Capítulo 18
R afe estaba pasando otra noche con su nueva mejor amiga Dolores, lavando la ropa blanca en la lavandería autoservicio.
Después de dejar a Ruby, le había parecido una buena manera de emplear su tiempo.
Mejor que lo que había hecho las primeras veces: pasear de un lado a otro de la calle y por las manzanas circundantes.
Uno de los vecinos había llamado a la policía y él había tenido que darle explicaciones al sheriff Mike.
—Debes de medir por lo menos uno ochenta y ocho o uno noventa, ¿verdad? —estaba diciendo Dolores mientras sacaba su ropa interior de la lavadora.
Rafe trató de no fijarse en el hecho de que tenía muchas bragas de encaje. Una cantidad alarmante, a decir verdad.
—Mido uno noventa y cinco.
—No sé yo — contestó Dolores con un resoplido—. Los hombres siempre sois muy generosos con los centímetros. Lo hacéis con los peces que pescáis, con la altura, con el tamaño de vuestro…
—No estoy siendo generoso —la interrumpió antes de que pudiera concluir aquella inquietante frase.
—La próxima vez traeré la cinta métrica y saldremos de dudas —dijo ella riéndose. Le guiñó un ojo y, de pronto, Rafe se arrepintió de su decisión de tener la ropa limpia.
Se arrepentía de muchas de sus decisiones recientes.
Se arrepentía de haber dejado que Ruby lo viera transformado en lobo.
Se arrepentía de haber sido tan sincero con ella.
Se arrepentía de haberse desmayado aquella noche.
De no haberlo hecho, podría haberse escabullido antes de que Ruby se despertara, aunque el proceso de curación siempre le causaba ese efecto.
Había cometido ya muchos errores con ella y no podía permitírselo.
Sabía adónde le conducirían esos errores.
Hacía mucho que no se permitía acercarse tanto a un ser humano.
Ocurrió solo una vez, él era joven y estúpido, contaba apenas veinte años cuando vio a Scarlet durante una de sus escasas visitas al pueblo.
Debería haberse mantenido alejado, pero no pudo evitarlo. Su mundo por entonces era un lugar sombrío y oscuro, se sentía agotado por las constantes exigencias de su padre y las interminables peleas con sus hermanos. Y Scarlet le pareció un rayo de luz en mitad de esa oscuridad. Como un indulto.
Sacudió la cabeza al recordarlo.
Entonces no logró mantener a Scarlet a salvo y, si no se andaba con cuidado, tampoco podría mantener a salvo a Ruby. La idea le provocó náuseas.
Irrumpió en su cabeza una imagen de la otra noche.
Ruby estaba en el suelo. Debía de haberse caído cuando él pasó corriendo a su lado.
Tenía los ojos muy abiertos. Una cara de terror.
Había retrocedido para alejarse de la pelea como un cangrejo en la orilla del mar, las piernas ya manchadas de tierra por la caída anterior.
Sin embargo, fueron sus ojos los que le hicieron detenerse.
Lo miraba como si fuera un monstruo. Como el monstruo que era.
No quería que nadie más volviese a mirarlo de esa forma. Y mucho menos ella.
Se sentó de forma abrupta en una de las sillas de plástico naranjas que recorrían la pared.
Dolores levantó la vista preocupada.
—¿Te encuentras bien, grandullón? Pareces mareado.
Ella empezó a rebuscar en su enorme bolso hecho de retales hasta que sacó un caramelo de menta y lo levantó con gesto triunfal. Parecía un poco aplastado y el envoltorio estaba cubierto de migas.
Rafe se preguntó cuánto tiempo llevaría en el fondo del bolso. Seguramente fuese mejor no saberlo.
—Aquí tienes —le dijo Dolores alargándole el caramelo — . La menta va genial para el estómago.
Rafe lo aceptó porque le parecía mal rechazar el ofrecimiento de Dolores.
A fin de cuentas, era una de sus pocas amigas.
Y, mientras chupaba el caramelo, hubo de reconocer que se le asentó un poco el estómago.
No es que se le hubieran resuelto los problemas ni tuviera idea de qué hacer en lo referido a Ruby, pero al menos sentía menos náuseas.
Seguía sin comprender su reacción ante ella.
Era como si su cuerpo fuese incapaz de funcionar salvo que estuviera pegado a ella. Si Scarlet le había parecido un rayo de sol, Ruby era como una corriente tumultuosa que lo arrastraba bajo el agua, y cuanto más se resistía, más se alejaba de la orilla.
Su parte de lobo nunca emergía más allá del instinto de correr y cazar, los sentidos aguzados y una rabia ocasional que le costaba dominar.
En cambio con ella era diferente. La necesidad de pegarse a Ruby y no permitir que nada le hiciera daño era más fuerte que cualquier otra cosa que hubiera sentido en toda su vida.
Resultaba aterrador y no tenía absolutamente nadie a quien preguntar al respecto. Se hallaba solo en un mundo que no era el suyo.
Quizá, si siguiera con su manada, las cosas tendrían más sentido.
O, al menos, tendría a alguien a quien preguntar; sin embargo, Rafe no veía a su hermano mayor desde hacía un año, y apenas toleraba al pequeño, aunque jamás le hablaría a ninguno de ellos de sus intensos y confusos sentimientos hacia Ruby.
Su padre había muerto, un hecho que le gustaba traer a la memoria cada vez que se sentía nervioso. Y nunca había conocido a su madre. Murió en el parto. Su padre se había negado a buscarle atención médica. «Si es lo bastante fuerte, sobrevivirá». Esa era la forma de pensar de aquel viejo cabrón.
Lo había educado su madrastra, y al pensar en Nell le dolió en el pecho. Ella tendría algo que decir sobre Ruby, algún consejo que ofrecerle. Pero tampoco había sido lo bastante valiente como para verla a lo largo del último año.
Rafe llevaba solo mucho tiempo, sin su manada, sin su familia. Era lo que deseaba. Era necesario. Pero quizá se le estuviera olvidando en qué consistía ser un hombre lobo. Quizá estuviera perdiendo no solo a su gente.
Quizá hubiera perdido su identidad.
Quizá estuviera perdiendo la cabeza.
— Sea lo que sea — dijo Dolores dándole una palmadita en la rodilla con sus dedos artríticos — , no puede ser tan grave. Yo he tenido momentos muy malos, pero he sobrevivido a todos.
Rafe le dedicó una sonrisa débil. No le cabía duda de que Dolores había vivido muchas cosas.
— Es por una chica, ¿verdad? — prosiguió la anciana como si pudiera leerle el pensamiento.
En un breve instante de enajenación, Rafe estuvo a punto de contárselo todo allí mismo, en la lavandería.
— Eh…, pues… no. No se trata de eso.
Dolores lo apuntó con un dedo.
— Sé reconocer a un cachorrito enamorado cuando lo veo. Pero no te preocupes, ya está aquí tu chica. — Señaló hacia la puerta justo cuando Ruby entraba por ella como un torbellino.
Rafe se levantó tan deprisa que se mareó.
Ruby frenó en seco justo delante de él.
El aire a su alrededor pareció vibrar con la tensión; una corriente eléctrica le recorrió la piel. Alcanzaba a sentir cada átomo de su cuerpo, y todos querían tocar a Ruby.
— Ruby — dijo sin aliento, sosteniéndole la mirada.
Ella se quedó mirándolo con los labios de rubí ligeramente separados y un rubor fue tiñéndole las mejillas. El pecho le subía y bajaba a gran velocidad, como si hubiera ido hasta allí a la carrera.
Joder, qué guapa era.
Y podrían haberse quedado allí de pie toda la noche, contemplándose el uno al otro, si la carcajada áspera de Dolores no hubiera roto el encantamiento.
— Sí que estás enganchado, muchacho. — Y le dio una palmada en el brazo.
— Hola, Dolores — dijo Ruby parpadeando.
— Ruby. — La anciana asintió mientras recogía sus innombrables, como le gustaba llamarlas, y se dirigía hacia la puerta — . Que paséis una buena noche — les dijo, dedicándole un último guiño a Rafe antes de salir.
—¿A qué ha venido eso? —Ruby enarcaba las cejas.
—Creo que he hecho una amiga sin pretenderlo.
—Pues deberías considerarlo un honor. A Dolores no le cae bien casi nadie.
Fue entonces cuando Rafe cayó en la cuenta de que era demasiado pronto para que Ruby hubiera terminado de trabajar.
—¿Qué sucede?
La examinó con la mirada en busca de alguna lesión.
Pero lo único que vio fue el mismo rostro hermoso que ya le tenía hipnotizado; la melena oscura retirada del cuello, su habitual jersey negro, las mangas cubriéndole las manos, la corta falda negra, los leotardos negros que cubrían sus generosos muslos, las botas que tanto le gustaban.
Era Ruby en estado puro, y parecía hallarse perfectamente bien.
Excepcionalmente, incluso.
Al menos en lo que al físico se refería.
Apretó los labios al verlo evaluándola.
—Estoy bien.
—No estás bien. ¿Qué haces aquí? ¿Qué ha ocurrido?
Ruby le puso una mano en el brazo para calmarlo, aunque aquel contacto no hizo sino acelerarle más aún el corazón.
—Quería pedirte que fueras a ver a Lena.
—¿Qué le ha ocurrido?
—Bueno, todavía nada, pero el tío ese ha vuelto al bar.
— ¿Que ha hecho qué? — Rafe bajó la voz hasta convertirla en un gruñido.
— No pasa nada. Macy se ha librado de él.
— ¿Te ha tocado?
Si ese cabrón le había tocado un pelo, Rafe haría pedazos todo cuanto le rodeaba.
— ¡No! Ni siquiera me ha visto. Pero… — Ruby vaciló como si no tuviera claro si contarle la siguiente parte.
— Ruby — gruñó Rafe.
Apenas podía aferrarse a su humanidad. Necesitaba saber qué había ocurrido. Evaluar a cuántas personas tenía que asesinar y de qué formas crueles y dolorosas.
— Ha venido preguntando por mí. Deseaba disculparse por lo de la otra noche. Ah, por cierto, se llama Wyatt.
«Wyatt». Intentó por todos los medios recordar si conocía a algún Wyatt en la manada de los Highlanders. No le vino nadie a la cabeza, aunque en aquel momento le costaba pensar en algo que no fuera Ruby.
— ¿Qué más?
— Estaba preguntando por Lena, por una anécdota en particular. Digamos que mi hermana adivinó algo antes de que sucediera. Lo predijo, podríamos decir. Se ha convertido en una especie de leyenda del pueblo, y Wyatt ha preguntado por eso también.
— Me dijiste que tu hermana no tiene visiones.
— ¡No fue una visión! Fue una sensación.
Rafe trató de contener su frustración. Aquello no era culpa de Ruby, pero que Wyatt regresara a la escena del crimen no podía ser buena señal.
La manada de los Highlanders deseaba algo de las hermanas Bellerose, eso era evidente.
Y lo deseaban lo bastante para enviar a alguien de su manada al territorio del Condado más de una vez.
Incluso después de que Rafe se enfrentara a él. Era una idea descabellada.
— Lo siento. En su momento no creí que fuese importante. No sé qué está pasando ni por qué ha venido ni qué es lo que quiere ni…
— Ruby — susurró Rafe.
La cogió por los brazos y tiró de ella para acercarla más. La oyó emitir un gimoteo al apoyarse contra él, la cara pegada a su pecho. Rafe dejó que sus brazos la rodearan y sintió que se fundía contra su cuerpo.
— No permitiré que te suceda nada.
— De acuerdo — contestó ella, sorbiéndose la nariz contra su camisa.
Rafe se atrevió a pasarle una mano por la espalda, por el suave tejido de su jersey negro, por las agradables curvas y ángulos de su cuerpo. La oyó suspirar y sintió que lo abrazaba ella también, aferrada a la espalda de su camisa.
Dios, qué buenos abrazos daba.
Era algo muy propio de los humanos, eso de abrazar. Él nunca le había visto el atractivo hasta aquel preciso momento.
— Pero ¿qué pasa con Lena? — preguntó Ruby, acurrucada aún contra él.
Rafe habría entregado su propia alma por seguir abrazándola para siempre.
— Esto es lo que vamos a hacer — respondió sin soltarla, aun cuando debía, aun cuando abrazar a Ruby fuese a complicar las cosas al final. Sin embargo, se sentía incapaz de parar — . Voy a llevarte a casa…
— Tengo que terminar mi turno. No puedo dejar a Macy sin personal.
— De acuerdo — accedió con un suspiro — . Te llevaré al bar. Terminarás tu turno. No te irás hasta que yo regrese. Iré a ver a Lena y luego pasaré a buscarte, ¿vale?
— Vale. — Ruby se sorbió de nuevo la nariz — . Está donde Callie. Les diré que vas para allá.
— No te molestes. No me verán.
— ¿Ah, no?
— No seré… yo.
En lugar de apartarse al oírle mencionar su otra cara, Ruby se pegó más a él.
— Y esta noche no pienso dejarte.
— ¿No?
— No. No puedo. Pero dormiré fuera. Ni siquiera sabrás que estoy ahí — le prometió, aunque no soportaba la idea de volver a separarse de ella. Aunque solo mediara entre ellos una pared.
Ruby se apartó entonces con una expresión divertida en el rostro.
— ¿Vas a dormir fuera? ¿Como un perro guardián?
— ¿Un perro guardián? — masculló.
La acercó más hacia sí y ella hubo de echar la cabeza hacia atrás para mirarlo. Una leve sonrisa se dibujó en su rostro. Deseó borrársela de los labios con un beso.
— Lo siento. Ha sido una grosería por mi parte. — Ella suspiró y el atisbo de la sonrisa se esfumó — . Puedes dormir dentro. Supongo que estás adiestrado. — Se mordió el labio inferior, pero las risitas le salieron de todos modos.
Rafe no pudo evitar reírse también. Le aliviaba tremendamente que Ruby ya no estuviese disgustada.
— Ya lo decidiremos más tarde — dijo pasándole un pulgar por el pómulo. Se le había corrido el rímel con las lágrimas.
— De acuerdo. Y gracias.
— No tienes por qué darme las gracias.
Ruby resopló y dijo:
— Apenas me conoces; aun así, me llevas de un lado a otro, te preocupas por mí y vas a ver a mi hermana… Es… excesivo.
—¿Preferirías que no lo hiciera? En su lugar, podemos avisar a la policía. —No es que creyera que eso fuese a servir de mucha ayuda. Y la idea de mantenerse alejado de Ruby le daba ganas de arrancarse el pelo, pero si eso era lo que ella deseaba…
—No. O sea, ¿sí? Me refiero a que sigas haciendo lo que estás ha ciendo —contestó con una sonrisa, y lo miró como si… como si tuviera la capacidad de ser bueno.
Rafe se aclaró la garganta, colocó las manos en sus brazos y la apartó con suavidad.
—De acuerdo. Pues voy a ver cómo está Lena. Te veré cuando termines tu turno.
Ruby frunció el ceño, confundida por su abrupto cambio de actitud; pero una cosa era protegerla, y otra bien distinta era abrazarla, tenerla. Eso era algo que no merecía.