Capítulo 14
D ecir «distinto» era quedarse corto. A lo largo de las últimas veinticuatro horas, Ruby había presenciado una pelea entre lobos, se había despertado con un hombre desnudo en su garaje, había descubierto que existían los hombres lobo y estaba experimentando una fortísima reacción física al que tenía sentado en su salón.
Aunque eso no era ninguna novedad. Siempre se sentía así con Rafe. Como si le hormiguease la piel.
Él se quedó mirándola como si esperase que fuese a salir corriendo, pero no le dio tiempo a formular más preguntas porque le sonó el teléfono.
Dio un respingo, sobresaltada por la escandalosa música.
Nadie la llamaba por teléfono salvo para dar malas noticias.
Nadie llamaba a nadie, de hecho, salvo para dar malas noticias. ¿No era una especie de norma?
—Mierda. —Palpó los cojines junto a ella, pero no tenía ni idea de dónde había acabado su móvil la noche anterior.
Se puso en pie y empezó a quitar cojines del sofá como loca.
Debía de haberse caído entre medias de los asientos.
Rafe se levantó también de un brinco e introdujo las manos entre las ranuras del sofá.
Ruby hizo una mueca al imaginarse el polvo y las migas acumuladas durante los años que sin duda estaría rozando con los dedos.
Pero consiguió sacar el teléfono con una sonrisa triunfal en la cara.
Esa sonrisa. Uff. Maldita sea. Lo último que necesitaba era ver esa sonrisa, de modo que, en su lugar, asió el teléfono y respondió casi sin aliento.
—¿Ruby? Soy Gert.
—Ah, hola. —¿Para qué la llamaría Gert, la dueña del café? —. Tu hermana está aquí, en la cafetería. No… no se encuentra bien.
A Ruby le dio un vuelco el estómago.
«Mierda, mierda, mierda».
—Ahora está conmigo, así que no te preocupes. La llevaré a casa personalmente.
—Muchísimas gracias, Gert.
—No hace falta que me des las gracias. Estaremos ahí en menos de cinco minutos.
Ruby dejó escapar un largo suspiro y colgó el teléfono. No debería haber dejado que Lena saliera sola, pero se notaba tan distraída por…
Alzó la mirada y vio que Rafe estaba observándola.
Como un depredador observa a su presa. Le vio ladear ligeramente la cabeza, preguntándole sin palabras qué ocurría.
Bueno, como un depredador no, más bien como un perro guardián.
Habría sonreído ante su propio chiste de no haber estado tan alterada por Lena.
—Tienes que irte. —Las palabras le salieron antes de poder meditarlas, pero necesitaba que se fuera de allí.
Ya era mala suerte que Gert y quienquiera que estuviera en el café hubiera presenciado el último episodio de Lena, lo último que quería era que Rafe fuese también testigo.
—¿Por qué? —Su voz sonaba ronca cada vez que hablaba, y articulaba las palabras de forma brusca, como si no estuviera acostumbrado a conversar con la gente.
A Ruby se le había pasado esa idea por la cabeza con anterioridad, cuando Rafe había entrado en el bar: la idea de que llevaba una vida solitaria. Al pensarlo, notó una punzada en el corazón. Una punzada de tristeza.
Sacudió la cabeza. No era el momento de sentir lástima por el hombre lobo. Ya tenía bastante con preocuparse por Lena.
—Mi hermana no se encuentra bien. Tienes que marcharte.
Le miró los pies. ¿Podía echar a la calle a un hombre sin zapatos? Daba igual, iba a hacerlo de igual modo. Le puso las manos en el pecho y empujó, sacándolo de su parálisis.
Y fue un gran error.
Le pareció firme, caliente y muy real. Era como si, incluso tras haber mantenido con él esa conversación tan descabellada, siguiera sin creer que fuese real hasta que le puso las manos encima.
Y, después de hacerlo, no supo si podría volver a apartarlas.
Le dio la impresión de estar recibiendo una descarga eléctrica, y la única manera de interrumpir la corriente sería que alguien llegase y la apartase de él con una patada.
Notó la tensión de sus músculos bajo las palmas de las manos, como si estuviera esforzándose por mantenerse quieto, pero cada vez le costara más lograrlo. Se le entrecortó la respiración y se le dilataron las pupilas, haciendo que su mirada plateada se volviera negra.
Ruby creía en muchas cosas: en los fantasmas, en la astrología, en la mala suerte, en que el esmalte de uñas adecuado podía ponerte de buen humor. Sin embargo, jamás había creído en desarrollar una conexión física instantánea con alguien hasta aquel preciso momento.
Rafe dio un paso atrás y se aclaró la garganta.
—No puedo marcharme. Es peligroso.
Ruby no tuvo tiempo de ponerse a discutir con su cánido protector antes de que Gert y Lena entraran por la puerta de atrás.
—¿Estás bien? —Se fue al lado de Lena ignorando el ceño fruncido de Rafe.
—Estoy bien, en serio. —Lena restó importancia a sus preocupaciones con un gesto de la mano.
Ruby la examinó en busca de alguna lesión.
Vestía una de sus sudaderas rosa claro favoritas y llevaba el cabello oscuro recogido en un moño bajo.
Los pendientes dorados que llevaba siempre brillaban bajo el sol de la mañana y las uñas lucían una manicura perfecta.
Había adoptado la costumbre de arreglárselas en casa para evitar momentos embarazosos, y se le daba bastante bien.
Actualmente evitaba muchos lugares públicos, aunque había salido a comprar dónuts para Rafe y ella y no había más que ver lo que había ocurrido.
La mano con la que intentaba quitar importancia a sus preocupaciones le temblaba considerablemente y tenía el rostro ceniciento. Ruby no debería haber permitido que saliera sola de casa.
—Gracias, Gert, por traerla a casa.
La mujer le estrechó las manos entre las suyas.
—Te lo he dicho un millón de veces. Cualquier cosa que necesitéis, aquí estoy.
Ruby tragó saliva para aliviar el nudo que se le había formado en la garganta.
Era cierto que Gert se lo había dicho muchas veces, en especial desde la muerte de tía Millie, pero, por algún motivo, nunca había llegado a creerla.
Nunca se permitía creer en sus palabras; en cambio, ahora Gert la había ayudado cuando lo necesitaba.
—Gracias.
Gert le apretó las manos antes de soltarla para darle un abrazo a Lena.
—Ahora descansa un poco —le dijo, rodeándole la cara con las manos.
Lena asintió como pudo teniendo la cabeza atrapada.
— Y quizá estaría bien que comieras algo. Debe de haber sido un bajón de azúcar. — Gert le dio un beso en la frente y se volvió hacia Ruby — : Llámame si necesitas cualquier cosa. ¿Vale?
Ruby dijo que sí con la cabeza, sintiendo que la estaba regañando y consolando al mismo tiempo. Aquello hizo que volviera a echar de menos a su tía.
— Sí. Gracias de nuevo.
Ruby casi había logrado desembarazarse de Gert cuando, a punto de salir ya por la puerta, la mujer reparó al fin en el hombre que se hallaba en su cocina. Enarcó las cejas con gesto inquisitivo.
— Ese es Rafe — dijo Ruby, como si eso lo explicara todo.
— He oído hablar de él — contestó Gert con el ceño fruncido.
— Es…, eh…, un amigo.
— Mmmm… — Gert fulminó a Rafe con la mirada y este le devolvió el gesto. Ruby estuvo a punto de reírse al ver la ferocidad de la mujer — . Cualquier cosa — repitió — . Llámame — dijo sin apartar los ojos de Rafe.
— Así lo haré — le aseguró Ruby.
Gert le dedicó a Rafe un último gesto desdeñoso antes de marcharse.
— ¿Quién era esa? — gruñó Rafe.
— Gert. — Ruby se llevó una mano a la cadera — . La dueña del café. ¿Todavía no has pasado por allí?
— Sí, pero no la había visto antes.
— Pues parecía querer darte una patada en el culo. ¿Tienes idea de por qué?
— No — murmuró.
Lena arqueó las cejas y los miró alternativamente.
— Os dejo a solas para que habléis — anunció, dirigiéndole otra mirada penetrante a Ruby — . No creas que te has librado tan fácilmente — susurró al pasar junto a ella —. Quiero saber qué está pasando.
—Ya te lo he dicho, es un amigo. Anoche se…, eh…, se metió en una pelea estando en el bar. Así que le dejé quedarse aquí. —Era una explicación perfectamente razonable.
Ruby estaba a punto de felicitarse por la calidad de su mentira cuando Lena preguntó:
—¿Y por qué se ha despertado desnudo? ¿Qué ha sido de su ropa?
—Mmm… —Ruby tosió para ganar tiempo—, resulta que perdió la ropa en una partida particularmente despiadada de strip poker. Venga, vete ya.
Lena la miró como si no se creyese ni una palabra, pero por suerte se marchó sin hacer ninguna pregunta más.
Dejando a Ruby a solas con su lobo.
—¿Qué le pasa a tu hermana? — Pese a sus esfuerzos, todas las palabras que Rafe pronunciaba sonaban a exigencias.
Ruby entrecerró los ojos. Había vuelto a enfadarla. Pero bajo ningún concepto la dejaría sola en aquella casa hasta haber averiguado qué deseaba de ella ese lobo y quién más estaba implicado.
—No le pasa nada —le espetó. Se acercó a la encimera y se sirvió otra taza de café—. Es que… está… —Suspiró y se dejó caer en una de las sillas de la mesa de la cocina.
Rafe se sentó en la que tenía delante de ella. Crujió bajo su peso.
Ruby apoyó la frente sobre la mesa, dejando al descubierto la nuca y algunos rizos de cabello oscuro enredados allí.
—A veces sufre episodios y nadie sabe explicar por qué. —Habló mirándose el regazo.
Fue la primera vez desde que Rafe la conocía que parecía derrotada. No le gustaba nada verla así. Si hubiera algo que pudiera matar para librarla de sus tribulaciones, lo haría.
—¿Qué clase de episodios?
—No importa —contestó Ruby con un suspiro.
— Claro que importa — insistió él.
— ¿Por qué? Estás aquí para protegerme a mí del otro lobo, ¿verdad? No a mi hermana.
Rafe dejó escapar un gruñido de impaciencia.
— Quizá importe. No sé a qué nos enfrentamos. Y es tu melliza. Cualquier cosa que le afecte a ella te afecta a ti.
Vio un brillo de preocupación en sus ojos mientras se clavaba los dientes en el labio inferior y eso le recordó todas las cosas que había tenido que vivir a lo largo del último día.
Le recordó que aquel mundo era algo totalmente desconocido para ella.
Y lo valiente que era por seguir sentada delante de él.
— Cuando sucede — le explicó con un suspiro apesadumbrado — , es como si ya no me viera. Se queda perdida en alguna parte y no logro alcanzarla. — Se recostó en la silla — . Y nunca dice nada coherente. Tan solo galimatías.
Eso no era buena señal.
— ¿Cuándo empezó?
— Hace unos meses.
— ¿Ve cosas? ¿Tiene visiones o algo así? — Se inclinó hacia delante y apoyó los brazos sobre la mesa. Incluso ahora, su cuerpo se sentía atraído por ella, como si necesitara estar pegado.
— ¿Visiones? — Ruby frunció el entrecejo — . No es pitonisa ni nada de eso.
— Entonces, ¿qué es? — Intentó mantener un tono de voz amable, pero le salió brusco de igual modo.
Ruby lo fulminó con la mirada y fue como si le hubiera dado un puñetazo en la garganta.
— Es mi hermana. Eso es lo que es. Y tienes que marcharte. — Se apartó de la mesa y se puso en pie como si tuviera intención de acompañarlo a la puerta.
Pero Rafe no pensaba marcharse.
— Algo no va bien, Ruby. Me refiero a todo esto. Al lobo. A los… episodios de tu hermana. — Se levantó también y, aun siendo más alto que ella, tuvo la impresión de que podría derribarlo solo con tocarlo — . No puedo dejarte sola.
Ruby se cruzó de brazos y entrecerró sus ojos oscuros. Si hubiera llevado las botas puestas, probablemente le habría dado una patada en la espinilla.
— Soy perfectamente capaz de cuidarme sola.
— Eres temeraria e ingenua.
Ruby puso los ojos como platos y separó los labios rojos.
— ¿Cómo te atreves? Ni siquiera me conoces. — Intentó pasar frente a él para volver al salón, pero Rafe la agarró y le sujetó los brazos. Un ligero temblor los recorrió a ambos.
— Lo único que sé es que, si no hubiera estado aquí anoche, tú ahora no estarías aquí.
Ruby quería rebatirle. Rafe lo notaba en la tensión de su cuerpo y en la furia de su mirada.
Sin embargo, no podía refutar los hechos.
Por mucho que detestara admitirlo, ahora lo necesitaba.
Se desinfló un poco entre sus brazos y Rafe hubo de hacer un gran esfuerzo por no estrecharla contra él. Era un hombre enfermo.
— Al menos, deja que te lleve y te traiga del trabajo.
— ¿No te parece que estás exagerando un poco? Todavía no sabemos siquiera qué es lo que quería. Quizá te buscara a ti.
— Era el tío del bar — le dijo Rafe con un suspiro — . El que te… metió mano.
— ¡¿Blaine?!
— ¿Sabes cómo se llama?
— No, qué va — contestó ella meneando la cabeza — . Eran suposiciones. ¿Y tú sabes cómo se llama?
— No. — Había estado intentando averiguarlo desde que lo viera. Pero su manada no solía relacionarse con los Highlanders.
— Bueno, pues tenía pinta de llamarse Blaine. Y sabía que era del género villano.
— Ruby, sabe dónde trabajas. Sabe dónde vives. ¡Te estaba siguiendo!
— Podría decir lo mismo de ti.
Rafe se dio cuenta de que seguía teniéndola sujeta por los bíceps. La soltó y dio un paso atrás. Ella llevaba razón, su instinto le gritaba que la protegiera, que estuviera cerca de ella, que no la soltara nunca.
Pero asimismo estaba intentando por todos los medios no asustarla.
— Sin embargo, hay una diferencia entre ambos — prosiguió Ruby con una leve sonrisa de suficiencia — . Tú nunca me has tocado el culo.
Rafe resopló y sacudió la cabeza. Qué mujer.
— No sé qué quieres que diga, Ruby, pero sé que aquí está pasando algo.
Debió de darle pena, porque Ruby se apiadó de él.
— De acuerdo — cedió — . Puedes llevarme si tanto significa para ti.
— Pues sí.
— De acuerdo, fantástico. Tu sueño de convertirte en conductor de Uber sin cobrar está a punto de hacerse realidad.
— Estoy entusiasmado — respondió él con gesto inexpresivo, y Ruby sonrió — . ¿Qué le vas a contar a tu hermana?
— Que eres un amigo.
— ¿Un amigo?
— Claro — dijo riéndose — . ¿Cómo, si no, llamarías a un hombre que pasa la noche en tu garaje, quiere protegerte a toda costa de los malos y no te toca el culo en contra de tu voluntad?
—Ruby…
—Mira —lo interrumpió, seria de pronto—. No hace falta que Lena sepa nada de esto, ni lo que eres ni lo que sucedió anoche. No quiero estresarla más de lo que ya está.
A Rafe le daba la impresión de que Lena era una pieza mucho más importante de aquel rompecabezas de lo que Ruby deseaba creer, pero no pensaba presionarla al respecto. Al menos de momento. Si no deseaba que su hermana supiese la verdad, él tampoco se la contaría.
—De acuerdo —aceptó.
—Muy bien, trato hecho. —Ruby dejó escapar un largo suspiro y, con su aliento, se apartó los mechones de pelo de la cara—. Ahora sírvete otra taza de café, porque tengo muchas más preguntas que hacerte sobre hombres lobo.