Capítulo 7
E ra jueves.
El día libre de Ruby y, de pronto, Rafe no sabía qué hacer. Después de pasar una semana visitando el bar y viéndola todas las noches, aquello se había convertido en una costumbre. Una costumbre peligrosa.
Se levantó y se estiró en el porche delantero, notando cómo sus músculos protestaban casi tanto como los viejos escalones de madera.
Era probable que aquella mañana se hubiera excedido.
Había corrido varios kilómetros tratando de quitarse a Ruby de encima, como si pudiera deshacerse de ella sudando igual que una toxina.
Había regresado a casa exhausto; aun así, no podía dejar de pensar en ella.
Hacía una tarde tranquila y el sol otoñal comenzaba a ocultarse detrás de las resplandecientes copas de los árboles. En el bosque, la oscuridad llegaba antes. Pero a Rafe no le importaba. La oscuridad implicaba seguridad. Soledad.
La carretera de grava que pasaba por delante de su casa no tenía mucho tráfico.
Tan solo su propia camioneta y, de forma ocasional, algún senderista perdido en busca de uno de los muchos senderos o lugares de acampada de la zona.
La oficina de correos no hacía reparto allí, de manera que tenía un apartado de correos en el pueblo.
Tampoco pasaban a recoger la basura ni retiraban la nieve en invierno.
La cobertura móvil iba y venía. De todos modos, no soportaba su teléfono. No tenía a nadie a quien llamar.
Rafe se hallaba completamente solo allí.
Algo que había creído que deseaba. A fin de cuentas, lo había hecho a propósito. Había dejado atrás todo lo que le era conocido. Todo y a todos. Y se había trasladado a aquella cabaña en el bosque.
En su momento, le había parecido su única opción.
Abrió la puerta de la entrada y encendió la luz. Le recibió el estrecho interior de la cabaña, abarrotada de libros y muebles tapizados. Desde que se fuera a vivir solo, había comenzado a almacenar cosas de forma compulsiva.
La casa no era gran cosa. Se utilizaba como refugio de caza antes de que él comenzara a alquilársela a un tío del pueblo, que también era el dueño de la tienda de deportes, según tenía entendido.
Pero a él le bastaba. Un pequeño salón con cocinita y un único dormitorio.
Contaba con fontanería interior y calefacción en invierno, algo poco habitual en la mayoría de refugios de caza de la zona.
Hizo falta mucha limpieza cuando se trasladó a vivir allí, pero ahora no tenía mal aspecto, pese al suelo de linóleo levantado y el preocupante chirrido que emitía el frigorífico de vez en cuando. Rafe nunca había sido propenso a los lujos. Aquel sitio encajaba bien con él.
Se acercó al frigorífico, que en aquel momento estaba callado, y sacó una cerveza, que abrió con el borde de la encimera.
Al contemplar la estancia, trató de imaginarse allí con Ruby.
¿Qué pensaría de las paredes revestidas con paneles de madera y del sofá de cuadros que seguramente tuviese más años que ella?
Rafe se notó el rubor de la vergüenza en las mejillas.
Jamás la llevaría allí.
Por muchos motivos, tenía que librarse de aquella obsesión.
En eso se había convertido. En una obsesión.
Deseaba a Ruby desde que la había visto por primera vez.
Ya no era solo que la deseara. Más bien la necesitaba.
Notaba cierta incomodidad en la piel cuando estaban separados, como si estuviera demasiado tirante.
Los pulmones no le funcionaban bien, no se expandían lo suficiente, no recibían el aire necesario.
Los latidos de su corazón eran erráticos.
Se frotó el pecho con el puño como si así pudiera reiniciar el ritmo cardíaco.
No pensaba con claridad.
Joder.
¿Qué narices le pasaba?
Debería ir al taller que tenía en la parte de atrás y ponerse a trabajar en el pedido de Macy.
Dicho taller no era más que un cobertizo que antes se utilizaba para procesar ciervos. En el suelo aún había manchas de sangre, pero a él no le importaba. Estaba acostumbrado a la sangre.
Por lo general le gustaba estar allí. Le gustaba perderse en un proyecto, utilizar las manos para crear algo en lugar de destrozarlo.
Fabricar muebles le había permitido pagar las facturas desde que se mudara allí, y eso le gustaba.
Por lo general. Sin embargo, esta noche era incapaz de concentrarse.
Seguramente acabaría haciendo una mesa de tres patas.
Bebió de su cerveza y se derrumbó sobre el sofá, hundiéndose en los desgastados cojines.
Había pasado demasiado tiempo a solas en aquella cabaña y la mayor parte de ese tiempo se había sentido a gusto. En cambio, últimamente la soledad había abierto sus negras fauces y amenazaba con tragárselo entero.
Quizá a eso se debiera la obsesión, a que su propia soledad exigía compañía. Estaba acostumbrado a verse rodeado de mucha gente. Durante toda su vida había estado rodeado por la familia. Quizá encontrarse solo durante casi un año fuese excesivo.
Quizá por eso no podía dejar de pensar en Ruby.
En su risa.
Y en su falda.
Y en sus labios.
En lo mucho que deseaba…
¿Que deseaba qué? Rafe sacudió la cabeza ante su propia idiotez. Daba igual lo mucho que la deseara o lo que deseara de ella.
Jamás podría tener a Ruby.
Ni siquiera se permitiría intentarlo.
No permitiría que la cosa acabara como acabó la última vez. No volvería a mancharse las manos con la sangre de otra mujer.