Capítulo 6
–G racias, Clark. Que tengas buena noche.
—Cuidado al volver a casa —le dijo el cajero, devolviendo su atención a su revista de caza y pesca—. No deberías ir sola por ahí después del anochecer.
—Entendido, gracias.
Ruby puso los ojos en blanco al empujar la puerta de la tienda veinticuatro horas.
Era absurdo que la tiendecita estuviese abierta toda la noche, pero el dueño, el padre de Clark, decía que, si debía tener las luces encendidas toda la noche, por lo menos que hubiese alguien en la caja.
Y ese alguien siempre era Clark. A Ruby le daba un poco de pena, pero resultaba muy conveniente poder comprar algunas cosas después de trabajar.
Además, le daba la impresión de que Clark no tenía muchos otros quehaceres.
Continuó el resto del camino por Monroe Avenue, el «distrito central empresarial» de Maple Hollow, como proclamaban los letreros que colgaban de las farolas. Siempre le parecía graciosísimo.
Había exactamente cuatro empresas en el distrito central empresarial.
El café de Gert.
El bar.
La lavandería autoservicio.
Y la tienda de alimentación, El Sir que Compra Mucho, que tenía un caballero con armadura pintado en el letrero de la entrada. Carecía por completo de sentido, pero así eran las cosas.
Sumándole la comisaría de policía y la oficina de correos, eso constituía Monroe Avenue.
No es que fuera una zona muy concurrida, aunque durante el día era inevitable encontrarse con alguien conocido. A esas horas de la noche, por el contrario, el pueblo estaba desierto.
Más adelante, en la esquina, doblaría a la derecha por McKinley y, al final de la calle, se adentraría en Los Pinos. En cuestión de media hora estaría en su casa con el pijama puesto. Daba igual que todavía tuviese la piel de gallina tras oír la historia de Sal.
Ni que aún recordase el gruñido que había oído la semana anterior.
Había vuelto andando a casa todas las noches desde entonces y nada.
Había llegado siempre sana y salva y esta noche sucedería lo mismo.
Sin embargo, por muy valiente que intentara ser, se llevó un susto de muerte cuando una camioneta se detuvo junto a ella en la calzada. Ahogó un grito y se llevó la mano al pecho.
Rafe bajó la ventanilla.
—No pretendía asustarte.
— Joder — murmuró Ruby — . Pues lo has hecho.
— ¿Vuelves andando a casa?
— No queda lejos.
— Pero está oscuro.
— Soy consciente de ello. Es de noche.
Ruby le vio tensar la mandíbula como si estuviese apretando las muelas. Bien, que las apretara. Lo último que necesitaba era que otro hombre en aquel pueblo le dijera que tuviera cuidado.
— Deja que te lleve.
— ¿Crees que montarme en un vehículo con un hombre al que apenas conozco es mejor idea que volver caminando a casa?
Rafe pareció meditarlo. Daba la impresión de estar de acuerdo con ella, aunque, al mismo tiempo, desear ordenarle que se subiera a la camioneta de todos modos.
Ruby siguió andando.
Él avanzó lentamente con la camioneta junto a ella.
— ¿De verdad vas a hacer esto? ¿Me vas a seguir hasta casa?
Otra vez apretó la mandíbula, también frunció el entrecejo y masculló para sus adentros en respuesta a su pregunta.
Ruby contuvo una sonrisa. Se daba cuenta de que disfrutaba mucho provocando a aquel hombre.
— ¿No te parece peligroso ponerte al volante? — le preguntó — . ¿Cuántas cervezas te has tomado esta noche, Rafe?
Lo vio estremecerse al oír su nombre pronunciado por ella.
— Ya se me ha pasado el efecto — contestó él — . Me he tirado horas sentado a la barra.
Ruby se encogió de hombros y dijo:
— Quizá si vinieras a sentarte a la barra más a menudo, te conocería mejor. — Dejó de caminar y la camioneta se detuvo también. Rafe se inclinó hacia delante como si estuviera intentando oírla mejor — . Y entonces dejaría que me llevaras a casa.
Rafe parpadeó.
Ella dobló por McKinley y se despidió con la mano por encima del hombro.
— ¡Buenas noches, Rafe! —le gritó.
Él no la siguió.
Rafe acudió las siguientes cinco noches a sentarse a la barra y cenar.
No se ofreció a llevar a Ruby a casa.
Pero sí que la observó mucho.
Ella sentía su mirada clavada durante toda la noche.
Y no le disgustaba.
—Ese tal Rafe dice que es del norte, cerca del río Allagash —comentó Sal, inclinado sobre la barra como si estuviese confiándole un secreto.
—Vale —contestó Ruby sin dejar de cortar limas. Era una noche tranquila.
—Pero es un poco raro. Nunca había oído hablar de su familia. Los Channing.
—Bueno, Sal, es posible que no conozcas a todas y cada una de las personas que viven en el estado de Maine.
Sal frunció el ceño, como si no hubiese contemplado esa opción.
—Me cae bien —prosiguió—. Pero no sé si confío en él.
— Guau. Pues vale, estaré pendiente de cualquier conducta sospechosa.
— Buena idea — afirmó Sal, satisfecho consigo mismo por haberle transmitido esa información, como si a ella le hiciese falta que Sal le dijera que Rafe tenía algo raro.
Ruby meneó la cabeza riéndose. Por otra parte, Sal no confiaba en nadie a quien no conociera desde hacía como mínimo cincuenta años. Tenía el listón muy alto.
Rafe entró en ese momento y la energía del local pareció alterarse.
Clavó de inmediato su mirada en la de ella mientras atravesaba el bar.
Saludó a varias personas por el camino, habiéndose convertido en un habitual durante la última semana, y para cuando llegó a la barra, parecía agotado.
Como si el recorrido a lo largo del bar le resultase insoportable.
Ruby cogió aire con la respiración entrecortada.
¿Sería sospechoso que, pese a lo aterrador que resultaba Rafe, siguiera queriendo saltar por encima de la barra y enredarse en torno a su cuerpo?
Probablemente.
Pero no pensaba informar de ello a Sal.
— Hola — dijo en su lugar, intentando sonar indiferente.
— Qué hay. — La voz de Rafe sonó ronca.
Ruby se preguntó si hablaría con alguien más en todo el día antes de entrar allí. Le daba la impresión de que no.
— ¿Lo de siempre?
— Sí, por favor.
Lo dejó en la barra para ir a pedir su comida y descansar un rato del efecto que le provocaba. Para cuando regresó, Sal ya se había ido a casa.
— Una hamburguesa, poco hecha — declaró, colocándole delante el plato.
— Gracias.
— De nada.
Aguardó a que empezara a comer, pero estaba demasiado ocupado mirándola, recorriendo con los ojos su cara, deteniéndose en su boca para bajar después hasta el cuello de la camisa y volver a subir. Al terminar, Ruby se sentía a punto de explotar.
— Has venido mucho esta semana — comentó, intentando decir algo que no fuera «por favor, ¡te ruego que me poseas aquí mismo!».
— Esta noche quiero llevarte a casa.
Ruby se rio.
— ¿Qué pasa, eres un aspirante a conductor de Uber?
— No. Pero no me gusta que vuelvas a casa andando sola.
Otra vez con lo mismo.
Pero, antes de que pudiera rebatirle, continuó:
— Y deseo pasar más tiempo contigo.
Ah.
Vale.
Así mejor.
Sin embargo, Ruby no era estúpida. Todavía le quedaba algo de instinto de supervivencia.
— Sigo sin creer que sea buena idea.
Le vio apretar la mandíbula.
—De acuerdo.
Ruby se dio cuenta de que no estaba para nada de acuerdo, aunque no la rebatió.
—Pero tengo que estar aquí hasta las diez, por si quieres hacerme compañía.
—Soy consciente de ello. Y así lo haré.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo al oír sus palabras, al saber que era consciente. Aquel hombre hacía saltar todas sus alarmas, y aun así…
Le costaba tenerle miedo.
Quizá eso hiciera de ella una completa idiota.
Sin embargo, Rafe se estaba convirtiendo muy rápidamente en su nueva mala costumbre.