Capítulo 13
¿C ómo era posible que fuera más guapa cada vez que la veía?
Se habían trasladado dentro para resguardarse del frío del garaje, y la manera en que se había sentado Ruby al borde del sofá le ofrecía una imagen perfecta de sus piernas desnudas.
No podía pensar con claridad. Le habría gustado que los pantalones de chándal que le habían prestado no fuesen tan ajustados, porque solo con verla se le había puesto la polla más dura que en las últimas semanas. O quizá que en toda su vida.
Pero no eran sus curvas, ni su oscura mirada, ni siquiera los labios rojos con el pintalabios un poco corrido —dando la impresión de que acababan de besarla— lo que le aceleraba el corazón.
Qué va, eran sus pies descalzos. Algo tan vulnerable, tan personal.
Sentía que estaba viendo algo que no debía ver.
Algo que no tenía derecho a ver. Ruby llevaba las uñas de los pies pintadas de un rosa intenso.
Por desgracia, además de resultarle íntimos y adorables, sus diminutos pies habían hecho que le hirviera la sangre al recordar la agresión de la noche anterior.
Podría haber muerto. Era demasiado vulnerable.
¿Y si la hubiera dejado sola? Un intenso pavor le clavó los dientes en el estómago al pensarlo.
—¿En qué estás pensando? —le preguntó Ruby, terminando de recostarse en el sofá.
Su especiado aroma a canela, ahora tan familiar, le invadió en el pequeño salón. Discretamente, Rafe apretó el cojín que tenía en el regazo.
—En nada, la verdad. —Se aclaró la garganta para aliviar la ronquera—. ¿Por qué?
Ruby se encogió de hombros sin dejar de mirarlo.
— Has fruncido el ceño y arrugado el gesto como si estuvieras enfadado.
— Claro que estoy enfadado. — Se pasó las manos por el pelo e hizo una mueca de dolor al mover el hombro. Aún no se le había curado del todo, pero esa noche ya debería estar recuperado. Se preguntó cómo estaría el otro lobo.
— ¿Por qué? ¿Es por el tinte amarillo y naranja de la camiseta?
— ¿El qué? — Se miró la camiseta prestada — . Ah, qué va. No es eso.
— Me alegro. Creo que te sienta bien.
— Ruby — le dijo con un suspiro — , no deberías haber ido sola por el bosque.
Ella lo miró con los ojos como platos y resopló.
— Ay, perdona. Supongo que es culpa mía que existan hombres lobo que atacan a personas inocentes.
— No me refería a eso — contestó él con un suspiro de frustración.
— Es lo que has dicho.
— Ruby — masculló.
— Rafe — dijo ella, imitando su profundo tono de voz.
Él estuvo a punto de reírse. Lo habría hecho de no haberse encontrado tan mal.
— ¿Por qué cojones me envolviste en una alfombra y me metiste en el garaje?
— ¿Y qué iba a hacer? Creí que eras un animal salvaje. En honor a la verdad, eras un animal salvaje.
— Podrías haberme dejado fuera.
Ella entornó los ojos como si le ofendiera que pudiera sugerir una cosa así.
— Estabas herido y me habías ayudado. Aunque ahora te estés comportando como un imbécil, en ese momento me sentí inclinada a ayudarte.
— Bueno, pues gracias — le dijo él riéndose.
Recordó estar tendido en la tierra después de la pelea, esperando a que su cuerpo se curase.
Recordó la voz de Ruby. «Y ahora yo voy a salvarte a ti».
Lo había dicho con tal determinación que Rafe la creyó al instante.
No tenía ni idea de a qué se refería, pero confiaba plenamente en su capacidad para hacerlo.
Recordó verla ponerse en pie, ofreciéndole una imagen en primer plano de sus botas negras.
Parecía capaz de darle una paliza a cualquiera con esas botas, y eso le había gustado.
Las botas se habían alejado, llevándose consigo a Ruby, y Rafe se había quedado allí, medio inconsciente, repitiendo esas palabras mentalmente. «Me has salvado. Y ahora yo voy a salvarte a ti». Qué agradable sería, había pensado antes de perder la consciencia.
— ¿Qué tal el hombro? — le preguntó Ruby ahora, devolviéndolo a la acogedora realidad de su salón.
La estética distaba tanto del habitual estilo personal de Ruby que estuvo a punto de carcajearse.
El sofá tenía un estampado de enormes rosas de color rosa palo, y el sillón que había escogido él estaba adornado con rayas en tonos pastel.
En el rincón había una vieja mecedora cubierta con una colorida manta.
No le cabía duda de que cualquier decorador de interiores definiría aquella elección de diseños como una mezcla entre elegante y chabacano.
La alfombra bajo sus pies estaba suave y desgastada, y la repisa de la chimenea que había en la pared estaba cubierta de fotos enmarcadas de Ruby y su hermana, intercaladas con velas y jarrones llenos de flores secas.
Rafe habría imaginado que allí vivía una abuela, no alguien como Ruby.
— Mejor. — Dio un sorbo al café y cerró los ojos en señal de alivio.
El proceso de curación absorbía toda su energía.
Por no mencionar la pelea, algo que no había hecho desde hacía mucho tiempo.
Al recordar la sangre del otro lobo en su boca, estuvo a punto de escupir el café.
Había jurado que jamás volvería a probar la sangre.
Y, no obstante, tan solo el recuerdo le dio ganas de perseguir a ese lobo y terminar lo que habían empezado.
— Lo estás haciendo otra vez.
Alzó la cabeza y vio a Ruby mirándolo por encima del borde de su taza.
— ¿El qué?
— Poner cara de enfadado. Como si quisieras matar a alguien.
Rafe se tragó el siguiente sorbo demasiado rápido y el café le quemó la garganta.
— Jamás te haría daño.
— Lo sé — contestó Ruby agrandando ligeramente los ojos.
Su confianza en él resultaba inquietante. No le había dado motivos para creer que no fuera un monstruo. De hecho, acababa de confesarle justo lo contrario; aun así, seguía sentada frente a él.
— Pero habrías matado a ese otro lobo. ¿Hombre lobo?
Rafe asintió para responder a ambas preguntas.
— Lo habría matado de haber tenido que hacerlo. Y sí, era un hombre lobo.
Entonces fue Ruby quien asintió y dio un sorbo al café. Hacía mucho tiempo que Rafe no le confesaba a ningún otro ser humano su verdadera naturaleza, y le sorprendió que ella no saliera huyendo. En su lugar, lo observó con visible curiosidad.
— ¿Y por qué nos atacó ese hombre lobo?
Rafe miró hacia la cocina, sin saber qué parte de su historia querría Ruby que oyera su hermana. Tampoco él tenía claro qué parte deseaba con tarle.
— Lena ha salido a buscar algo de desayunar.
Rafe se pasó una mano por el pelo y rememoró la agresión.
— No creo que fuera buscándome a mí. Creo que te buscaba a ti.
— ¿A mí? ¿Por qué iba a buscarme a mí?
El lobo era el tipo del bar. El gilipollas que había cometido el atrevimiento de tocar a Ruby. Rafe lo vio antes de transformarse, pero no sabía si debía contárselo todavía a Ruby. No deseaba asustarla demasiado. Tenía que proceder con cautela.
— No sé por qué querría atacarte. Es algo que ya no se hace. Tenemos una política muy estricta… — Dejó la frase inacabada al ver la expresión desdeñosa de Ruby.
— ¿Cómo que ya no se hace?
Rafe tragó saliva y contestó:
— Antes no nos llevábamos muy bien con los humanos de la región.
— Especifica lo de no llevarse bien. — Ruby se llevó al regazo el cojín más cercano como si pudiera servirle de escudo.
— No los matábamos. Por lo general. — Rafe se pasó una mano por la nuca, incapaz de seguir mirando a Ruby a los ojos — . Solo los asustábamos.
— ¿Tú hacías eso? ¿Aterrorizabas a los humanos? — Apretó el cojín con más fuerza.
— Bueno, yo no. Pero mi manada sí.
— ¿Por qué?
Se encogió de hombros antes de responder.
— Demasiados superdepredadores en un mismo sitio, o una gilipollez parecida, pero la situación era más peligrosa para nosotros que para ellos. Perdimos a muchos lobos. No sé qué cojones se proponía ese lobo.
Solo con recordar a ese lobo abalanzándose sobre Ruby se le formó un nudo de rabia en el estómago. La necesidad de ir tras él, de localizarlo y rajarle el cuello le ardía bajo la piel. Los humanos les estaban vedados, pero los animales, aunque fueran otros lobos, constituían presas legítimas.
— ¿Naciste así? — le preguntó Ruby con el ceño fruncido.
— Sí.
— Pero ¿alguien puede convertirse en hombre lobo? Por ejemplo, si lo… muerdes. —Vaciló al pronunciar el verbo «morder», como si le provocase miedo, o asco. ¿Placer, quizá?
Malditos pantalones ajustados. Con gesto discreto, Rafe colocó una mano sobre su regazo, aunque, al ver que Ruby bajaba la mirada y se sonrojaba aún más, dedujo que no había sido todo lo discreto que pretendía.
Pero resultaba imposible negar que la idea de morder la suave carne de Ruby se la ponía durísima.
—No. Los hombres lobo nacen, no se hacen.
Se le enfrió el deseo al recordar sin querer la última vez que había confesado su verdadera naturaleza.
Había sido hacía más de una década, pero las cicatrices seguían allí, aunque los años las habían suavizado.
En su momento, había sido tan ingenuo como para pensar que Scarlet lo aceptaría tal y como era.
La cara que puso cuando le contó la verdad…
fue una expresión de puro terror. Qué equivocado había estado. Ella solo vio a la bestia.
Desterró de su cabeza los recuerdos de la confesión y de todas las cosas horribles que sucedieron después.
Esta vez sería diferente. Y tenía motivos bien distintos para contarle la verdad a Ruby. En primer lugar, no le quedaba otro remedio. Ruby lo había pillado con las manos en la masa, por así decirlo. Y, en segundo lugar, si aquella información servía para protegerla, se la brindaría de buena gana.
Ella seguía observándolo con un gesto de fascinación. Sus ojos eran de un marrón tan oscuro que parecían negros y estaban enmarcados por unas pestañas oscuras que contrastaban con el blanco de su piel. Y esos labios. Joder, esos labios bastaban para volver loco a cualquier hombre.
—Bueeeeno —dijo al fin, alargando la palabra—. Así que eres un hombre lobo que vive en el barrio. —Le dedicó una sutil sonrisa de suficiencia—. Pero ¿hace cuánto tiempo que me sigues hasta casa?
Se acercó más, apoyándose en el brazo del sofá, dejando descuidadamente su cojín a un lado. Rafe habría dado cualquier cosa por sentarla en su regazo y…
Se pasó una mano por el pelo, tirando con más fuerza de la necesaria, tratando de recuperar la compostura.
No funcionó. En su lugar, empezó a pensar en los dedos de Ruby enredados en su pelo, su cabeza entre las piernas de ella.
¿Qué le ocurría? Se comportaba como un puñetero animal.
Cosa que había estado evitando últimamente.
Dejando de lado el incidente de la noche anterior.
—Una semana.
Un leve temblor recorrió el cuerpo de Ruby, pero no apartó la mirada de su cara.
Se estremeció de miedo, aunque su rostro seguía siendo franco, radiante.
Como si eso le gustara. Como si le gustara él a pesar de lo que había hecho la noche anterior o años atrás.
Podría volverse adicto a esa mirada; sin embargo, ya sabía cómo acababa el cuento.
Se echó hacia atrás, luchando contra la gravedad de su mirada.
—¿Cómo supiste que corría peligro? ¿Todos los hombres lobo son videntes?
— No —respondió meneando la cabeza—. Pero, contigo, todo es distinto.