Capítulo 19
R afe no fue consciente de la magnitud de aquella mala idea hasta que se vio a solas en el salón de Ruby.
Ella se había ido a la planta de arriba para hablar con Lena y buscarle a él unas mantas y una almohada.
Debería haber dormido fuera, en la tierra.
Debería haber mantenido la distancia con esa mujer que lo miraba como si pudiera ser humano, como si pudiera redimirse.
Pero Dios sabía que él ya no tenía redención posible.
Su padre se había asegurado de ello tiempo atrás.
El viejo cabrón no paraba de recordarles a sus hijos su verdadera identidad.
Eran animales y se aseguró de que se comportasen como tal.
Incluso ahora, habiendo dejado atrás su vida en manada, con su padre muerto y enterrado, Rafe era incapaz de despojarse de aquella realidad. Lo que le había sucedido a Scarlet no tenía marcha atrás. Sin embargo, ver los ojos de Ruby clavados en él en la oscuridad le hacía desear empezar de nuevo.
Sus pasos en la escalera interrumpieron aquella peligrosa línea de pensamiento.
Se detuvo frente a él con el semblante visiblemente fatigado. Trabajaba muchísimo. Él mismo lo había presenciado durante semanas, sus pasos cansados a través del bosque, el trabajoso trayecto de vuelta, pero ahora sabía que, cuando llegaba a casa, tenía que seguir trabajando. Seguir atendiendo.
—Es posible que haya empeorado las cosas —dijo ella.
—¿Empeorarlas?
—Pues sí. — Resultaba sospechoso el hecho de que no llevara mantas en los brazos. Bien. Fuera dormiría mejor — . Es posible que le haya dicho a Lena que nos estamos acostando.
— ¿Que le has dicho qué? — Rafe estuvo a punto de atragantarse por la sorpresa.
— ¡Se me da fatal mentir! — se justificó Ruby con una mueca de dolor — . En especial en lo que se refiere a Lena. No puedo mentirle a mi melliza. Siempre se da cuenta. ¡Me miraba con esos ojos como rayos de luna que tiene y he entrado en pánico!
«Ojos como rayos de luna». Era la manera perfecta de describir los siniestros ojos claros de Lena, pero Rafe no tenía tiempo de ponerse a apreciar el florido vocabulario de Ruby.
No cuando ella acababa de decir en voz alta aquello que él había estado esforzándose por todos los medios en no pensar.
Acostarse con Ruby. Notó que le brotaba un gruñido gutural y no consiguió evitar dejarlo salir en la quietud de la casita.
— ¿Has entrado en pánico y lo primero que se te ha ocurrido decirle ha sido que nos estamos acostando?
Ruby se puso roja.
— De todas formas, ya se lo imaginaba después de tu visita sorpresa desnudo el otro día. Me ha parecido más fácil seguirle la corriente. — Puso los brazos en jarras, como a él tanto le gustaba, indicando que no pensaba dar marcha atrás.
— Así que le has dicho que…
Ruby suspiró como si el incoherente fuese él.
— Le he dicho que nos estamos viendo. He dicho que quizá pases algunas noches aquí. Nada más. No es para tanto. — Levantó la barbilla para mirarlo.
A él le entraron unas ganas tremendas de apresar entre sus dientes aquel labio inferior color rubí y echarle a perder el maquillaje por completo.
— De acuerdo — dijo, porque era un idiota que nunca terminaba de castigarse por los pecados del pasado.
— De acuerdo. — Ruby asintió una vez y se volvió de nuevo hacia las escaleras — . Ven conmigo.
La siguió por los chirriantes escalones, ajados por el paso de los años.
Mantuvo la mirada fija en sus pies en lugar de su culo.
Al menos, en su mayor parte. Aquella maldita falda le provocaba como un capote rojo a un toro.
En la planta de arriba, lo condujo por un estrecho pasillo hasta el segundo dormitorio a la izquierda.
La puerta era pequeña, como todo lo demás en aquella casa.
Era evidente que la habían construido unos gnomos o algo así.
La cama de Ruby ocupaba una pared entera.
Bajo la única ventana de la habitación se ubicaba un escritorio cubierto de pilas de libros y una pequeña lámpara.
La otra pared la recorrían dos puertas de armario.
Una alfombra trenzada muy vieja ocultaba casi todo el suelo de madera.
Apoyó la espalda contra el deslucido papel pintado de margaritas junto a la puerta mientras el aroma de Ruby se le enredaba alrededor del cuello como una serpiente. No sobreviviría a aquella noche.
Ruby recorrió la habitación con la mirada como si la estuviera viendo por primera vez.
— Quizá haya sido una idea terrible.
Rafe contempló la fina alfombra y a continuación la cama de matrimonio. Ninguna de las dos opciones se le antojaba particularmente prometedora. Tampoco es que se atreviese a pensar que pudiera dormir en la cama.
— ¿Tu hermana tiene el sueño ligero?
—Qué va. Duerme como un tronco.
—Perfecto. Date la vuelta.
Ruby abrió más los ojos, pero obedeció. Ya había tenido bastantes sorpresas en una semana.
Lo último que Rafe quería era que lo viese transformarse.
Cerró los ojos y dejó que su cuerpo se modificara.
Los huesos cambiaron de forma y los músculos se recolocaron.
De su piel brotó el pelaje. El oído se le agudizó.
El sentido del olfato estuvo a punto de matarlo.
Pero así estaría mejor. Se sentiría más cómodo en el suelo transformado en lobo; además, estaría preparado si algo amenazaba a Ruby.
Lo más importante, no obstante, era que como lobo no haría ninguna de las gilipolleces que estaba pensando hacer ahora mismo. Teniéndolo como lobo, Ruby estaría a salvo.
Cuando hubo terminado, se frotó contra su mano. Ella hundió los dedos en el pelaje de su cuello; si los lobos pudieran ronronear, sin duda él lo habría hecho.
—Muy bien, hombre lobo, vámonos a la cama.
Rafe se despertó con el sonido de una suave risa. Levantó la cabeza, que yacía acurrucada bajo su cola. Aún era de noche, pero en la cama de Ruby destellaba un leve brillo. Rafe se estiró y apoyó la barbilla en el borde del colchón.
—Lo siento —susurró Ruby—. ¿Te he despertado?
Rafe resopló y ella le acarició el hocico con la mano que tenía libre. Se estaba acostumbrando demasiado a sentir sus dedos sobre el pelaje.
—No podía dormir. Una pesadilla. —Le mostró entonces el teléfono que tenía en la otra mano— . Y he pensado en ver un poco Las chicas de oro para calmarme.
De haber estado transformado en humano, le habría encantado burlarse de ella, pero tal y como estaba, lo único que pudo hacer fue resoplar de nuevo. Ruby ladeó la cabeza y lo estudió durante unos segundos antes de dar una palmadita en el hueco que había junto a ella en la cama.
—¿Quieres subir?
No debía hacerlo. No existía ninguna hipótesis en la que aquello fuese buena idea. Sin embargo…
Rafe miró por encima del hombro y descubrió que su cola se agitaba como una vela al viento. Joder. Su propio cuerpo lo traicionaba.
Ruby sonrió.
Él se subió de un salto a la cama.
Al parecer, adoptar su forma de lobo no iba a ayudarle tanto como había imaginado.
Dio dos vueltas en círculo llevado por la costumbre y se dejó caer sobre las mantas junto a ella.
Ruby intentó mantener la distancia al principio, dentro de las posibilidades que le ofrecía la cama, sosteniendo el móvil para que ambos pudieran ver la pantalla, riéndose en voz baja con todos los comentarios punzantes de Sophia y todas las observaciones absurdas por parte de Rose.
Pero, poco a poco, fue dejando caer la mano y empezó a hundirse sobre las almohadas.
Ruby suspiró suavemente en sueños y se acurrucó junto a él, su cuerpo cálido y suave a su lado.
Rafe sentía cada una de sus inspiraciones, cada leve movimiento que hacía mientras dormía, cada leve murmullo que emitía.
Bajó la cabeza hasta situarla sobre sus patas delanteras y observó las nubes pasar por delante de la luna a través de la ventana, proyectando sombras sobre la cama.
Dormir ya no era una opción. Menos aún teniendo la mano de Ruby apoyada en su cabeza y su pecho subiendo y bajando contra su lomo. Constituía una tortura perfecta. Y le concedió demasiado tiempo para pensar, para recordar.
Le vinieron a la cabeza recuerdos de Scarlet, proyectados sobre sus párpados cerrados como una deprimente película de su pasado.
Había conocido a Scarlet cuando la manada se trasladó más cerca del pueblo. No de ese pueblo, sino de otro parecido: pequeño, remoto, protector. Había ido a hacer la compra. Los lobos llevaban una vida agreste, pero aun así necesitaban cosas. En realidad, no eran animales salvajes. O no del todo.
Y lo más importante para su padre eran los cigarrillos. Constituían su invento humano favorito.
Rafe estaba comprándole un cartón a su viejo la primera vez que posó su mirada en Scarlet, de pie detrás de la caja registradora. Ella le sonrió.
Lo miró como si fuera algo más que el hijo del alfa.
Ella no sabía nada al respecto. No sabía que él debía luchar para ocupar su lugar en la manada. No sabía que su padre siempre lo azuzaba contra sus hermanos, que siempre los hacía competir unos con otros. Que la vida de Rafe era como una gran batalla.
Y quizá esa fuese la mejor cualidad de Scarlet.
O tal vez fuese su sonrisa.
O sus bonitos ojos verdes.
Fuera lo que fuese, Rafe estuvo volviendo a la tienda con cualquier excusa.
Volvió hasta que Scarlet le preguntó si quería hacer algo después del trabajo.
Volvió hasta que lo invitó a su apartamento.
Volvió tantas veces que empezó a creer que podría tener aquella vida. Una nueva vida, una vida distinta y lejos de su viejo. Que podría ser humano. Que podría estar con una mujer como Scarlet.
Hasta que le explotó todo en la cara. Su padre se enteró. Perdió los estribos. Amenazó a Rafe con todos los improperios que se le ocurrieron. Su padre exigía obediencia absoluta. Rafe solo se dio cuenta de hasta qué punto cuando lo desafió y siguió saliendo con su novia humana.
Hasta que ella acabó muriendo.
Atacada en el bosque frente a su casa.
Su padre nunca lo admitió, pero Rafe sabía que había sido él.
Lo veía en su sonrisa arrogante, en sus comentarios despreocupados sobre lo débiles que eran los humanos. Su padre le había arrebatado lo único que le ofrecía esperanza; sin ello, Rafe se sentía perdido. Luchaba y se esforzaba por sobrevivir porque era lo que tenía que hacer.
Hasta que un año atrás se marchó para siempre.
Sin embargo, nada de lo que hiciera ahora podría salvar a Scarlet.
Por segunda noche esa semana, Rafe estaba en la cama de Ruby.
Por desgracia, estaba allí como cánido y no como hombre.
—¿Qué vemos esta noche? —le preguntó ella, aunque no pudiera responderle. O no con palabras—. ¿Qué te parece Un hombre lobo americano en Londres ?
Rafe entrecerró los ojos.
—¿No? ¡Es un clásico! —Ruby contuvo una sonrisa. Si él podía atormentarla manteniendo las distancias cada noche, ella podría atormentarlo con su… tribulación—. Vale, ¿y Aullidos ?
Rafe suspiró.
— Tienes razón, da demasiado miedo. — Ruby siguió desplazándose por las distintas películas disponibles, con el ordenador portátil sobre sus rodillas — . ¡Ahhhh! ¡ Frankenstein y el hombre lobo !
El lobo que tenía al lado dejó escapar un rugido gutural y a ella se le erizó el vello de los brazos, pero no pudo contener la risita que escapó de sus labios.
— Ya sabes que podrías dar tu opinión al respecto si conservaras tu forma humana.
Rafe apoyó la cabeza sobre sus patas delanteras y puso las orejas de punta. Ruby era incapaz de contener los pensamientos que afloraban en su cabeza acerca de lo que sería tener al Rafe humano en su cama.
— Anda, ya lo sé. — Ruby hizo clic sobre De pelo en pecho y se hundió sobre las almohadas — . No me dirás que no te gusta esta. A todo el mundo le encanta.
Rafe acercó más su cuerpo al de ella para darle la razón.
Ruby sonrió, pensando en lo que habría hecho su yo preadolescente si hubiera entrado en la habitación en ese momento y se la hubiera encontrado acurrucada en la cama con un hombre lobo gigantesco mientras veían su película favorita.
Ruby tenía la impresión de existir en un espacio intermedio, en una especie de sueño del que no tardaría en despertarse.
Hundió los dedos en el pelaje de Rafe. No deseaba despertarse.
Rafe apoyó la cabeza en su regazo y ella le rascó entre las orejas.
El animal emitió un gruñido gutural, un sonido que ella había llegado a equiparar con el ronroneo de un gato.
Quizá él también se alegrara de estar allí.
Quizá, después de aclarar el asunto del ataque del hombre lobo, se quedara con ella.
En aquel momento, no le parecía que fuese pedir demasiado.