40 Bajo Mirador de Lúa
La orden judicial llegó a las seis y doce de la mañana.
A las siete, dos vehículos de la policía, una unidad canina, técnicos de rescate y un ingeniero de obras públicas esperaban frente a la entrada occidental de Mirador de Lúa.
El cielo estaba cubierto y la urbanización abandonada parecía más extensa bajo aquella luz gris.
Bloques de hormigón sin ventanas, calles que terminaban en vallas, farolas nunca conectadas y parcelas donde los arbustos habían crecido hasta ocultar bordillos.
Habían pasado casi dos décadas desde que el proyecto prometía transformar la costa.
Ahora era una ciudad incompleta construida encima de otra estructura mucho más antigua.
Vera no formaba parte del registro. Marta permitió que permaneciera dentro del perímetro exterior, en el puesto de mando, por dos razones que no necesitó justificar más de lo imprescindible: conocía el dibujo de Irene mejor que nadie y Clara podía haber dejado señales pensadas específicamente para ella.
No tocaría nada ni entraría en una zona sin procesar.
Gael no estaba. Su ausencia pesó de una manera que Vera detestó reconocer.
Durante las semanas anteriores se había acostumbrado a buscarlo junto a la cinta policial, a utilizar su silencio como otra forma de contrastar una hipótesis.
Ahora cada decisión pertenecía únicamente a los hechos.
La entrada documentada a la estación de bombeo no se encontraba dentro de ningún edificio de viviendas.
Estaba detrás de una nave de mantenimiento construida junto a la ladera, casi oculta por un terraplén.
La puerta exterior tenía una cerradura electrónica moderna y una caja mecánica secundaria.
Rivas Infraestructuras había entregado al juzgado una relación de cinco personas autorizadas.
Daniel figuraba como administrador con acceso general.
Dos operarios tenían tarjeta. Un ingeniero externo aparecía como responsable técnico.
Esteban, oficialmente jubilado y sin relación contractual, no estaba en la lista.
La primera bajada la realizó únicamente el equipo operativo, con cascos, detectores de gases, cámaras corporales y equipos de comunicación.
La imagen y el audio llegaban al puesto de mando con pequeños cortes.
La escalera de hormigón descendía dos tramos hasta un corredor donde el sonido del agua era constante.
Cada cierto tiempo se producía una vibración breve seguida de una secuencia metálica.
Vera contó a través del altavoz sin proponérselo.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once.
Después arrancó una bomba y el ruido llenó la transmisión durante casi medio minuto. Nadie tuvo que explicar nada.
La voz de Marta llegó por radio desde el corredor. Clara había contado once golpes porque estaba oyendo lo mismo.
La maquinaria actual no era la de 2009, pero el sistema conservaba el ciclo de una válvula mecánica previa al arranque.
El ingeniero explicó que los golpes procedían de un cierre secuencial para evitar retorno de agua.
Podía oírse en varias cámaras próximas, especialmente en espacios conectados al conducto principal.
Aquello no localizaba una habitación exacta, pero reducía el área del cautiverio actual a la red antigua de drenaje o a alguna estructura directamente comunicada con ella.
El primer nivel contenía tres salas técnicas, todas vacías.
Una había sido utilizada recientemente por operarios: café soluble, guantes, piezas de recambio, un calendario de mantenimiento.
Las fechas coincidían con visitas mensuales.
El registro de accesos electrónicos mostraba entradas de los dos trabajadores autorizados.
También aparecían accesos administrativos realizados con una tarjeta maestra en días sin intervención programada.
La identificación asociada era la de Daniel Rivas.
Marta pidió que nadie comentara todavía aquel dato fuera del equipo.
Descendieron al segundo nivel por una escalera metálica.
Allí la instalación moderna terminaba. Una reja cerraba el corredor y un cartel advertía peligro de derrumbe.
La cerradura no era electrónica. El técnico probó varias llaves de mantenimiento entregadas por la empresa.
Ninguna funcionó. Marta pidió la ML-3. La llave de Irene entró con dificultad, giró un cuarto de vuelta y se detuvo.
El técnico aplicó lubricante, esperó y volvió a intentarlo. El mecanismo cedió.
Nadie habló. Una llave que Irene había conservado desde agosto de 2009 acababa de abrir una puerta que la empresa responsable sostenía oficialmente que no era accesible desde 2008.
Al otro lado había un corredor estrecho revestido de azulejo industrial hasta media altura.
La humedad había levantado parte de la pintura.
El aire era más frío. El dibujo de Irene empezaba a encajar: giro a la izquierda, escalera corta, una puerta ciega a la derecha.
El equipo avanzó despacio, fotografiando antes de tocar.
Encontraron restos antiguos de cable, tuberías desconectadas y marcas de ruedas sobre el suelo. Algunas eran recientes.
La habitación estaba a cuarenta y tres metros de la reja.
No tenía ventanas. Medía poco más de tres metros por cuatro.
Una rejilla de ventilación ocupaba la parte superior de una pared.
Había anclajes antiguos en el suelo, una toma eléctrica inutilizada y restos de pintura de distintos periodos.
No quedaba cama, silla ni material médico.
Alguien había vaciado el espacio hacía años.
Aun así, Policía Científica encontró en una junta del suelo fibras textiles protegidas por una capa de suciedad, fragmentos diminutos de plástico y una mancha oscura demasiado degradada para identificar a simple vista.
Cuando Policía Científica terminó la fijación inicial de la habitación y marcó el recorrido seguro, Marta hizo bajar a Vera únicamente para contrastar el croquis de Irene y posibles referencias personales.
Entró con protección, acompañada y sin tocar ninguna superficie.
Se detuvo frente a la pared. A la altura de una persona sentada había líneas grabadas bajo varias capas de pintura.
Cuatro grupos. El primero tenía cinco marcas pequeñas.
El segundo, otras cinco. El tercero, tres.
Más abajo aparecían letras incompletas. El técnico iluminó lateralmente con una linterna y la superficie reveló mejor los surcos.
No eran un calendario de días, como Vera pensó al principio.
Formaban palabras superpuestas, hechas con algo metálico: GAEL.
SAMUEL. NICO. La última estaba cortada por una reparación de yeso.
No existía prueba inmediata de que las hubiese hecho Irene, pero nadie necesitó fingir que la coincidencia era casual.
Vera imaginó a una chica de dieciocho años herida, escuchando bombas detrás de una pared y escribiendo los nombres de las tres personas que esperaba que la encontraran.
La escena no produjo en ella tristeza limpia.
Produjo rabia. Aquel espacio había seguido existiendo mientras toda una ciudad buscaba en el mar.
El perro de búsqueda no marcó la habitación antigua.
Sí reaccionó en el corredor posterior. La pared que según los planos de 1986 debía cerrar el paso había sido modificada.
Una placa metálica aparentemente fija ocultaba una puerta de servicio estrecha.
Detrás empezaba un conducto descendente reforzado con hormigón más reciente.
El ingeniero no tenía constancia de aquella obra.
El acabado parecía de principios de los dos mil o posterior.
El conducto conectaba con una cámara inferior no representada en ninguno de los planos disponibles.
Allí aparecieron los primeros indicios contemporáneos.
Una brida de plástico cortada. Dos botellas de agua con fecha de consumo preferente de 2027.
Cinta adhesiva gris pegada a una tubería.
Un tornillo de cámara de seguridad. Un envoltorio de gasa estéril.
Nada demostraba por sí solo que Clara hubiera estado allí, pero ningún objeto llevaba suficiente tiempo para pertenecer a 2009.
Policía Científica detuvo el avance y procesó la zona centímetro a centímetro.
En la gasa encontraron una mancha rojiza.
El test preliminar reaccionó a sangre humana.
El laboratorio tendría que identificarla.
Vera observó a Marta guardar el resultado sin expresión.
Ambas sabían que la probabilidad era demasiado obvia para celebrarla.
Si era de Clara, significaba que habían encontrado su cautiverio.
También podía significar que el secuestrador ya sabía que el lugar estaba comprometido y la había trasladado.
El conducto descendente terminaba en una puerta de acero con cerradura magnética.
La instalación tenía energía. El cableado no procedía del cuadro principal, sino de una línea auxiliar oculta junto a una tubería.
Un técnico siguió el recorrido y determinó que la alimentación llegaba desde la nave exterior mediante un circuito no incluido en el esquema oficial.
El contador registraba consumo bajo pero constante.
Alguien había mantenido aquella zona operativa.