Capítulo 10
R uby iba a meterse en líos. Rafe lo sabía, y eso le provocaba una inquietud que recorría todo su cuerpo con una energía ansiosa. Sabía que volvería caminando a casa por el bosque de noche y que no aceptaría que la llevara él, en especial ahora que le había asegurado que no era un buen tipo.
Era cierto, aunque tal vez debería haberle permitido creer en él durante un poco más de tiempo. A fin de mantenerla a salvo.
Gruñía para sus adentros mientras recorría de un lado a otro el pequeño claro al que denominaba jardín trasero. Notaba el denso manto de agujas de pino bajo los pies, y sus pasos avivaban su aroma. Habría resultado agradable de no haber estado a punto de perder la cabeza.
No podía dejar de pensar en el tío del bar.
Además del hecho de que hubiera subido la mano por la falda de Ruby, cosa que, en su opinión, era razón más que suficiente para cometer un homicidio justificado, tenía algo raro.
Algo que no encajaba. Sus amigos y él no deberían haber estado allí en ningún caso.
Rafe conocía a muchos hombres así de su antigua vida. Pero aquel tipo no era del Condado, era de las Highlands. [1] No le cabía duda de ello. Y que unos tipos de esa región anduvieran husmeando por allí no podía traer nada bueno.
Maple Hollow no formaba parte de su territorio, y deberían haber sabido que era mejor no presentarse allí. Lo que Rafe no alcanzaba a entender era por qué harían algo así. Por primera vez en mucho tiempo, deseó poder hablar de ello con sus hermanos.
Pero sus hermanos no estaban allí. Nadie de su gente estaba allí.
Tendría que proteger a Ruby él solo.
Lo quisiera ella o no.
Había transcurrido una semana desde que Rafe estuviera a punto de asesinar a un hombre por su honor y, desde entonces, no había vuelto a verlo. Ella se dedicaba a fingir que le daba igual.
Ruby se asomó a la oscuridad que reinaba entre los árboles.
De no haber vivido en aquel lugar casi toda su vida, no habría sabido que allí había un sendero.
No había ningún letrero identificativo, tampoco un mapa ni uno de esos cuadernitos en los que los senderistas registraban que habían pasado por la zona.
Esos cuadernitos siempre le habían dado mal rollo.
Sabía que solo se utilizaban en las peores situaciones.
Cuando los senderistas no habían regresado. Se estremeció al pensarlo.
¿Cuánto tiempo tendría que pasar desaparecida antes de que a alguien se le ocurriera mirar allí?
Aquel sendero lo conocían solo los lugareños. No era un destino para excursionistas. Simplemente constituía un camino para volver a casa. Lo que pasaba era que discurría por entre los árboles y no por entre las calles.
Y había sido otra noche muy larga y ella estaba deseando llegar a casa.
El bar había estado casi vacío, salvo por Sal y algunos parroquianos habituales más.
Las horas se le habían hecho muy largas, aburridas, tediosas.
Poner un pie delante del otro ahora parecía exigir de ella una cantidad de energía inhumana.
Y concentrarse en no chocar contra un árbol.
Su móvil se había quedado sin batería horas atrás, dejándola sin linterna.
Se preguntó qué tendría que decir Rafe si supiera que había vuelto a tomar aquel atajo. Se rio para sí. Por lo menos no se dedicaba a hablar con desconocidos. Allí su única preocupación eran los animales salvajes.
Un palo crujió en alguna parte en las inmediaciones del sendero y a Ruby le dio un vuelco el corazón.
—¿Hola?
Por única respuesta obtuvo el ululato de un búho. ¿Qué esperaba? ¿Que le respondiera una ardilla? Saltaba a la vista que estaba tan cansada que rozaba el delirio. Otro argumento a favor de tomar aquella ruta. Cuanto antes llegara a casa, antes podría meterse en la cama.
Por desgracia, la luna estaba oculta tras las nubes y la oscuridad que la envolvía era densa. Apenas alcanzaba a ver unos pocos pasos por delante de su cara, pero poco a poco fue recorriendo el sendero.
Oyó el roce de las hojas a su izquierda y se volvió justo a tiempo de ver el destello de unos ojos plateados en la oscuridad.
¿Qué…?
Frenó en seco al oír el ruido de una respiración. Alcanzó a distinguir una silueta entre las sombras, una silueta no humana. El corazón le golpeaba encabritado la caja torácica, y una región primitiva de su cerebro se puso a trabajar a toda velocidad.
Peligro.
«Peligro».
«Corre».
«¡Corre, Ruby, vas a morir!».
Nada.
Tenía los pies pegados al suelo. Era peor que un ciervo frente a los faros de un coche. Era un conejillo tembloroso ante un depredador.
—No me jodas —murmuró casi sin aliento.
A escasos metros de ella se encontraba el lobo más grande que había visto en su vida, aunque no es que hubiera visto muchos, gracias a Dios.
«¿Cómo se sobrevive al ataque de un lobo?
». Su cerebro presa del pánico era incapaz de hallar una respuesta.
«¿Me hago la muerta? ¿Salgo corriendo? ¿Intento parecer más grande de lo que soy?
». Todas las anécdotas que se contaban entre susurros por el pueblo se evaporaron de su memoria.
No le quedaba ni una sola historia de supervivencia.
¡¿Dónde estaba el hombretón que tanto deseaba protegerla cuando de verdad lo necesitaba?!
El lobo no se había movido desde que lo había visto. Se limitaba a observarla con aquellos ojos plateados. Ruby levantó ambas manos y retrocedió lentamente.
—Me voy a ir —susurró—. No hace falta que me comas. Seguro que tengo un sabor horrible.
El lobo emitió un suave gruñido. Ruby dio otro paso atrás. Sus pies se enredaron en una raíz, trastabilló y cayó de culo. Golpeó el suelo con fuerza, dejando escapar el poco aire que le quedaba en los pulmones, y un intenso dolor le subió por el coxis.
Todo se detuvo. Su corazón, su respiración, sus pensamientos. Se equivocaba aquella primera noche cuando conoció a Rafe. Esta era la forma en que moriría.
Pero, en lugar de notar los colmillos que desgarraban su piel, separando la carne del hueso, sintió el pelaje suave bajo los dedos.
Levantó la mirada y vio al lobo presionándole la mano con la cabeza.
El animal lanzó un resoplido de aliento cálido sobre la piel de su muñeca y la sensación le subió por el brazo.
«No me jodas», pensó Ruby.
Se incorporó. Era levemente consciente de hallarse cubierta de tierra y del dolor que recorría su espalda, aunque el imponente animal que tenía delante borraba de su cabeza cualquier pensamiento coherente.
El lobo ladeó la cabeza y el movimiento le recordó tanto a un perro que el miedo que atenazaba sus pulmones se disipó un poco.
Quizá fuera dócil. Tal vez se tratase de una mascota.
Se fijó en la silueta del animal. Fuera o no una mascota, lo cierto es que era enorme.
¿Cómo demonios era posible que los vecinos más chalados del pueblo llevaran razón en eso? ¿En qué cabeza cabía que la criatura que tenía delante no fuese un personaje de ficción? Casi se imaginaba a Sal riéndose con actitud triunfal.
El lobo volvió a agacharse y le acarició la mano con el hocico. Ella la levantó del suelo y le pasó los dedos por el denso pelaje. Oyó que emitía de nuevo ese sonido parecido a un susurro, como si aquello le gustara. Desde luego parecía real.
—Perro bueno —susurró Ruby.
El lobo dio la impresión de entrecerrar los ojos al oír eso, casi como si fuera humano.
—Eh…, lobo bueno.
El animal resopló de nuevo. Ruby se puso en pie muy despacio, sacudiéndose la tierra del culo y de las piernas.
Se movía con cautela, por miedo a que algún movimiento brusco pudiera enfadar a la bestia que tenía al lado.
Sin embargo, el lobo aguardó sentado con paciencia en la linde del sendero mientras ella recogía sus cosas.
—Bueno, pues… me voy a ir ya a casa.
Ruby se enderezó y miró al lobo sin poder terminar de creerse que estuviera hablando con él.
Dio unos pocos pasos por el camino y el animal echó a andar a su lado.
La cabeza le llegaba a la altura del brazo y, cada pocos metros, sentía el cosquilleo de su pelaje en la piel.
No pudo evitar estirar la mano y hundir los dedos en el pelo que le cubría el cuello.
Era áspero en la superficie, pero agradablemente suave por debajo.
Le rascó y el lobo emitió un suave gruñido de satisfacción.
O al menos Ruby dio por hecho que estaría satisfecho al ver que no intentaba matarla.
Cuando llegaron al final del sendero, la luz procedente de sus ventanas iluminó a la criatura que tenía al lado.
Era precioso. Un pelaje gris y negro con una franja blanca alrededor de la cara.
El animal volvió a ladear la cabeza y ella le rascó entre las orejas del mismo modo en que hacía con Lucifer.
Él empujó con la cabeza contra su mano y Ruby dejó escapar una carcajada incrédula.
—Te gusta eso, ¿verdad?
¿Los lobos sonreían? No lo sabía, pero estaba bastante segura de que aquel acababa de hacerlo. Si ese era el lobo con el que sus vecinos aseguraban haberse topado, no era de extrañar que hubieran sobrevivido. Ese gran lobo feroz era, en realidad, un buen chico, hasta donde ella sabía.
Aunque tal vez Rafe llevara razón y a ella se le diese mal evaluar ese tipo de cosas, porque, aparentemente sin previo aviso, el lobo echó las orejas hacia atrás y dejó escapar un gruñido gutural.
—¿Qué…?
Ruby retrocedió, pero el lobo miraba hacia los árboles, detrás de ella. No le gruñía a ella.
Gruñía a otra silueta oculta en el bosque. Una silueta que Ruby habría jurado que pertenecía a un hombre alto, apoyado contra el pino más cercano.
El lobo siguió gruñendo mientras Ruby trataba de entender lo que estaba viendo.
Sin duda se trataba de un hombre.
—Si así es como quieres que sea —dijo el hombre.
Ruby no supo de qué estaba hablando. Esa voz, sin embargo, le resultaba muy familiar.
¿Quién andaba ahí? ¿La habría seguido hasta allí desde el trabajo?
No tuvo tiempo de responder a esa pregunta porque el hombre ya no estaba allí.
En su lugar apareció otro lobo, que emergió de entre las sombras.
Y ese lobo se abalanzó directamente sobre ella.
Los lobos se enzarzaron en una pelea de colmillos y garras.
El gran lobo gris, al que Ruby ya había empezado a considerar un amigo, o por lo menos una criatura amistosa, se abalanzó sobre el otro lobo y consiguió ponerlo panza arriba sobre la hierba alta del jardín trasero de Ruby.
El lobo blanco gruñó bajo su cuerpo, dejando ver sus enormes colmillos.
Las garras del lobo de Ruby se hundieron más aún en la carne del lobo blanco, aprisionándolo contra la tierra.
Ruby hubo de admitir que, en ese estado, parecía mucho menos amistoso.
El otro lobo hacía esfuerzos por incorporarse, pero el lobo de Ruby lo agarró del cuello con los dientes y le zarandeó la cabeza.
Ruby debió de gimotear en voz alta, porque su lobo se giró para mi rarla. Bajó la guardia solo un segundo, pero al otro lobo le bastó para levantarse sobre sus patas traseras y lanzarse sobre su hombro para desgarrarle la piel y los músculos.
Su lobo aulló de dolor.
Ruby lo sintió en su propia carne.
Se retorcieron, gruñendo, atacándose uno al otro. El otro lobo seguía sangrando profusamente por el cuello, aunque ahora su lobo estaba herido también.
¿Qué demonios iba a hacer ella?
Probablemente debería entrar en casa y alejarse de los mortíferos animales de su jardín.
Debería llamar a Control de Animales.
O a la policía.
O…
O…
¿Cómo iba a explicarle a alguien que uno de los lobos suponía un problema, pero que el otro la había acompañado amablemente hasta su casa?
Parecería tan loca como cualquiera de los vecinos del pueblo que contaban historias sobre lobos.
Y, si bien esas historias resultaban ser todo un éxito entre pintas de cerveza, ella tenía claro que a los cuerpos de seguridad no les haría ninguna gracia.
Ruby sabía lo que les sucedía a los animales que eran considerados una amenaza para los humanos.
Los neutralizaban.
Los sacrificaban.
Los mataban.
¿Cómo iba a permitir que ocurriera eso?
Los lobos se movían entre la hierba y la tierra, salpicándolo todo con sangre y mechones de pelo mientras ella aguardaba en silencio, consumida por la angustia.
Al final, su lobo se abalanzó sobre el otro y le hizo una herida enorme en la pata delantera.
El lobo gimoteó y retrocedió cojeando. La sangre resbalaba por su pelaje, en su mayor parte blanco, tiñéndolo de rojo.
Su lobo emitió un feroz gruñido de advertencia, colocando su cuerpo entre el lobo blanco y ella.
El otro lobo entrecerró los ojos como si estuviera evaluando si merecía la pena tanta molestia por Ruby.
Debió de decidir que no, ya que reculó con el rabo entre las patas y huyó hacia las profundidades del bosque.
Con la clara sensación de que estaba alucinando y de que nada de lo que acababa de suceder era real, Ruby se giró hacia el lobo que quedaba.
Tenía el pelaje apelmazado por la sangre y se notaba que no podía apoyar el peso en la pata delantera, pero la estaba olfateando como si quisiera evaluar los posibles daños.
Dio un paso adelante y se tambaleó.
— Estás herido. — La voz de Ruby brotó temblorosa. Sonaba lejana.
El lobo intentó retroceder como si él también estuviese despertando del mismo sueño en el que Ruby se había visto atrapada, aunque volvió a tambalearse y se le dobló la pata delantera, haciendo que cayera de cara contra la tierra.
Ruby se arrodilló junto a él.
— Oh, no, no, no — susurró, acariciándole entre las orejas — . Te voy a ayudar. Todo irá bien.
No podía dejarlo allí tirado, herido y solo. Seguía sin encontrarle sentido a lo que acababa de pasar, pero no le cabía duda de que aquel lobo la había protegido.
El animal presionó con la cabeza contra su mano y, con su aliento, le acarició la delicada piel de la muñeca. Ruby sonrió levemente al notar la sensación.
— Me has salvado — susurró — . Pero no se lo digas a nadie. Echarás a perder mi reputación.
El lobo la miró lastimosamente, con los ojos medio apagados por el dolor. Había algo en esos ojos que le resultaba muy familiar.
— Y ahora yo voy a salvarte a ti —declaró Ruby con mucha más determinación de la que sentía.
El lobo le acarició la mano con el hocico.
No sabía cómo, pero lo ayudaría.
Aunque primero necesitaba refuerzos.
[1] En el estado de Maine, denominan Highlands («Tierras Altas») a una extensa región central conocida por sus montañas escarpadas, sus bosques frondosos y sus vastos lagos. (N. del T.)