¿Dónde estás, lobo feroz? (Maple Hollow 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

R afe tardó una semana en reunir el valor para regresar al pueblo.

Por desgracia, aún no había reunido el valor para entrar en el bar.

Hasta el momento, había conseguido hacer la colada correspondiente a una semana en la lavandería mientras una mujer mayor que se presentó como Dolores hacía comentarios repetidos sobre su tamaño.

Después, se pasó una cantidad de tiempo desproporcionada con una taza de café entre las manos en el café de Gert, situado en el centro del pueblo, e hizo la compra en la tienda de estrechos pasillos que estaba junto al bar.

Había vuelto a encontrarse con Dolores en el pasillo seis; llevaba el carrito lleno de comida para gatos y latas de estofado de ternera.

Se había reído con gran regocijo al verlo y le había apretado el brazo con sus dedos artríticos como si fueran viejos amigos.

Quizá en aquellas latitudes compartir el detergente de la colada equivaliese a una amistad.

Rafe no tenía manera de saberlo. En general, había evitado el pueblo desde que abandonara a su…

familia poco más de un año atrás. A veces acudía a uno de los pueblos vecinos, de mayor tamaño, y compraba todo lo necesario en el supermercado, haciendo un único viaje para evitar realizar múltiples desplazamientos más pequeños, pues pasear por la calle principal de Maple Hollow se le antojaba una experiencia demasiado íntima y peligrosa.

Y no le faltaba razón. Ya se había hecho amigo de una anciana por accidente.

Aún no se sentía del todo preparado para tanta interacción humana, pero entonces llegó Ruby.

«Ruby».

Sentía que su nombre se le había quedado grabado sobre el alma, escrito en tinta permanente roja. O con pintalabios.

No había dejado de pensar en ella en toda la semana.

Se había sentido consumido por ella. Pensando en ella.

En su piel blanca como la luz de la luna y en sus labios rojo sangre, mientras que el resto de su cuerpo recordaba a pequeñas lagunas oscuras, toda vestida de negro y con el pelo del mismo color.

Y ese especiado aroma a canela. Dios, aquella noche había estado a punto de estirar el brazo por encima de la barra.

El impulso de tocarla había sido incontenible y, por un segundo, habría jurado que ella deseaba que lo hiciera.

Se pasó una mano por la cara y su siempre presente barba de dos días le arañó la palma. Tenía que recuperar el control.

Había oscurecido y se hallaba delante del bar, merodeando como un bicho raro. Algunos de los lugareños que entraban al local ya le habían dirigido miradas inquisitivas. Tenía que entrar o irse a casa.

Regresar a la seguridad de su cabaña en el bosque. Si vivía aislado allí, era por una razón. No era apto para la vida civilizada. No era apto para una mujer como Ruby.

Ya había hecho daño a muchas personas en su vida y no deseaba añadirla a ella a su lista.

Pero sí que tenía que hablar con Macy. Vivir aislado requería dinero, y el encargo de Macy era importante. Respiró hondo, preparándose, antes de abrir la puerta y pasar al bullicioso bar.

Albergaba la esperanza de poder entrar con disimulo y encontrar a Macy sin causar demasiado revuelo. En cambio, su esperanza se vio truncada de inmediato cuando todas las cabezas del local se volvieron hacia él.

A la mierda.

Se planteó darse la vuelta y huir, pero alguien sentado a la mesa que quedaba a su izquierda, ocupada por tres ancianos canosos, lo llamó antes de poder moverse.

— Hola, muchacho — dijo uno de los hombres con gesto afirmativo.

Rafe lo saludó devolviéndole el gesto, con la esperanza de que aquello bastara para dejarlo ir. No hubo suerte.

— ¿Eres de por aquí? No te había visto antes.

Los otros dos hombres sentados a la mesa lo evaluaron con la mirada desde debajo de sus gorras de camionero.

— Soy nuevo en el pueblo — contestó Rafe — . Pero nací y me crie en el Condado.

El arrugado rostro del anciano esbozó una sonrisa.

— ¡Ya me parecía a mí! — exclamó como si fuera capaz de saber su lugar de procedencia.

Como si ser originario del Condado bastara para indicarle todo lo importante acerca de él — .

¡Sabía que no eras uno de esos urbanitas que vienen aquí y fingen pescar!

— Soltó una carcajada y los otros dos veteranos lo imitaron —.

Ven a sentarte con nosotros. Me llamo Tom, y estos son Kev y Gil.

A juzgar por su forma de decirlo, dando una palmada al banco de la mesa, Rafe entendió que no le quedaba otro remedio. A no ser que deseara contrariar a los lugareños. Cosa que, sin lugar a dudas, no quería.

—¡Ruby, cariño! —gritó Tom—. ¡Ponle una cerveza a nuestro nuevo amigo! Invito yo.

Ruby.

La vio levantar la cabeza detrás de la barra, donde se encontraba sirviendo una pinta, y sus miradas se encontraron. Abrió mucho los ojos y separó los labios rojos en señal de sorpresa.

Joder.

Su cuerpo entero respondió. Tuvo que agarrar el banco por debajo para no caminar hacia ella. Necesitaba estar a su lado de inmediato.

¿Qué le estaba ocurriendo?

Ruby se sacudió como si necesitara recuperarse de la impresión de volver a verlo. La vio recomponerse mientras terminaba de servir al cliente a quien estaba atendiendo, después salió de detrás de la barra y caminó hacia él.

Rafe era incapaz de apartar la mirada.

Iba vestida con un top negro y una falda del mismo color; unos leotardos también negros se ceñían a sus curvilíneas piernas, y se imaginó lo que sería quitárselos.

Seguramente ella le diese una patada en la espinilla con las botas negras que calzaba antes de que tuviera oportunidad de hacerlo. Estuvo a punto de sonreír al pensarlo.

A punto.

Pero entonces Ruby se plantó delante de él con una mano en la cadera.

—Ruby, este joven… —dijo Tom dándole una palmada a Rafe en el hombro—. ¿Cómo dices que te llamas, hijo?

—Rafe.

—Rafe es nuevo en el pueblo — explicó Tom con una sonrisa.

— Lo cierto es que ya nos conocemos — aclaró Ruby.

— ¿Y eso?

— Sí. Fue hace una semana, ¿verdad, Rafe?

Dios, le resultaba una tortura oír su nombre en sus labios.

Se aclaró la garganta y dijo:

— Sí. Hace una semana.

A Ruby le temblaron los labios como si estuviese conteniendo una sonrisa.

— ¿Qué te apetece, Rafe? — Volvió a hacerlo, como si estuviera ronroneando.

Oír salir su nombre de aquellos labios rojo rubí estuvo a punto de acabar con él.

Y Ruby parecía disfrutar haciéndolo.

— Me vale la cerveza que tengáis de grifo.

Ruby agrandó la sonrisa.

— Esta semana tenemos una de la zona que está muy bien. Sexi Caos.

Sexi Caos. Se habría reído de no haber sido porque estaba a punto de perder el sentido. Para evitarlo, se aferró más al asiento y oyó el crujido del vinilo bajo los dedos.

— Suena bien.

Ruby sonrió con suficiencia mientras los ancianos se carcajeaban.

— Marchando — anunció, se giró sobre los talones y regresó hacia la barra torturándolo con su diminuta falda negra a cada paso que daba.

Rafe se dejó caer contra el respaldo del asiento.

Gil lo miró desde el otro lado de la mesa.

— Nuestra Ruby causa ese efecto en la gente.

— ¿Qué efecto?

— Es una buena chica. — Gil se encogió de hombros — . Pero bastante peleona. No aguanta gilipolleces de nadie.

Los tres se quedaron mirándolo como si les preocupara que fuese a comportarse como un gilipollas con Ruby.

— No he venido buscando problemas — aseguró levantando las manos — . Solo quería hablar con Macy acerca de un trabajo.

— ¿De camarero? No sabía que buscara contratar a alguien — comentó Gil dando otro trago a su cerveza.

— Qué va. Soy carpintero. Eh… Macy quiere mesas nuevas.

Tom volvió a enarcar sus pobladas cejas.

— Un encargo importante — dijo.

— Sí, chaval — convino Gil con gesto afirmativo — . Un encargo importante.

Kev guardaba silencio y se limitaba a mirarlo y a dar tragos a su cerveza. Rafe se preguntó si serían siempre los otros dos los encargados de hablar.

Ruby regresó con su cerveza antes de que pudieran seguir interrogándolo.

— Gracias, cariño — dijo Tom con un guiño.

Ruby lo fulminó con la mirada.

— No permito que Sal me llame así y desde luego no te lo voy a permitir a ti — declaró.

— Perdona, perdona. Se me había olvidado.

A Rafe, la disculpa de Tom no le pareció excesivamente sincera, no así su sonrisa.

Ruby se limitó a menear la cabeza como si estuviera más que acostumbrada a aquellas tonterías.

— Gracias — dijo Rafe, acaparando de nuevo la atención de Ruby. Se le formó un nudo en la garganta al ver que lo miraba.

— De nada. Disfruta de tu Sexi Caos. ¡Cuando hayas acabado, Macy está en la trastienda! — gritó por encima del hombro mientras se alejaba.

— ¿Lo ves? — murmuró Tom con una carcajada — . Muy peleona.

Ya era tarde cuando Tom y sus amigos le permitieron marcharse.

Habían insistido en invitarle a unas cuantas rondas más, y sus preguntas acerca de su pasado se volvían cada vez más difíciles de esquivar. Pero por fin logró zafarse, argumentando que era muy importante hablar con Macy.

Se acercó a la barra, ignorando en su mayor parte las miradas que le dedicaban los demás clientes, aunque la mayoría parecía haber suavizado su actitud después de verle hablando con Tom, como si hubiera superado algún tipo de prueba.

Confiaba en poder hablar un poco más con Ruby antes de acceder a la trastienda, pero estaba ocupada sirviendo.

—¿Me podría indicar cómo llegar a la trastienda? —le preguntó al hombre de pelo gris sentado a la barra.

Antes de que este pudiera responderle, notó los dedos de otra persona alrededor de su bíceps. Un cosquilleo le recorrió la piel.

—¿Necesitas ayuda con algo? —le preguntó la mujer cuando se dio la vuelta. Lo miró batiendo las pestañas.

—Estaba buscando a Macy —contestó, zafándose educadamente de su mano.

—Eres nuevo por aquí —dijo ella con una sonrisa, sin dejarse disuadir.

—Así es.

— Pues yo soy Sierra. — Le tendió la mano — . Puedes considerarme del comité de bienvenida.

El hombre que tenía detrás soltó una carcajada.

— Bienvenida, de eso no te quepa duda — murmuró.

— Cierra el pico, Sal — le espetó Sierra y, a continuación, desvió su sonrisa de nuevo hacia Rafe — : Ignóralo.

— Pensaba hacerlo.

Alcanzó a oír la risotada de Sal a su espalda.

— Chico listo.

— En fin — prosiguió Sierra — , te he oído hablando con Tom. ¿Has dicho que eres carpintero?

— Así es. Y tengo que hablar con…

— Porque estaba pensando que quizá necesite algunas reparaciones en mi porche de atrás…

— Ese no es el tipo de trabajo que hago. Ahora, si me disculpas…

— ¿Y qué tipo de trabajo haces? ¿Rafe, verdad?

Sierra, del comité de bienvenida, al parecer poseía un asombroso sentido del oído. Además, lo miraba como si quisiera comérselo vivo.

Tendría cincuenta y muchos años y una voluminosa melena rubia, y lucía una camiseta ajustada que estaba fuera de lugar en aquel bar mugriento. Ella misma parecía estar fuera de lugar, como si nunca hubiera imaginado que acabaría allí, como si tal vez pensara que su vida iría por otros derroteros.

Rafe conocía esa sensación.

Del mismo modo, tenía claro que no llevaría a cabo ningún trabajo para Sierra.

— Por lo general fabrico muebles.

— ¡Qué bien! Es increíble. Me encantan los hombres que saben trabajar con las manos.

Otra sonora carcajada por parte de Sal y Sierra le lanzó una mirada por encima del hombro de Rafe.

— Deja en paz al hombre, ¿quieres? — le dijo Sal — . Es nuevo en el pueblo y lo último que necesita es que andes babeando por él.

— No estaba babeando — se defendió Sierra con un grito ahogado — , viejo chocho.

— No soy mucho más viejo que tú, querida.

Eso sí que la enfadó. Unas intensas manchas rojas cubrieron sus mejillas y la vio apretar los puños a los costados.

Rafe deseaba hallarse en cualquier otro lugar y no atrapado en el medio, justo entonces apareció Ruby.

— Calmaos un poco los dos — les dijo — . Estáis espantando al chico nuevo. — Le guiñó un ojo a Rafe y él no pudo evitar reírse.

— No tengo por qué aguantar esta mierda — declaró Sierra, y se alejó hecha una furia en dirección a una mesa cercana.

— Gracias por salvarnos, Ruby — dijo Sal con una sonrisa.

Ruby sacudió la cabeza.

— Estaba salvando a Rafe, no a ti.

— ¿Me estabas salvando? — preguntó Rafe.

Cuando Ruby centró su atención en él, volvió a sentirla, esa necesidad de estirar el brazo, de tocarla, de sentir su piel bajo los dedos, bajo los dientes…

¿Qué cojones le pasaba?

— Pues claro. Tenía que hacerlo. Eres nuevo y no sabes lo peligrosa que puede llegar a ser Sierra.

— Me estaba haciendo una idea.

— No es muy sutil — contestó Ruby con una carcajada.

— Desde luego que no. — Miró hacia la mesa de Sierra, que lo observaba junto con sus amigas.

— Pero, si es tu tipo, por favor, no te cortes… — Ruby extendió una mano, invitando a Rafe a ir a por Sierra si así lo deseaba.

— No es mi tipo — contestó con brusquedad, haciéndola sonreír.

— De acuerdo entonces. Tomo nota.

No le preguntó cuál era su tipo, por suerte, porque entonces habría tenido que responder «tú», y eso habría parecido una locura.

Apenas sabía nada de aquella chica. Acababa de conocerla.

Aun cuando todas las fibras de su ser decían a gritos que esa era la verdad.

Su tipo era Ruby. Ya no podía imaginar un mundo en el que eso no fuera cierto.

— ¿Te has enterado de que el otro día Gil vio un lobo cuando salió a cazar? — preguntó Sal.

Un lobo.

Rafe aguardó la reacción de Ruby.

Ella enarcó una ceja con gesto indiferente.

— ¿En serio?

— Uno grande. Quizá demasiado grande, ya sabes a lo que me refiero.

Rafe mantuvo la mirada clavada en Ruby, a pesar de que se le iba acelerando el corazón.

— ¿Y qué tamaño tenía? — preguntó como si estuviera leyendo un guion mil veces repetido.

— Era más grande que un lobo normal. — Sal se inclinó hacia Rafe — : Hay criaturas extrañas que merodean por estos bosques.

— ¿De verdad? — preguntó Rafe, midiendo cuidadosamente las palabras.

— Desde luego, desde hace muchos años. A mi abuelo casi lo matan. Lo atacó una especie de criatura, contaba. Un lobo mucho más grande de lo habitual. Mucha gente de por aquí tiene historias similares.

—Eso es lo que son —dijo Ruby con un resoplido—. Historias.

—¿Estás llamando mentiroso a mi abuelo?

—No, claro que no. —Ruby suavizó el tono y le dio una palmada en la mano a Sal—. Te voy a servir otra. Rafe, ¿qué te pongo?

Rafe no se atrevió a pronunciar las palabras «Sexi Caos», de modo que pidió una Sam Adams y acercó su taburete al de Sal.

Para cuando hubo terminado de escuchar las teorías de Sal acerca de «la cosa del bosque», ya era realmente tarde. El bar casi se había vaciado cuando se encaminó hacia la trastienda para hablar por fin con Macy.

Dejó a Ruby limpiando la barra con una bayeta después de que Sal se marchara dando tumbos.

Quizá, si se daba prisa con la reunión, pudiera pillarla antes de que se fuera.

De hecho, le parecía imprescindible hacerlo.