¿Dónde estás, lobo feroz? (Maple Hollow 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

R uby tenía una mala costumbre.

Macy la había reprendido tantas veces por ello que ella había tenido que mentir y decir que ya no lo hacía.

No se lo había contado a Lena en un primer momento.

Y, si alguien del pueblo se diese cuenta, lo usarían como munición para seguir diciendo que era rara.

Pero parecía incapaz de parar.

Aunque esa noche, tras su encuentro con Rafe, se lo estaba pensando dos veces, de pie al comienzo del sendero. Ruby tenía la mala costumbre de regresar andando a casa por el bosque en la oscuridad; sin embargo, hoy tal vez debiera ceñirse a las calles medio iluminadas de Maple Hollow.

Algo se agitó entre las hojas y el corazón de Ruby reaccionó como si hubiera visto un fantasma.

O un monstruo.

—Seguramente fuese una ardilla —murmuró para sus adentros.

Sujetó fuertemente con el puño la bolsa de sobras mientras, con la linterna del teléfono, apuntaba en dirección al sendero que tenía delante.

Podría volverse. Podría regresar por la calle lateral que conducía hasta aquel sendero.

Podría pasar frente a la tienda de alimentación, con Clark detrás de la caja registradora, y saludar con la mano.

Podría caminar a toda prisa frente a la oficina de correos, la comisaría de policía y la lavandería, todas ellas cerradas a esas horas.

Podría atravesar el diminuto pueblo, dejar a la espalda las silenciosas casas con sus jardines bien cuidados hasta llegar al fin a la casita de campo de su tía, ubicada en la linde del bosque.

Bueno, antes pertenecía a su tía. Ahora les pertenecía a Lena y a ella, el cincuenta por ciento a cada una, según el testamento que dejó su tía al morir el invierno anterior.

Ruby suspiró y levantó la mirada hacia las copas de los árboles y las estrellas que titilaban en el cielo.

A la mierda.

Empezó a recorrer el sendero a través de Los Pinos, como llamaban los lugareños a los bosques de la zona. Aquella ruta era mucho más rápida. Llegaría a casa en un santiamén y le calentaría las sobras a Lena. Dando por hecho que siguiera despierta, cosa que sucedía con frecuencia últimamente.

Ruby tenía que llegar a casa para ver a su hermana.

Debía asegurarse de que estuviese bien, coherente, consciente.

Algo ululó entre los árboles a su izquierda y se sobresaltó; su grito ahogado le retumbó en los oídos.

De hecho, el bosque en su conjunto parecía hacer mucho ruido.

Las hojas secas crujían bajo sus pies; los árboles silbaban con el viento sobre su cabeza.

El bosque cobraba vida durante la noche y había algo de eso que a Ruby le encantaba. Aun cuando le daba miedo.

De un modo extraño, se sentía a salvo rodeada de la oscuridad, entre los árboles.

En las sombras. Allí podía estar a solas con sus pensamientos.

Nadie la observaba; nadie la juzgaba. No tenía que forzar una sonrisa para que le dejaran propinas ni fingir que no le preocupaba su hermana.

Nadie vería allí sus lágrimas si le entraban ganas de llorar.

Oyó el crujido de un palo fuera del sendero y se llevó una mano al pecho.

—Joder —murmuró.

De acuerdo, tal vez debería haber tomado un camino diferente esa noche. Dejando de lado su amor por el bosque, seguía nerviosa después de su extraño encuentro con Rafe. La había dejado… inquieta. Como mínimo.

La forma en que la seguía con la mirada por todo el bar… Ahora no podía evitar sentir que seguía teniendo su mirada clavada mientras caminaba. Una mirada plateada e intensa. Sobrenatural. Nunca había visto unos ojos así.

Se preguntó si regresaría al bar como había dicho que haría.

Se preguntó si volvería a verlo alguna vez.

Se preguntó lo que sería sentir sus manos rodeándola…

Ruby se volvió súbitamente, convencida de que había oído pasos detrás de ella en el sendero. Apuntó con la linterna, pero no halló nada salvo la alta silueta de los árboles más cercanos. La luz no alcanzaba a penetrar en la oscuridad. No veía lo que había ahí fuera. Podría ser cualquier cosa.

Se sintió presa de un pánico incontrolable y primitivo.

Más allá de la linterna de su teléfono podría haber cualquier cosa, y esa cosa podría estar mirándola en aquel instante.

Se le pasaron por la cabeza todas las historias que había oído en aquel pueblo, historias que se contaban entre cervezas o se susurraban en las fiestas de pijama.

Cosas que habitaban en el bosque.

Criaturas.

Con dientes y garras.

Cosas que te perseguían.

Que cazaban.

Que mordían.

Tenía la respiración entrecortada y el corazón le palpitaba en los oídos. Necesitaba llegar a casa. Apretó el paso hasta casi empezar a correr.

¿Eran pasos lo que oía a su espalda o tan solo las hojas que se agitaban con el viento?

¿Era el resoplido de una respiración lo que percibía a su lado, o acaso brotaba de sus propios labios?

¿Fue producto de su imaginación el brillo de unos ojos que la miraban entre la maleza?

Para cuando alcanzó a ver las luces de la casita encendidas entre los árboles, Ruby tenía el corazón desbocado y los pulmones le quemaban debido al esfuerzo de la media carrera.

Se estaba comportando como una idiota, pero era incapaz de quitarse de encima la sensación de que alguien la seguía, de que había alguien ahí fuera.

Cuando entraba en su jardín trasero prácticamente dando traspiés, juró haber oído un gruñido.

Corrió hacia la casa.

Subió los viejos escalones traseros y los tablones de madera crujieron bajo su peso. A punto estuvo de arrancar de las bisagras la puerta antes de cerrarla de golpe a su espalda.

Echó el cerrojo.

Al darse la vuelta, apoyó la espalda contra la hoja de la puerta con un golpe seco y se dejó caer hasta el suelo.

Madre mía.

¿Qué había sido eso? ¿Quién era? Ruby cerró los ojos con fuerza y apoyó la frente en las rodillas, aguardando a recobrar el aliento y que sus latidos recuperasen un ritmo normal.

Aunque, al hacerlo, vio que los ojos plateados de Rafe la miraban desde detrás de sus párpados cerrados.

Volvió a abrirlos y pestañeó varias veces para quitarse la imagen de la cabeza.

No era él. No era nada. Ardillas o búhos o el viento…

Sin embargo, las ardillas no gruñían, los búhos nunca le habían erizado el vello de la nuca y jamás había tenido la sensación de que el viento la siguiera. La acechara.

El corazón aún le golpeaba las costillas con fuerza y el aliento le salía acelerado. Tenía que controlarse o acabaría por desmayarse.

Se pasó las manos por las piernas y, a continuación, por los brazos, convenciéndose a sí misma de que estaba bien. Sana y salva. Ilesa. Perfectamente, se repitió una y otra vez hasta que, al fin, consiguió respirar sin jadear y el latido encabritado de su pecho disminuyó un poco.

Se despegó de la puerta y se puso en pie con piernas temblorosas.

Quizá fuese inmune a la mayoría de miedos, pero al parecer su instinto de lucha o huida seguía en plena forma.

Salvo en lo referido a hombres misteriosos.

Su instinto de lucha o huida había querido acurrucarse en el regazo de Rafe, no huir de él.

No tenía claro qué decía eso de ella, o de él.

Las escaleras crujieron, lo que la sacó de sus pensamientos.

—¿Lena? —gritó, pero no fue su hermana, sino Lucifer, su gato negro y sigiloso, quien dobló la esquina.

Ruby se agachó para rascar a aquel pequeño demonio entre las orejas antes de encaminarse hacia la planta de arriba.

Tenía problemas más importantes que su propia imaginación desbocada.

Tenía que ver cómo se encontraba Lena.