¿Dónde estás, lobo feroz? (Maple Hollow 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

R uby estaba pasándoles un trapo a las mesas al terminar la noche cuando se abrió la puerta, dejando entrar una ráfaga de aire frío. Supuso un respiro frente al ambiente sofocante del bar, y aspiró una profunda bocanada de brisa otoñal antes de hablar.

—Lo siento. Hace media hora que servimos la última ronda —dijo sin levantar la mirada.

Le dolía la zona baja de la espalda por haberse pasado la noche de aquí para allá y los pies la estaban matando. Quienquiera que hubiera entrado podría irse a pillar un pack de seis latas en la tienda veinticuatro horas de al lado y dejarla en paz. Estaba exhausta.

—Eh…

Ruby levantó la mirada al oír que la persona se aclaraba la garganta.

Se quedó de piedra.

El hombre de la puerta se había quedado mirándola con un brillo plateado en los ojos que resultaba siniestro en la semioscuridad.

Era alto y ancho de espaldas, con el cabello oscuro a la altura de los hombros.

Su barba de dos días parecía más bien de siete, poblada y oscura.

Eran sus ojos, sin embargo, lo que más miedo le daba.

Tenían algo extraño, algo… que recordaba a un depredador.

Si Ruby hubiera tenido que adivinar la hora y el lugar de su muerte, habría dicho que aquí y ahora, a manos de ese hombre que probablemente fuese un asesino en serie.

Eso era lo que le pasaba por desear que la vida en aquel pueblo fuese más emocionante.

Iba a morir a manos de un psicópata.

¿Por qué no habría echado el cerrojo a la puerta?

Porque nunca antes le había hecho falta.

El hombre volvió a aclararse la garganta; aun así, la voz le salió ronca y áspera, como si no la usara muy a menudo.

—Estaba buscando a Macy.

—Se ha marchado ya. —Ruby acarició con los dedos el rifle de caza que Macy guardaba bajo la barra. ¿Tendría el valor de usarlo? Seguramente no.

Al hombre pareció caérsele el alma a los pies y empezó a alternar el peso de un pie al otro como si no supiera qué hacer.

A Ruby le dio la impresión de que no salía mucho de casa.

Sobre todo porque no lo había visto antes por el pueblo y porque seguía mirándola como si ella estuviera en posesión de todas las respuestas del universo.

Cosa que, sin duda, no era cierta.

—¿Quieres dejarle un mensaje?

El hombre meditó unos segundos.

—Sí.

Ruby aguardó.

El desconocido frunció el entrecejo conforme formulaba sus palabras. Ruby estuvo a punto de reírse. Quizá no fuese muy buena idea si iban a asesinarla.

—Dile que he venido por lo de las mesas.

Qué críptico.

—¿Qué les pasa a las mesas?

El hombre sacudió levemente la cabeza como si estuviera haciendo un esfuerzo por mantener con ella una conversación completa, como si no hubiera planeado tener que hablar tanto. Quizá por eso se había presentado en el bar después de cerrar.

— Macy me contrató para hacer las mesas nuevas. Soy carpintero.

—Ah. Genial. Se lo diré.

Él dejó escapar un resoplido de alivio. Misión cumplida. Había transmitido su mensaje. Una vez más, Ruby hubo de contener el desaconsejable impulso de reírse.

—¿Tienes que tomar medidas o algo así? Podrías hacerlo ahora que no hay nadie. De todas formas, yo tengo que terminar de limpiar.

Aquella sería la parte del documental sobre su asesinato en la que todos los expertos se mostrarían desconcertados porque ella le hubiese pedido al asesino que se quedara.

En su opinión, la muerte de sus padres debía de haber bloqueado su capacidad de experimentar miedo auténtico ante cualquier situación.

¿Qué tenía que temer si ya le había sucedido lo peor que podría sucederle?

Eso la volvió inmune. La muerte era inevitable y había visitado a Ruby a una edad muy temprana.

No es que tuviera un particular deseo de morir, pero había aceptado ese destino mucho antes que la mayoría de las personas.

Quizá por eso acababa de invitar a pasar a aquel hombre tan siniestro. O quizá, fijándose bien, no fuese tan siniestro.

De hecho, le parecía más bien nervioso.

—Vale —contestó él con un gesto afirmativo—. Gracias.

—No hay de qué —dijo Ruby, observándolo mientras se adentraba más en el bar.

Había apagado casi todas las luces, de modo que el local estaba en penumbra, el suelo y los tableros de las mesas estaban pegajosos y una enorme cabeza de alce los contemplaba desde la pared, pero el hombre no pareció reparar en nada de eso. Seguía mirándola a ella.

Ruby notó un calor que le subía por la nuca.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó en un intento por aliviar la tensión.

— Rafe. — Fue más un sonido que un nombre. Ese murmullo profundo y gutural que le salió de la boca no contribuyó en nada a aliviar la tensión.

Entonces fue ella quien se aclaró la garganta y se presentó:

— Yo soy Ruby.

Rafe deslizó la mirada hasta su boca, que ella se había pintado con su característico color rojo pasión. Le vio curvar hacia arriba las comisuras de los labios como si eso le hiciera gracia, el hecho de que su nombre fuera a juego con su tonalidad de maquillaje.

— Encantado de conocerte, Ruby.

— Encantada yo también.

Entre ellos se levantaba la barra de madera, aunque Rafe se había acercado más durante las presentaciones.

Apoyó las manos en la superficie rayada de la barra.

Eran grandes y presentaban cicatrices en los nudillos y otra más grande en zigzag a lo largo del dorso.

La ebanistería debía de ser un trabajo duro. O al menos eso esperaba Ruby.

— No te había visto antes por aquí — comentó, y siguió limpiando el mostrador con el trapo para evitar la mirada y las manos de Rafe.

— No salgo mucho.

Ya se lo imaginaba.

— ¿Vives en el pueblo?

— Qué va. Vivo en el campo. En una cabaña.

— Suena bien.

Rafe encogió sus gigantescos hombros. Aún no había tomado ninguna medida, estaba demasiado ocupado observándola.

— No llevo mucho tiempo allí — dijo a continuación, como si eso lo explicara todo.

— ¿Y cómo te localizó Macy para poder contratarte?

Rafe dejó escapar un sonido oxidado que podría haber sido una carcajada. Costaba estar segura.

— Tengo un perfil en Etsy.

Ruby dejó escapar una carcajada sin poder evitarlo. De inmediato, se cubrió la boca con las manos.

— Perdona, ha sido muy desconsiderado por mi parte. ¿Tienes un perfil en Etsy?

¿Aquel hombre grande y siniestro tenía un perfil en Etsy? Su tía llevaba razón cuando decía «no juzgues un libro por su portada».

Una sonrisa lobuna se dibujó en el rostro de Rafe y, madre mía, le pareció… sexi.

Le resultó algo inesperado, pero, joder, resultó que, de cerca, aquel hombre grande y siniestro era realmente guapo. Había gente que mataría por tener esa estructura ósea, y él la ocultaba bajo un aspecto descuidado. Una pena, a decir verdad.

— Pues sí. Es una buena manera de vender mis cosas.

Ruby parpadeó confusa. Claro, le había hecho una pregunta.

— Macy me encontró y se dio cuenta de que era de la zona. Me pidió que viniera para hacerle un pedido a medida. Y accedí.

— ¿Y te pareció que la una de la madrugada era buena hora para pasarte por aquí? — preguntó Ruby con una ceja levantada.

¿Quién narices era aquel tío? Unas manos de boxeador, unos ojos de asesino, pero ¿vendía artesanía en Etsy? Ruby no sabía cómo interpretar aquel encuentro. Si salía con vida, tendría una gran historia que contarle mañana a Lena.

Rafe volvió a encogerse de hombros.

— Supongo que pensé que la pillaría antes de que se fuera a casa.

— Pues por lo general soy yo la que cierra el bar, así que tendrás que venir antes si deseas hablar con Macy.

— ¿Estás aquí todas las noches?

— Todas salvo los jueves. Es mi día libre.

«Joder, Ruby, ya que estás, ¿por qué no le dices también tu dirección? ¡Dale toda tu información!». Fue como si no hubiera aprendido nada de las clases que recibían todos los años en el colegio para desconfiar de los desconocidos.

Rafe asintió como si estuviera almacenando ese detalle para más adelante. Se sacó una cinta métrica del bolsillo trasero y se puso a medir las mesas, concediendo a Ruby un descanso de su penetrante mirada.

Fue entonces ella quien se quedó mirándolo.

No pudo evitarlo.

No pudo evitar observar a Rafe mientras este recorría la estancia, acuclillándose e inclinándose sobre las mesas, abarcando todo el mueble con su envergadura.

Vestía una gastada camisa de franela y unos pantalones vaqueros que, sin duda, habían vivido días mejores, pero se ceñían a sus piernas como si lo amaran.

Como si esos pantalones y él hubieran atravesado juntos alguna situación complicada y ahora fueran los mejores amigos.

Le vio pasarse una mano por el pelo, retirándoselo de la cara, y se fijó en la flexión de los músculos de su antebrazo desnudo. ¿Qué tenían los antebrazos? ¿Por qué le daban ganas de mordérselo?

Sacudió la cabeza.

Reanudó sus tareas para cerrar el bar.

Se esforzó mucho por no quedarse mirando al sexi carpintero y posible asesino en serie, pero su mirada se desviaba hacia él por voluntad propia una y otra vez.

Había algo en él. Algo magnético. Cautivador. Su manera de moverse. Su manera de hablar. Su manera de mirarla.

Que Rafe entrara en aquel bar era lo más interesante que le había sucedido desde hacía años. Y ahora estaba bastante segura de que no iba a cortarla en trocitos y a enterrarla en el bosque. Segura en torno al ochenta y cinco por ciento.

— Con eso debería bastar — anunció él, incorporándose junto a la última mesa, y su mirada volvió a cruzarse con la de ella.

Curvó los labios hacia arriba al descubrir que Ruby ya lo estaba mirando.

Ella no se molestó en fingir que no era así.

La sonrisa de él se agrandó — . La próxima vez, vendré antes.

— Sí, mejor.

— Pero no un jueves.

— Vale. —Ruby se mordió el labio para contener la sonrisa.

—Nos vemos, Ruby.

Ella levantó una mano a modo de despedida mientras Rafe se perdía en la oscuridad de fuera.