¿Dónde estás, lobo feroz? (Maple Hollow 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

E l trayecto hacia el bar fue largo y silencioso.

Rafe tuvo que hacer uso de toda su humanidad para no frenar y follarse a Ruby hasta hacerle perder el sentido.

No podía quitarse de la cabeza la imagen de ella en la cama, las manos entre los muslos, las mejillas sonrosadas de placer.

Follándose a sí misma porque él no podía hacerlo. Maldita sea.

—Vuelves a tener cara de querer matar a alguien.

El tono burlón de Ruby lo sacó de su ensimismamiento. Por lo menos no estaba enfadada con él por observarla como un pervertido y después salir corriendo. Otra vez.

—Eh…, no. De momento no.

La miró por el rabillo del ojo. Iba vestida con su habitual ropa de trabajo: chaqueta de punto negra sobre un top de tirantes que le hacía unas tetas fantásticas, una falda corta de color negro que daba a sus muslos un aspecto suculento y sus botas negras para patearles el culo a aquellos que pensaran en ella de esa forma.

Se había aplicado una nueva capa de pintalabios y llevaba la cabellera oscura recogida en dos moños en lo alto de la cabeza, dejando al descubierto su cuello. Se le agitó la polla al recordarse besando ese cuello aquella mañana. Dios, ¿había sido esa misma mañana?

Al llegar al bar, sin embargo, Ruby no hizo ademán de bajarse de la camioneta.

—¿Es que no vamos a hablar del asunto? —preguntó—. Lo de antes…

Se inclinó hacia él, solo un poco, lo bastante para que fuera imposible de ignorar, y de pronto la camioneta le pareció demasiado pequeña.

—Ha sido la hostia de sexi, Ruby.

Mierda. ¿Por qué le sonaba así la voz? Ronca y ahogada.

—Pero no es buena idea.

— ¿Por qué no? — Ruby se mostró indignada de inmediato.

Rafe recorrió su cuerpo con la mirada, demorándose en sus labios. No pudo evitarlo.

— Es peligroso.

— ¿Peligroso para quién? — preguntó ella con un resoplido — . ¿Me tienes miedo, Rafe? Porque yo a ti no.

Rafe se inclinó en el interior de la cabina, acercándose tanto que su respiración entrecortada rebotó en el pecho de ella. Vio que se le ponía la piel de gallina.

— Deberías tener miedo. Podrías haber muerto. Ni siquiera pude protegerte del gilipollas que te metió mano. Lo mínimo que puedo hacer es protegerte de mí mismo. De las cosas que le suceden a la gente que pasa demasiado tiempo conmigo.

— Soy mayorcita — contestó Ruby sacudiendo la cabeza — . Lo bastante para tomar mis propias decisiones. —Él abrió la boca, pero ella continuó hablando—: El cobarde eres tú. No yo.

¿Cobarde? Joder, eso sí que le dolió.

Pero Rafe ya sabía cómo terminaba aquello. Las humanas no eran para él, por muy peleonas que se creyeran. Aquel asunto acabaría con uno de ellos herido, quizá ambos, y eso solo si Ruby conseguía salir de allí con vida.

Una vez más, el recuerdo de Scarlet afloró en la periferia de su memoria.

Su sangre, de un rojo brillante bajo el sol de la mañana.

Rafe sacudió la cabeza para desterrar aquella imagen.

Los humanos y los hombres lobos no se mezclaban.

No debían mezclarse. Esta vez se aseguraría de que las cosas terminaran de un modo diferente.

—Puede que sí lo sea —admitió, volviendo a recostarse en el asiento—. Pero no pienso arriesgarme. Y no te pondré en riesgo a ti.

Los ojos oscuros de ella se clavaron en los suyos en busca de respuestas que Rafe deseaba poder darle.

—¿Así que han vuelto? —Ruby dejó correr lo que fuera que hubiera entre ellos. Al menos de momento.

—Sí. ¿No oíste nada?

Ella negó con la cabeza.

Rafe gruñó frustrado. ¿Qué cojones se proponían?

Ruby lo miró bajo sus largas pestañas oscuras.

—¿Están… emparentados contigo? Me refiero a que si son… de tu manada.

Dios, había muchas cosas que no le había explicado, muchas cosas que Ruby seguía sin saber y él había dado por sentadas.

—No — contestó de mala gana, y se pasó una mano por la cara — . Mi manada es el Condado. Ellos son Highlanders.

Ruby parpadeó confusa.

— ¿Igual que las personas?

— ¿Qué?

Ella se rio.

— ¿Vuestras manadas se llaman igual que las regiones de Maine de las que provienen?

— ¿Qué tiene eso de gracioso?

— ¡No lo sé! — contestó ella riéndose con más fuerza — . ¡Sois hombres lobo!

— Eso no nos hace creativos. — Las risas de ella inundaron la camioneta.

Rafe no pudo evitar que se le curvara la boca hacia arriba. Era mona cuando se reía. ¿Qué narices iba a hacer?

Había dos manadas de hombres lobo en Maine, y otra más justo al otro lado de la frontera con Canadá.

No es que a los lobos les preocuparan las arbitrarias fronteras humanas, pero ese resultaba ser el lugar donde vivían.

Sin embargo, no tenían por costumbre adentrarse en los territorios de los demás y, desde luego, no andaban follándose a humanos.

La risa de Ruby se apagó al fijarse en él y quedarse mirándolo nuevamente como si no pudiera terminar de creerse que fuera real. A él le pasaba lo mismo con ella.

— Vale, así que no son de por aquí y no son primos tuyos ni nada.

— No — contestó Rafe con un resoplido.

Ella puso los ojos en blanco y siguió:

— Y seguimos sin saber qué quieren de mí. Quizá deberíamos hablar con ellos sin más.

— Joder, ni de broma.

— Rafe…

— Lo digo en serio, Ruby. Esto está muy mal. Todo este asunto. No intentes hablar con esos imbéciles. — Se le estaba cerrando la garganta al imaginarse a Ruby acercándose a alguno de esos lobos. Al imaginarse lo que le harían en ese caso.

La mano de ella sobre su muslo le devolvió a la realidad.

— Vale, no lo haré. Pero tenemos que averiguar qué está pasando. No puedes pasarte la vida acompañándome al trabajo.

Pero lo haría de buena gana.

— Tienes razón — convino tras aclararse la garganta — . Lo averiguaremos.

Se quedaron sentados en silencio, ella con la mano sobre su pierna como un hierro de marcar al rojo vivo. A Rafe no le sorprendería que le dejara una marca.

Ruby llevaba un agujerito en los leotardos, justo a la altura de la rodilla, y aquella pequeña muestra de vulnerabilidad le pareció una agresión. Le dolía solo mirarlo.

Su padre tenía razón solo en una cosa. Los humanos eran débiles. Se rompían con facilidad. No se curaban como los lobos.

¿Qué demonios haría si Ruby resultaba herida?

Sintió que un puño invisible le estrujaba el corazón.

— ¿Te resulta duro no estar con tu manada? — preguntó Ruby.

Él tomó una bocanada de aire. No estaba herida. Estaba justo a su lado, haciéndole preguntas que preferiría no responder, aunque sentía que se lo debía.

— A veces.

El mundo moderno había hecho que para los lobos muchas cosas fueran difíciles, salvo una: abandonar la manada.

Lo que antes constituía una sentencia de muerte ahora era posible gracias a las tiendas y a los alquileres de corta duración.

Después de la última pelea con sus hermanos, se había puesto hecho una fiera, había recogido sus escasas pertenencias y se había marchado. Sin más.

Durante los primeros meses, había tenido que dormir a la intemperie, cazando cualquier cosa que pudiera encontrar, pero al final encontró la cabaña, que pudo alquilar empleando el dinero que había ahorrado con los trabajillos que había ido realizando a lo largo de los años en otras localidades del Condado.

Había tardado casi un año en construirse una nueva vida, pero lo había logrado.

Sirviera de algo o no, lo había logrado.

Sin embargo, el hecho de que, logísticamente, dejar su manada hubiera resultado más fácil de lo que imaginaba no significaba que hubiera sido sencillo.

Ruby enarcó una ceja como si tampoco estuviera muy convencida.

— Fue lo más difícil que he hecho en mi vida — admitió. Además de rechazar las insinuaciones de Ruby. Eso estaba resultando ser casi imposible — . No estoy acostumbrado a estar… solo.

— ¿Y por qué te marchaste entonces?

— Tuve que hacerlo.

El resto se lo guardó. No se sentía capaz de revelar el resto de la complicada historia pese a que Ruby lo mirase como si deseara oírla entera.

La verdad era que, si no se hubiera marchado, lo habrían acabado expulsando. O matando, si su padre se hubiera salido con la suya. No había espacio para más de un alfa, y su hermano se mostró encantado de aceptar ese título.

— ¿Puedes regresar? — le preguntó Ruby.

Él deseó que dejara correr el tema. Eran cosas en las que no había querido pensar a lo largo de todo un año.

— No.

No sabía si eso era cierto.

Su padre había muerto hacía no muchos meses, poco después de que Rafe se marchara. Su invento humano favorito se volvió en su contra. El cáncer de pulmón fue rápido y brutal en su ataque. Los hombres lobo eran más fuertes que los humanos, pero no más fuertes que eso.

Sabía que su hermano no era tan gilipollas como lo había sido su padre. Pero ¿acaso Knox le permitiría regresar? ¿Querría él siquiera volver? ¿Después de todo lo ocurrido entre sus hermanos y él?

No se permitía pensar en ello.

No podía. Siempre y cuando quisiera mantener la cordura.

— Pero…

— No, Ruby. No es posible. Déjalo.

No deseaba pensar en Knox. Ni en su manada. Prefería recordar a su hermano como el gilipollas que había intentado rajarle el cuello. Era más fácil de ese modo.

— Deberías entrar. — Señaló el bar con la cabeza, atajando cualquier otra protesta o pregunta.

No quería tener a Ruby allí sentada, mirándolo con ese gesto compasivo, como si entendiera muy bien lo que era sentirse solo. Aunque así fuera.

— Claro —contestó, bajándose de la camioneta—. Gracias por traerme.

Cerró de un portazo tras ella.

Quizá alguno de esos días pudiera tener una interacción en la que él no acabara fastidiándola por completo.