Capítulo 16
R uby regresó a las diez de trabajar y se encontró a Callie y a su hermana sentadas a la mesa de la cocina jugando al gin rummy .
Rafe la había dejado en la puerta con la promesa de que volvería a recogerla por la mañana.
No se había mostrado especialmente hablador.
Al parecer, la conversación que habían mantenido por la tarde había sido una especie de anomalía y ya había vuelto a su habitual conducta reticente.
Quizá fuera mejor así. Ruby no tenía claro si podría gestionar más datos curiosos sobre hombres lobo en aquel momento.
—Ay, ¿qué nos has traído? —Callie levantó la mirada de sus cartas.
—Pastel de carne.
Lena arrugó la nariz. Tenía mejor aspecto que por la mañana, aunque Ruby ya había oído bastantes rumores en el bar acerca de lo sucedido en el café de Gert.
—Lo siento —dijo — . Era el plato especial esta noche y no ha sido un gran éxito. ¡Pero eso significa que ha sobrado un montón!
Se dejó caer en la silla situada junto a su hermana y depositó sobre la mesa los envases de poliestireno para llevar. Cuando volvió a alzar la vista, ambas mujeres se habían quedado mirándola.
— ¿Qué?
— He oído que esta mañana has tenido visita — dijo Callie con las cejas enarcadas y expresión elocuente — . Visita en forma de hombre desnudo. Cierto leñador desnudo.
— No es leñador — murmuró Ruby, tratando por todos los medios de decirle a Callie con la mirada que no mencionara nada acerca del lobo.
Aún estaba por ver si a Callie le resultaba extraño que hubiese tenido a un lobo herido y a un hombre herido en su garaje en la misma noche. Pero, desde luego, no tenía ganas de hablarlo delante de su hermana.
— No es leñador, pero estaba desnudo en nuestro garaje; según Ruby, se debía todo a una… ¿Cómo lo has llamado? ¿Una despiadada partida de strip poker? — bromeó Lena, que claramente no se había creído su explicación.
— Guau, este pueblo se ha vuelto todavía más raro desde que me fui. ¿Ahora celebran partidas de strip poker en el bar? — Callie clavó el tenedor en el envase más cercano y quitó el puré de patatas de la superficie del pastel de carne.
— No fue tan raro. — Ruby puso los ojos en blanco — . Nos quedamos unos cuantos jugando después del trabajo, nada más.
— ¿Y el que ganó la ropa de Rafe decidió… quedársela?
— Ahora mismo no pienso responder más preguntas sobre ese tema — declaró Ruby, metiéndose en la boca un tenedor lleno de carne y puré de patatas.
— Vale, de acuerdo — dijo Lena con una sonrisa.
Y pareció volver a ser la de siempre, tan enérgica y divertida que a Ruby casi no le importaron sus burlas.
Si especular acerca de su vida sexual hacía sonreír a su hermana, que así fuera — .
Eso nos permite a nosotras elaborar nuestras propias teorías — agregó meneando las cejas.
— Ay, Dios — se quejó Ruby — . Por favor, no.
Callie la estudiaba bajo el brillo cálido de la luz de la cocina que colgaba sobre la mesa.
En la casa, todo estaba como lo había dejado su tía: los viejos apliques de la luz, la mesa de la cocina y las sillas que había fabricado el padre de su tía abuela.
En los armarios incluso conservaban sus viejas tazas y platos desconchados, azules y blancos, con dibujos de niños holandeses, y su gastada capa roja colgaba de la puerta trasera.
Daba la impresión de que la anciana seguía allí, como si fuese a entrar en cualquier momento y a sentarse con ellas a la mesa.
A la tía Millie le encantaba jugar a las cartas. Y también el pastel de carne.
Ruby la echaba terriblemente de menos.
— ¿Ya está, entonces? ¿No tienes nada más que contar fuera de lo corriente? — le preguntó Callie con intención.
— Nada más — confirmó Ruby, sacudiendo sutilmente la cabeza y mirando a Callie con los ojos muy abiertos para rogarle que no dijera nada más.
Quizá estuviese mostrándose demasiado protectora con Lena, pero se daba cuenta de que, en los últimos tiempos, el mero hecho de existir parecía suponerle a su hermana un esfuerzo ímprobo.
Y Lena era la única familia que le quedaba.
Lena las miró alternativamente como si supiera que había muchas más cosas por contar.
Estaba enferma, pero no era idiota. Aun así, Ruby veía sus pronunciadas ojeras y notaba que había empezado a encorvar el cuerpo otra vez.
Parecía diminuta enfundada en aquel maldito albornoz rosa que llevaba por casa.
— ¿Por qué no duermes un poco? — le sugirió Ruby.
Lena formó un mohín con los labios.
— Pero si no hemos terminado la partida — se lamentó.
Sin embargo, incluso mientras lo decía, Ruby se fijó en que se le cerraban los párpados. Casi alcanzaba a sentir el agotamiento de su melliza en su propio cuerpo.
— Podemos retomarla mañana — intervino Callie — . De todas formas, yo me voy a ir a casa ya.
— Vale — accedió Lena con un bostezo — . ¿Nos vemos mañana?
— Desde luego. — Callie se inclinó y le dio un abrazo a Lena.
Ruby volvió a sentirse tremendamente agradecida de que hubiera vuelto.
Al menos hasta que Lena salió de la cocina y Callie clavó su mirada de nuevo en ella.
— ¿Qué narices ha pasado con el lobo? — preguntó entre dientes.
— Por la mañana se había ido. — Sin más. Era la verdad. En su mayor parte.
— ¿Se había ido?
— Sí.
—¿Y en su lugar estaba Rafe? Sé que no se vino a casa contigo, Ruby. Estuve contigo en mitad de la noche y no había ningún leñador sexi a la vista.
—Es que… no…
Ruby suspiró. ¿Cómo iba a formular las palabras para explicarle a Callie cosas que ni siquiera ella misma estaba segura de creerse del todo?
¿Cómo contarle que todas las historias que oían cuando eran pequeñas, las que se susurraban la una a la otra en mitad de la noche, y todas las películas que veían escondidas debajo de las mantas, porque no se atrevían a mirarlas directamente, eran reales?
Las historias eran reales.
—Tú también tienes secretos —acabó diciéndole.
Callie pareció desconcertada por un momento y, después, triste, con el entrecejo fruncido.
Pero entonces asintió. Era cierto. Ambas tenían secretos.
Y quizá en otra época los habrían compartido, se lo habrían contado todo la una a la otra, pero habían pasado dos años.
Dos años separadas. Dos años de incertidumbres, de preocupaciones.
Por mucho que Ruby se alegrara de que Callie hubiera vuelto, eso no resolvía todo lo que había ocurrido. No significaba que su amistad pudiese volver a ser como había sido siempre.
Se quedaron sentadas a la mesa, en silencio, mientras los segundos pasaban en el viejo reloj de la pared. Fuera hacía viento y las hojas secas y las ramas desnudas arañaban la ventana de la cocina. La noche perfecta para una historia de miedo, pero Ruby no tenía ganas de contar la suya.
Al final se levantaron para recoger las sobras, trabajando mano a mano en silencio.
—Me lo puedes contar cuando te sientas preparada —dijo Callie mientras apilaban en el fregadero las tazas vacías y los tenedores sucios—. Sea lo que sea, te creeré.
—Lo mismo digo —respondió Ruby, y hablaba en serio. Llegado ese punto, se creería cualquier cosa.
La acompañó a la puerta y se quedó en el umbral viéndola caminar hacia su ranchera.
Había oscurecido y un escalofrío recorrió su columna.
No alcanzaba a ver gran cosa más allá de la luz del porche, aunque mantuvo la mirada clavada en la melena rubia de Callie, escuchando hasta oír el motor de su coche, y agradeció que los faros iluminaran la calle.
Cuando Callie arrancó y se marchó, Ruby volvió a entrar y cerró la puerta con pestillo.
Pero la sensación de que alguien la observaba, la idea de que no había estado sola fuera, no la abandonó en toda la noche.