Capítulo 15
– ¿P uedes transformarte siempre que quieras o tienes que esperar a que haya luna llena?
Rafe le dedicó una sonrisa divertida. Estaban sentados en la terraza trasera de Ruby; el sol de última hora de la tarde estaba tan bajo que los árboles de la linde del bosque proyectaban largas sombras sobre el jardín.
Ruby alcanzaba a ver la hierba aplastada donde Rafe se había peleado con el otro lobo.
No se entretuvo demasiado mirando esa parte.
El resto del jardín estaba descuidado y sin podar.
Equináceas amarillas, ásteres morados y varas de oro que ella nunca había plantado se agitaban con la brisa.
Sus pies descalzos colgaban por encima del borde de la terraza y notaba la madera áspera bajo las palmas de las manos.
Nunca se habían molestado en poner muebles allí fuera.
—Qué va, eso es un mito. Puedo transformarme siempre que lo necesite.
Interesante que dijera «necesitar» en lugar de «desear», dando a entender que nunca se transformaba por mera diversión, pero Ruby no tuvo oportunidad de ahondar más en eso. Le tocaba a Rafe. Llevaban casi toda la tarde turnándose para hacerse preguntas.
Rafe estuvo estudiándola unos segundos antes de decir:
—Creí que solo vestías de negro.
Ruby contempló la sudadera del equipo de voleibol femenino de Maple Hollow, las Ratas Almizcleras, que le había robado a Lena.
Era de un tono granate oscuro que hacía juego con los pantalones de chándal.
Ambos se habían tomado el tiempo de ducharse y cambiarse, pese a las reservas de Rafe acerca de dejarla sola siquiera durante una hora para ir a buscar cosas a su casa.
—Eso también es un mito —le dijo con una sonrisa.
Rafe se rio, y aquel sonido fue como el rugido de un trueno en la distancia.
Empezaba a convertirse en uno de sus sonidos favoritos.
Le tocaba a ella otra vez, aunque se estaba quedando sin preguntas genéricas sobre hombres lobo.
¿Existían otras criaturas paranormales? Sí.
¿Era necesaria la luna llena? No. ¿Qué comía?
Sobre todo hamburguesas y chocolatinas Snickers, pero también algún conejo cuando le apetecía cazar.
—¿Qué se siente siendo un lobo?
Rafe vaciló, meditándolo, con la mirada fija en el bosque que se extendía más allá del jardín.
—Es todo más brillante —contestó—. Como si se magnificaran todos tus sentidos, pero al mismo tiempo tu autocontrol también es más débil. Quieres correr y correr para siempre. Ser salvaje.
«Salvaje». A Ruby se le aceleró la sangre en las venas al pensar en correr como una salvaje. ¿Qué se sentiría al dejarlo todo atrás? Su trabajo, a su hermana, sus facturas… y correr sin más. Inhaló esa fantasía junto con el potente aroma de las flores silvestres que impregnaba el aire.
Se quedaron callados largo rato hasta que Rafe preguntó:
— ¿Comida favorita?
Esa era fácil.
— Pollo a la parmesana.
— Qué elegante.
Ruby podría haberle hecho otra pregunta fácil, pero deseaba saber más.
Deseaba saberlo todo. Hablar con Rafe era fácil, aunque también intenso.
Le daban ganas de exponerle todas sus preocupaciones e inquietudes por resolver, sabiendo de antemano que a él no le importaría. Y deseaba que él hiciera lo mismo.
— Ya sé que no eres solo eso, evidentemente. Pero ¿tienes una manada o algo? ¿Una familia?
Ruby notó que se ponía tenso. Estaba sentado igual que ella, con las piernas colgando por el borde de la terraza de madera, apoyado sobre las palmas de las manos, con la cara levantada hacia el sol. Pero ahora se volvió para mirarla.
— No tienes por qué contármelo. Simplemente me preguntaba qué fue de ellos.
A lo largo de su vida, Ruby se había encontrado tantas veces en su misma situación que sabía bien lo que estaría pensando Rafe, los cálculos que estaría haciendo.
¿Cuántas cosas debería contar? ¿Cómo reaccionaría la otra persona?
Daba igual cuántos años pasaran, aún no había encontrado una buena manera de hablarle a la gente sobre la muerte de sus padres. No existía una buena manera.
Cuando Rafe al fin habló, su voz sonó ronca y su mirada estaba clavada en la línea de los árboles, como si allí alcanzara a ver su pasado.
— Me marché hace un año y no he vuelto.
No dijo nada más y ella tampoco se lo pidió. Si deseaba contarle más, lo haría.
— ¿Alguien más de tu familia sufre episodios como los de Lena? — le preguntó él, moviendo su enorme cuerpo para poder mirarla.
Ruby no se esperaba aquella pregunta; sin embargo, imaginó que se lo tenía merecido después de preguntarle por su familia. Ella se giró también, entrecruzando las piernas.
En ocasiones, la cabeza de su tía parecía abandonar la estancia, aunque su cuerpo permaneciera allí.
Pero era ya muy mayor cuando Ruby y Lena se fueron a vivir con ella.
¿No era acaso algo habitual en las personas de su edad?
Y, cuando volvía en sí, les preguntaba si les apetecía picar un poco de apio con crema de cacahuete y pasas, luego seguían el día como si nada hubiera ocurrido.
Le vino entonces un recuerdo muy distinto, uno que había ido volviéndose más difuso con el paso de los años.
¿De verdad había soñado con el accidente de sus padres antes de que sucediera?
Nunca había estado segura, pero Rafe no podía estar refiriéndose a eso.
No era lo mismo que lo que le sucedía a Lena.
Eso solo era una extraña coincidencia. Una en la que hacía años que no pensaba.
Se apresuró a desterrar de su cabeza la descabellada idea de que ahora importaba.
— Pues… no que yo sepa. Durante un tiempo, a mi tía Millie le dio por las sesiones de espiritismo, pero sé que era ella la que movía la tablilla sobre la güija. Lo negaba, claro, pero no me cabe duda de que hacía trampas.
Otra carcajada atronadora hizo que Ruby confesara más de lo que pretendía.
— Solo intentaba animarme. Después del accidente… —Hizo una pausa. Podía dejar la historia en ese punto y no hablarle a Rafe de sus padres. No concederle la oportunidad de que le tuviera lástima.
Rafe se inclinó hacia delante y apoyó los antebrazos en los muslos. Le cayó el pelo por la cara, ocultándole ligeramente el rostro, pero ella alcanzó a ver el brillo de sus ojos plateados entre las sombras.
—No tienes por qué contármelo. Todos tenemos historias en nuestro pasado que preferiríamos olvidar.
Pero el asunto estaba en que ella no deseaba olvidarlo. Dejó de hablarle a la gente acerca de sus padres porque eran los demás los que se incomodaban, no ella.
—Nuestros padres murieron en un accidente de coche cuando teníamos ocho años. Nos trasladamos aquí a vivir con nuestra tía abuela.
—Vale, eso explica la decoración de abuela.
—¡Oye! —se rio ella.
—Me gusta.
Ruby sacudió la cabeza y continuó:
—El caso es que estaba triste, por supuesto. Evidentemente fue lo peor que me había pasado nunca; sigue siéndolo. Y eso que he sido atacada por un hombre lobo, así que imagínate.
Rafe esbozó una sonrisa sin dejar de mirarla a la cara mientras hablaba.
—Pero quería mucho a mi tía. Era una mujer lista y divertida, y cuidaba muy bien de nosotras. Además, tenía a mi hermana. Lena siempre ha sido mi mejor amiga. Pero…
Ruby cambió de postura y notó el agradable calor de la madera bajo las palmas de las manos.
—¿Pero? — El tono de Rafe fue suave, ni exigente ni apremiante, solo interesado.
— Pero, después de lo ocurrido, la gente solo veía eso cuando me miraba.
Anda, ahí va la pobre Ruby, la niña que perdió a sus padres.
— Se encogió de hombros — . La cuestión es que mi tía sacaba la güija cuando nos poníamos tristes y decía: «Vamos a llamar a mamá y papá y les contáis qué tal vuestro día».
Sé que parece una locura y un poco macabro, pero me ayudaba.
Aún hablo con ellos. — Había empezado a divagar, contándole demasiadas cosas a aquel hombre a quien apenas conocía, pero la hacía sentir muy cómoda.
— A mí no me parece una locura en absoluto.
Ruby sonrió.
Se quedaron un rato en silencio. Por mucho que se burlara de Rafe por querer quedarse a su lado, había de reconocer que resultaba agradable pasar tiempo con él.
— ¿Y tú hablas con alguien de tu familia? — le preguntó; no quería dejar morir la conversación.
— Con mi hermano pequeño, a veces. Lo menos posible.
— ¿Por qué?
— ¿Que por qué hablo con él? Lo mismo me pregunto yo siempre.
Ruby se rio y se volvió para mirarlo de nuevo.
— No, que por qué hablas con él lo menos posible.
— Porque es un auténtico dolor de cabeza — respondió Rafe encogiéndose de hombros.
— Me alegra saber que las familias de hombres lobo son iguales que las familias humanas.
— En algunos aspectos sí — confirmó él, pero su expresión se tornó más oscura.
— ¿Y en otros no?
Rafe se puso en pie de manera abrupta.
— ¿No tienes que prepararte para ir a trabajar?
— Mmm…, enseguida. Rafe, ¿estás…?
—Anoche dejé la camioneta en el pueblo. Voy a buscarla y vengo a buscarte dentro de una hora.
Ni siquiera esperó a que respondiera antes de alejarse.
Estaba claro que no deseaba hablar de su familia.