39 Dos personas escribían las cartas
Samuel pidió declarar antes de que Marta pudiera citarlo.
Llegó a comisaría a las ocho de la mañana con una carpeta, un ordenador portátil y dos bolsas transparentes de supermercado que parecían contener basura.
No solicitó abogado. Dijo que lo haría si en algún momento dejaban de considerarlo testigo y pasaban a tratarlo como sospechoso.
La precisión irritó a Marta y tranquilizó a Vera: un hombre que había preparado de aquella manera su propia declaración no pretendía improvisar una inocencia.
Pretendía controlar qué parte de su culpabilidad salía primero.
Los técnicos podrían comparar tinta, trama de impresión y papel.
Samuel añadió algo más útil: sus fotografías llevaban siempre una marca mínima en el borde inferior derecho, una imperfección producida por un rodillo dañado.
Se veía como una línea gris de menos de dos milímetros.
La imagen hallada en el coche de Clara no tenía esa marca.
Tampoco la fotografía enviada al teléfono desde el jardín.
Si el análisis confirmaba la diferencia, quedarían establecidos al menos dos autores.
Vera preguntó cuándo había regresado Samuel a Armenta.
Él entregó billetes de tren, pagos con tarjeta y registros de hotel.
La noche en que Clara desapareció estaba en Vigo.
Una cámara del hotel lo mostraba entrando a las diez y cuarenta y siete y saliendo a las seis y nueve de la mañana.
El primer asesinato, el de Tomás, ocurrió cuando Samuel estaba con su madre en un hospital de A Coruña; había informes de ingreso y cámaras.
Para la muerte de Baeza se encontraba ya en Armenta, pero había pasado buena parte de la franja probable en una reunión con una notaria relacionada con una herencia familiar.
No era una coartada perfecta para cada minuto, aunque sí suficiente para debilitar seriamente la hipótesis de que hubiese ejecutado todo el plan.
Entre los documentos había un dibujo hecho por Irene poco después de escapar de Mirador.
La hoja estaba amarillenta y doblada cuatro veces.
No pretendía ser un plano exacto. Mostraba la habitación, un pasillo, una escalera, dos puertas y un conducto de ventilación.
Irene había añadido referencias sensoriales: olor a gasóleo, ruido de agua detrás de una pared, vibración breve cada cierto tiempo y once golpes metálicos que se repetían antes de que arrancara una máquina.
Samuel explicó que durante años pensaron que podía tratarse de una bomba de drenaje.
No consiguieron localizarla porque los planos públicos de Mirador no incluían la red antigua de la cantera.
Vera recordó el vídeo de Clara y la instrucción que había dejado en forma de golpes.
Contar hasta once. En la grabación, Clara había golpeado con un dedo once veces contra la pata de la silla antes de cambiar la posición de las manos.
La policía lo interpretó como un mensaje deliberado, pero no sabía qué significaba.
Vera puso el dibujo de Irene junto a una captura del vídeo.
Dos mujeres separadas por diecisiete años podían estar señalando el mismo sonido.
Samuel añadió que la galería tres no era solo el lugar donde probablemente había muerto Mateo.
Según Andrés Valdés, antes de las obras existía allí una estación de bombeo que evacuaba agua de las antiguas excavaciones hacia un colector costero.
Parte de la instalación quedó enterrada bajo Mirador, pero nunca se desmanteló completamente porque era necesaria para evitar inundaciones.
Si seguía funcionando, alguien tenía que mantenerla.
Eso significaba accesos no públicos, energía y quizá espacios que no aparecían en los planos entregados al ayuntamiento.
La conversación volvió a Nicolás. Samuel reconoció que Irene y él supieron casi inmediatamente que la muerte podía estar relacionada con el regreso previsto.
Irene quiso regresar pese a todo. Samuel se opuso.
Habían recibido una llamada anónima pocas horas después de conocerse la muerte.
Una voz masculina dijo: «Si vuelve, el siguiente será ella».
No podían demostrar quién llamó. Samuel cambió de teléfono, de vivienda y durante semanas mantuvo a Irene prácticamente encerrada por miedo.
Aquella decisión destruyó parte de la confianza entre ellos.
Irene le reprochó que hubiese terminado haciendo una versión doméstica de lo mismo que Esteban: decidir por ella en nombre de su seguridad.
La frase de Samuel le devolvió a Vera la conversación con Gael en el hotel de Aroza.
Ricardo, Gael, Samuel y Esteban habían utilizado alguna vez la palabra proteger antes de decidir por otra persona.
Álvaro ni siquiera necesitó nombrarla. Vera no dijo nada.
Anotó la amenaza recibida tras la muerte de Nicolás y dejó un margen amplio al lado.
Marta preguntó si Irene sospechaba de Daniel por la muerte de Nicolás.
Samuel dijo que sí, pero no de la forma en que Vera esperaba.
Irene no creía que Daniel hubiese planeado matarlo.
Creía que había vuelto a hacer lo mismo que en agosto: pedir ayuda a su padre cuando una situación lo superó.
Si Esteban apareció en la reunión, Daniel podía haberlo llamado o haber permitido que supiera dónde estaba.
Para Irene esa diferencia importaba moralmente, pero no eliminaba la responsabilidad.
Después de Nicolás, dejó de considerar a Daniel alguien recuperable.
Samuel entregó una última pieza. Era una llave pequeña unida a una chapa de plástico azul con las letras ML-3.
Irene la había conservado desde 2009. No sabía exactamente qué abría.
La encontró dentro de la ambulancia durante la huida, en el bolsillo de una chaqueta que Ricardo había utilizado para cubrirla.
Samuel sospechaba que pertenecía a una zona de mantenimiento de Mirador.
Nunca pudieron probarlo. La policía científica embolsó la llave .
A media tarde llegó el primer informe de comparación de las fotografías.
Las muestras físicas conservadas de los dos primeros envíos reconocidos por Samuel procedían efectivamente de su impresora.
La imagen encontrada en el coche de Clara había sido producida por otro dispositivo.
El papel era de una marca distinta. La frase estaba impresa, no escrita a mano como en algunos sobres anteriores.
El imitador conocía los mensajes de Samuel o había accedido a Clara y a su archivo.
Eso reducía el círculo de personas capaces de entender el propósito de las fotografías.
También apareció una diferencia lingüística.
Samuel utilizaba siempre «vosotros» y formulaciones en plural porque responsabilizaba a la cuadrilla.
El mensaje del jardín decía «No les cuentes nada», dirigido solo a Clara.
La amenaza no buscaba obtener confesión.
Buscaba silencio. Eran objetivos opuestos.
Una persona empujaba la verdad hacia fuera.
Otra intentaba mantenerla dentro. Durante semanas ambos planes se habían superpuesto hasta parecer uno solo.
Vera regresó a la casa de su madre con la copia del dibujo de Irene.
Extendió sobre la mesa los planos públicos de Mirador, el croquis de la galería tres, la nota de Nicolás y una captura del vídeo de Clara.
La palabra bomba aparecía en tres tiempos distintos.
2007: accidente de Mateo en galería tres.
2009: habitación con vibración y once golpes.
2010: «bomba 3» en la cita de Nicolás. 2026: Clara marcando once golpes.
Los cuatro indicios no tenían por qué señalar exactamente la misma estancia, pero sí una continuidad física: galería tres, una bomba antigua, accesos de mantenimiento y espacios que sobrevivieron a las obras.
Mientras las personas cambiaban de casa, trabajo y versión, aquellas conducciones seguían bajo Mirador.
Vera marcó en el plano los puntos de 2007, 2009, 2010 y 2026.
Formaban una zona sorprendentemente pequeña.
A las seis y veinte Marta llamó. Habían localizado en un archivo de la Confederación Hidrográfica una referencia a la estación de bombeo de Lúa.
No figuraba con ese nombre en los planos municipales porque era anterior a la urbanización.
El documento remitía a un proyecto de drenaje de 1986 y a una concesión de mantenimiento renovada en 2018.
La empresa responsable de las labores desde 2021 era una sociedad llamada Rivas Infraestructuras del Norte .
Vera permaneció en silencio después de escuchar el nombre.
No era todavía una prueba contra Daniel.
Muchas empresas heredaban contratos antiguos, y la familia Rivas llevaba décadas relacionada con obras públicas.
Pero convertía el espacio subterráneo en algo distinto.
Ya no era una ruina inaccesible conocida solo por adolescentes y viejos planos.
Era una instalación con mantenimiento contemporáneo.
Alguien tenía llaves. Alguien pagaba electricidad.
Alguien sabía qué puertas seguían abriéndose.
Marta dijo que solicitaría una orden esa misma noche.
Vera acercó la fotografía de la llave al plano y escribió ML-3 junto a la estación de bombeo. Ahora el dibujo de Irene y el vídeo de Clara cabían dentro del mismo trozo de papel.