Capítulo 31
R afe se encontró con una taza de café malo entre las manos en el café de Gert después de haber dejado a Ruby en el bar. Habían recorrido todo el trayecto en silencio, como si él no fuera más que su conductor de Uber.
Era un imbécil.
Pero esa noche Callie había quedado con Lena, y Rafe no deseaba estar lejos de ninguna de las hermanas Bellerose por si acaso lo necesitaban. De modo que se quedó sentado en aquel banco de vinilo pegajoso, reproduciendo mentalmente su pelea una y otra vez.
¿Había sido acaso una pelea?
Cuanto más pensaba en ello, más cuenta se daba de que había intentado alejar a Ruby de él otra vez. Ya ni siquiera sabía por qué lo hacía.
Solo sabía que no era lo bastante bueno para ella. Ni de lejos.
—Hola, grandullón. —Dolores se sentó a la mesa frente a él.
—Hola, Dolores —contestó con un suspiro y levantó la vista cuando su única amiga en el pueblo se reunió con él—. ¿Esta noche has terminado la colada temprano?
—Estoy esperando a que acabe la secadora, pero te he visto a través del cristal y me ha parecido que te vendría bien un poco de compañía.
Dios, debía de dar mucha lástima si Dolores había abandonado sus innombrables por él.
—Gracias.
Gert se acercó para rellenarle la taza a Dolores.
—¿Qué tal está Lena? —preguntó mientras servía el café, dirigiendo su pregunta a Rafe.
Él había estado evitándola desde que ella lo pillara en casa de Ruby y lo fulminara con la mirada. Le daba la impresión de que no le caía excesivamente bien.
—Lena está bien —masculló—. ¿Por qué lo preguntas?
— He oído que… He oído que le ocurrió algo extraño la otra noche en el bar.
De modo que la gente se había dado cuenta. Claro que sí. Lena estaba hablando y comiendo con total normalidad y, sin previo aviso, se desplomó sobre la mesa. Por mucho que Rafe hubiera intentado protegerla de las miradas curiosas, a la gente de aquel pueblo no se le escapaba casi nada.
— ¿Algo extraño? — intervino Dolores, interesada — . No me habías hablado de nada extraño, Rafe — lo reprendió, como si debiera mantenerla informada de cualquier cosa extraña, curiosa o digna de mención que tuviera lugar en su vida. Si ese fuera el caso, tendría mucho que contarle.
— Está bien — insistió.
— Esa familia siempre ha sido… especial — prosiguió Gert con una mano en la cadera, sin importarle aparentemente seguir sirviendo al resto de las mesas.
Rafe miró a su alrededor. Solo había clientes en otras dos mesas. En torno a una había reunido un grupo de adolescentes demasiado jóvenes para entrar en el bar, y la otra la ocupaba una pareja de forasteros vestidos de la cabeza a los pies con ropa de senderismo recién estrenada.
— Millie solía decir cosas de lo más raras, pero te confieso una cosa: llevaba razón el noventa y nueve por ciento de las veces.
— Ay, sí — afirmó Dolores — , ya me acuerdo. Supo cuándo iba a dar a luz Mabel. Tres semanas antes de la fecha, nada menos.
— Y predijo aquella tormenta costera. Nadie la vio venir.
Quizá si Rafe no hubiera presenciado el episodio de Lena en primera persona, podría haber tildado aquellas anécdotas de meras coincidencias, achacándolas al hecho de prestar atención y fijarse en cosas del entorno en las que los demás no reparaban por ir con demasiada prisa.
Pero, si su tía podía predecir el futuro, ¿qué narices predecía Lena?
— Una vez me contó que su nieto era el alcalde de un pueblecito al sur de aquí. Harbor no sé qué — comentó Dolores dando un sorbo al café — . Dijo que salvó al pueblo con una de sus predicciones.
— Podría ser cierto — contestó Gert.
— Supo cuándo esas muchachas irían a vivir con ella — prosiguió Dolores, su voz convertida ahora en un susurro, como si todo aquello resultara demasiado extraño para contarlo en voz alta — . Percibió que algo terrible estaba a punto de suceder.
Gert asintió.
— A mí en una ocasión me dijo que confiaba en que las chicas no acabaran siendo como ella, pero sé que se preocupaba por ellas — dijo volviéndose hacia Rafe — : ¿Tú cuidas bien de nuestras chicas?
Rafe se tragó el café demasiado rápido y se abrasó la garganta.
— Lo intento.
— Mmm. — Gert lo evaluó con los ojos entrecerrados.
No les gustaba que fuera nuevo en el pueblo, eso estaba claro. No tenía ni idea de lo que opinarían si supieran el resto de la historia.
Pero en aquel pueblo estaban todos tan chiflados que quizá eso fuera lo que más les gustara de él.
— He oído que mi sobrina ha estado hoy en el pueblo — dijo Gert dedicándole una mirada incisiva.
— ¿Tu sobrina?
— Phoebe.
¿Fee era la sobrina de Gert? ¿Significaba eso que Gert era…
como Fee? Rafe había oído que las ninfas utilizaban palabras como «sobrina» y «tía» para mantenerse conectadas con su amplia red de mujeres.
Que fueran o no parientes de sangre no importaba realmente.
Lo que importaba era que Gert quizá supiera mucho más de lo habitual para ser la dueña de una pequeña cafetería de pueblo.
¿Sabría algo referido a él?
— Oigo muchas cosas.
Dolores los miró alternativamente.
— Yo también oigo cosas — dijo — . He oído que Tom y Gil se enzarzaron la otra noche en el bingo. Con pelea a puñetazos en la calle y todo.
— Vaya dos viejos chochos — resopló Gert — . No creo que fuera para tanto.
Dolores se rio tan fuerte que los turistas de la otra mesa la miraron alarmados. Dolores le restó importancia con un gesto de la mano.
— Seguid con vuestras cosas de urbanitas — les dijo — . No nos hagáis caso.
Dolores le guiñó un ojo a Rafe, pero él seguía tratando de descifrar si Gert era una ninfa igual que Fee y si sabía lo suyo. La manera que tenía de fulminarlo con la mirada indicaba que ambas cosas eran ciertas.
— En fin — continuó Gert, dándole una firme palmada en el hombro. Sorprendentemente firme para una mujer tan menuda — . Protege a esas chicas, ¿me oyes? Últimamente aquí está pasando algo raro, y no me refiero solo a que andes merodeando por el pueblo.
A Dolores le gustó aquello. Soltó un grito de júbilo y dio un golpe a la mesa.
— Sí que merodea. Pero es como un cachorrito — aseguró, haciendo resoplar a Gert.
— Supongo que podríamos llamarlo así.
— Oye, espera un momento…
Rafe deseaba preguntarle a Gert a qué se refería al decir que estaba pasando algo raro. ¿Sabría que Wyatt había estado acosando a Ruby? ¿Sabría por qué?
Pero estaba ocupada sirviendo a otra mesa, gritándole pedidos al cocinero antes de que pudiera preguntarle, y Dolores había empezado a hablarle del año que pasó viviendo en la ciudad de Nueva York e intentó que la admitieran en las Rockettes.
Sin ningún éxito, según dijo, porque tenían unos requisitos de estatura muy injustos.
A Rafe no le quedó otro remedio que escucharla y compadecerse de ella por la injusticia de la situación.
Para cuando Dolores hubo de regresar a la lavandería, a Rafe solo le quedaba una hora antes de tener que pasar a recoger a Ruby del trabajo.
En una ocasión le había preguntado a Dolores por qué hacía su colada tan tarde.
Desde que murió su tercer marido, no dormía muy bien, según le contó.
Mejor ser productiva, le había dicho. Fue entonces cuando él decidió hacer la colada más a menudo.
Pero esa noche tenía que hablar con Gert.
La encontró detrás de la barra preparándose para el cierre.
— ¿Todo listo? — le preguntó ella llevándose la cuenta y el efectivo de Rafe a la caja registradora.
— Sí, eh… Antes has mencionado que Fee es tu sobrina.
— Desde luego que lo es.
— ¿Eso significa que tú eres…, eh…, que eres como ella?
— Bueno, sí que tenemos los mismos ojos marrones y ninguna de las dos es capaz de seguir una melodía, así que imagino que podría decirse que sí.
Quizá estuviera equivocado.
Gert levantó la vista con una sonrisa.
— Te estoy tomando el pelo — agregó con una carcajada — . Somos iguales. —Le guiñó un ojo.
—Vale —contestó Rafe con un suspiro—. Entonces, ¿sabes… lo mío?
—Sé muchas cosas sobre ti —dijo la mujer—. También sobre tus hermanos y tu difunto padre.
Rafe hizo una mueca. Las ninfas traficaban con los cotilleos. Se estremeció al pensar en lo que habría oído esa mujer sobre él y su manada a lo largo de los años.
—No te preocupes. —Le dio una palmadita en la mano, que tenía apoyada en la barra—. No es todo malo. Si lo fuera, no habríamos permitido que te acercaras a nuestra Ruby.
Rafe contuvo una sonrisa. Ruby no se daba cuenta de hasta qué punto aquel pueblo la consideraba su propia hija. Quizá aún se sintiera como una forastera, pero la gente de Maple Hollow no dudaba en defenderla con uñas y dientes.
A Rafe le gustaba eso.
— Bueno — dijo tras aclararse la garganta — . Bien, me alegro. — Se pasó una mano por el pelo mientras Gert lo observaba atentamente.
— Escúpelo de una vez, muchacho — le dijo sin ningún veneno en sus palabras.
— Has dicho que tenías la sensación de que estaba pasando algo. ¿De qué se trata?
Gert se encogió de hombros antes de responder:
— Seguramente tenga algo que ver con ese Highlander que anda merodeando por aquí.
— Lo has visto.
— A él y a sus amigos.
— Mierda.
— Tienen que irse. No queremos más problemas de los que ya tenemos.
— La manada del Condado nunca os da problemas — contestó Rafe a la defensiva.
— Ya no. — Gert enarcó una ceja en actitud desafiante.
Rafe no pudo por menos de darle la razón. Sabía que, en el pasado, se habían producido muchos enfrentamientos entre la manada y los lugareños. Solo en las últimas décadas la manada había decidido retirarse en su mayor parte, y fue por su propia seguridad, no a modo de favor a los humanos.
— Ya no — convino — . Pero no sé qué andan haciendo aquí.
Ella volvió a arquear las cejas hasta el nacimiento de su plateado cabello y cruzó los brazos sobre el pecho.
— Ay, Rafe, creo que sabes muy bien por qué han venido. Quieren echarle las garras encima a una vidente.
Joder. Lo sabía, pero aun así le rompía el corazón cada vez que lo oía.
— ¿Y qué debo hacer?
Gert se rio, sacudiendo la cabeza.
— Tú eres el lobo — le dijo — . Dímelo tú.
Gruñó llevado por la frustración y Gert se apoyó sobre el mostrador.