Capítulo 22
R afe entró a grandes zancadas en el jardín de Ruby un par de horas más tarde, con los músculos cansados después de la larga carrera, pero los pulmones llenos del fresco aire con aroma a pino.
Casi había conseguido olvidarse de la absurda conversación con su hermano cuando había divisado la casita de Ruby.
Se detuvo en seco. El jardín apestaba a lobo. Wyatt. Y algunos más. Olfateó la hierba a su alrededor y vio que el rastro conducía directamente a la puerta trasera de Ruby. Se le paró el corazón.
Ruby.
Fue transformándose conforme corría, y se puso los pantalones cortos que había dejado en la terraza de atrás. No debería haberla dejado sola.
Estuvo a punto de tropezar al entrar en la casa, sin terminar de cubrirse el culo con los pantalones, con el pulso palpitándole en los oídos, y se encontró a Ruby y a Lena sentadas a la mesa de la cocina. Ruby le estaba trenzando el pelo a su hermana mientras hablaban.
Levantaron la cabeza con los ojos muy abiertos cuando entró dando tumbos en la estancia.
—Ah, hola. Bienvenido —dijo Ruby con una sutil sonrisa dibujada en los labios. Se los había pintado de rojo brillante. Rojo sangre. Maldita mujer.
—Ven conmigo. —La sujetó del brazo, apartándola de su hermana, y la sacó prácticamente a rastras de la cocina.
Se estaba comportando como un imbécil, pero lo único que veía cuando olía a esos otros lobos era el cuerpo desmembrado de Ruby, los tablones del suelo salpicados con su sangre.
Le vino a la cabeza el recuerdo de la sangre de Scarlet en sus manos.
Fue él quien la encontró. Su padre se aseguró de ello.
Se le cerró la garganta y sintió que le faltaba el aire.
Ruby se soltó el brazo de un tirón cuando llegaron al salón.
—¿Qué coño te pasa? —siseó.
—He… —Rafe cerró los ojos con fuerza, intentando sacarse de la cabeza la imagen de la carne ensangrentada de Scarlet. Salvo que ya no era de Scarlet. En su mente, había sido reemplazada por Ruby—. Es que… —No podía respirar. Sus pulmones habían perdido esa capacidad.
¿Y si la hubieran atrapado? ¿Qué le habrían hecho?
¿Acaso la manada de los Highlanders quería ver muertas a Ruby y a su hermana?
¿O solo desearía asustarlas?
¿O quizá tuvieran otros planes para las hermanas Bellerose?
Ruby le posó entonces la mano sobre el brazo.
—Vale, grandullón. Siéntate. —Lo condujo hasta el sofá y se sentó a su lado. Sintió su mano fría en la nuca cuando le colocó con suavidad la cabeza entre las piernas—. Respira —susurró.
Poco a poco, Rafe fue relajando la garganta y sus pulmones volvieron a funcionar.
Cuando al fin consiguió levantar la vista una vez más, vio tanta preocupación en sus ojos que estuvo a punto de volver a caer en pi cado. Se apretó los muslos con los dedos, clavándose las uñas hasta que el dolor logró distraerlo de la suave mirada de Ruby. No se merecía esa mirada.
—¿Qué ha ocurrido? —le preguntó ella, recostándose contra los cojines del sofá, sentada sobre las piernas cruzadas.
—¿Has ido a alguna parte?
— No. Me dijiste que no, así que no…
— Bien. — Su voz sonaba áspera. Demasiado áspera. Todo lo que decía transmitía la impresión de que estaba enfadado con ella. Pero no era ella. Era todo lo demás.
Ruby volvió a tocarle el brazo y recorrió sus músculos con los dedos. No se había molestado en ponerse una camiseta.
— ¿Qué ha ocurrido? — preguntó de nuevo.
Rafe recordó que deseaba sinceridad.
Dejó escapar un largo suspiro y miró hacia la cocina. Oían a Lena trajinando por allí, limpiando.
— Ven conmigo. — Ruby lo levantó del sofá y lo condujo escaleras arriba hasta su dormitorio, donde se acomodó sobre la cama.
Él se dejó caer a su lado, con los pies en el suelo, los antebrazos apoyados en los muslos y la mirada fija en los listones de madera.
— Ha habido más lobos aquí. Hoy. Los he olido en el jardín. Wyatt y otros.
— Ah — contestó ella en voz apenas audible.
En algún momento, había empezado a llover. A lo lejos sonó un trueno.
— Yo no estaba aquí… — Rafe levantó la cara para mirarla y vio que ella lo miraba con sus grandes ojos oscuros — . Podrías haber resultado herida.
No pudo evitarlo, tenía que tocarla. Le rodeó la cara con ambas manos y le acarició el pómulo con el pulgar. Ella se relajó con aquel gesto. Tan suave, tan complaciente. Separó los labios y, de pronto, Rafe deseó tener aquel pintalabios rojo restregado por todo su cuerpo.
Maldita sea. Estuvo a punto de aullar, apoyó la frente contra la suya y ella cerró los ojos.
«Perseguirla por el bosque, derribarla sobre la tierra, sujetarla…».
Las palabras de Theo se reprodujeron en su cabeza. Era demasiado fácil imaginárselo: Ruby bajo su cuerpo, su respiración acelerada y cargada de deseo, sus gemidos y gimoteos, sus carnosos muslos rodeándolo…
Mierda.
Se apartó y se pasó ambas manos bruscamente por el pelo. Ruby abrió los ojos y enarcó una ceja oscura, pero no lo presionó. No hizo comentario alguno sobre la llamativa erección que resultaba evidente con aquellos pantalones cortos.
— ¿Has averiguado algo a través de tu hermano? — Fue una pregunta despreocupada, aunque el tono rasgado de su voz indicaba que se sentía tan afectada como él.
— Nada — respondió él con un resoplido — . Ha sido una pérdida de tiempo. Me ha recordado lo mucho que me enfada.
Ruby soltó una risita al oír eso y se acercó más a él sobre la cama. Un relámpago iluminó la habitación en penumbra y el trueno sonó más fuerte que antes.
— ¿A qué hora tienes que entrar a trabajar?
—No tenemos que irnos hasta dentro de una hora.
Rafe asintió. Para entonces ya habría pasado la tormenta. Se quedó mirándose el regazo. No tenía claro que pudiera decir lo mismo de su problema actual.
El aliento de Ruby le hizo cosquillas en la piel del brazo.
—¿Qué podemos hacer para pasar el rato?
Rafe se levantó de la cama dando un brinco como si Ruby lo hubiera mordido. Lo cierto era que la idea no le desagradaba.
—Debería ir a echar un vistazo por la zona. Asegurarme de que se hayan marchado.
—Está lloviendo a cántaros. —Ruby miró hacia la ventana y después de nuevo al inmenso hombre de pie en su dormitorio.
Tenía la mirada desencajada como si quisiera salir corriendo.
A través de los pantalones cortos se distinguía aún el contorno de su erección.
Ruby se habría sentido ofendida por aquel desaire tan brusco de no haber sido por la evidencia física de que él también la deseaba.
Y, después del episodio de esa mañana, pensaba que tal vez…
No sabía lo que pensaba, solo que su cuerpo escapaba a su control cuando estaba cerca de él.
Era un cuerpo con voluntad propia, y esa voluntad tenía solo un objetivo.
Rafe.
—Aun así, debería ir a echar un vistazo. —Rafe se pasó una mano temblorosa por el pelo. Había estado muy preocupado por ella al entrar en la casa. Ruby había visto el miedo que crispaba su rostro.
—Rafe, espera un momento.
Él se volvió y abandonó el dormitorio antes de que tuviera ocasión de detenerlo. Ruby soltó un largo suspiro y se dejó caer contra las almohadas, tratando de ignorar el cosquilleo que sentía entre las piernas.
Repasó mentalmente su conversación de esa misma mañana.
Todas esas idioteces sobre ser un monstruo.
Desconocía qué habría ocurrido en su pasado para hacerle creer que no era lo bastante bueno para ella, pero a lo largo de los últimos días había descubierto todo lo que necesitaba saber sobre su hombre lobo.
Y sabía que lo deseaba. No solo porque fuese la persona más sexi que hubiera entrado jamás en su dormitorio, ni porque sus besos de aquella mañana todavía le pusieran el vello de punta. Sino porque Rafe hacía que se sintiera cuidada. Y resultaba que eso era de lo más sexi.
Ruby se pasó las manos por el vientre, sobre la suave camiseta de manga corta que se ponía para dormir.
Sus pezones erectos se adivinaban bajo la fina tela.
No se había molestado en cambiarse después de que Rafe se marchara por la mañana.
Aún percibía su olor en ella, a pino y a serrín.
Recordó el roce de sus manos sobre la piel, ásperas y delicadas al mismo tiempo, mientras la aprisionaba contra la pared.
El sabor de su boca, el calor abrasador de su cuerpo pegado al de ella.
No podía irse a trabajar en aquel estado. Se notaba demasiado alterada.
Introdujo una mano por debajo de la cinturilla de los pantalones cortos, imaginando que era la de Rafe, y creyó sentir las rugosas callosidades de sus dedos y su aliento en el cuello. Metió los dedos entre las piernas y se imaginó a Rafe colocándose sobre su cuerpo.
Sabía cómo sería. Tierno al principio, lento y suave, Rafe tembloroso por el esfuerzo de resistirse, hasta que estuvieran los dos tan excitados que acabaran por perder el control.
Entonces, la follaría contra el colchón hasta hacerla gritar, hundiendo esas manos enormes en sus caderas, en sus muslos, abriéndola para él.
Sus suaves gemidos inundaron la habitación cuando sus dedos ganaron velocidad, bajando el ritmo después, acercándose cada vez más al clímax.
Estaba muy mojada, a punto de correrse. La fantasía en la que Rafe la empotraba contra la cama le parecía tan vívida que alcanzaba a olerlo como si estuviera allí, como si fuera su polla y no sus dedos la que entraba y salía de ella.
Un gruñido seguido de una blasfemia sacó a Ruby de su ensoñación. Abrió ligeramente los ojos y vio a Rafe de pie frente a la puerta abierta de la habitación, el pelo húmedo, con gotas de lluvia que resbalaban sobre las hondonadas y las protuberancias de sus pectorales y abdominales.
Dios.
Ruby se quedó petrificada con la mano aún entre las piernas y la respiración acelerada.
—No pares. — La voz de él brotó como un rugido arrancado de su garganta.
No dejaba de mirarla a la cara. Su mano aferraba el marco de la puerta con tal fuerza que una parte del cerebro de Ruby se preguntó si iría a romperla.
Sin embargo, la otra parte le gritaba que terminara lo que había empezado.
Describió círculos con los dedos con mayor rapidez, ejerciendo más presión, pero con la mirada de Rafe fija en ella no tardó mucho.
Arqueó la espalda y clavó los talones en el colchón.
La recorrió un escalofrío de placer y, detrás de sus párpados, estallaron mil estrellas.
Apretó los ojos y dejó que las sacudidas del orgasmo poseyeran su cuerpo.
Suspiró. Sentía el cuerpo pesado y satisfecho. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios, aunque, al abrir los ojos, el hueco de la puerta estaba vacío.
Rafe se había marchado.