Capítulo 20 #2
Él ya sabía que aquel era un privilegio que le concedía a muy pocas personas.
Pero se sentía incapaz de corresponder. Se pasó una mano por la cara, intentando reprimir los recuerdos de su puñetera manada y de sus dos malditos hermanos.
No debería haber mencionado nada. Debería haberse limitado a decir que iba a salir en busca de pistas o algo por el estilo.
— No, no sigue. Se marchó cuando me marché yo. Pero quizá haya sabido algo de nuestro otro hermano.
— ¿Así que sois tres?
Rafe asintió. Eran tres y ese había sido siempre el problema.
— Nuestro hermano mayor, Knox, es el alfa de nuestra manada actualmente. Puede que Theo haya tenido noticias suyas. — Podría acudir directamente a Knox en busca de información, pero dudaba que su hermano mayor quisiera reunirse con él.
— ¿Y hablarás con él por mí?
— Por supuesto — respondió, confuso — . ¿Por qué no iba a hacerlo?
Los labios de Ruby dibujaron una leve sonrisa.
— Bueno, salta a la vista que no quieres hacerlo. Se nota que estás distanciado de tu familia; aun así, te muestras dispuesto a ir a hablar con ellos por mí.
Ruby dio otro paso más hacia él, hasta que no quedó entre ellos más que un resquicio de aire cargado de electricidad. Rafe retrocedió y chocó contra la pared que tenía detrás.
— Deja de mirarme de esa forma, Ruby — gruñó.
—¿De qué forma?
—Como si fuera un héroe.
La sonrisa de ella creció.
Rafe meneó la cabeza y su cabello rozó la pared que tenía detrás. Ruby recorrió el último paso y le apoyó las manos en el pecho, justo encima de su desbocado corazón. Tenía que marcharse. Cuanto antes.
—Entonces, ¿qué es lo que eres, Rafe? —Su respiración le acarició la piel del cuello.
Tenía la cabeza levantada para mirarlo y sus labios estaban allí mismo, muy cerca. Podría tenerla si así lo deseaba. Se lo estaba dejando más que claro. Y, joder, nunca había deseado tanto a nadie, no desde que conociera a Scarlet. No desde la última vez que cometiera ese mismo error.
La sujetó por los brazos y la echó hacia atrás. Vio sus ojos llenarse de dolor.
—Soy el monstruo.
Rafe le clavó los dedos en la carne de los brazos al apartarla de su cuerpo.
Sus palabras, «Soy el monstruo», quedaron suspendidas entre ellos.
Ruby vio el rápido movimiento ascendente y descendente de su pecho.
Se le había soltado el pelo, ensombreciéndole de nuevo el rostro, pero no antes de que ella alcanzara a ver el deseo desesperado de su mirada, el mismo deseo que desgarraba su cuerpo, aunque él se resistía.
Se resistía tanto que le temblaban las manos sobre su piel.
—Los monstruos no te preparan el desayuno —le dijo.
—Ruby, no hagas eso. — Le vio sacudir la cabeza.
— Los monstruos no van a ver cómo está tu hermana — añadió ella zafándose de sus manos.
— Ruby. — Su nombre fue un gruñido de advertencia, pero no le hizo caso.
— Los monstruos no te abrazan mientras lloras. — Le retiró el pelo de la cara y se lo recogió detrás de la oreja.
Vio tensarse el músculo de su mandíbula. Se inclinó hacia él, poniéndose de puntillas lo justo para rozar los labios contra los suyos. Sintió el rugido de su pecho reverberar por todo su cuerpo; aun así, Rafe mantuvo las manos en los costados y el cuerpo rígido contra la pared de la cocina.
— Rafe — susurró ella contra su boca.
Él se quedó petrificado. Por un instante, Ruby fue la depredadora y él la presa.
No pudo evitarlo. Dijo lo que había estado queriendo decir desde que lo conociera.
— Bésame. — Apretó su cuerpo contra el de él y le vio perder el control.
Rafe la agarró del culo con ambas manos y la levantó del suelo, apretando los labios contra los suyos.
Su beso fue apasionado y salvaje, como si llevara mucho tiempo sin hacerlo, pero lo hubiera echado terriblemente de menos.
Ella le pasó las manos por el pelo y él gimió, interrumpiendo el beso solo para cubrirle los pómulos de besos ligeros.
A continuación volvió a sus labios, introdujo la lengua en su boca y la enredó con la suya.
De pronto Ruby fue muy consciente de lo fina que era su camiseta, del roce de la tela contra sus pechos mientras se restregaba contra el torso de Rafe. Le tiró del pelo otra vez solo para oír aquel gruñido gutural, para sentir su vibración entre las piernas.
Rafe los volteó hasta que fue ella quien quedó aprisionada contra la pared; así, él pudo retirarle una mano del culo y deslizarla por debajo de su inservible camiseta, permitiéndole sentir las yemas callosas de sus dedos sobre el abdomen, el cosquilleo a lo largo de la curva de su cintura, el roce de la mano por la parte inferior del pecho.
Oyó que se le entrecortaba la respiración y chasqueaba la lengua contra su cuello.
— Joder, Ruby. Qué suave eres.
Le acarició el cuello con la nariz, besándola, succionando, mientras jugueteaba con los dedos sobre su piel y, con su gruesa erección, apretaba entre sus piernas.
Dios, cuánto lo deseaba. Jamás había deseado nada de aquella forma, como si estuviera en llamas. Se retorció entre la pared y él, empujando desinhibida contra su cuerpo, consumida por el deseo de acercarse más…
— Eh…, ¿buenos días? — La voz de Lena se abrió paso entre la neblina de su deseo.
Rafe la soltó tan rápido que estuvo a punto de caerse.
— Mierda — murmuró, retrocediendo mientras se pasaba una mano por el pelo.
— Buenos días — contestó Ruby con la voz ahogada, tratando de alisarse la camiseta y comportarse como si todo aquello fuese perfectamente normal. Se aclaró la garganta antes de añadir — : Rafe ha preparado el desayuno.
— ¿En serio? Qué amable. — Lena los miró alternativamente con una sonrisa dibujada en los labios—. Qué mañana tan productiva estáis teniendo. Gracias, Rafe.
Él no la miraba a los ojos; en su lugar, parecía interesarse mucho por el suelo de linóleo. Murmuró una respuesta ininteligible y caminó hacia la puerta.
—Tengo que irme.
—No te vayas por mí —canturreó Lena mientras se llenaba el plato en los fogones—. Pero quizá prefiráis trasladar vuestras actividades posdesayuno al dormitorio de Ruby.
Teniendo a Lena de espaldas a ellos, Rafe al fin alzó la mirada. Seguía con las pupilas dilatadas, el negro prácticamente había eclipsado sus iris plateados, y tenía los labios hinchados por los besos. Dio un paso rápido hacia ella.
—Quédate en casa. Volveré enseguida. —Las palabras no fueron más que un gruñido acelerado contra su mejilla seguido de un beso rápido en los labios antes de salir por la puerta trasera y desaparecer.
Lena llevó su plato a la mesa con una sonrisa de suficiencia dibujada en los labios, pese al agotamiento que se apreciaba en sus ojos.
—¿Acaba de irse corriendo de aquí descalzo?
—Pues…, eh… Creo que se dejó los zapatos en la terraza.
Lena asintió, masticando pensativa.
— Es raro, Ruby, pero me gusta.
Ruby se dio cuenta de que se había llevado una mano al pecho, colocándola sobre su corazón encabritado. Miró por la ventana de atrás y creyó ver un destello de pelaje gris atravesando los árboles.
—Sí, a mí también me gusta.