¿Dónde estás, lobo feroz? (Maple Hollow 1) Capítulo 1
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¿Dónde estás, lobo feroz? (Maple Hollow 1)

¿Dónde estás, lobo feroz? (Maple Hollow 1)

Por Laurie Gilmore

© inepub.com

Capítulo 1

–O ye, cariño, ponme otra.

—Te he dicho que no me llamo así, Sal.

El anciano no se molestó siquiera en parecer avergonzado por la respuesta de Ruby.

Ella se encontraba de pie detrás de la barra, con las manos en las caderas, esperando a que se disculpara.

Como la mayoría de las personas allí presentes, Sal era un cliente habitual del único bar del pueblo.

Ni siquiera se habían molestado en ponerle nombre.

En el letrero de fuera solo ponía «Bar», escrito con letras de neón rojas y titilantes.

Sal acudía todas las tardes desde mucho antes de que naciera Ruby, pero ella se negaba a permitir que se saliera con la suya y la llamara «cariño».

— Es una demostración de afecto — contestó él, empujando su vaso de pinta vacío hacia ella con una sonrisa que seguramente consideraría embaucadora.

Quizá lo fuera en otra época. Esta noche, por el contrario, no lo era.

La sonrisa asomaba por debajo del poblado bigote canoso de Sal del mismo modo que sus ojillos brillantes asomaban por debajo de sus pobladas cejas canosas.

Tenía la cara surcada de arrugas y solo en raras ocasiones vestía algo que no estuviese hecho de franela, como casi todo el mundo en aquel tugurio.

Resultaba imposible saber qué edad tenía. Ruby nunca se lo había preguntado.

Frunció el ceño. No estaba de humor para aguantar a carcamales con ganas de flirtear. Siendo sincera, nunca lo estaba. Le devolvió el vaso vacío.

— Vuelve a intentarlo.

La risa de Sal enseguida se transformó en un silbido.

— Siempre estás muy seria, Ruby. Debe de ser porque vienes de lejos — le dijo.

«De lejos». Un término muy propio de Maine que llevaba años oyendo.

De lejos. Es decir, que no había nacido allí.

Daba igual que se hubiera trasladado a Maple Hollow a los ocho años.

El año en que su vida cambió para siempre.

El año en que sus padres murieron y su hermana melliza Lena y ella llegaron a aquel curioso pueblecito para vivir con su tía abuela Millie.

Llevaba allí más de veinte años ya y a los vecinos todavía les encantaba recordarle que venía de lejos.

Macy se le acercó e interrumpió su conversación con Sal.

— Ni hablar — declaró, mientras se secaba las manos con el paño de cocina que llevaba colgado del hombro.

Macy era la encargada del bar desde que Ruby trabajaba allí.

No era mucho mayor que ella, y medía ocho centímetros menos, pero nadie se metía con ella principalmente porque tenía el poder de cerrarles el grifo.

Tanto en lo referido a la bebida como a los cotilleos de la localidad.

Un destino peor que la muerte en un lugar como aquel.

— Sabes que yo nací y me crie aquí en el Condado, y tampoco te permitiré lo de «cariño».

El Condado. Otra de las cosas que Ruby había tenido que aprender cuando se trasladó allí.

Maine tenía dieciséis condados, pero el de Aroostook era el único al que se referían con ese nombre.

Ubicado tan al norte que a menudo se confundía con Canadá, el Condado supuso un cambio radical para Ruby, que procedía de las afueras de Boston.

Al trasladarse a la casita de campo de su tía abuela, ubicada en la linde del bosque, Ruby tuvo la sensación de haberse adentrado en un cuento de hadas.

Aquellos primeros días en los que se sentía demasiado destrozada para hablar, demasiado triste para moverse, solía sentarse junto con Lena en el descuidado jardín trasero de su tía abuela, mirar hacia los árboles e inventar historias en su cabeza acerca de quién o qué podría habitar en la oscuridad.

Por desgracia, la vida allí no se parecía en nada a las historias que le encantaba leer cuando era pequeña.

Si algo le habían enseñado los cuentos de hadas era que lo único positivo de la trágica muerte de sus padres era la promesa de aventuras.

Si no le quedaba otro remedio que ser huérfana, por lo menos que le permitieran algo de intriga, algún misterio que resolver, algún viaje que emprender o…

lo que fuera. Así funcionaba su pensamiento en aquella época.

Ahora, por supuesto, sabía que la vida no era un cuento de hadas y que resultaba más probable ver un alce en los bosques que a una bruja. Quedarse huérfana fue simplemente trágico, y la vida en Maple Hollow era, a decir verdad, bastante aburrida.

Pese a los rumores que circulaban sin control en el bar acerca de las criaturas que merodeaban por los bosques durante la noche, Ruby conocía la triste realidad: los cuentos de hadas no eran reales.

Escudriñó el local con luz tenue mientras Sal se reía a carcajadas del comentario de Macy.

Había bastante gente para ser una noche de viernes de principios de octubre.

El verano solía atraer a algunos forasteros que acudían a pasar un fin de semana de acampada y senderismo.

Tendrían turistas durante alrededor de un mes más, gente que se asombraría contemplando el color cambiante de las hojas; sin embargo, en cuanto cayera la primera nevada, el pueblo quedaría aún más aislado.

No era de extrañar que a los lugareños les encantara compartir historias sobre lobos enormes y sus encuentros con ellos a lo largo de los años.

Literalmente, no había otra cosa de la que hablar.

Y casi todos decían haberse topado alguna vez con una de esas criaturas letales cuando habían salido de caza o de pesca.

Tal como contaban la historia, siempre daba la impresión de que habían conseguido escapar con vida por los pelos.

No eran más que tonterías, por supuesto. Historias que contar para pasar los largos días de invierno. Casi tan exageradas como el tamaño de los peces que pescaban. Ruby había dejado de creer en ellas hacía mucho tiempo.

Evaluó a los clientes presentes en el local esa noche.

Un par de mesas estaban ocupadas por los parroquianos habituales, que se reían y hablaban unos por encima de los otros, y luego, en la barra, había unos pocos solitarios como Sal.

En otra mesa, un grupo de senderistas bebían y comían antes de regresar a sus tiendas de campaña a pasar la noche, y Ruby supuso que serían su mejor baza para conseguir una buena propina.

— Está bien, señorita Ruby Bellerose, ¿sería usted tan amable de servirme otra cerveza? — preguntó entonces Sal, batiendo las pestañas y exagerando cada una de las palabras de su solicitud.

— Será un placer — contestó Ruby, agarró el vaso y le sirvió otro — . No ha sido tan difícil, ¿a que no?

— Más difícil de lo que debería haberlo sido — respondió Sal mientras ella le ponía delante la nueva cerveza — . Gracias, cariño. — Y le guiñó un ojo.

Ruby se limitó a menear la cabeza. ¿Por qué se molestaba siquiera? Sal no cambiaría jamás. En aquel lugar, nadie cambiaba nunca.

— Líbrate un rato de este viejo incordio y lleva estas bebidas a la mesa tres — dijo Macy, dándole a Ruby un empujoncito juguetón en la cadera.

— Claro. — Se cargó la bandeja al hombro y dejó atrás un incordio para encontrarse con una mesa llena de ellos.

Salvo que ahora, en lugar de tener que lidiar con un anciano anteriormente encantador, tenía que lidiar con un grupo de sus antiguos compañeros de clase, gente con la que se había criado, gente que no se había molestado en mostrarse amable con ella ni un solo día de sus vidas.

Bajó la bandeja y repartió las bebidas bajo la atenta mirada de Trina, quien fuera reina del baile de bienvenida (lo que no significaba gran cosa, dado que en su graduación eran solo sesenta y cinco chavales); Kurt, quarterback del equipo de fútbol americano (tampoco significaba gran cosa, pues habían tenido que asociarse con otras tres escuelas de la localidad a fin de contar con jugadores suficientes para formar un equipo); Kai, uno de sus antiguos amigos deportistas; y Shreya, cuyo padre era el dueño de En el Bosque, la tienda de equipamiento de acampada ubicada en la linde del pueblo (en un lugar con una riqueza mínima, ella tenía algo de dinero, cosa que bastaba para hacerla sentir importante).

En el pueblo más pequeño del mundo, aquel grupito constituía la flor y nata de la comunidad.

Algo que, de nuevo, no significaba gran cosa.

Ruby no se molestó en entablar una conversación trivial. Ni en sonreír. De todos modos, aquella mesa no iba a dejarle propina.

Trina sonrió con suficiencia cuando Ruby se giró para regresar a la barra.

— ¿No es triste que siga vistiendo toda de negro? — preguntó a la mesa en voz lo bastante alta para que Ruby la oyera.

— Es como si siguiera de luto — contestó Shreya con una risita.

— Qué zorras sois — se rio Kai.

— Sus padres murieron hace como veinte años. Cualquiera pensaría que ya lo habría superado. Necesita ir a terapia o algo — comentó Trina.

Ruby ni siquiera se sintió tentada de darse la vuelta. De todos modos, daba igual. Aquella gente ya se había formado una opinión acerca de ella años atrás.

Era la chica nueva, la chica triste, la chica rara, la chica gótica.

Hacía mucho que Ruby había aprendido a no dejarse afectar por lo que dijeran de ella.

¿Vestía de negro? Desde luego. Le gustaba.

¿Le daba pena que sus padres hubieran muerto?

¿A qué clase de sociópata no le daría pena eso?

¿Era rara? No más que cualquier otra persona de aquel maldito pueblo.

¿De vez en cuando le gustaba leer novelas de terror en el cementerio?

Todo el mundo necesita un pasatiempo. Y, de todas formas, ese en particular lo había abandonado tiempo atrás.

En cualquier caso, le daba igual lo que pensaran Trina y sus secuaces. Ella era como uno de esos lobos del bosque, una historia más que contar una y otra vez.

Lo que sí hizo que se detuviera en seco fue el repentino cambio de tema.

— Pero ¿os habéis enterado de lo de Lena? Se ha vuelto completamente loca.

Ruby se giró sobre sus talones y la falda negra que vestía describió un círculo alrededor de sus muslos.

— ¿Qué acabas de decir?

— Ay, perdona, Ruby — respondió Trina agrandando la sonrisa — , es que acabo de enterarme de que tu hermana no estaba bien.

— Mi hermana está perfectamente.

— ¿Por qué entonces ha dejado su trabajo en el parvulario?

— Necesitaba un cambio.

— Últimamente no la ha visto nadie por el pueblo.

— ¿Y qué?

— Que estamos preocupados por ella. — Trina se encogió de hombros.

— Y una mierda.

Shreya ahogó un grito como si le hubiera ofendido el lenguaje vulgar de Ruby, como si Bert, en la mesa de al lado, no estuviera describiendo su última operación de rodilla con todo lujo de detalles y lo bastante alto para que lo oyera todo el bar.

— He oído que tuvo que dejar el trabajo porque se le pusieron los ojos en blanco y empezó a hablar en otro idioma. Delante de los niños —susurró Shreya, como si aquello fuese a suavizar el impacto de ese rumor en particular.

No fue eso lo que sucedió.

O no exactamente.

—Joder, a quién le importa. Dejadla en paz. —Kurt salió en defensa de Ruby.

Por desgracia, su ayuda llegó acompañada de una mirada lasciva en dirección a sus tetas.

Kurt no era ningún héroe. Si a Ruby le dieran un dólar cada vez que intentaba ligar con ella cuando acudía allí con sus colegas, habría ahorrado lo bastante para largarse de aquel pequeño pueblo.

Por desgracia, Kurt no solo se mostraba dispuesto a ponerle los cuernos a su mujer, sino que también dejaba unas propinas de mierda.

Sin embargo, Ruby aprovechó la oportunidad para marcharse mientras Trina fulminaba a su marido con la mirada por haberla reprendido y Shreya y Kai se esforzaban por fingir que la situación no se había vuelto de lo más incómoda.

Porque, si había algo de lo que Ruby no deseaba hablar con nadie, ese algo era su hermana.