Capítulo 11
–B ueno, no te voy a mentir, Ruby. No es esto lo que me esperaba.
Las mujeres se hallaban de pie bajo la luna llena en el jardín trasero de Ruby. Serían alrededor de las dos de la mañana y Ruby no pudo evitar pensar que su tía llevaba razón. Nada bueno sucedía después de las dos. El cielo se había despejado y ahora la luna iluminaba como un faro su dilema.
—¿Y qué te esperabas? —preguntó Ruby contemplando al lobo, al que había intentado envolver en una vieja alfombra.
Al final, se había tumbado él mismo sobre la alfombra, aparentemente confiando en que Ruby trataba de ayudarlo; ahora tenía los ojos cerrados y respiraba con suavidad. O dormía o se había desmayado por el dolor, no lo tenía claro, pero el pobre estaba ido.
—Imaginaba que íbamos a enterrar un cuerpo. —Callie se encogió de hombros—, no a rescatar a un lobo.
—Hace solo una semana que has vuelto. Quería que la transición fuese paulatina.
Su amiga soltó una suave carcajada.
— Te lo agradezco. ¿Lo sabe Lena?
— ¿Saber que estoy intentando meter un lobo herido en nuestro garaje? Pues… no. No quería despertarla.
Ni contárselo. Ruby priorizaba por encima de todo no provocarle estrés a Lena, y meter en casa a depredadores gigantes y ensangrentados podría considerarse algo bastante estresante.
Por suerte, aquella era una de las pocas noches en que Lena había conseguido quedarse dormida, y así había seguido a pesar del escándalo del jardín.
Callie la miró con escepticismo.
— ¿Me ayudas a terminar de llevarlo hasta allí? Solo por esta noche.
— ¿Cómo sabes que es macho?
— Posee una energía muy masculina.
Callie volvió a reírse, en voz baja para no despertar al lobo.
— Dios, qué loca estás. Te echaba de menos.
— El sentimiento es mutuo. Pero, en serio, ayúdame a trasladarlo. No quiero que esté aquí fuera cuando salga el sol.
Su vecina más cercana vivía a unos cuatrocientos metros camino abajo, pero Mabel tenía tendencia a pasarse por allí para ver si las chicas querían probar alguno de sus últimos experimentos con masa madre.
Por regla general, a Ruby le entusiasmaba tener pan casero en casa.
Últimamente era difícil encontrar cualquier cosa casera; aun así, no podía arriesgarse a que su vecina se topara con un animal salvaje.
En especial porque, si sucedía, el pueblo entero se habría hecho eco de la noticia antes del mediodía y Ruby prefería que aquel momento de su vida no pasara a formar parte del acervo vecinal.
Callie no le hizo ninguna otra pregunta, se limitó a agarrar la alfombra por el otro extremo y empezar a tirar. Para eso la había llamado Ruby. Callie era la amiga a quien llamar cuando había que enterrar un cuerpo. O, como en este caso, esconder un lobo.
Soplaron y resoplaron mientras arrastraban al animal por el jardín hasta llegar al pequeño garaje que Lena y Ruby empleaban sobre todo para almacenar mobiliario de exterior que nunca usaban, herramientas de jardinería viejas y el equipo para despejar la nieve que solo usaban cuando era absolutamente necesario.
Por lo general caminaban fatigosamente a través de la nieve.
En especial porque no disponían de coche desde que el viejo automóvil de su tía Millie pasó a mejor vida y no habían logrado reunir el dinero suficiente para repararlo.
— Vale — dijo Callie, jadeando por el esfuerzo de la tarea — . ¿Y ahora qué?
—Supongo que podríamos colocarlo entre el abono para plantas y la sal de roca.
—Me refiero a cuál es tu plan.
—Lo cierto es que no había pensado más allá de la parte de sacarlo del jardín —contestó Ruby frunciendo el ceño.
Lo único que sabía era que se sentía obligada a ayudar a esa criatura.
Cosa extraña, dado que nunca había sido de esas.
En cuarto curso, cuando todas las chicas de su clase diseñaban carteles para salvar a las tortugas marinas, ella no había sentido especial interés por un animal al que probablemente nunca llegaría a ver en la vida real.
Y cuando aquel nido con crías de pájaro cayó en su porche, fue Lena quien insistió en que los cuidaran hasta que se recuperasen.
A Ruby le parecían asquerosos sin plumas en el cuerpo.
Pero aquel lobo tenía algo raro. Sabía que no podía dejarlo allí, sufriendo en soledad.
Salvo que no tenía ni idea de lo que iba a hacer con él a continuación.
—Podríamos llamar al veterinario.
—¿Crees que el viejo Cecil, que atiende a perros pomerania y a gatos caseros, sabrá qué hacer con un lobo?
Callie se encogió de hombros y preguntó:
—¿Tienes una idea mejor?
Ruby se mordió el labio inferior. No tenía ninguna idea mejor.
—Quizá solo le haga falta dormir un poco.
—Está herido, no borracho.
Callie miraba al lobo con los brazos en jarras. Se mostraba sorprendentemente tranquila con la situación, aun siendo ella. Eso hizo pensar a Ruby que su amiga debía de haber vivido cosas muy serias en su ausencia.
—Ayúdame a colocarlo.
Lo arrastraron hacia el interior del garaje y Ruby retiró un poco la alfombra para poder verlo mejor.
Sí que era enorme. Después de su desesperada llamada telefónica a Callie, había buscado en Google cuál era el tamaño medio de un lobo, y el que tenía delante en aquel momento superaba sin duda dicha media. Con creces.
Asimismo, se suponía que no había lobos en Maine, aunque cualquier vecino de Maple Hollow se reiría en tu cara ante tal afirmación.
Le oyó gimotear en sueños, moviendo las patas delanteras como si soñara que perseguía algo. Ruby sintió el descabellado impulso de acuclillarse y acariciarlo. Ya le parecía una locura haberlo tocado antes.
La situación en su conjunto se le antojaba delirante.
El trayecto hacia su casa, el otro lobo, la pelea entre ambos.
Si el animal no estuviera tendido delante de sus narices, pensaría que se había tratado de una pesadilla.
O de uno de los terroríficos cuentos que les contaba su tía antes de dormir. A Ruby siempre le habían gustado, pero Lena se escondía bajo las sábanas hasta que su tía se inventaba algo acerca de una hermosa princesa que salvaba la situación.
Ruby miró a Callie, ataviada con su habitual peto, y después se miró a sí misma, con la ropa de trabajo manchada de tierra. No tenía claro cuál de las dos sería la hermosa princesa, pero alguien tenía que salvar la situación.
— Bueno — declaró sacudiéndose las manos — . Vamos a dejarlo dormir por ahora. Aquí estará a salvo. Si por la mañana sigue sin poder caminar, llamaré a Control de Animales.
Callie enarcó una de sus rubias cejas y Ruby supo con certeza lo que estaba pensando.
El servicio de Control de Animales en Maple Hollow lo constituían dos hermanos, Freddie y Steve, que daba la casualidad de que tenían una red y ningún temor a enfrentarse a una mofeta.
En eso consistía el grueso de su negocio.
En retirar mofetas de porches y cobertizos.
Ruby estaba convencida de que ninguno de ellos se habría topado nunca con un lobo, pero tampoco podría ella domesticarlo y mantenerlo allí para siempre.
¿Verdad?
— No te lo puedes quedar — dijo Callie, como si le hubiera leído el pensamiento, mientras salían del garaje caminando de espaldas y sin hacer ruido.
— Ya lo sé.
— ¿De verdad lo sabes? — se rio Callie — . Para ti, esto es como un sueño hecho realidad. ¿No te acuerdas de todas esas películas de hombres lobo que veíamos cuando éramos pequeñas?
— A ver, en primer lugar, lo dices como si hubiera dejado de ver esas películas en algún momento. Cosa que no es cierta. Y, en segundo lugar, no es un hombre lobo. No es más que un… un… lobo normal que resulta que es muy grande.
— Ya. Por supuesto.
— Es que no has visto lo… dócil que parecía. Como si…, como si me conociera o algo así. O, al menos, como si estuviera intentando protegerme. ¿Te parece una locura?
Callie dejó escapar un largo suspiro y apoyó la espalda contra el lateral del garaje mientras contemplaba el cielo estrellado.
— Quizá antes me habría parecido una locura, pero ya no.
— ¿Te apetece contármelo? — Ruby imitó su postura contra la pared del garaje, hasta quedar las dos una al lado de la otra.
— Mientras he estado fuera, he aprendido mucho sobre mí misma. Y mucho sobre mi familia. Y supongo que ahora sé que las cosas no siempre son lo que parecen desde fuera.
— Qué profunda.
Callie le dio un empujón en el hombro.
— Cierra el pico.
— ¿Y la camisa de franela?
Otro largo suspiro.
— Es de Sawyer.
— ¿Sawyer? Un momento… ¡No puede ser! ¿Sawyer? ¿El Sawyer que estoy pensando? ¡Sawyer!
— Shhh, que vas a despertar al lobo — le soltó Callie con brusque dad.
— ¡No me mandes callar! ¡Llevabas puesta la camisa del chico que protagonizaba todas tus fantasías preadolescentes! ¡El chico cuyo nombre siempre querías que te saliera como marido en todas las partidas de MASH! [2] ¡El chico que siempre decías que no era más que un amigo!
Callie se encogió de hombros, pero Ruby alcanzó a ver la sonrisa sutil que esbozaron sus labios.
— Supongo que ya no somos solo amigos.
— ¡Dios mío! — chilló Ruby — . ¿Y cómo fue?
— Ruby, vamos…
— Ni hablar. Tienes que contarme algo. Es Sawyer. Te veía garabatear su nombre en todos tus cuadernos.
Callie soltó una risita nerviosa y fue como si volvieran a tener doce años.
— Fue y sigue siendo alucinante.
— ¡¿Sigue siendo?! ¿No fue cosa de una vez? ¿Sois… pareja o algo así?
— Sí.
— Dios mío. ¡¿Y has tardado una puñetera semana en decírmelo?!
— Ruby…
— No, no, tranquila. — Ruby restó importancia al dolor que le producía verse excluida de aquel hito tan importante.
Callie había acudido sin hacer preguntas cuando la llamó en mitad de la noche.
No podía enfadarse demasiado con ella — .
Un momento… ¿Estabas en la cama de Sawyer cuando te he llamado?
— No. Estaba él en la mía — contestó Callie con una sonrisa — . Digamos que… se ha ido a vivir conmigo.
Ruby volvió a chillar.
— ¡Es una locura!
Hacía años que Ruby no veía a Sawyer. Había abandonado el pueblo poco después de graduarse y nunca miró atrás. Al parecer, Callie había logrado cambiar eso.
— ¿Más locura que tener un lobo herido en tu garaje?
— Es posible.
— Imagino que estuvo buscándome — prosiguió Callie — . A lo largo de los últimos dos años. Y, bueno, pues me encontró.
— Espera un momento, ¿tengo que darle las gracias a Sawyer de que hayas vuelto de tu exilio autoimpuesto?
— En parte.
— Guau.
— Me vio tal como soy y no le importó.
A Ruby le dio la impresión de que aquella afirmación encerraba un significado mucho mayor, pero no quiso presionarla. Callie ya estaba compartiendo con ella mucho más de lo que había esperado que compartiera esa noche.
— ¿Así que es algo más que sexo?
— Mucho más.
— ¿Estás enamorada de él?
— Sí.
— ¿Y él está enamorado de ti?
La sonrisa de Callie prácticamente iluminó la noche.
— Mucho.
Ambas suspiraron, apoyándose de nuevo en la pared. El cielo comenzaba a clarear por encima de la línea de árboles y Ruby sintió de pronto el cansancio que le calaba hasta los huesos.
— Creo que debería dormir un poco, y tú también — afirmó, sintiéndose de pronto culpable por haber sacado a Callie de la cama.
— ¿Seguro que no quieres que me quede? — preguntó su amiga con un bostezo.
— Me las apañaré — le aseguró sonriendo — , pero gracias por venir.
— Puedes contar conmigo — le dijo Callie, y a continuación hizo una pequeña mueca — . Me refiero a ahora que he vuelto.
—Lo sé. —Ruby le dio un apretón cariñoso en el brazo—. No sé qué es lo que te habrá pasado, pero me alegra que hayas vuelto a casa.
—A mí también.
—Bueno, pues vete a casa con Sawyer.
No pudo evitar canturrear su nombre, y Callie se rio mientras salía del jardín y caminaba hacia donde había dejado aparcada su ranchera. Ruby suspiró, pensando en el coche que tantas aventuras les había hecho vivir.
—¡Te quiero, Rube! —dijo su amiga por encima del hombro, a medias entre el susurro y el grito, mientras atravesaba la vieja verja con sus bisagras siempre chirriantes.
—Yo también te quiero, Cal.
Ruby se asomó por la ventana del garaje para ver al lobo durmiente antes de entrar en casa a dormir ella también. Estaba acurrucado, con el hocico apoyado en las patas delanteras. La herida todavía tenía muy mal aspecto, pero por lo demás parecía tranquilo.
Dejó la puerta lateral del garaje entornada, pensando que por la mañana no le sorprendería descubrir que el lobo se había marchado.
Aunque, de ser así, se quedaría un poco triste.
[2] MASH es un juego de papel y lápiz al que suelen jugar los niños y sirve para predecir el futuro de forma divertida. ( N. del T. )