Capítulo 4
E l pequeño rellano del piso de arriba daba acceso a dos dormitorios y un cuarto de baño.
Antes, Ruby compartía habitación con su melliza, pero, a la muerte de su tía, Lena se quedó con la de esta.
A Ruby le incomodaba dormir en la habitación de su tía Millie; sin embargo, Lena arguyó que resultaba un tanto ridículo que dos hermanas adultas siguieran compartiendo cuarto.
Razón no le faltaba. No era precisamente algo propicio para…
tener visita. Tampoco es que ninguna de las hermanas recibiera muchas. Y menos en los últimos tiempos.
Por debajo de la puerta de Lena se adivinaba luz. Seguía despierta. Seguía costándole dormir.
—¿Lena? —Ruby abrió la puerta.
Se encontró a su hermana mirando por la ventana en dirección al bosque.
¿La habría visto llegar corriendo? ¿Habría visto algo más?
—Lena. —Ruby le dio un apretón en el hombro, pero Lena no se inmutó— . ¡Lena! —La zarandeó y alzó la voz—. Otra vez no —murmuró mientras giraba a Lena sobre su silla, obligándola a apartar la mirada de la ventana—. Lena, ¿me oyes?
Su hermana se volvió hacia el sonido de la voz de Ruby, pero tenía la mirada perdida y no parpadeaba, como si no alcanzara a ver el rostro de su hermana frente al suyo propio. Ruby tragó saliva para aliviar el nudo de pánico alojado en su garganta.
—Lena, soy yo, Ruby. ¿Me oyes?
Tuvo que hacer un esfuerzo por reprimir el sollozo que amenazaba con brotar de sus labios. Llorar no le serviría de nada, el pánico no la conduciría a ninguna parte. En el pasado, siempre había sido así.
Se agolparon en su mente los recuerdos de su tía, sentada en su vieja mecedora con la misma mirada perdida, pero se obligó a desterrarlos. Su tía había muerto y Ruby no tenía nadie a quien preguntar acerca de sus extrañas costumbres, acerca de lo que le estaba sucediendo a Lena.
Por fin, la mirada ausente de Lena se posó sobre Ruby. El cabello oscuro le enmarcaba el pálido rostro; aun teniendo la misma edad, en aquel momento parecía muy joven y desamparada. Ruby la zarandeó con fiereza.
—¡Espabila de una vez, joder!
Lena ladeó la cabeza como si oyera algo que nadie más alcanzase a oír.
Ruby se quedó paralizada, con los dedos clavados en la carne de su hermana.
—Lena, por favor. — Su voz era poco más que un susurro ahogado.
Lena parpadeó y dijo:
— ¿Ruby?
Ella se dejó caer sobre su regazo con un sollozo.
— Has vuelto — repitió una y otra vez hasta que Lena la estrechó contra su cuerpo para erguirla de nuevo y la miró con gesto preocupado.
— ¿Qué ha ocurrido esta vez? — le preguntó mientras Ruby se dejaba caer hasta el suelo, quedando a sus pies.
— Lo de siempre. Era como si no me vieras ni me oyeras, pero al mismo tiempo daba la impresión de que veías u oías… otra cosa… — Ruby suspiró y se pasó las manos por la larga melena.
Sabía que parecía una locura. Parecía una locura cada vez que, a lo largo del último año, se lo habían explicado a un médico, a un especialista o a un terapeuta.
Y habían acudido a muchos. Guardaba las facturas médicas para demostrarlo.
De no haber sido porque la tía Millie les dejó la casa en herencia y por el pequeño fondo fiduciario de sus padres, a estas alturas ya estarían viviendo en la calle.
Le habían hecho todas las pruebas habidas y por haber y el resultado siempre era normal.
Su hermana, a ojos de la comunidad médica, estaba perfectamente sana.
Lena frunció el ceño. No recordaba nada. Como siempre.
Estaba empeorando. Los episodios se sucedían cada vez con mayor frecuencia y Ruby no sabía qué hacer. Su tía nunca había aludido a sus episodios después de que sucedieran, Ruby lo achacaba a que la mujer era mayor y estaba cansada.
Pero Lena era joven y enérgica. O al menos así era antes.
Su hermana se apretó las sienes con los dedos y cerró los ojos con fuerza.
— No sé de qué se trata. No sé cómo ponerle fin. — Sacudió la cabeza y dejó caer las manos sobre su regazo —. Lo siento, Ruby.
—No lo sientas. —Ruby le dio una palmada en la rodilla a través de su mullido albornoz rosa—.
No tienes por qué disculparte. No es culpa tuya.
Ya encontraremos una solución. —Sucedía lo mismo en cada ocasión.
Las mismas disculpas, la misma promesa de encontrar la solución.
Pero Ruby seguía sin hallar respuesta alguna—.
Venga, te he traído algo de comida del bar.
Le cogió la mano a Lena y tiró de ella para levantarla. Su hermana tenía los dedos fríos y húmedos, y Ruby se los sujetó con fuerza para calentárselos de la mejor manera posible.
En la planta de abajo, bajo la suave luz cálida de la cocina, Ruby estudiaba a su hermana mientras comían en silencio la lasaña recalentada. Estaban sentadas a la mesa de la cocina, lo bastante grande para las tres, cuando eran tres. Ahora, la silla de Millie permanecía vacía.
Lena jugueteaba con la comida de su plato, el entrecejo arrugado en un gesto de preocupación.
Después de la muerte de sus padres, Lena se había ido volviendo dulce, mientras que Ruby había desarrollado una personalidad más arisca.
Al trasladarse allí hacía más de veinte años, Lena había logrado ganarse la simpatía de sus compañeros de clase.
Caía bien a todo el mundo y tenía buena conducta.
Mientras que Ruby se mostraba taciturna y distante, Lena era alegre y jovial.
A su hermana nunca le faltaron las invitaciones a fiestas de pijama y de cumpleaños; en cambio, Ruby se quedaba en casa con su tía octogenaria viendo reposiciones de La dimensión desconocida .
No importaba. Ruby quería mucho a su tía y a su hermana. Entendía perfectamente que a todos les encantase Lena, porque a ella también le encantaba. Pero su hermana se estaba derrumbando y nadie había permanecido a su lado para ayudar.
El hecho de que Lena se hubiera convertido en la comidilla del bar y del pueblo no hacía más que reafirmar la actitud de Ruby. No iba a acudir nadie a ayudarlas. Le tocaba a ella encontrar la solución al problema que afligía a su melliza.
Si bien era cierto que no tenía ni idea de cómo conseguir tal proeza.
Rebañó los bordes de la cacerola para atrapar hasta el último resto de queso fundido y crujiente.
Lena le dedicó una sonrisa cansada.
—Siento que tengas que trabajar turnos dobles —dijo.
Ruby agitó el tenedor como si así pudiera espantar sus problemas.
—No pasa nada, en serio. Me da igual.
Shreya estaba en lo cierto al decir que Lena había dejado su empleo en el parvulario. Pero no hablaba en idiomas raros. Esa parte se añadió más tarde, conforme la historia iba circulando por el pueblo.
Sí era verdad que a Lena empezaba a írsele la cabeza a la hora de contarles el cuento a los niños.
Ruby sostenía que aquel incidente no hacía sino demostrar lo asombrosa maestra que era su hermana.
Ni un solo niño se movía de su asiento mientras aguardaban pacientemente a que Lena comenzara de nuevo el cuento.
Por desgracia, su maestra adjunta había regresado del cuarto de baño y se la había encontrado inconsciente tendida sobre la colorida alfombra con las letras del abecedario, con el cuento de Caperucita Roja abierto sobre el regazo.
Ruby estiró el brazo por encima de la mesa y volvió a tomarle la mano a su hermana melliza.
—Todo irá bien, Lena. Te lo prometo.
Su hermana suspiró y negó con la cabeza.
—Te digo que sí —insistió Ruby—. Ahora, ve a dormir un poco.
Los ojos azul claro de Lena se encontraron con los suyos.
Ambas eran casi idénticas en todos los aspectos.
El mismo cabello oscuro, la misma piel clara, pero, mientras que Ruby tenía los ojos marrón oscuro, los de Lena eran tan claros que a veces parecían traslúcidos.
Sus padres solían decir que era la única forma de distinguirlas cuando eran bebés.
Lena pareció estar a punto de decir algo más; en su lugar, se ciñó el albornoz en torno al cuerpo y subió las escaleras arrastrando los pies en dirección a su dormitorio. Arrastrándolos, cuando antes hacía senderismo por los picos más elevados de Maine, cuando antes era el alma de cualquier fiesta.
Ruby escuchó sus pasos en la planta de arriba, oyó cerrarse su puerta, después el crujido del viejo colchón cuando Lena se hundió en él.
Solo entonces se permitió volver a pensar en el bosque.