inclinada sobre el borde de la barra, su falda corta rozándole la parte posterior de los muslos.
Era un idiota por pensar que podría mantenerse alejado de ella.
Lo supo entonces, allí de pie, viéndola reírse con Macy, al fijarse en los mechones de pelo que se rizaban en torno a su rostro.
Era preciosa, intrépida y condenadamente sexi.
¿Qué era Ruby para él?
¿Por qué lo obsesionaba de aquella forma?
Se apartó de la pared y caminó directo hacia ella. Ruby se volvió con los ojos muy abiertos en la penumbra del bar.
— ¿Lista? — le preguntó.
Y ella frunció los labios. Seguía enfadada. Eso era algo bueno. Así estaría a salvo.
— Si ella no está lista, yo sí — le dijo Sierra con un guiño.
— Lista — contestó Ruby con algo parecido a un gruñido.
Sierra soltó una carcajada.
— ¡Mensaje recibido! — dijo con una sonrisa — . No pasa nada. Junto a la diana hay un senderista muy mono con el que llevo un rato queriendo hablar. — Cogió su copa, se bajó del taburete dando un salto y aterrizó en el suelo con sorprendente elegancia teniendo en cuenta la altura de sus tacones.
— Gracias por cerrar. — Ruby se despidió de Macy con la mano mientras recogía sus cosas de la barra — . Vete a casa pronto, Sal — añadió dándole un apretón cariñoso al hombre en el brazo.
Sal se pasaba allí casi todas las noches solo por la compañía. Que era básicamente lo que hacía Rafe también cuando no estaba escondido en el café o pasaba el rato con Dolores en la lavandería.
Y eso le dio una idea.
— Puede que Dolores necesite ayuda para llevar toda su colada a casa — sugirió.
A Sal se le iluminó el rostro.
— Bien pensado, grandullón — contestó y se bajó del taburete con una energía inusitada.
— Que te diviertas — le dijo Ruby y le dedicó a Rafe una sutil sonrisa de agradecimiento por su amabilidad.
Le tenía cariño al anciano a pesar de que la volviera loca. Le dio la impresión de que muchas de las relaciones de la vida de Ruby eran así.
Para cuando regresaron a la camioneta, la sonrisa se le había esfumado.
— Lo siento — le dijo él con un suspiro entrecortado.
— ¿Ah, sí?
La miró por el rabillo del ojo y vio que sonreía con suficiencia. Esa maldita boca.
— Sí.
— ¿Qué es lo que sientes?
Aquello no se le daba nada bien. No se le daban bien las disculpas, ni las palabras en general, y estaba claro que Ruby no tenía intención de ponérselo fácil. Tampoco es que se lo mereciera.
— Siento haber sido un capullo hoy. Haberte llamado tonta.
— Eso ha sido muy de capullo, sí.
— Sí que lo ha sido — convino él con una carcajada.
Tenía la mano apoyada sobre el compartimento central y el meñique de Ruby rozó el suyo un instante.
Fue apenas una caricia, pero todo su cuerpo se puso alerta, en sintonía con el de ella.
Ruby deslizó la mano en el interior de la suya y sus palmas quedaron pegadas.
Le apretó los dedos y él sintió en el pecho el eco de aquel gesto.
Estaba bien jodido.
— Ruby, no sé lo que estoy haciendo contigo, con esto…
— Yo tampoco — confesó ella con una carcajada irónica — . ¿Y si me das la mano sin más?
Rafe asintió.
Eso podía hacerlo.
Podía darle la mano.
Para cuando llegaron a la casa, apenas podía ver con claridad. Era todo borroso, el jardín descuidado, el sendero inclinado que lo atravesaba, las bisagras chirriantes de la puerta al abrirse.
Ruby se asomó al interior de la casa con gesto inseguro y él se preguntó cuántas veces habría vuelto a casa asustada. Cuántas veces se habría encontrado a Lena en apuros y habría tenido que cuidarla sola. Se obligó a desenganchar su mano de la de ella.
— Iré a echar un vistazo. Tú ve a ver a tu hermana. —Señaló con la cabeza las escaleras y Ruby vaciló, la incertidumbre escrita en su rostro—. Te veré en tu habitación —agregó, luego observó que ella volvía a suavizar el gesto.
Para cuando volvió a entrar, subió las escaleras y abrió la puerta del cuarto de Ruby, casi había logrado convencerse de que podría gestionar el estar cerca de ella.
—¿Todo bien?
Ruby le estaba preguntando por la casa, por los otros lobos. Le estaba preguntando por su seguridad; sin embargo, lo único que Rafe sabía era que no se encontraba nada bien.